El golfo de México no es sólo un mar. Es nuestro golfo. Es el que sostiene la pesca, el turismo y la vida cotidiana de miles de familias. Un mar del que vivimos y que también hace posible nuestra existencia. Sin embargo, el golfo se quebró bajo una mancha de petróleo que avanzaba frente a las costas de Veracruz y Tabasco. Entre verdades a medias y versiones fragmentadas que intentaban convencernos de que todo estaba bajo control, el chapopote seguía llegando a la orilla. Pero esa catástrofe no es un evento fortuito de marzo, viene de mucho antes. Es el resultado de decisiones tomadas durante años, de la imposición de megaproyectos sobre el territorio, de una lógica que acumula daño hasta convertir ese mar —y al país— en una zona de sacrificio.
Nombrar derrame a lo que ocurrió hace un par de meses es aceptar la narrativa del accidente menor y diluir la responsabilidad de quienes operan este sistema. Lo que vimos en el golfo es la expresión de un modelo energético basado en combustibles fósiles, que produce daño de manera sistemática. Es un ecocidio que se inscribe en una historia más larga de asolamiento. En ese entramado, México no ocupa una posición externa ni excepcional. La defensa de la soberanía energética y la centralidad del petróleo sitúan al país como un partícipe activo de una economía global extractiva, con todas las tragedias que a este modelo le acompañan.
Este régimen fósil persiste incluso cuando sus efectos son evidentes, cuando los combustibles fósiles incendian el planeta, cuando el petróleo se entrelaza con intervenciones bélicas y cuando el mundo que habitamos se vuelve cada vez más difícil de habitar. Persiste, aun así, como una maquinaria incapaz de detenerse. Lo que alguna vez irrumpió como catástrofe, hoy es parte del funcionamiento normal del mundo. Es un proceso de naturalización del daño. Es ahí en donde la devastación deja de ser esporádica y forma parte de la vida cotidiana.
Habría que recordar que el petróleo es producto de extinciones pasadas. Materia orgánica que, durante millones de años, quedó fuera de circulación. Pero al extraerla y ponerla en movimiento, activamos esa vida muerta y producimos nuevas formas de muerte. Nuevas extinciones, más lentas, más difusas, pero igual de irreversibles. Eso es lo que hoy ocurre en el golfo. Ese pasado geológico, arrancado de la tierra y puesto a circular, se vuelve presente.
Detrás de ese derrame hay una alteración profunda que modifica las condiciones mismas en las que la vida ocurre. El impacto es socioecológico y sus efectos no se agotan en el momento del derrame. Se despliegan en el tiempo, se acumulan, se vuelven parte del funcionamiento cotidiano del ecosistema. El derrame no puede nunca contenerse del todo, su impacto es duradero.
Lo que ocurre con la fauna no se reduce a las imágenes que hemos visto en los medios. No es sólo la muerte inmediata de algunas especies, sino un conjunto de afectaciones que se despliegan en el tiempo y en distintos niveles. Sabemos esto por otros derrames. En el caso del Exxon Valdez, en Alaska, se documentaron impactos que persistieron durante décadas en peces, aves y mamíferos marinos, afectando su salud y reproducción. 1 Algo similar ocurrió tras Deepwater Horizon en el propio golfo de México, donde tanto el derrame como el uso de dispersantes alteraron por completo el ecosistema. 2
En las aves, por ejemplo, el crudo destruye la capacidad de las plumas para aislar el frío y repeler el agua, lo que provoca hipotermia, y, en muchos casos, la muerte. En tortugas y peces, los hidrocarburos interfieren con funciones básicas, desde cómo respiran hasta su alimentación. 3 Estudios sobre toxicidad del petróleo han mostrado que sus componentes pueden generar daños más profundos: alteraciones fisiológicas o efectos en el desarrollo de organismos jóvenes. 4

Lo más grave suele ocurrir donde no alcanzamos a ver: en huevos, larvas y organismos en etapas tempranas, concentraciones incluso bajas de petróleo pueden provocar malformaciones, daños en órganos vitales y alteraciones genéticas. A esto se suma que muchos de esos compuestos permanecen en los sedimentos durante años, incluso décadas, lo que mantiene a distintas especies expuestas de forma crónica. 5
Pero sus efectos son de largo alcance. La contaminación de peces y mariscos genera un efecto dominó que no se queda en el océano. Llega también a tierra firme. Cualquier daño en este ecosistema tiene consecuencias directas en el bienestar de las comunidades que dependen de él. Los derrames afectan la salud humana a través de los alimentos. Esto tiene amplias consecuencias en los pescadores y en las comunidades que viven de las costas, no sólo en cuestiones económicas, sino que es la interrupción de una relación cotidiana con el mar. Lo que se rompe son sus actividades productivas y recreativas; cambia su vínculo con el mar y la manera en la que habitan su territorio.
