El siguiente relato pertenece a Sofoco, primer libro de la escritora colombiana Laura Ortiz Gómez, que llega a México gracias a Polilla Editorial.

La última vaca pastando. Un horizonte de quietud paranormal.
Jeremías conoce cada coloración de las piedras, cada rugosidad del suelo, cada grito de pájaro. Puede presentir el caudal de los ríos con exactitud. Sus pies saben de memoria cada uno de los veinticinco senderos que llevan a la nieve perpetua. A veces, cuando se queda quieto, comienza a sentir que los brazos se le hacen peludos y el corazón se le pone verde y líquido. Quieto bajo su ruana es imperceptible.
El mutismo de Jeremías es una planta trepadora. No ves nada, no escuchas nada, no sabes nada, no te metes en nada. Silencio de mula. Memoria de la guerra en alta montaña. Juramento monástico. Jeremías el que nada sabe, el que nada ve.
Está arando. El azadón golpea algo duro, emite un sonido hueco. Jeremías escarba y encuentra una caja de madera, se diría que es un ataúd, un féretro para gente diminuta. Piensa que tal vez se trate de una guaca, la famosa plata de la guerra que han ido enterrando los ejércitos. La levanta luchando contra raíces y cascotes de barro. El ataudcito está sellado con clavos. Jeremías lo lleva adentro de la casa. Lo abre ansioso: hay una bolsa plástica, amarillenta y anudada. Dentro de la bolsa no hay dinero.
Adentro hay tres fotos y una carta. En la primera hay una mujer rolliza en vestido de baño. Atrás está el mar. La mujer sonríe entre tímida y coqueta. Es su madre. Jeremías siente un aguijón caliente, largo y afilado atravesándole el pecho. Una cápsula de tristeza y odio le estalla en el estómago. Siempre pensó a su madre en la parcela. Sola, campesina, sufrida. ¿Por qué nunca le dijo que había viajado al mar? Ese vestido de baño fucsia y apretado tiene la forma exacta de la traición. Su vida ha sido moldeada todita por la mentira de su madre. Le había hecho creer en el estoicismo, en el mutismo, en la montaña. Quién la ve ahí, plácida, extrovertida, marítima. “Creo que te odio”, susurra Jeremías, mientras busca la otra foto. Le tiemblan las manos.
Aquí, su madre con un tipo en shorts, que podía ser él, pero no es. El ojo le duda. Le patina por un instante el reconocimiento. Yo y no yo. ¿Quién carajos es este hombre? La respuesta es un derrumbe: es su padre. He aquí la jeta del gran secreto. De niño no preguntó nunca por su papá. Asumió muy temprano en la infancia que el dolor de la madre no se toca, no se hurga. La herida que se manosea se infecta.
Mareado, se acerca a la estufa. Prende el fuego. Mira para la montaña, pero no ve nada. Mira para adentro, y tampoco. Recuerda a Lucrecia. El único sexo de mujer conocido, que para Jeremías es lo mismo que decir el amor. Penetrarla de afán en el establo. Se le iba la vida en ese túnel resbaloso y certero. En la borrachera de su amor escondido, estuvo a punto de dejar a su madre. Abandonar todo estoicismo, todo código, todo pacto y largarse a la capital. Pero pudo más la culpa. La visión de su madre santificada, inmaculada de la resignación. ¿Dónde estará Lucrecia? Debe ser ahora una empleada doméstica que vive en los extramuros de Bogotá. Jeremías solloza. Aúlla. Se tumba en el catre. Le parece ridículo su aislamiento militar. Todo.
Sueña con su madre joven en vestido de baño fucsia. Ella abre la puerta de la casa. Entra un búho enorme que aletea hacia su cara. Se le abraza al rostro como una máscara. Mitad búho, mitad Jeremías que sueña.
Amanece con un dolor agudo en el pecho. Saca la carta del sobre. Intenta leer, pero no puede. Le duele la cabeza, las letras le bailan, se mueven los sentidos y los sonidos. Impulsado por la furia, baja al pueblo a buscar a su maestra. Le va a decir cuando llegue: “Ahora sí enséñeme a leer”.
