A partir de un determinado grado de desarrollo el poder marca las relaciones sociales. Se trata de un enunciado inescapable que ningún exorcista ha podido impedir. Las relaciones de poder sellan la coexistencia humana y le imprimen sus tensiones. Desde las micro hasta las macro sociedades no pueden evadirse de construir algún tipo de relación asimétrica en la cual uno o unos pueden mandar sobre los otros. No obstante, donde esa noción adquiere mayor pertinencia y más se le ha explorado es en el campo de la política. De tal suerte que rastrear las vías a través de las cuales se ha construido el poder político a lo largo de los siglos es una tarea relevante.
El proceso de construcción de los Estados mesoamericanos no es muy distinto de la historia en otras latitudes. Etnia, territorio, sedentarismo y división social del trabajo son los requisitos para el inicio de la edificación de un poder político, al mismo tiempo cohesionador de la comunidad, diferenciador de “los otros” y con capacidad de dominación para hacer legítima la rígida estructura social.
Escribió Paul Collier: “La formación de Estados no estuvo impulsada por un sentimiento comunitario, sino por las insólitas propiedades económicas de la violencia. Hoy se sabe que la violencia no es algo que surgió a resultas de la formación de Estados; al contrario, las sociedades sin Estado son terriblemente violentas. La producción de violencia depende de la tecnología disponible. Las sociedades cazadoras-recolectoras son intrínsecamente muy violentas porque su tecnología no les permite otra posibilidad: la única baza ganadora de un grupo de cazadores-recolectores es el ataque preventivo a sus vecinos, la incursión nocturna que les permita sorprender a los enemigos alejados de las armas…” (Guerra en el club de la miseria. La democracia en lugares peligrosos, Turner, Madrid, 2009, p. 226).
Por lo que el surgimiento de los primeros Estados puede ser visto como un eslabón civilizatorio. Se trata de procesos no de apariciones, de construcciones sociales no de transcursos inerciales, que están acompañados, imbuidos, modelados por “envolturas” ideológicas (religiosas) que fijan su sentido y alcances. Se trata de estructuras políticas que logran una fuerte centralización del poder y que consiguen recubrirlo, para su legitimación, a través de una memoria tejida ad hoc.
Sólo quiero subrayar algunos de los atributos de Los orígenes del poder en Mesoamérica (Fondo de Cultura Económica, México, 2009, 537 pp.). Se trata de un texto que reclama y permite múltiples aproximaciones, pero sólo trataré cuatro.

1. La capacidad pedagógica. Enrique Florescano se esfuerza por hacer comprensibles procesos históricos complejos. Va desplegando paulatinamente su argumentación y sus fuentes para develar los conocimientos acumulados en la materia. Y lo hace siguiendo la mejor tradición académica: apuntalando cada una de sus afirmaciones con los aportes de los más distintos investigadores sobre el tema. No le escatima a nadie sus méritos, y la síntesis de EF hace evidente que está apuntalada por un esfuerzo colectivo que expresa décadas de trabajo.
El lector acudirá así a una cita con la erudición de Florescano. Pero se trata de una erudición peculiar: aquella que todavía cree que la socialización del conocimiento es una de las tareas fundamentales de la labor académica. Creo que sus colegas agradecerán el intento logrado de reconstrucción, en diferentes etapas y latitudes, del poder político en estas tierras; pero el lector neófito e interesado —como yo— encontrará en el texto una puerta de entrada sistemática y ordenada a un mundo fascinante: los procesos de edificación de los Estados mesoamericanos y los ritos, mitos, imágenes y leyendas que los acompañaron.
2. La reconstrucción de la historia. El libro parte de lo elemental que se vuelve fundamental: el asentamiento de grupos humanos que comparten una identidad y construyen un “nosotros”: la etnia de la que se deriva un linaje. En ese nosotros estratificado se construyen relaciones de poder y unidades de adscripción que acaban siendo “aceptadas, internalizadas y reproducidas por los mismos sectores afectados por esa situación”.
Esa identidad se arma a partir del recuerdo a los ancestros comunes —de ahí el culto reiterado a los muertos—, del establecimiento en unas tierras determinadas y de una memoria compartida que tiende a lograr una cierta cohesión social. Y los medios para trasmitir la memoria son variados: imágenes grabadas, esculpidas, pintadas; tumbas y mausoleos; efigies y fórmulas arquitectónicas, además de la tradición oral. Un ejemplo cargado de belleza: “Los zapotecos llamaban a los ancestros ‘gente de las nubes’ y los representaban como si flotaran o volaran sobre los individuos… y eran pintados en la parte inferior”.
A Florescano le preocupa conocer cómo se forjó el cemento que mantuvo unidas a sociedades estamentadas y rastrea y reproduce los mecanismos privilegiados para la legitimación del poder. Se trata de construcciones religiosas que se remontan a los dioses creadores que forjaron roles diferenciados para mantener el orden y la reproducción del mundo. “Está distinción entre nobles y macehuales marcó las relaciones sociales de los pueblos de Mesoamérica y consagró la idea de que los primeros habían nacido para gobernar y recibir los tributos, la obediencia y el homenaje de los “hombres de tierra”.
