
Cabe a un hombre que no nació en Cuba —y cuya visión no estaba entorpecida por prejuicios locales— la gloria de haber sido el primero en comprender el valor rítmico y melódico de la música negra elaborada en las Antillas. Cierta noche de 1836, hallándose en el café La Venus, el excelente músico catalán Casamitjana (autor de canciones cubanas muy gustadas en Santiago), asistió al paso de una ruidosa comparsa, llevada por las mulatas María de la Luz y María de la O, que iba cantando el Cocoyé. En el acto, deslumbrado por la revelación, anotó las coplas y los ritmos, escribiendo una partitura para la banda del Regimiento de Cataluña. Días después estrenaba su obra en la retreta ante el escándalo de la “gente distinguida”. Pero ya los aplausos del público popular llenaban la plaza, dejando sin efecto las muecas de los currutacos.
El Cocoyé habría de tener larga vida. Esta invención de “negros franceses”, prohijada por negros cubanos, con sus cinquillos y sus melodías ágilmente colocadas sobre bajos percutantes, sería objeto de una nueva transcripción para banda, en 1849, por Manuel Úbeda, compositor de música religiosa. Reinó, autor de una fantasía imitativa titulada El viaje a Güines, que fue muy popular en toda la isla, hizo un nuevo arreglo de Cocoyé para banda. Desvernine llevaría sus temas al piano. Finalmente, Amadeo Roldán utilizaría sus melodías en la Obertura sobre temas cubanos (1925), y en la Oriental de sus Tres pequeños poemas para orquesta (1926).
En 1809, el chovinismo colonial enfiló sus baterías contra las danzas traídas por los franceses, que tan buena acogida habían recibido en los salones de la aristocracia como en las casas de baile. Un editorial del Aviso de la Havana pretendió iniciar el movimiento con estas ideas: “En todo tiempo nuestro natural ha sido distinguido por su honrada sencillez, nada de afectación, hasta que el libertinaje francés conquistó una gran parte de nuestras antiguas costumbres con grave perjuicio. Ahora que detestamos de todo corazón las máximas de la nación degradada y que tenemos esculpida en mármol la felonía cometida en la augusta persona de nuestro adorado rey Sr. D. Fernando el Séptimo (Q. D. G.) [Que de Dios Goce], ¿por qué no hemos de alejar de nosotros la “balsa” (valse) y contradanza, invenciones siempre indecentes que la diabólica Francia nos introdujo? Ellos en su esencia son diametralmente contrarios al cristianismo; gestos, meneos lascivos y una rufiandad impudente son sus constitutivos, que provocan por la fatiga y el calor que produce en el cuerpo la concupiscencia”.
Pero nadie hizo caso a las frases condenatorias del bilioso gacetillero. La “balsa” y la contradanza habían prendido demasiado hondo en los gustos del criollo para que se sintiera muy tentado a demostrar su fidelidad al Sr. don Fernando el Séptimo, privándose de algo que le era muy grato. En dos por cuatro, tres por cuatro y seis por ocho, su corazón se iba desprendiendo de la península.
Alejo Carpentier: La música en Cuba. Prólogo de Iván de la Nuez. Libros del Kultrum, 2022.