México y Estados Unidos: doscientos años de relaciones

El próximo 12 de diciembre, México y Estados Unidos celebrarán doscientos años de relaciones diplomáticas. Sus gobiernos se aprestan para los festejos y usar la ocasión para proyectar un buen estado en la relación. Un balance minucioso de estos primeros doscientos años resulta una labor formidable que escapa por mucho el alcance de este texto. Si acaso puede hablarse aquí de una evolución con luces y sombras; y de una relación marcada por la inevitable geografía, por el peso y la memoria de una guerra injusta que despojó a México de la mitad de su territorio, por la asimetría militar y económica, por las contradicciones entre la interdependencia y las soberanías, por el fenómeno migratorio y la vasta comunidad mexicana en Estados Unidos, por el uso y abuso de la relación para fines de política interna y por las tensiones entre la integración económica y las diferencias políticas.

Ilustración: Víctor Solís
Ilustración: Víctor Solís

Es igualmente difícil decir con certeza dónde se encuentra la relación y sobre todo qué se puede prever para el futuro. Los últimos seis años han sacudido los principales ejes en los que la relación se organiza: el comercio e inversiones, el fenómeno migratorio y la seguridad. Aunque la relación pareciera ser bastante resiliente es prematuro cualquier juicio. A pesar de esto, por su importancia para una inmensa mayoría de los mexicanos y para una porción considerable de los estadunidenses, es necesario hacer reflexiones que contribuyan al debate sobre cómo forjar una mejor relación a futuro entre estas dos naciones.

Una pincelada de la relación

Es común escuchar —tanto de funcionarios de gobierno como de analistas— que la relación entre México y Estados Unidos es una de las más complejas, dinámicas e intensas del mundo. Esta apreciación no dista mucho de la realidad. Se trata de dos países —uno en desarrollo y el otro desarrollado— que comparten la décima frontera más larga del mundo (3169 km). Hoy, su comercio de bienes y servicios alcanza 1.8 miles de millones de dólares diarios y México se ha convertido en el principal socio comercial de Estados Unidos. La inversión estadunidense acumulada en nuestro país alcanza 308 000 millones de dólares, en tanto que la mexicana en el vecino del norte es del orden de 42 000 millones.

Compartimos y coadministramos las importantes cuencas del Río Colorado y del Río Bravo, indispensables para la vida de millones de personas en ambos lados de la frontera —y con crecientes problemas de sequía que parecen ser más la norma que la excepción. Asimismo, en la región fronteriza, se comparten diversos ecosistemas con miles de especies de flora y fauna. Existen al menos dieciséis zonas metropolitanas que podrían definirse como binacionales y cuya dinámica es claramente transfronteriza. Valga decir que en algunos casos comparten hasta el drenaje.

Más estadunidenses visitan México cada año que cualquier otra nacionalidad, mientras que los mexicanos son el segundo grupo más grande de visitantes internacionales a Estados Unidos. Se estima que alrededor de 37 millones de hispano-mexicanos radican allá, siendo alrededor de 11 millones nacidos en México y el resto mexico-americanos de segunda o tercera generación. A su vez, el Departamento de Estado sitúa el número de estadunidenses viviendo en México en al menos 1.5 millones de personas. Las remesas que llegan a México provenientes de connacionales viviendo en Estados Unidos alcanzan ya más de 50 000 millones de dólares al año y son fuente de sustento de millones de familias en México.

Ya por décadas, cada día, los gobiernos nacionales de ambos países desahogan una amplia y complicada agenda de diálogo y cooperación. Para ello se han creado diversas instituciones y mecanismos que van desde la Comisión México-Americana para la Erradicación del Gusano Barrenador de Ganado —que fue en su momento especialmente exitosa— o el Banco de Desarrollo de América del Norte —que por 25 años ha impulsado la infraestructura en la frontera, hasta el relativamente novel Diálogo Económico de Alto Nivel (DEAN).