Y, al mismo tiempo, el petróleo sigue moviéndose. Se desplaza hacia zonas donde resulta más difícil de registrar, se hunde, se adhiere a los cuerpos, alteran las condiciones de la vida. Llega a los arrecifes, contamina el agua, aumenta la toxicidad, enferma. En ese movimiento se vuelve evidente algo que olvidamos con frecuencia: no estamos separados de la naturaleza. Dependemos de ese mar, de sus ritmos, de las vidas que lo habitan. Somos parte de él.
Pero el problema no está sólo en el daño, sino en la forma en que lo nombramos. La palabra “derrame” es un problema porque minimiza la catástrofe. Sugiere un accidente, algo que se salió de su lugar, un evento puntual, casi menor. Pero lo que ocurrió en el golfo, y en tantos otros lugares, no cabe en esa lógica. No es un accidente. Nombrarlo como “derrame” diluye la responsabilidad, como si no hubiera decisiones tomadas, infraestructuras petroleras detrás, proyectos extractivos, actores sedientos de petróleo. Como si no estuviéramos frente a un proceso de devastación más amplio, cercano a lo que algunos han llamado ecocidio.
Esa devastación no es reversible. No se trata de un daño que pueda limpiarse con facilidad. Hay pérdidas que no regresan. Ecosistemas que se transforman de manera permanente. Poblaciones que disminuyen o desaparecen. Y lo poco que se admite se traduce de inmediato en cifras, en porcentajes de limpieza que intentan volver medible lo que no siempre lo es. Ponerle números deshumaniza la tragedia. Evita tener que nombrar a las comunidades, a los cuerpos, a las formas de vida que se ven afectadas, y también evita reconocer que hay daños que no se pueden reparar. Mientras tanto, la vida se reorganiza en torno a prioridades muy claras. Se limpian ciertas zonas turísticas para proteger la imagen, se busca mantener la apariencia de normalidad. Otras zonas, quedan fuera de ese esfuerzo. Comunidades enteras siguen expuestas, enfrentando efectos que no desaparecen con el paso de los días.
Esa mancha negra en el golfo forma parte de una red más amplia de infraestructuras fósiles que atraviesan el sureste mexicano. La refinería de Dos Bocas, por ejemplo, no puede pensarse por separado de proyectos como el Tren Maya o el Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec. Es una misma lógica territorial que articula extracción y transporte a gran escala. El crudo que hoy contamina el mar es el mismo que sostiene esa red. En ese sentido, el golfo no es únicamente un espacio afectado, sino una pieza clave dentro de una reorganización más amplia del territorio. Un reordenamiento que, como han señalado autores de la ecología política, no sólo implica transformar paisajes, sino también reordenar las mismas condiciones de existencia. 6
Lejos de ser agravios aislados, estos procesos configuran lo que se ha llamado zonas de sacrificio, territorios donde la degradación ambiental y la precarización de la vida se vuelven condiciones normalizadas para sostener determinados modelos de desarrollo. 7 En este contexto, el petróleo se vuelve una forma de organizar el mundo. Porque no hay nada súbito en esto. Esos procesos se acumulan. Rob Nixon le llama violencia lenta a una forma de desastre que se despliega en el tiempo, que se instala poco a poco y que terminamos por normalizar. 8
Los derrames de petróleo no son nuevos. Han ocurrido en distintas partes del mundo, una y otra vez, bajo distintos contextos y gobiernos. Sin embargo, hay algo en su repetición que los hace parecer cada vez menos excepcionales, como si fueran el costo asumido de sostener el mundo tal como funciona hoy. Como si este mundo funcionara bien. Esa repetición responde a un proceso más amplio, atravesado por las fuerzas del capital y por una lógica de extracción constante que convierte todo lo vivo en un recurso disponible, listo para ser explotado.
