La lámpara de luz de neón parecía, apenas, colgada por un hilo que podría desprenderse en cualquier momento. Su iluminación traspasaba la parte oscura de aquellos párpados. Una bata blanca de tela rijosa, amarrada por la espalda, ponía en evidencia su cuerpo desnudo. Lo que despertaba en él sentimientos tiesos que danzaban entre la conciencia de ser patético y la fragilidad de sus carnes. Apretó los párpados varias veces como si siguiera el ritmo de una canción; en sus ojos se mostraban las arrugas que ya cargaba por los años. Sentía el frío de la plancha metálica dentro de sí, en los huesos y hasta en los pensamientos. Ya son muchas chingaderas para tan poco cuerpo, se dijo. Una voz que fingía una ternura innecesaria repetía, como si se tratara de una grabación: Tranquilo, señor Sariñana.
Guillermo no contestó; trataba de evadir las molestias de los líquidos que entraban por su vena con el ánimo de sanarlo de esa dolencia que venía cargando desde un año atrás y que llevaba a cuestas con la resignación de quien merece un castigo por sus propios excesos. Decidió alejarse un momento de ese lugar para meterse de lleno en sus recuerdos de infancia y adolescencia; ahí donde habitaban Julio, Omar, Nacho, Antonio y Sara. Con quienes había compartido todo, o casi todo, a esa edad en que se descubren las primeras tragedias aderezadas por los grandes placeres.
Su memoria se encaminó en aquella imagen de cuando, en la secundaria, su amigo Antonio le dijo: Mira, para ser grandes hay que jalársela todos los días, y si se puede dos veces seguidas, mejor. Mientras más lo hagamos, la voz se nos irá volviendo de hombre. Y si a eso le agregas un cigarrito, en lugar de doce años vamos a parecer de quince, o chance hasta de dieciséis. El chiste, mi Memo, decía el muchacho mientras se frotaba las manos, es que el humo te entre en la garganta y luego, luego, a los pulmones. Primero te mareas, como con las puñetas, pero ya cuando le agarras el gusto no hay quién te pare, cabrón. Ya ves, el Omar hablaba como una escuincla y ahora hasta engaña a los prefectos cuando no quiere venir a la escuela: llama como si fuera su padre y todos se la creen. ¡Imagínate lo que no haríamos nosotros, cabrón!
Una sonrisa se le dibujó en los labios y la enfermera de la voz incómoda preguntó:
–¿Todo está bien?
–Sí, señorita, no pasa nada –Guillermo imitó un poco esa cortesía que le parecía tan gratuita.
–Es que ahora lo voy a tener que dejar solito, y eso me preocupa.
–Ándele, chula, usted no se preocupe y vaya. Yo hasta que no me quiten estas cosas no puedo irme, así que tranquilita.
La joven lo miró fingiendo un agradecimiento que les prodigaba a todos los pacientes en las circunstancias de Guillermo. Él ya había visto en otros esa mirada de compasión y solidaridad; sin embargo, verla en una mujer le resultaba especialmente incómodo e insultante. La enfermera salió del cuarto de mosaicos blancos y bandejas plateadas, donde los instrumentos se acomodaban en un anaquel por tamaños y formas que para él eran indefinibles. Guillermo los observaba con una curiosidad casi infantil y, mientras lo hacía, se preguntaba para qué serviría tanto aparato. Será para confirmarme lo que ya sé sin necesidad de estudios y tanta humillación, se dijo y continuó. La genética no podía fallar: su abuelo, su padre y ahora él. Lo bueno era que con él se detendría ese destino, pues no había tenido hijos, ni una mujer fija. La primera lo dejó marcado para siempre, o por lo menos ése fue el pretexto para que las que le siguieron no tuvieran mayor trascendencia en su vida emocional. Sara era su nombre. La conoció en el estanquillo donde compró su primer paquete de cigarros. Fue un gran día, o así lo recordaba Guillermo. Por fin había logrado juntar el dinero suficiente para comprar una cajetilla, y no los cigarros sueltos que venía comprando desde hacía unos meses.