El pueblo está empapelado con la cara de otro candidato, un gordinflón con mirada cruel. Trincheras del ejército por todos lados. Gente igual de muda a él. Golpea en la casa de su maestra. Le responde un eco. Recién se da cuenta que han pasado muchos años; su maestra, si es que vive, ya no está. Así con los vecinos. Así con todo.
—¿Sí?
—Soy Jeremías y quiero que me enseñe a leer.
Y luego un silencio largo. Después un grito:
—Váyase.
No pasa gente. Pasa viento y pasa tierra volando. El único movimiento humano se sugiere tras las trincheras. Hay bultos que cada tanto se mueven, tosen o echan humo. Jeremías siente una urgencia, parecida a la que siente antes de eyacular, pero sin el placer. Maldice a su madre que le soterró la vida en una cajita. Recuerda de golpe que en la calle de atrás de la iglesia había una biblioteca. Ahí también golpea y le abre un hombre minúsculo. Jeremías se traga la vergüenza y le dice que no sabe leer y quiere aprender. El hombre disimula una sonrisa que podría ser de ternura o de sarcasmo. Y en efecto, un poco de las dos. Le pasa unas cartillas infantiles y le da instrucciones precisas sobre cómo sintonizar Radio Sutatenza para comenzar la escuela a distancia. Jeremías lo mira largo como preguntando. El hombre en voz baja le dice:
—Son las contradicciones de esta hijueputa guerra. No queda nada en ningún lado, pero dizque hay escuela por la radio, figúrese usted.
Jeremías se enrojece, toda la jeta caliente, llena de sangre. En el camino a casa murmura guerra. Esa palabra, cómo vibra. Hace quince años no la oía.
Deja el ordeño y la labranza. Se sumerge a fondo en la tarea de aprender a leer y a escribir. Sintoniza la radio y se aplica en la cartilla. Es difícil dominar el pulso. Le entristece su propia mano de hombre casi viejo, arrugada, de nudillo gordo, llena de callo, buscando temblorosa la montañita de la eme. Eme de mamá. Saca la lengua y se esmera. Al final del día lo logra. En letra cursiva y corrido: mimamámeama. Es magia: Mamá. Y mamá aparece ahí, casi de carne. Joven, rolliza y con vestido de baño fucsia. En la mitad del rancho, se ríe. Un sol naranja le da en la cara y le relumbran los dientes. Jeremías piensa que escribir sirve para conjurar fantasmas. Traer vida a lo que se ama y lo que se odia. Las montañitas de la eme componen un conjuro. Mi mamá me ama. Como si pudiera hacer un extracto de madre que se impregna en papel. Mamá, letricas contiguas que hacen perfume. Y no se siente tan absurdo. Mi mamá me ama y me caricia. Pero no sabe escribir caricia.
Al otro día la pe. Palo con barriga. Lengua afuera y pulso. Al atardecer la palabra escondida: Papá. Y está ahí, con él, en la mitad del rancho. Tan clarito que Jeremías teme que abra la boca y hable. Lo observa de cerca, ve como se le mueve cada pelo con el viento. Tan cerca que puede olfatear el olor a mar de su barba. Conque este es mi taita. Aunque todavía no sabe escribir taita. A la noche, como un adolescente insomne, Jeremías sigue escribiendo. Ensaya ahora juntar las dos palabras. Excitado, escribe mamá y al lado papá. Y ve un beso cósmico, labios al rojo vivo que le incendian el rancho. Le alegra pensar que, al menos, él nació de algo parecido al amor. Algo al rojo vivo como tocarle las tetas a Lucrecia.
A la madrugada, sin haber dormido un segundo, Jeremías va más lejos. Aventura una frase radical. El lápiz temblequea, pero lo logra. Mi papá me ama. Termina de escribir y no pasa nada. Progresivamente, del silencio nacen sonidos de tiros. Y ahí está en medio del rancho su papá con metralleta, de sus pupilas las selvas. Dura solo un segundo la visión. Y luego nada. Un silencio de acero.
Tras una semana febril de escritura, Jeremías comprende que le llevará al menos un año descifrar la carta. Tanto no puede seguir aplazando el misterio. Entonces diseña un plan. Bajará todos los días a Chita con una sola palabra y buscará quien la lea. De a poco y memorizando, sabrá lo que dice la carta.
