Una vez asentados los tenochcas se formó otro barrio en la parte norte, el de Tlatelolco. Su fundación se hizo por presagio, con animales y a través de un elemento natural, esta vez de aire. Lo cuenta Torquemada cuando dice poseer una historia antigua de los tlatelolcas:
Mirando uno de ellos hacia el cielo, vio que se levantaba de entre carrizos y espadañas […] un viento o aire a manera de remolino que parecía llegar con la punta al cielo, quedándose la otra extremidad de este dicho remolino o aire entre las cañas y tular dicho; y pareciéndoles que era prodigio y señal representativa de alguna necesidad o acaecimiento, tomoles gana a muchos de ellos de querer ver lo que aquello significaba. Vinieron a verlo y en el lugar donde el remolino nacía hallaron un montecillo de arena que hacía una placeta fuera del agua y enjuta y muy dispuesta para poder edificar en ella. En este lugar no sólo hallaron la comodidad sino también una culebra enroscada, una rodela y una flecha, que todo junto puso en admiración y cuidado a los que vieron.

Hechas las parcialidades de México y de Tlatelolco empezaron a nombrar a sus respectivos reyes. Poco a poco los reyes mexicanos que gobernaron la ciudad fueron extendiendo su imperio más allá de la laguna. De Acamapich dice Durán que puso en orden “casas y acequias, calles y otras cosas necesarias al buen concierto de la república”; una suerte de constructor de la ciudad que la ennobleció durante su reinado. Su hijo Huitzilihuitl logró mejoras importantes porque fue quien “empezó a poner leyes y ordenanzas en su república, en especial en lo que tocaba al culto de sus dioses”; es el que convierte a sus habitantes en una sociedad civil, motivo por el que lo alaba Durán: “Rigió y gobernó con mucha quietud y sosiego, y fue muy querido de sus señores y de toda la demás gente común”. Chimalpopoca, descendiente por parte de madre del señor de Azcapotzalco, es el encargado de pedir a su abuelo el agua y con él se hacen obras de cañerías; primero de barro y luego de cal y canto. Itzcoatl, el cuarto de la genealogía mexicana, el señor de la guerra, descendiente del primer rey Acamapich, es el que extiende sus fronteras territoriales y reparte las nuevas tierras conquistadas; aliado con Netzahualcóyotl, príncipe acolhua, este cuarto rey logró salvar a los mexicanos de la esclavitud a la que los sometieron los tepanecas de Azcapotzalco. Así comenzaron a cumplirse los vaticinios de que Tenochtitlán sería la ciudad que dominaría y señorearía sobre las demás del contorno lacustre. Y, en efecto, además de Azcapotzalco bajo su reinado ganaron Colhuacán, Xochimilco y Cuitláhuac, extendieron sus dominios y obtuvieron tributarios.
Después de la destrucción del reino tepaneca en 1428 se hizo la triple alianza de México, Tlacopan o Tacuba, y Texcoco. Moctezuma Ilhuicamina, dice Antonio García Cubas, también extendió los dominios a provincias lejanas, mejoró el estado civil de los mexicas: de haber sido esclavos empezaron a señorear las tierras. Además, en su época se construyeron varios templos, se perfeccionaron las grandes calzadas y se hicieron huertos y jardines, según Ubaldo Vargas Martínez.
Uno tras otro los reyes aztecas fueron dando lustre a la Ciudad de México. De Huitzilopochtli, el dios que los guio hacia “la flor que sale de la piedra” para su fundación y el que la bautizó, afirma Durán: “A ese lugar donde hallarédes el tunal con el águila encima le pongo por nombre Tenochtitlán”.
María José Rodilla
Profesora investigadora de la UAM-Iztapalapa, su último libro es De belleza y misoginia. Los afeites en las literaturas medieval, áurea y virreinal (2021).