Al salir de la escuela se dirigió al estanquillo de dos cuadras adelante. Ahí había un parque adonde acudían los jóvenes después de clases. Mientras caminaba rumbo al lugar pensó en sus opciones en tanto a la marca de cigarros que compraría, no se trataba de una decisión fácil; sería como elegir una carrera profesional y ésa es para toda la vida, pensó. Llegó con un gesto solemne y se puso a revisar a detalle la oferta de marcas de tabaco detrás del mostrador. Las formas y colores jugaban con esa oferta visual para que se integrara a saborear el humo prohibido. Tras mucho pensarlo, eligió unos Raleigh. Quizá fue un acto de respeto para su abuelo, quien en las tardes de los domingos, después de comer, platicaba la historia de ese rostro pequeño que aparecía en el empaque amarillo claro: Sir Walter Raleigh.
La enfermera de la voz incómoda entró al cuarto, nuevamente, con esa sonrisa que mostraba una fila de dientes forrados por unos frenos. Con ello, el labio superior se mostraba más abultado, pero su apariencia general ofrecía frescura. Guillermo la miró de arriba abajo, y observó que esas medias blancas escondían unas piernas gruesas y firmes. No como las de él, que ya se habían llenado de venas y una desagradable flacidez.
–¿Cómo va, señor Sariñana?, ¿Ya más tranquilito?
–Pues qué me queda, chula.
–Pronto vamos a acabar y el doctor Estañol vendrá a hablar con usted.
–¿Para usted cuándo es pronto?
–Cosa de una hora.
–Cosa de una hora, ¿le parece pronto? Claro, usted no tiene que estar medio desnuda esperando la confirmación de una respuesta a sus males.
Ella se limitó a sonreír mientras comprobaba que el goteo del líquido, entrando en la vena del paciente, fuera el adecuado. A Guillermo le llamaba especialmente la atención que la voz de la muchacha fuera tan cálida, y sus actos tan fríos. Él era uno más en ese hospital, y ella lo trataba como tal, con la gentileza necesaria. Quizá si yo fuera más joven…, pensó. Pero la realidad era que tenía 65 años y una vida llena de momentos buenos y malos; no se podía quejar. Ya lo que viniera después tendría que ver con el paso del tiempo, con los días, los meses y los años que transcurren sin detenerse. Como se le habían pasado a su abuelo Flavio: esa figura tan entrañable que narraba historias como si las estuviera viviendo en carne propia, quien había empezado con los mismos síntomas a la misma edad de Guillermo.
–Lo dejo solito, pero en un rato vuelvo, señor Sariñana.
Guillermo le contestó con un movimiento de cabeza y, cuando la enfermera cruzó el umbral y cerró la puerta tras de sí, miró al techo. La luz de la lámpara ya lastimaba menos sus ojos. Se quedó viéndola por más de un minuto, hasta que aparecieron pequeños puntos blancos que le nublaron la vista. Bajó los párpados y con la mano que tenía libre se los talló hasta que se le quitó esa sensación extraña de una luminosidad que lo agredía. Desde siempre se había sentido más cómodo en la oscuridad, en el silencio, salvo cuando iba a casa del abuelo. Entonces recordó cómo se sentaba en una esquina a escucharlo, mientras don Flavio tomaba brandy y café junto con un buen cigarro. Guillermo admiraba al viejo por su voz ronca, por la punta de su dedo pulgar manchada de amarillo, debido a la nicotina, y por la claridad y emoción con las que narraba sus historias.
–¿Ves esta cajetilla, hijo? No es igual a las otras. Ésta tiene algo especial, porque en ella se recuerda a un gran hombre. Míralo bien –decía don Flavio a su nieto en tanto le mostraba el rostro de un hombre de facciones finas, barba corta, con una suerte de gorro que cubría parte de su cabellera oscura.
–Él era sir Walter Raleigh. Fue aliado de la reina Isabel I y, aunque se decía que era un pirata, en realidad fue un visionario. Fundó el estado de Virginia en América del Norte e introdujo el cultivo del tabaco ahí y en York.