Es precisamente esa forma de organización la que produce los riesgos que después aparecen como si fueran accidentes. Lo que ocurrió en el golfo es resultado de una infraestructura fósil que lleva años operando con fallas, de decisiones que priorizan la producción sobre el cuidado de la vida. Ulrich Beck 9propuso pensar nuestras sociedades como sociedades del riesgo, donde los peligros ya no provienen de fuera, sino que son humanamente creados, por las propias dinámicas del desarrollo. Lo peor es que no sólo construimos esos mismos riesgos nosotros, sino que los empezamos a integrar como parte del funcionamiento de nuestra vida. Pasan a formar parte de lo esperable. En el golfo esto se vuelve evidente. Los riesgos son continuos y se distribuyen de forma desigual. Se concentran en ciertas regiones, en ciertas comunidades, en ciertos cuerpos, siempre los más vulnerables, que quedan más expuestos que otros.
Con el tiempo estos riesgos se normalizan. Se vuelven parte de lo que ocurre. En ese proceso, la precariedad deja de ser una condición excepcional y se convierte en estructura. Se vuelve la forma en que se organiza la vida en estos territorios. Las comunidades costeras, los pescadores, quienes dependen de manera directa del mar, viven en un estado constante de exposición a daños que no eligieron y que no pueden controlar.
Los desastres no siempre llegan de forma espectacular. A veces avanzan lentamente, casi sin hacerse visibles. Otras veces irrumpen de manera abrupta, como este derrame que aparece de pronto en la superficie. Pero en ambos casos responden a la misma lógica, un modelo extractivo que produce energía y, al mismo tiempo, erosiona las condiciones que hacen posible la vida.
Lo ocurrido en el golfo es parte de una historia que en México no termina de cerrarse. El derrame de Grupo México en el río Sonora en 2014 dejó a comunidades enteras sin acceso seguro al agua y, a pesar de los compromisos de remediación, sus efectos persisten hasta hoy. A eso se suman los múltiples derrames y fugas asociados a la operación de Petróleos Mexicanos en distintas regiones del país, sobre todo en el golfo. Rara vez se reconocen en toda su magnitud y sus impactos se siguen acumulando.
Suele decirse que los desastres traen caos, pero lo que vemos es otra cosa. Basta mirar lo que ocurre desde abajo. Ahí no hay desorden, hay organización. Son las propias comunidades, los colectivos y algunas organizaciones quienes produjeron la evidencia más consistente sobre el derrame. La Red Corredor Arrecifal del Golfo de México o Greenpeace México documentaron el daño e impugnaron los datos dispersos y los comunicados ambiguos del gobierno. Estas redes generan información ahí donde se intenta cerrar el problema.
Cuando las instituciones callan y distorsionan, las personas de las propias comunidades, de las organizaciones, de los colectivos, están cuidando lo que todavía tenemos. Nos están enseñando a no acostumbrarnos a la pérdida.
En este momento cuidar es no acostumbrarse. Es no aceptar que la pérdida se vuelva normal. La naturalización del daño se va instalando con lentitud. Sucede cuando dejamos de mirar, cuando el daño deja de incomodarnos
Porque no habitamos solos. Este mundo lo compartimos con otras formas de vida que lo hacen posible, que lo sostienen de maneras que no siempre vemos, pero de las que dependemos por completo. Hay algo profundamente injusto en permitir que desaparezcan como si nada, en aceptar que su lugar puede borrarse sin consecuencias.
Ese mar, que cura nuestras heridas, que nos alimenta, que nos ha permitido jugar en sus olas. Ese mar está teñido de negro. Y no debería dejarnos en paz.
Ana De Luca Zuria
Profesora investigadora de la Universidad Autónoma de Baja California
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- Alford, J. B.; Peterson, M. S., y Green, C. C. (eds.), ob. cit.
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