No me hallo

“No me hallo”, rezaba la sarcástica canción del mítico grupo tapatío: El personal, fundado por Julio Haro durante el segundo lustro de los años ochenta. Al pasar el tiempo volví a escuchar la melodía y cierto patetismo se instaló en la atmósfera que me rodeaba. Más allá de la boutade musical, se expresaba una de las preguntas que más han intimidado a los seres humanos capaces de darle sentido a este contrasentido: “¿Qué permanece de mí a lo largo de la vida y qué cambia o se transforma?”. Es evidente que las respuestas se develaran absurdas o contradictorias, o acaso den lugar a una abultada pila de libros que intentan sortear o escudriñar el asunto. Yo creo que no sabemos nada al respecto y que uno se halla condenado a vagar siempre por las ramas, tal como lo hacía Cosimo, en El barón rampante, de Italo Calvino, quien decide subir a los árboles y jamás descender al piso. Andarse por las ramas no sólo es una virtud epistemológica, sino un buen ejercicio y también un destino.

Kathia Recio

Aún me recuerdo a mis veintitantos años, ataviado con una gabardina negra, comprada en el mercado de Las Pulgas, en París, llevando bajo mi brazo, como una baguette, mi ejemplar de Ser y tiempo. ¿No es la anterior una imagen ridícula, incómoda y cercana a la caricatura? Lo es, sin embargo en ese tiempo representaba yo bien mi papel y además convencía a varias amigas de ser un genuino existencialista mexicano. Además de sexo —me gusta decirle sexo fenomenológico— qué obtuve de aquella pantomima? La lectura y un acercamiento a la reflexión filosófica, mas tiempo después Heidegger se marchó de mi atención y se mantuvo congelado dentro de mi librero por varias décadas. Y así, convirtiéndome en otro, habité diversos escenarios y representaciones donde reinaba una identidad lejana a la fisura. Al menos, en mi defensa, puedo decir que a fin de cuentas sobrevivía en mi Un gato con botas, la obra de Ludwig Tieck, en que el autor se desdobla, hace escarnio de sí y se burla del autor en plena obra, además de que invita al público a mofarse también del realizador de la pieza teatral. He aquí, en esta obra, uno de los principios de la ironía moderna.

Paseando entre las ramas, me encuentro con uno de los ensayos más notables de Stefan Zweig que viene perfectamente a cuento. Es la biografía acerca de una mujer, pequeña, en apariencia indefensa, pero necia y obstinada a crear una ciencia moral y dar lugar a una fe universal, a una certeza entre los desvalidos seres humanos, víctimas de la ciencia física y de las religiones e Iglesias espurias. Todo ello sucede en Boston, y esta mujer que se hace millonaria, exhibe una tacañería fuera de lo común y vive poco menos de noventa años, erige un templo a su persona y extiende su fama hacia todos los rumbos cardinales de Estados Unidos y otras geografías. La esencia de su moral y de su Iglesia podría definirse a partir de una sola frase: “La enfermedad no existe”; la muerte es la ausencia de fe, nada más. Es probable que quien lea estas líneas considere estúpidos los principios de Mary Baker Eddy (New Hampshire, 1821-1910), pero una población numerosa la respaldó y siguió su “filosofía”; jamás trastocó sus ideas y además las justificó plena de una convicción ambiciosa. Ella fue una persona, no varias: un ser sin fisuras, no un espíritu dubitativo. ¿Quién más podría despertar acerca de esta mujer las palabras siguientes de Stefan Zweig?: “De hecho, desde Isabel de Inglaterra y Catalina de Rusia, ninguna mujer ha conseguido un triunfo semejante sobre el mundo, ninguna ha erigido un monumento tan visible a su poder como Mary Baker Eddy, reina por voluntad y fuerza propias, soberana de un reino por ella misma creado”.

Guillermo Fadanelli

Escritor. Entre sus libros: Stevenson, inadaptado; El hombre mal vestido; Fandelli y Mis mujeres muertas


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