Existe también una vasta y creciente paradiplomacia que realizan gobiernos estatales, ciudades y ayuntamientos, legisladores, organizaciones empresariales, universidades, etc. Por si fuera poco, ambos países participan en diversos organismos multilaterales en los que abordan todo tipo de temas y retos globales —a veces desde la misma perspectiva y otras desde una francamente opuesta.

Finalmente, reflejo del peso y la importancia que la relación reviste para ambos gobiernos, valga notar que nuestro país tiene, en adición a su embajada situada a unas cuantas cuadras de la Casa Blanca, más de cincuenta representaciones consulares a lo largo del territorio estadunidense —desde Nueva York hasta California y desde Texas hasta el estado de Washington. Estados Unidos, a su vez, cuenta con nueve representaciones consulares en nuestro país; y hoy construye su nueva sede diplomática en la Ciudad de México, misma que será de sus más grandes y modernas.

En efecto, México y Estados Unidos tienen mucho en juego en su relación bilateral. Su manejo diario, aun sin sobresaltos o súbitos conflictos, es todo un reto. La tendencia natural de esta relación es a estrecharse y profundizarse, a que ocurran más cosas y no menos entre los dos países, lo cual no hace en automático que la relación sea mejor. Por consiguiente, pienso que se requerirá de un manejo cada vez más inteligente, juicioso y ágil de ambas partes.

Confrontaciones, vecinos distantes y socios estratégicos

Se han escrito numerosas obras que abordan con detalle la historia de esta relación. Me vienen a la mente los tomos de la Biblioteca Porrúa de Historia escritos por Luis G. Zorrilla, o la Colección México–Estados Unidos del Colmex, la cual, por lustros, ofreció una estupenda compilación de artículos sobre el acontecer de cada año. También hay recuentos o memorias personales de los actores involucrados que dan cuenta de periodos específicos. Este es el caso del libro Diplomático en Mangas de Camisa de quien fuera el embajador de Estados Unidos entre 1933 y 1942, Josephus Daniels, o Misión en Washington del embajador mexicano entre 1993 y 1995, Jorge Montaño, quien bien expuso las vicisitudes de la negociación del Tratado de Libre Comercio para América del Norte (TLCAN) y el paquete financiero que permitió a México afrontar la crisis de 1994.

Para efectos de este ensayo, y desde mi punto de vista, se puede decir que la relación entre México y Estados Unidos ha atravesado por tres grandes etapas a lo largo de estos doscientos años; y que se encuentra en una cuarta que apenas comienza a dibujarse. Encapsular la evolución de una relación diplomática de doscientos años como ésta en periodos específicos y en unas cuantas páginas es seguramente una sobresimplificación, pero útil para los propósitos de este ensayo.

Puede decirse que la primera etapa de la relación México–Estados Unidos abarca desde nuestro reconocimiento como nación independiente hasta prácticamente la Segunda Guerra Mundial. Durante este tiempo, existió una relación más que nada de confrontación. Visto someramente y salvo pocas excepciones, los grandes acontecimientos fueron agudos diferendos cuando no francos conflictos: la pérdida y posterior anexión de Texas por parte de Estados Unidos (1836), la invasión estadunidense y la consecuente pérdida de la mitad del territorio (1848), el Tratado de la Mesilla con el cual quedó conformado nuestro territorio actual (1853), la Convención de Reclamaciones (1868) y sus secuelas hasta finales del siglo XIX, la participación del embajador Henry Lane Wilson en el derrocamiento de Francisco I. Madero y su apoyo al usurpador Victoriano Huerta (1911), la invasión estadunidense del Puerto de Veracruz (1914), el ataque de Francisco Villa a Columbus, Nuevo México y la consecuente expedición punitiva del general Pershing, misma que se extendió por diez meses (1916), la expropiación de la industria petrolera (1938), entre otros. Se trata de un largo periodo en el que la fragilidad del Estado mexicano y las ambiciones del estadunidense probaron ser una mala combinación.