Guillermo siempre escuchó atento la historia tantas veces contada por el abuelo. Para aquel niño el relato del abuelo era semejante a una leyenda que se enriquecía con gestos y recuerdos, y quizá una que otra fantasía surgida de la imaginación del aquel hombre que ya pasaba de los sesenta años.
–Seguro era un tipo moderno para su época, porque hasta tuvo amores con la reina. Y lo volvieron sir. No en balde es el emblema de los cigarros que fuma el abuelo. ¿No crees, Memo?
–Sí, seguro –contestaba la voz infantil de quien se sentía transportado a la época de los piratas, los barcos y las guerras interminables entre una potencia y otra. En el fondo, su sentimiento más importante era el orgullo: un orgullo exacerbado por el cariño y por el respeto.
Cómo olvidar, viejo, cuando aspirabas el humo del cigarro como si al hacerlo estuvieras internando en ti algo de la personalidad compleja de aquel inglés. ¿Quién te iba a decir? De ser noble, Raleigh pasó a convertirse en la imagen de una marca de cigarros. Así es el tiempo. Si me vieras ahora, abuelo, quizá te enojarías conmigo. Yo no sé qué chingados hago en este hospital, donde todo es tan blanco y yo parezco la única mancha. Y no es que me arrepienta de mi vicio. Antonio tenía razón: cuando lo tienes ya adentro, da un placer que se sigue de largo. El mismo que sentí esa tarde, cuando pude comprar mi primera cajetilla.
Se la pidió a don Jacinto, el viejo arqueó las cejas y, sin mediar palabra, la puso en sus manos. En ese instante el joven Guillermo sintió que recibía una estafeta que le permitía ingresar en el mundo de los adultos. Sara se encontraba en la acera de enfrente platicando con unas amigas. Él golpeó varias veces el paquete, como lo hacía su abuelo, y después sacó un cigarro y lo encendió con soltura. La primera aspirada fue fuerte, profunda, y la sintió no sólo en la boca, sino también un particular hormigueo que sacudía su cuerpo y le otorgaba pequeños estallidos de placer.
A medio cigarro se dio cuenta de que las muchachas lo miraban, y comenzó a jugar con el humo que emergía formando círculos que se dispersaban en el aire. Había practicado tantas veces con Toño, que no le costaba mayor esfuerzo hacer alarde de sus capacidades para lograr figuras con el humo. Eso no falla, mi Memo, cuando las mujeres te vean, van a caer a tus pies como moscas; van a saber que están con un hombre y no con un escuincle. Recordando las sabias palabras de Toño, caminó sin voltear, seguro de que había logrado su cometido: Sara podía admirar al hombre que estaba frente a ella. Después la invitó a salir y ella aceptó. Fueron al cine, a tomar varios cafés, y saborear muchos helados. El símbolo de su hombría lo acompañaba todo el tiempo; prendía un cigarro tras otro, como si al hacerlo estuviera diciéndole a su reciente novia lo mucho que la quería. A sus catorce años Guillermo se sentía pleno: lo tenía todo y nada podía ser mejor.
Sin embargo, después de un mes de relación, Sara comenzó a cambiar con él. Se mostraba evasiva en todo; incluso trataba de acortar los besos que en un principio duraban hasta que se le acababa la respiración. Un tarde, mientras estaban sentados en la banca del parque, después de un largo silencio, Sara le dijo que prefería concluir con el noviazgo. Se valió de las excusas comunes: que si eran muy jóvenes; que si no era él sino ella; que si necesitaba más tiempo; que… Guillermo la observaba, azorado, pues aunque las palabras de la joven eran claras, él no entendía qué estaba pasando. Luego, mirándola a los ojos, le preguntó si había alguien más. Sonrojada, ella respondió que no se trataba precisamente de eso. ¿Entonces?, Guillermo, le exigió una respuesta. Y finalmente, con lágrimas en los ojos, Sara le dijo que no podía resistir más ese olor a tabaco que se le impregnaba hasta ella en la ropa. Además, ya había sufrido varios regaños por su causa. Su padre pensaba que ella también fumaba, y no estaba de acuerdo con que su hija anduviera con un vicioso. Guillermo sintió que el enojo se le encajaba en el estómago. Cómo podía ser que una mujer lo dejara por haberse logrado como hombre. No tenía sentido. Ante su silencio, Sara le preguntó si estaría dispuesto a dejar el cigarro. Sin siquiera pensarlo, él dio un no tajante por respuesta. No soportaría imposiciones. Fumar no sólo lo había integrado al mundo de los adultos, como el de su abuelo Flavio, sino se había vuelto un placer que no pensaba dejar por nadie.
