Está en mis deseos ir hacia el mágico hábito de inventar historias, ese afán tan divertido y feliz que resulta un desconcierto melancólico andar buscando una novela y encontrarse cada vez con la memoria imponiéndose en desorden. Sin embargo, me consuelo, creo que buscar en los recuerdos para decir quiénes eran y cómo son mis personas queridas es un gran pasatiempo. Así que cumplo de maravilla con lo que se les recomienda a los jubilados. Aunque los escritores nunca pensamos en la jubilación. Quizá creemos no merecer un rato de recreo, dado que nos dedicamos a jugar.
Algo de esto le conté hace unos meses, en una entrevista, a la editora colombiana de Tinta Club del Libro tras recibir la edición más bonita y sofisticada que se haya visto de Arráncame la vida, libro al que veo ya como un regalo del azar que me dio, tiempo ha, una mujer joven y con el mismo nombre de quien soy ahora.

Sandra Pulido se llama la apasionada sustento de un designio que en principio resulta enigmático. Hacer un libro al mes que llega puntualmente a la casa de sus suscriptores. Una edición cerrada, para quienes leen como elegidos.
Al final me pidió que yo hiciera, con los libros de otros, lo que Gioconda Belli había hecho, y le agradezco tanto, con el mío. Recomendarle diez títulos para elegir cuáles podría publicar.
Como si fuera resultado de nuestra conversación ella y los demás creadores del club se decidieron por dos libros que privilegian el arte de tramar bien los recuerdos. Nos acompañan los muertos de Rafael Pérez Gay y Pronunciaré sus nombres de Tamara Trottner. Esto escribí, para Tinta Club del Libro.
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Conozco y valoro el camino de Rafael Pérez Gay. Desde sus primeros libros su mirada había alcanzado la sabiduría impasible y sonriente del hombre que aprendió, empezando cuando niño, los desafíos de la vida como una ironía, como algo sin remedio que era para sonreír, aun cuando las cosas estuvieran para llorar. Creció volviéndose un erudito de la mano de sus mayores, pero soltándolos muy pronto para hacerse de una escritura audaz y llena de matices. Sus textos pueden pasar en cinco frases del abismo a la dicha. Justo como pasa en la vida. Escribe con el mismo fervor con el que sabe reverenciar y redimir los desvaríos. Las tardes lentas y llenas de palabras con sus padres fueron su compañía durante un tiempo y dan fe de un escritor excepcional.
Con una prosa elegante y al mismo tiempo delicada y lúdica, Nos acompañan los muertos va dejando sobre nuestras emociones las del narrador y las de sus padres. Dos viejos, cuya juventud fue ardua pero mil veces alegre, recuerdan mientras padecen y se despiden. Su hijo consigue conmover y darnos la certidumbre de que quienes mueren antes que nosotros nos acompañarán hasta lo último. Este libro es triste, de una melancolía abismal. Siempre bajo la protección y el regalo de un ingenio implacable y una devoción íntegra por el compromiso de contar como quien sueña, que no abandona nunca ni al narrador ni a sus personajes. Aun en los momentos más arduos Pérez Gay nos lleva de la mano con una prosa siempre fina que, incluso cuando la rige el dolor, no desampara a quien lee.
No abruma ni maldice, su historia se funda en la certeza de que somos lo que dejaremos en los otros y de que ese es el único y el mejor modo de no morir del todo. Por eso los vivos nos damos el deber de recordar. No lo dice así, pero en eso está su arte, en el refinamiento con que lo sugiere a cada tanto y hasta el final.
La escritura redime a quien recuerda, pero también acompaña. Escribir así es un don que se cultiva, no sale al paso, se busca y luego se esconde en la sencillez. La buena literatura sugiere. Eso consigue Rafael Pérez Gay, sugerir a quienes leen la necesidad de recordar. No sólo los escritores somos memoriosos, todo el que ha perdido a sus padres los recuerda y debe darse la alegría y el consuelo de contarlos a los demás. Nos acompañan los muertos es, al mismo tiempo, una historia personal y un llamado a pensar y compartir lo nuestro. No mueren quienes con sus historias nos enseñaron a imaginar la eternidad. Algo de lo suyo andará vivo entre nosotros. Y hay arte al que vale rendirse en quien sabe desplegarlo.
