
Después de año y medio de ataques de Israel dejaron inhabitable el territorio palestino. Gaza quedó como un terreno baldío con 50 millones de toneladas de escombro. Ratas y perros buscan comida entre las ruinas y charcos de desagüe. Por debajo de montañas de concreto estrellado, se eleva el olor a podrido por la contaminación y cuerpos en descomposición. No hay agua limpia. Poca comida. Un recorte severo de servicios médicos y refugios imposibles de habitar. Hay una epidemia de hepatitis A causada por la ingesta de agua contaminada, también males respiratorios, desnutrición, hambruna, sarna. Además de la insuficiencia de ayuda humanitaria, crisis de hambruna, destrucción de hospitales, está el desplazamiento forzado —por órdenes de Israel— continuo de 1.9 millones de personas por toda la Franja. La población se encuentra acorralada en “zonas humanitarias” que se siguen encogiendo y reduciendo, y que el ejército israelí no para de atacar. Se prohíbe el acceso a dos tercios del territorio de la Franja. Los gazatíes están sobreviviendo en carpas hechizas, acampando entre trozos de concreto o al aire libre. Nueve de cada diez hogares han sido destruidos o dañados. No hay hospitales, panaderías, mezquitas ni universidades. La expulsión de la UNRWA (o Agencia de Naciones Unidas para la población refugiada de Palestina en Oriente Próximo) junto con un dudoso esquema de ayuda humanitaria que es insuficiente y peligroso, están sirviendo para mantener a los palestinos sin la posibilidad de sobrevivir en condiciones dignas, también para apiñarlos en complejos militarizados para luego deportarlos.
Aunque el 19 de enero de 2025 se efectuó un cese al fuego en la Franja de Gaza, dos días después, se puso en marcha la operación Muro de Hierro en Cisjordania para satisfacer las ansias de violencia del sector más radical de la coalición del gobierno de Netanyahu, que rechazaba la tregua. Para marcar el inicio de la operación —y luego de que detonaran bombas en Tel Aviv en tres autobuses sin causar víctimas—, Netanyahu viajó al campamento de refugiados en Cisjordania de Tulkarem y grabó un video vistiendo un chaleco antibalas militar anunciando “la escalada de actividades operativas contra centros de terrorismo” . El 18 de marzo se rompió el alto al fuego en Gaza y la ilusión de la paz con una nueva intensificación de la violencia (una operación nombrada “Los carros de Gideon”), que marca más bien el comienzo de algo mucho más brutal y despiadado.
En las tres semanas que siguieron, Gaza se convirtió en un campo de fuego donde nadie puede estar seguro y las masacres diarias quebraron lo que quedaba de esperanza en la Franja. Ahora que escribo, los gazatíes estuvieron once semanas sin recibir comida, agua, lo básico para sobrevivir. Según Ruwaida Amer, periodista originaria de Gaza reportando en el terreno, fuerzas israelíes continuaron destruyendo bloques residenciales con bulldozers automatizados y robots explosivos, y están ejecutando a periodistas y doctores a sangre fría. Las escuelas, que a veces sirven de refugios, están siendo también atacadas. El Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas estima que la reconstrucción de la Franja va a costar entre 40 y 50 billones de dólares y, en caso de que haya fondos disponibles, podrían tardar hasta 2040.
Lo más preocupante de todo es que la liquidación de Gaza está siendo transmitida en vivo. El mensaje que se está diseminando por el mundo es que estamos llegando a una era en la que las leyes y el derecho internacional, la moralidad básica, la decencia ordinaria no logran mucho. Siguiendo al intelectual hindú Pankaj Mishra, no hay vuelta fácil a la integridad moral e intelectual después de Gaza.
Además de los fascismos y autoritarismos que están floreciendo por el mundo, lo que ha cambiado con la devastación de la Franja de Gaza y su población es la completa impunidad con la que Israel está actuando. Quien vea lo que sucede hoy en día, podría adivinar que su objetivo militar, económico y geográfico a largo plazo es liquidar a la nación palestina. Hay que decir esto en voz alta. Además de Palestina, lo que está en juego es la destrucción del orden mundial multilateral construido después de los crímenes nazis, y la creciente pérdida en la fe en los principios humanistas de justicia internacional, democracia y libertad de expresión. Los últimos detentores de la fe en estos valores son estudiantes, activistas y jóvenes demostrando y manifestándose en contra del genocidio. Sin embargo, la indignación moral que están expresando se percibe y persigue como una amenaza.
