Es memorable la sorpresa de los lectores cuando se anunció el otorgamiento a Tomas Tranströmer (Estocolmo, Suecia, 1931-2015) del premio Nobel 2011. A pesar de ser sueco, nadie intentó una mueca de sospecha, ya que era una figura indiscutida de las letras suecas y europeas. En lengua española, no obstante, su poesía apenas era conocida y los libros disponibles eran escasos y circulaban en ediciones de tirajes minúsculos. Era un rumor poético disperso en revistas y editoriales para sibaritas. Con premiaciones como las del autor sueco, al igual que la de Herta Müller, Mo Yan o Patrick Modiano, la academia recobró el aliento literario, lejos de las presiones del mercado y las reiteraciones anuales de la mesa de novedades, tan afecta a generar libros y más libros.
Meses después de la premiación, sin embargo, comenzaron a circular sus libros en lengua española. La lírica de Tranströmer se inserta en la amplia tradición europea de poesía sensitiva e intimista. Es un engarce tenue de aliento sostenido, en una escalada que explora una forma de un yo indisociable del entorno físico, lo que implica intentar la unión entre la conciencia y los objetos del exterior, producto de una poética que se logra al borde de sí misma. Es sus instantes más álgidos podríamos estar ante una poesía de inspiración religiosa, casi mística, aunque no se desvincula de los temas intemporales si bien se detiene a celebrar la experiencia de la cotidianeidad. El poeta no está fuera del mundo. La roca del águila es un ejemplo:
Tras cristal de terrario
los reptiles
extrañamente inmóviles.
Cuelga una mujer ropa
en silencio.
La muerte es calma chicha.
En lo hondo de la tierra
se resbala mi alma
como un cometa, sorda.
[Versión de Roberto Mascaró]
La obra de Tranströmer se construyó en la discreción, con cada una de sus entregas. Nos prueba que es posible lograr un modelo poético lejos del aparador y ser leído pasados los años, con el balance que ofrece la distancia. El paisaje boscoso y nevado de Suecia se inserta en la mirada del poeta. Imposible rehuir a esta concentración de fuerza vital, salida de la naturaleza. No hay una negación de la ciudad, porque hay laberintos a recorrer en cualquier entorno elegido. Tampoco aparece la dicotomía naturaleza/industrialización. Su modernidad se diluye como una paradoja porque escribe como se habló desde el inicio. Es una vuelta al origen desde la brevedad actual. Las metáforas de su poesía obligan a la relectura y su fugacidad es un reinicio: Solsticio del invierno:
Mi ropa irradia
un resplandor azul.
Solsticio de invierno.
Tintineantes panderetas de hielo.
Cierro los ojos.
Hay un mundo sordo,
hay una grieta
por la que los muertos
traspasan la frontera.
[Versión de Roberto Mascaró]
La muerte del autor sueco pone un punto final a más de sesenta años de dialogo con la poesía —su primer libro se publicó en 1954. La segunda mitad del siglo XX fue un espectáculo aterrador debido a la amenaza nuclear. En el acta de entrega de recepción del premio Nobel, la academia asentó que se le otorgó “porque, a través de sus imágenes compactas, traslúcidas, brindan un fresco acceso a la realidad”. Habría que complementar que igualmente ofrece puertas para el escape, si es que no se vive según se intenta. Otro feliz uso de la poesía llamada a cimbrar el “árbol calcinado del lenguaje”, según la expresión de Paz. Es una lástima que no pueda ser leído en su lengua original por la mayoría de los lectores —incluido yo mismo. Sus traductores hablan de la fineza de cada uno de sus versos.
En 2011, luego de la concesión del premio, charló con El País y declaró: “Un poema no es otra cosa que un sueño que yo realizo en la vigilia. El sueño y el poema vienen de la misma persona. Tienen algunas leyes compartidas. Tengo una relación de mucho amor con el sueño. Me voy a la cama como si fuese a una fiesta. El despertar es casi siempre una desilusión.” Lo recordaremos como se lee en Pájaros matinales:
Despierto el coche
que tiene el parabrisas cubierto de polen.
Me coloco las gafas de sol.
El canto de los pájaros se oscurece.
[Versión de Roberto Mascaró]
Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.