Siria: el decurso de la catástrofe

Entre 2004 y 2006 visité Siria para investigar sobre la política exterior del régimen autoritario instaurado desde 1970 por Hafez al-Asad, padre de Bashar. No fueron pocos los momentos de zozobra en ese trabajo de campo, pero ofrecía alivio, fuera de la burocracia kafkiana, el trato con un pueblo digno y generoso, en un país que, con historia milenaria, ha ofrecido tanto a la civilización. Veía con estupor que la gente conservaba integridad y entereza no obstante la multiplicación de los tentáculos de los servicios de inteligencia a todas las escalas de la vida social y política, particularmente desde 2000, y pese al empobrecimiento provocado por un capitalismo salvaje.

Las protestas sociales en países como Egipto y Túnez a lo largo del decenio de 2000, o los anhelos democráticos de la “Primavera de Damasco” duramente reprimidos por el régimen en 2004, dejaban ver la posibilidad de sacudidas de grandes proporciones en el Norte de África y Medio Oriente. Pero, en realidad, en el seno del pequeño mundo de los especialistas del mundo árabe, no se pudo predecir lo que Túnez desencadenaría a escala regional y global. Muy poco después de ese parteaguas en la historia de Medio Oriente, quedaba claro que lo esencial de las protestas y otras manifestaciones de descontento del decenio anterior no había que buscarlo en su frecuencia, sino en la audacia de sus reivindicaciones, la cual minaba los pilares de estos regímenes.

Así, cuando en enero de 2011 constaté con asombro que las poblaciones de Túnez y Egipto habían roto la barrera del miedo y se mostraban decididas a recuperar las riendas de su futuro, logrando en tiempo récord derrocar a quienes, autoritarios, habían gobernado durante décadas (Ben Ali y Mubarak, respectivamente), pensé en Siria con ansiedad. Por un lado creía que, si las protestas se desencadenaban, el régimen de Asad tarde o temprano recuperaría el control con su tradicional táctica de la “zanahoria y el garrote”. Después de todo, esa táctica había resultado crucial para la supervivencia del régimen frente a las amenazas que enfrentó a partir de 2001, pero, sobre todo, para salir airoso de la turbulencia interna y diplomática durante la crisis con Líbano entre 2004 y 2006. Por otro lado, temí que si el impulso revolucionario tunecino y egipcio alcanzaba a Siria, no tendría los mismos resultados: el derrocamiento de los Asad y una transición política no se iban a lograr sin violencia prolongada y la posibilidad de una guerra semejante a la que vivió Iraq después de la invasión estadounidense. Lamentablemente, en este caso tuve razón. Siria, a diferencia de Egipto y Túnez, es un país heterogéneo compuesto de numerosas comunidades religiosas y étnicas, un cruce geoestratégico global, rodeado de países inestables y frágiles; es también un actor que por décadas supo beneficiarse de los errores y la arrogancia de las grandes potencias, así como reformular para su beneficio las luchas de poder entre sus vecinos, creando alianzas estatales y transnacionales.

Ahora, las cancillerías y los medios de comunicación masivos presentan al Estado sirio como el único actor legítimo de esta crisis, y encasillan esta revolución en la categoría simplista de “guerra civil”. Además, las narrativas sobre la revolución siria elaboradas por el propio régimen de Asad, por los organismos internacionales y por los círculos diplomáticos se han vuelto una grosera propaganda. Basta observar cómo desde el inicio se dramatizó el papel del salafismo, a pesar de que éste sea históricamente minoritario en Siria, o cómo se exageran las divisiones en el seno de la oposición siria para justificar la inmovilidad. Al final, cada componente de esas narrativas tiene serias implicaciones políticas y repercusiones negativas para millones de personas, para la seguridad de los vecinos de Siria, para el futuro de la democracia en ese país. Esas narrativas confirman que los sirios están pagando los errores de Estados Unidos en Iraq y que el mundo les ha dado la espalda. Incluso el discurso anti-intervencionista y las posiciones equívocas como “sí a la revolución, no a la intervención” se han vuelto utópicas, abstractas e inútiles guías de acción ante la pérdida de más de cien mil vidas humanas.

A la distancia de mi trabajo en Damasco hace años, me aturde encontrarme ahora documentando la muerte cotidiana de civiles sirios indefensos, las olas de refugiados en Iraq, Jordania, Líbano, Turquía y Egipto, y, si el terror no tiene colmo, la masacre indiscriminada, que alcanza a los niños, con armas químicas. Intentamos gobernar nuestras propias vidas, con más o menos dificultades, pero la tragedia humana nos atañe a todos. Confío en que la fortaleza de las personas que conocí, a la par de su profunda humanidad, los ayudarán a superar este proceso; pero no lo harán por completo, ya que no a tiempo, si los otros países, incluido el nuestro, no se reconocen en esta responsabilidad y en esta catástrofe.

Siria

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Publicado en: Sólo en línea