–Ahora sí, señor Sariñana, viene para acá el doctor Bruno Estañol a entregarle sus resultados. No debería de decírselo, pero parece que todo salió más que bien.
El rostro del paciente adquirió un tono pálido y descompuesto. Al igual que con Sara, no entendía de qué hablaba esa mujer que, aparte de fingida, ahora resultaba indiscreta. ¿Qué quería decir con que todo estaba bien? Eso no era posible.
Un año antes Guillermo había tomado una decisión, drástica, que le modificó la vida y acabó con su tranquilidad. Lo hizo porque durante las noches comenzó a experimentar un dolor que se le enchufaba en la parte media de la espalda, y con el paso del tiempo se volvió constante. Descubrió entonces que fumar se había vuelto para él un placer masoquista, pues mientras aspiraba el humo sentía fuertes pinchazos en donde él pensaba que se ubicaban los pulmones. Se trata de cáncer seguramente, se dijo. Pronto moriré. Así empezó su abuelo, y también su padre, y terminaron llenos de tubos. Los hospitales se volvieron para ambos su hogar en los últimos días de vida.
A pesar de estos recuerdos, Guillermo primero se resistió a dejar el cigarro, pues por alguna razón continuaba identificándolo con su hombría y con la madurez de la vida adulta. Sin embargo, el dolor se tornaba cada vez más fuerte, ocultando el placer de antaño en sus escozores y punzadas. Por fin se decidió: dejó el cigarro durante un par de semanas mas para su sorpresa el dolor nocturno no disminuyó; al contrario, se hizo casi insoportable. Poco a poco se fue resignando a la idea de que estaba enfermo, y tendría que realizarse algunos estudios para que le recetaran algo que le permitiera recuperar sus noches tranquilas al mitigar el sufrimiento. Y si no había remedio, tenía claro que no deseaba morir como sus antecesores: cuando se acercara el final, él mismo terminaría con su vida.
Fue a una clínica de oncología cercana a su casa sólo para que le confirmaran su autodiagnóstico. Durante las varias horas de espera, pudo observar los rostros de los pacientes moribundos que hacían antesala. El semblante de Guillermo no era semejante al de ellos, pero estaba seguro de que por dentro se hallaba en una situación igual. El dolor de espalda se le recrudeció entonces, y cuando inclinó el cuerpo para amarrase las agujetas del zapato ya no pudo regresar a su postura anterior. Dos enfermeros fueron por él y lo recostaron en una camilla para llevarlo al cuarto de mosaicos blancos, donde esperaría mientras le hacían una serie interminable de análisis. Posteriormente apareció el doctor Estañol, quien le preguntó sus antecedentes familiares y lo hizo enumerar su propio historial clínico. Él afirmó, con expresión de gran orgullo, que era un fumador nato, pues había empezado a los catorce años. Dijo que tanto su padre como su abuelo también lo habían sido, y que habían muerto de cáncer en el pulmón, que lo único que deseaba era que le recetaran algunas medicinas para calmar el dolor, porque seguramente con lo avanzado de su enfermedad no se podía hacer nada. Concluyó diciendo que él no quería hacer nada aunque se pudiera. El médico le pidió que esperaran los análisis y después hablarían.
–Señor Sariñana, ya tenemos sus resultados –dijo el hombre de bata blanca y cejas espesas que cargaba un fajo de hojas en las manos–. Mis sospechas se confirmaron después de revisarlos: usted, querido amigo, no presenta células cancerosas por ningún lado. Se lo puedo garantizar.
Guillermo lo miraba con cierto recelo. A pesar de los lentes, el aspecto del doctor era más bien el de un joven estúpido que no sabía lo que decía. Qué se cree éste con ese aire de gran señor. En manos de quién estoy, se preguntó.