Pronunciaré sus nombres es el libro de Tamara Trottner sobre la historia memorable de sus abuelos. Una prueba cabal de mi certeza. Sus abuelos tuvieron que abandonar Kiev y Baranovich. Llegaron a México más por azar que por deseo. Su encuentro aquí nos trajo a sus descendientes que, para bien y como tantos, volvieron su destino el idioma español.
Siempre importan y conmueven las historias de migrantes pero no siempre están contadas con la devoción y el acierto con que Tamara escribió la de sus abuelos.
Me acerqué al libro y lo leí encontrando en sus páginas emociones que no imaginaba. Se puede creer que con el puro recuento de la vida de sus abuelos Tamara tenía en sus manos un tesoro. Pero no cualquiera desenvuelve un tesoro sin maltratarlo. De ahí el mérito de la escritora puntual, conmovida que es Tamara Trottner. Sin alardes, sin vanidad, sin condescendencia, sin exigir compasión, sin concederla, nos entrega un libro pulido por la bondad de una prosa sencilla, por la generosidad de una narradora que no pretende ponernos una trampa ni hacernos sufrir lo indecible para probarnos la condición excepcional de sus personajes. Al contrario, los cuenta con la cercanía y la naturalidad con que creció cerca de ellos, los nombra y nos lleva de la mano a quererlos y admirarlos mientras lo hace.
Es muy difícil conseguir lo que consiguió Tamara Trottner. Pero voy a empezar elogiando lo que en apariencia puede ser fácil: el orden del cuento. Cómo asir la trama. El divino derecho a contar como a cada quien se le pega la gana puede ser un problema para el lector y no un regalo. Tamara lo resolvió de un modo amable, con la elegancia de la claridad. En dónde y cuándo.
Fascina el modo en que acompaña a sus personajes. Con dulzura, con valentía, con amor, Tamara mira a sus seres queridos y los venera sin agobiar con mieles y adjetivos. Cuenta con la elegancia de la sencillez.
Cada nombre que pasa por este libro deja un ánimo: el mundo tiene remedio pese al horror. Y sobrevivir es un mérito, pero también un privilegio. Y el dios azar es el único dios.
Esto último, nunca dicho así, menos aún por los personajes cuya tradición redime la existencia de un todopoderoso, pero sí por quien cuenta sin juzgar, mostrando a cada tanto cómo además de la voluntad de cada quien, existen la gratuidad de la fortuna y el infortunio. No porque así lo exija quien lo escribió, sino justamente porque nunca lo exige. Es como fue. En medio del temor: la creatividad. En medio del silencio: la elocuencia. En la mitad del miedo: una sonrisa. En el centro de la memoria: a pesar de todo, la felicidad es inevitable y no hay pena capaz de conjurarla.
Es difícil hacer y conseguir lo que hizo Tamara Trottner. La precisión, la destreza con que va y viene por la historia de sus antepasados sin avasallarlos con adjetivos, encontrándolos en sus emociones con la sorpresa y la compasión como un deber. Nunca dando por hecho lo que no sabe y al tiempo sabiendo tanto como es posible. Desde la vida y las batallas de tus bisabuelos hasta el diario convivir con las memorias de tu abuelo y la incansable rebeldía de tu abuela. De estos dos bien amados ancestros oímos pesares y pérdidas similares contadas de distinto modo, discernidas con el mismo valor. Como en toda buena zaga, cada persona que cruza el libro es esencial y se vuelve inolvidable. No sólo porque existieron, sino porque gracias a Tamara sobreviven. Y no sólo sobreviven. Renacen. Pronunciaré sus nombres es una promesa cumplida a cabalidad y con plenitud.
Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de Yo misma. Antología, El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores y Mujeres de ojos grandes, entre otros títulos