Si los lazos étnicos son fundamentales para generar identidad y cohesión social, el proceso parece sellarse con la convivencia en un mismo territorio (Altépetl). Sobre todo cuando empiezan a surgir las primeras ciudades, “un orbe humano separado del medio natural, dividido en su interior por plazas, templos y palacios que a su vez ubicaban a sus pobladores en distintas áreas de la ciudad y denotaban sus distintas jerarquías y funciones”.
Llama poderosamente la atención la similitud de todas las versiones sobre la creación de la tierra y la vida. Aparecen dioses creadores que despliegan su actividad para formar las aguas, los ríos, las plantas, el sol. Distribuyen la tierra y forjan a los hombres. Se trata de una fórmula para ordenar la vida, para cohesionar al grupo, para “entender” lo inasible, para darle sentido a la existencia.
Florescano ilustra las migraciones, los conflictos, las luchas y establece algunas de las características de los altepeme fundados en los siglos XII y XIII. Una de las cuales es que se trata de sociedades multiétnicas, “formadas por etnias provenientes de los antiguos toltecas de Tula, mezclados con grupos chichimecas y otros mixteco-popolocas”. También Chichén Itzá fue un Estado multiétnico, nos dice. Si mal no entiendo, entonces, el mestizaje es un fenómeno que antecede y con mucho a la conquista. Cito: “La “Leyenda de los soles” narra la lucha entre Mixcóatl y Chimalma y cuenta que después de sucesivos combates Mixcóatl logró conquistarla y engendrar con ella un hijo, Ce Ácatl Topiltzin, un mestizo producto de la mujer de ascendencia tolteca y el guerrero chichimeca”. Transcribo lo anterior dada la baratija intelectual que quiere ver en los pueblos originales de Mesoamérica entidades incontaminadas, fieles a sí mismas y no como sociedades que fueron alimentadas, “aculturadas”, en relaciones de colaboración, tensión, conflicto o dominación con sus vecinas (y no tanto), como en el caso de las relaciones entre Tollan-Teotihuacan y los reinos mayas. Tema en el que se detiene con detalle EF.
3. El sentido de la historia. Del libro me gusta además su clara vocación por entender a la historia como algo que forjamos desde el presente. Enrique Florescano muestra con claridad cómo investigaciones sucesivas, descubrimientos encabalgados, han venido modificando nuestra comprensión del pasado prehispánico. Cómo muchas nociones que prevalecieron a lo largo de los años acabaron por ser desechadas por nuevos hallazgos y lecturas. La historia aparece así no como algo fijado de una vez y para siempre, sino como el producto de los trabajos sucesivos que en conjunto van develando el pasado.
Y los propios pueblos prehispánicos hicieron algo similar. Diferentes códices, mapas, monumentos, ofrendas mortuorias, quisieron registrar las migraciones, las guerras, las conquistas, las fundaciones, la sucesión de sus gobernantes. En un apretado resumen, Florescano escribe: “Aun cuando cada uno de esos relatos recoge la historia de grupos étnicos específicos, todos coinciden en precisar los orígenes del grupo, la fundación del reino, la genealogía de los gobernantes y concluyen con un registro minucioso del territorio ocupado, que enumera sus fronteras, topónimos y calidades de la tierra”. La historia se ha venido construyendo desde entonces marcada también por discontinuidades y pérdidas que hacen que en cada etapa la visión del pasado sea diferente.
Y además, en algunos casos, Florescano presenta las distintas interpretaciones que al día de hoy coexisten y compiten sobre un mismo fenómeno. Por ejemplo, y sólo como ejemplo, la idea de que Teotihuacan y Tula fueron dirigidos por varios cogobernantes y que EF no solamente no comparte sino que intenta desmontar. Así, la historia se convierte en una disciplina viva, en perpetua construcción y debate. Y ello no sólo hace más interesante al libro, sino que nos introduce al fascinante tema de cómo las visiones del pasado tienden a cambiar. De esa manera, podríamos decir, no sólo el futuro es impredecible sino que incluso el ayer nunca es definitivo.
4. Ilustraciones. Pero además, como por fortuna lo viene haciendo Enrique Florescano, la presente edición está profusamente ilustrada. Estelas, monumentos, pinturas, tumbas, murales, códices, dibujos, piedras esculpidas, sarcófagos, glifos, mapas, altares, acompañan al texto. Y lo hacen no de manera azarosa, sino como un apoyo que permite entender de mejor manera las explicaciones. Se trata de una dimensión que merece subrayarse precisamente porque muy poco se utiliza.
Esa fórmula refuerza el sentido del texto, pero también permite entender el significado de ese patrimonio histórico. A través de él se expresa la rica, frondosa e imaginativa cosmovisión de los pueblos mesoamericanos, “su idea acerca de la composición del mundo, su concepción de la vitalidad cíclica del medio natural y la relación de ambos con los seres humanos”. En esos materiales quedan plasmadas también las divisiones horizontales y verticales del mundo.
En fin, si el poder es una relación social entre los hombres y si el poder político resulta una relación inescapable, siempre resultará fascinante conocer su gestación y modalidades; sus fórmulas de legitimación y reproducción; el ceremonial del que se rodea y los relatos que le dan sentido; sus cambios en el tiempo y su entrecruzamiento con el poder o los poderes ideológicos. Y sobre todo ello, el lector encontrará una recreación sólida e iluminadora en el libro que comentamos.
Publicado originalmente en Universidades 44, enero-marzo 2010.
José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Contra el autoritarismo.