El presidente Franklin Delano Roosevelt desplegó a partir de 1933 la llamada “política del buen vecino”. Se trató de un esfuerzo por lograr mayor acercamiento con los países latinoamericanos del continente a través del diálogo y la cooperación, así como una estabilidad en el continente. Fue, sin embargo, la Segunda Guerra Mundial lo que probó ser un verdadero punto de inflexión en la relación bilateral y lo que dio lugar a una segunda etapa.

La entrada de Estados Unidos al conflicto bélico implicó la necesidad de que éste consiguiera materias primas, mano de obra y seguridad en sus fronteras. México declaró la guerra a las potencias del Eje en 1942 y, desconocido para la inmensa mayoría de los estadunidenses, combatió del lado de Estados Unidos en el Teatro del Pacifico —en las Filipinas— con el afamado Escuadrón 201. Igualmente, cientos de miles de mexicanos se enrolaron en las filas de los americanos y pelearon a su lado en el Teatro Europeo, desde las colinas de Anzio, Italia, hasta las playas de Normandía, Francia.

Roosevelt visitó al presidente Ávila Camacho en Monterrey, Nuevo León en 1943, tras 34 años de haberse encontrado mandatarios de ambos países. En su discurso, habló de la sangre de estadunidenses derramada en el ataque a Pearl Harbor, pero también de la de mexicanos a manos de Alemania Nazi por el hundimiento del buque petrolero mexicano Potrero del Llano. Más importante quizá, el presidente Roosevelt reconoció probablemente por primera vez la “mutua interdependencia de nuestros recursos conjuntos”.

Asimismo, fue en esta etapa cuando tuvo lugar el llamado “Programa Bracero”, un acuerdo entre los gobiernos que permitió a alrededor de cuatro millones de nacionales trabajar temporalmente en Estados Unidos entre 1942 y 1964 —principalmente en el sector agropecuario.

A los mayores vínculos económicos que se fueron creando, habría que sumar los intereses esencialmente coincidentes durante la Guerra Fría, que generaron un nuevo equilibrio en la relación entre los dos países. La visita del presidente John F. Kennedy a la Ciudad de México durante el gobierno del Presidente López Mateos en 1962 parece ser una estampa emblemática de este período. En esta etapa también se verificó la llamada “negligencia benigna” por parte de Estados Unidos, o bien, un acuerdo tácito con México. Esto implicó, por un lado, que Estados Unidos volteara la mirada lejos de la falta de democracia que prevalecía en nuestro país si esto garantizaba estabilidad de su vecino. Por el otro, permitió que México tuviera cancha libre para “coquetear” con la izquierda latinoamericana, siempre y cuando no trastocara los intereses vitales del vecino del norte en el contexto de la amenaza comunista mundial. El respaldo político de México a Cuba, el activismo internacional del presidente Luis Echeverria y su enfoque hacia el Tercer Mundo o las posiciones de México en torno a los conflictos en Centro América, generaron por supuesto tensiones, pero de menor peso que los intereses comunes.

La llamada Guerra contra las drogas declarada por el presidente Nixon en 1971 tuvo naturalmente un impacto en la relación bilateral que, en mayor o menor grado, continúa presente. El combate al narcotráfico y la cooperación en materia de procuración de justicia ha sido desde entonces y muchas veces el principal irritante de la relación para ambos lados. El asesinato en Mexico del agenta de la DEA Enrique Camarena en 1985 y el proceso de certificación de la cooperación antidrogas establecido por el Congreso estadunidense entre 1986 y 2002 siguen presentes en la relación como reflejo y recuerdo de una etapa de desconfianza y recriminaciones mutuas.