Desde el 7 de octubre de 2023, predomina un clima de un macartismo sionista —que en realidad no es nuevo— intensificado a raíz de la reciente ola de manifestaciones de solidaridad con Palestina y de las críticas a las políticas genocidas por parte del estado de Israel. Desde que inició esta guerra, hay personas actuando como la policía del lenguaje, abogando por las formas “correctas” de hablar de lo que está ocurriendo en Gaza. Se estableció un cerco en el lenguaje a nivel global para hablar del genocidio con la exigencia de evitar en la prensa y en los debates académicos, instituciones culturales y universidades los siguientes términos: “genocidio”, “campos de refugiados”, “territorios ocupados”, “limpieza étnica”; también se prohíbe la consigna “desde el río hasta el mar”. Me ha pasado. Y es que este nuevo episodio del conflicto, se caracteriza por la propagación de la negación en instituciones culturales, universidades en todo el mundo.
En enero de 2025, Trump viró una orden ejecutiva (precedida por una similar decretada en 2019) con “medidas para combatir el antisemitismo”, que ordena a agencias federales “perseguir, expulsar o hacer responsables a perpetradores de acoso antisemita y violencia ilegales”. Como parte de este decreto, se eliminó el subsidio a la Universidad de Columbia para la investigación de 400 millones de dólares. Harvard recibió una amenaza similar, pero resistió, luego de enviar una inquietante carta a la comunidad universitaria donde anunciaba su postura de ayudar al gobierno federal a combatir el antisemitismo. Estamos hablando de medidas punitivas para silenciar la oposición a Israel ejerciendo presión a través de autoridades federales y estatales, incluyendo la revocación de visas de 1 200 estudiantes extranjeros o encarcelamientos, como en el caso de Mahmoud Khalil, por participar en protestas contra las acciones en Gaza.
Si interpretamos esta orden ejecutiva a través de la luz de la inviable propuesta de Trump de “la Riviera de Medio Oriente”, visualizada en un video viral que muestra a Gaza como un paraíso de bienes raíces en pleno Mediterráneo, los mecanismos de represión y propaganda en función de la obliteración de Palestina se revelan burdos y aterradores.
Según los críticos israelíes Itamar Mann y Lihi Yona, la nueva escalada en el conflicto trajo una definición de antisemitismo ligada a la consolidación de un proyecto de poder que proclama proteger a una minoría. Bajo el disfraz de la redefinición legal de antisemitismo del gobierno federal de Estados Unidos, se está desplegando una campaña autoritaria y fascista para cambiar la esfera pública y los debates en el campo sensible. Mann y Yona argumentan que han surgido dos posiciones opositoras: por un lado, muchas organizaciones judías entienden al movimiento de protesta pro-palestino como una manifestación de antisemitismo, materializado en criticar a Israel y negarle el derecho de defenderse. Por otro lado, muchos críticos de Israel y del sionismo se posicionan contra esta postura y a favor de su derecho de apoyar la lucha palestina. Es así que la conflagración de una postura crítica de Israel con el antisemitismo sirve como una manera de silenciar opositores a las acciones de Israel en Gaza en particular, y contra los palestinos en general. Esta lucha de posturas llegó a los debates hegemónicos globales.
En México vivimos esta nueva escalada del conflicto como una dualidad representada por el reconocimiento de la presidenta de la nación palestina y de la foto que se tomó con la embajadora Nadya Rasheed, al tiempo que el gobierno no ha roto relaciones con Israel. Por otra parte, el 1 de mayo, Carmen Moreno Toscano, la embajadora de México en La Haya, y Pablo Arrocha Olabuenaga, Representante de Asuntos Legales en la Secretaría de Relaciones Exteriores, declararon en la Corte Internacional de Justicia que la “deshumanización de la población total de Gaza no debe de ser normalizada”. Además argumentaron que la “catástrofe humanitaria que se desenvuelve delante de nuestros ojos en Gaza no puede y no debe ser justificada”.
Sin embargo, desde el inicio de la escalada del conflicto, en la cobertura de los medios mexicanos ha predominado el punto de vista sionista, como los reportes y análisis de comentaristas o periodistas mexicanos, algunos de ellos dando recuentos concretos de los avances del ejército en la Franja desde Israel, acusaciones de antisemitismo a la solidaridad pro-palestina, o la diseminación de testimonios de las víctimas israelíes de Hamas. Esto sin el contrapeso del punto de vista de la situación de los palestinos. Comentaristas o escritores, han reiterado también el guion propagandístico del lobby judío reproduciendo el argumento falaz que “los países árabes vecinos ‘no quieren’ recibir a los palestinos”, o que “los países vecinos ni los insertan en sus sociedades ni les brindan oportunidades de trabajo ni la posibilidad de rehacer su vida en esas tierras”. Esta postura ensayada y propagandística, reiterada en la visión de la “Riviera de Medio Oriente” de Trump, obvia el hecho de que si países árabes recibieran refugiados, ello implicaría legitimar al desplazamiento forzado de Israel y aceptar su política genocida. También se han justificado las acciones de Israel invocando a la Shoah y que la existencia de la resistencia Palestina es una amenaza existencial al Estado de Israel.
