Morena, ¿la cuarta transformación del PRI?

Las elecciones del pasado 5 de junio aclararon el significado de la Cuarta Transformación, que es el lema de los lopezobradoristas, porque reforzaron la impresión de que estamos viviendo la restauración del PRI, o más bien la consolidación de lo que para algunos es la cuarta transfiguración del sueño de Plutarco: un sistema político construido en torno a un partido hegemónico. No es una casualidad que esta interpretación se haya fortalecido en una coyuntura electoral, dado que la ansiosa búsqueda de la unanimidad condujo a la perversión del sufragio universal y del clientelismo que dieron forma a las peores prácticas del PRI, y que ahora Morena reproduce sin sonrojos con el mismo objetivo: asegurar la imagen de que cuenta con un apoyo popular aplastante.

Ilustración: Izak Peón
Ilustración: Izak Peón

Las semejanzas entre las prácticas electorales fraudulentas del Revolucionario Institucional y de Morena saltan a la vista; sin embargo, el partido hegemónico del pasado tenía mucho más que eso, porque los gobiernos que apoyaba tenían políticas y objetivos más precisos. Para lograrlos diseñaron políticas consistentes, explícitas y realizables que también respondían a las condiciones del entorno nacional e internacional. Algunas de esas políticas fueron la base de notables continuidades, así en economía como en el campo de la cultura y la educación, y fueron centrales para impulsar la superación del siglo XIX, poner fin a la inestabilidad de la posrevolución y modernizar el país.

En materia de políticas de gobierno, las diferencias entre Morena y el PRI son abismales. Este último creía en la importancia del crecimiento económico, de la educación, del conocimiento, de la paz social y del sentimiento de seguridad de la población y puso en práctica políticas inspiradas en esos fines. En cambio, el partido hoy en el poder no parece tener nociones claras respecto a sus objetivos de mediano plazo, ni en lo que se refiere a los instrumentos que puede utilizar para alcanzarlos. Sin embargo, el PRI de hoy tampoco es el partido de ayer y una de las diferencias más notables que separan a estas dos organizaciones es la falta de un programa de gobierno. Los priistas no ven esta amplia laguna, concentrados como están en la competencia con otros partidos, como si no supieran que las elecciones se ganan en la calle y con los votantes.

La crisis del PRI, que parece terminal, se atribuye a la frivolidad de Enrique Peña Nieto y los suyos, a las trapacerías de los Ruiz Massieu, a las mañas de la Secretaría de Gobernación en tiempos de ya sabemos quien. No obstante, habría que pensar si acaso la derrota del antiguo partido hegemónico no se inscribe en el colapso de la socialdemocracia en el mundo, que ha liquidado al socialismo francés, al PSOE, al laborismo inglés, y que ha debilitado a la SPD en Alemania, organizaciones que representaron el centro político de la posguerra y que fueron en su momento una fuente de inspiración para el PRI.

En los últimos veinte años, en México, el centro político al que aspiraba el partido hegemónico se derrumbó y abrió paso al extremismo lopezobradorista; y en el resto del mundo, al avance de Marine Le Pen en Francia, de Vox en España, y de Viktor Orbán en Hungría. Este fenómeno está asociado a la crisis del Estado benefactor que ha propiciado la personalización del poder y el ascenso de líderes políticos que creen que pueden transformar la realidad a golpes de voluntad, sin percatarse de que la huella de estos golpes será más profunda que el testimonio de sus intenciones.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Investigadora emérita del SNI. Obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es A la sombra de la superpotencia. Tres presidentes mexicanos en la Guerra Fría, 1945-1958.