Comienza el peregrinaje diario. El fantasma analfabeto que mendiga significados. En ocasiones tiene que esperar la mañana entera en la plaza hasta que pasa furtivamente alguien. No todos le hablan. Pero él, paciente, implacable, va armando un texto.
La palabra más emocionante fue la primera. Se la leyó un hombre viejo. Jeremías sacó un papelito discreto.
—Discúlpeme, mi don. ¿Qué dice aquí?
—Dice “Javier”.
Y entonces un vuelco, un pequeño paro cardíaco y un disimulo. Y correr vuelta a casa pensando en círculos. Mi papá me ama. Mi papá es Javier. Taita Javier.
Para Jeremías ya no existe nada salvo la carta y la misión. La vaca lo mira fijo con la ubre inflamada. Todo el día se va en recoger palabras y Radio Sutatenza y coger el lápiz para seguir llenando cartillas de emes y pes. Y mamás y papás. Y también copiar la palabra Javier. Una y otra vez, taita Javier. Aunque sin taita, porque sigue sin saber la te.
Tras nueve días intensos, llenos de dolor y viajes furtivos a Chita, Jeremías ya tiene la primera frase: Javier. Un dos de enero te mataron los paras. Nueve días de suspenso. El séptimo día el peor, cuando esa niña escuálida dijo: “Aquí dice ‘mataron’”. Y se puso pálida y salió corriendo. Él mismo sintió un balazo. Y luego en su mente, una idea, puñal contundente: Taita Javier está muerto. Y luego la ira el noveno día, cuando el tendero dijo: “Aquí dice ‘paras’”. Y también se puso pálido y sacó una escopeta y lo sacó del almacén.
Es de noche y Jeremías llora. Nadie nunca ha estado tan huérfano. Recuerda el ataudcito en el que encontró las fotos, y entiende que ese fue el velorio que tuvo su padre. El cuerpo le arde y vuelve a parecerle cierta la frase que escribe día y noche: mi mamá me ama, mamá ama a papá. Se le ocurre que quiere hacerles un regalo a sus padres e imagina un toro bien bonito. Blanco, recio, un cebú con su doble joroba y dos cuernos para engarzar alto a la luna. Un toro hijo de nube y agua, para abrir surcos en la noche paramuna.
Entonces se abalanza en la cartilla hacia la te. Y escribe planas, hasta que la va comprendiendo. Un palo y otro palo, en cruz. Señal mística esta del toro. A las tres de la madrugada, lo descifra. Y en una hoja blanca escribe bien grande: Toro. Y entonces lo ve, a un toro blanco, bien bonito, que pasta soberano en la tiniebla. Ahí está, plácido. Un pedazo macho de la luna.
Un golpe seco en la puerta, como la bomba. Y dos disparos. Jeremías ve su propio cuerpo cayendo sobre la mesa. La cara le rebota sobre la hoja que dice toro. La mandíbula escurre sangre negra. La mano no suelta el lápiz.
Le sorprende la ausencia del horror. Flota en un tiempo de suspensión de arena hasta que logra mirar para abajo. Y ve sus pezuñas hendidas en el rocío. Ya amanece. Siente sus músculos robustos y logra ver su pelaje regio y blanco. Muge al sol y experimenta la profunda garganta en el temblor de sus estómagos. Alza la cuernamenta y ahí están parados. Mamá con un vestido de flores vaporosito y papá Javier con traje y corbata. Vestidos de domingo, de misa o de fiesta en el pueblo. Jeremías se agacha. Su madre le acaricia el hocico. Hormigas de mano blanca. Se suben los dos a su lomo. Se internan en el páramo, por uno de los veinticinco caminos que llevan a la nieve perpetua.
Laura Ortiz Gómez
Escritora e ilustradora, estudió Literatura en la Pontificia Universidad Javeriana y realizó la maestría de Escritura Creativa en la UNTREF, Buenos Aires.
Polilla Editorial, 2022. © Laura Ortiz Gómez, 2021. Publicado originalmente por Laguna Libros en Colombia © Polilla, 2022.