De acuerdo con el historiador israelí Ilan Pappe, el lobby sionista está compuesto por una red enorme de personal remunerado y voluntarios que trabajan para el proyecto de tiempo completo por todo el mundo. La obligación del lobby es la de eliminar de raíz cualquier simpatía creciente hacia Palestina, ya sea en la forma de boicot, protestas o flotillas humanitarias rumbo a Gaza. Parte de su tarea es también suprimir la producción de conocimiento que respalde las demandas de los palestinos, y, según Pappe, su obsesión principal es controlar la conversación sobre Israel y Palestina. Su modo de operar es aplicar toda su fuerza en lugares en los que ya ha perdido la batalla como centros comunitarios, iglesias, gobiernos municipales, museos y universidades. Se trata de una lucha contra la deslegitimación de las políticas genocidas de Israel, centrada en la defensa y en la argumentación.
Es así que la esfera sensible de México se encuentra polarizada, incluyendo la batalla en el lenguaje de “cómo se debe hablar de esta guerra”, y repudiando a los críticos de las políticas genocidas de Israel descalificándolos por “woke”, antisemitas, intolerantes, antidemocráticos, resistentes al diálogo o fundamentalistas. Al abogar por la “democracia” y la libertad de expresión, los que acusan de antisemitismo a las manifestaciones propalestinas, contribuyen a la deslegitimación de los valores que defienden los activistas y a la crisis moral generada por la corrupción de medios masivos de comunicación y líderes políticos. En estos tiempos, la defensa de la libertad de expresión está sirviendo de disciplinamiento represivo y policía del lenguaje para acallar las disidencias y apoyar a Israel diseminando la negación del genocidio.
Hay otro sector de periodistas y productores culturales que no se pronuncian contra el genocidio por miedo. La gente está aterrada de perder oportunidades de trabajo, puestos, exposiciones, publicaciones, de perder visas o que les nieguen la entrada a Estados Unidos. Los sionistas lograron dividir a las sí ven y reconocen al genocidio pero que tienen terror de hablar porque tienen mucho que perder, y las que hablan porque no conciben hacer otra cosa. No obstante, ha habido victorias: en mayo de 2024, estudiantes del Colegio de México hicieron un campamento en la Sala Alfonso Reyes para exigir que la institución cancelara el convenio que tiene con la Universidad Hebrea de Jerusalén para exigir un alto al genocidio cometido por las fuerzas israelíes contra la Franja de Gaza. Ese mismo mes, 119 profesores del Colmex pidieron al Gobierno de México suspender relaciones con Israel; la UNAM y el CIDE hicieron lo mismo. Después de movilizarse, los estudiantes del Colmex lograron que la administración de la institución cesara relaciones con la universidad israelí.
Tenemos que decir la verdad sobre Palestina y sobre las condiciones de barbarie en que vivimos en nuestro país. Poner al frente la crisis moral y la pérdida de valía de los valores humanistas, que sirven para negar el genocidio. No dejar de hablar de Palestina, de lo que está ocurriendo en Gaza en espacios públicos e instituciones públicas y privadas. Solo así nos libraremos y liberaremos a los palestinos de ser testigos del borramiento, de ser voces de los espectros de lo que antes hubo. Los palestinos están agotados. Necesitan mediadores. A ellos se les exige dar testimonio en primera persona, por eso, ante el cerco en medios de comunicación globales, no han parado de reportar desde el terreno (y se han convertido en blanco específico del ejército (van 167 periodistas asesinados en lo que va del conflicto). Tampoco los palestinos en la diáspora han tenido tregua, cargando con la obligación de darle voz a su pueblo de formas sofisticadas y complejas, apelando a la compasión, reconocimiento y empatía del resto del mundo. Los demás, quienes escribimos y leemos lo que sucede, necesitamos encontrar el valor de nombrar la oscuridad y de revertirla, junto con la ceguera voluntaria y la amnesia histórica, contra la creencia de que se tiene derecho a usar la violencia industrializada. Antes de que el genocidio en Gaza —el adjetivo está rebasando incluso la realidad sobre el terreno— se establezca como la norma y se terminen de demoler los pilares de las democracias justamente en nombre de la democracia. Estamos viviendo los últimos días de Gaza, el último capítulo de este baño de sangre.
Irmgard (Gardi) Emmelhainz
Escritora e investigadora independiente. Su más reciente publicación es la segunda edición de El cielo está incompleto. Cuaderno de viaje en Palestina (Siglo XXI, 2025).