–Bueno, puede usted vestirse e irse a su casa tranquilamente. Le pusimos unos analgésicos que aliviarán su dolor de espalda. Aquí le dejo también los datos de un ortopedista, muy bueno, que le dirá cómo debe manejar esa escoliosis. ¿Alguna pregunta?
–Ninguna –respondió Guillermo, pero casi inmediatamente reparó–: ¿A qué se refiere con escoliosis? ¿Seguramente es una enfermedad grave?, ¿Que no tiene cura, verdad?
–No, señor Sariñana. Al contrario, usted presenta un problema de espalda pero con algunas terapias quedará como nuevo. Si bien no es nada que le vaya a causar problemas, sí se trata de algo que necesita atenderse.
¿Qué tiene que ver la espalda con mi mal congénito?, se preguntó Guillermo. Este médico está loco. Lo único positivo era que los analgésicos habían funcionado, desapareciendo el dolor casi por completo. De mala gana, comenzó a prepararse para irse de ahí. No pensaba discutir con este matasanos, ni iría con ningún otro a que le dijera puras estupideces. Agradeció al médico su informe, fingiendo una aparente amabilidad, se quitó la ridícula bata que, más que ocultar, resaltaba su desnudez, y tomó sus cosas para pagar en la caja. Tanto dinero para que me digan que no tengo nada. Bueno, si así lo piensan ellos, así será. Y sino, tampoco importa tanto.
Era media tarde. Guillermo salió con la espalda erguida de la clínica. No sabía a dónde dirigirse y sus pasos lo llevaron al parque en el que se reunía con sus amigos de la adolescencia. Vio cómo, en lugar del estanquillo donde había comprado su primera cajetilla de cigarros, ahora había una señal de no estacionarse. Enfrente estaba una tienda moderna e iluminada, y quienes la atendían eran casi todos jóvenes sonrientes, parecidos a la enfermera. Entró y pidió unos Raleigh y un encendedor. El dependiente le entregó la cajetilla de inmediato. Al tenerla entre sus dedos Guillermo sintió que ahora se trataba de la estafeta que le franqueaba la entrada al mundo de los viejos, y más cuando quien se la estaba pasando era un muchacho joven. Salió de ahí con una euforia parecida a la de muchos años atrás.
Sentado en la misma banca donde Sara lo había puesto en la disyuntiva de elegir entre el cigarro y ella, golpeó lentamente la cajetilla. Después sacó un cigarro y se lo puso en la boca. Antes de encenderlo, recordó al abuelo y dijo: Va por ti, viejo. Acercó el encendedor al extremo y aspiró con profundidad, sin sentir dolor, aunque sí un leve mareo. Aspiró de nuevo y fijó la mirada en el humo del tabaco que, sin determinar un rumbo preciso, se constituía en formas enrarecidas, semejantes a efímeras imágenes que se acercaban más a lo onírico que a una realidad concreta. De ellas se podía desencadenar la serie de fantasías que alumbraban su imaginario: pájaros sin un ala, círculos que se desperdigaban en el aire, sirenas sonrientes y peces dispersos…
Guillermo dirigió su mirada en la cajetilla de cigarros y ahí se topó con el rostro apacible de aquel pirata que parecía observarlo con un gesto de franca complicidad. Entonces se sonrió y sacó de otro cigarro para fumarlo lentamente mientras volteaba la cabeza hacia el cielo y decía en voz alta, subiendo la mano en donde traía el cigarro entre los dedos índice y pulgar: éste va por sir Walter Raleigh. La bajó hasta la boca y aspiró profundamente el humo, como si al hacerlo estuviera internándose en él algo de la personalidad compleja de aquel caballero inglés.
Volumen de cuentos: Pecados Predecibles. México: Colección Marea Alta, Lecturom / UANL, 2013.
Claudia Guillén. Ciudad de México, 1963. Narradora. XXXV Premio Latinoamericano de Cuento. Miembro del Sistema Nacional de Creadores. Su último libro: Los otros.