La primera persona que me habló sobre el mal en el mundo fue mi abuela. Murió en 1948, pero la recuerdo de manera muy vívida porque nos cuidaba a mí y a mi hermano mientras mi madre se iba a trabajar. La pobre mujer era más sensata que la mayoría de la gente. Escuchaba a Mussolini, a Hitler, a Stalin y a otros lunáticos en la radio y, como sabía varios idiomas, comprendía las imbecilidades que decían. Lo que le irritaba aún más que sus viles palabras era su entusiasta corte de seguidores. No lo comprendí entonces pero ella me enseñó una lección que ha perdurado. Hay que cuidarse de los supuestos grandes líderes y las euforias colectivas que despiertan. Muchos años despúes escribí este poema sobre ella:
IMPERIOS. Mi abuela vaticinaba el fin/ de vuestros imperios, ¡oh, necios!/ Planchaba. La radio estaba encendida./ La tierra temblaba bajo nuestros pies./ Uno de los héroes del vulgo pronunciaba un discurso./ “Monstruo”, lo llamó ella./ Hubo vivas y salvas para el monstruo./ “Podría matarlo con las puras manos”,/ me dijo./ No era necesario. Todos se iban/ a ir al diablo muy pronto./ “No le vayas a contar de esto a cualquiera”,/ me advirtió./ Y me jaló la oreja para segurarse de que la comprendía.
FUENTE: CHARLES SIMIC, EL FLAUTISTA EN EL POZO. ENSAYOS ESCOGIDOS, 1972-2003. EDICIÓN DE RAFAEL VARGAS. CAL Y ARENA, MÉXICO, 2011.