Es en esta etapa cuando comienza a formarse una relación, digamos en forma, entre los dos países, y con una tendencia a descubrir la interdependencia y la alineación de intereses y a administrar las diferencias. Sin embargo, una mirada más aguda —como la tomada por el corresponsal del New York Times Alan Riding en su importante obra Vecinos Distantes (1984)— daba cuenta de dos naciones, sí, cada vez más interdependientes, pero que realidad poco conocían una de la otra, así como de una relación de patente desconfianza, sobre todo entre los gobiernos.

La década de los años noventa“rugió” —como apuntó el economista premio Nobel Joseph Stiglitz— para el mundo entero y particularmente para la relación México–Estados Unidos. Como parte medular del programa de reformas de un gobierno tecnocrático, México se adentró por iniciativa propia en el sendero del Tratado de Libre Comercio para América del Norte (TLCAN), dando inicio una tercera etapa de la relación bilateral.

Se trató del primer acuerdo comercial moderno entre un país en desarrollo y uno desarrollado, que cambió drásticamente no sólo el modelo de desarrollo económico del país, sino también la relación con Estados Unidos. Fue el presidente Carlos Salinas de Gortari quien definió los nuevos términos de la relación al afirmar que México “buscaba comercio, no ayuda”. El TLCAN entró en vigor el 1.º de enero de 1994, el mismo día en que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional irrumpió en escena y capturó también la atención internacional. Quizá esta coincidencia fue sólo el preámbulo de la difícil lucha interna de México por su modernización y apertura hacia el exterior, una lucha que continúa presente hasta nuestros días.

En adición a su impacto económico, el TLCAN tuvo al menos dos importantes efectos en la relación bilateral. Primero, obligó a México a construir en Estados Unidos una red de contactos más allá de su Ejecutivo federal, principalmente con gobiernos subnacionales y organismos de la sociedad civil. El esfuerzo de cabildeo de México para lograr la aprobación del TLCAN estableció los cimientos de una práctica que continúa hasta nuestros días con mayor o menor éxito: la articulación de la diplomacia empresarial con la del gobierno federal. Segundo, se estableció una dinámica trilateral con Canadá como socio con las ventajas y desventajas que esto implica. En efecto, el TLCAN robusteció de manera clara nuestra relación con Canadá y permitió en ocasiones a ambos articular una agenda coordinada frente al vecino común. Por ejemplo, al paso de poco más de diez años, se creó la Alianza para la Seguridad y Prosperidad de América del Norte (ASPAN), origen de la Cumbre de Líderes de América del Norte que persiste hasta nuestros días.

El cuarto de siglo que siguió al TLCAN puede ser descrito como “la transición de los vecinos distantes a los socios estratégicos”, un término que comenzó a ser cada vez más usado en los discursos oficiales, empresariales y académicos en ambos lados de la frontera. Esta transición también fue impulsada por el cambio político en México, sobre todo a partir del año 2000, cuando el PAN ganó la Presidencia de la República y terminó con más de setenta años de gobiernos continuos del PRI. Este llamado “bono democrático” fue especialmente patente en los primeros años del siglo, cuando bajo los gobiernos de Vicente Fox y George W. Bush, México y Estados Unidos fijaron una ambiciosa agenda bilateral que, si bien habría de enfrentar diversas dificultades, reflejaba un genuino interés de estrechar la relación.

Aunque la tendencia de relación bilateral fue a profundizarse y mejorar, ciertamente esta tercera etapa no estuvo exenta de problemas y retos específicos. El 11 de septiembre de 2001, los ataques terroristas perpetrados en contra de Estados Unidos por Al Qaeda sacudieron al mundo y a la relación. Más allá de la crítica sobre la oportunidad y tono con los que el gobierno de México reaccionó ante este hecho, sobre lo cual se ha escrito mucho, estos ataques trajeron dos retos y cambios importantes en la relación.

En primer lugar, Estados Unidos llevó a cabo la reorganización más importante de su aparato de seguridad desde 1947, creando el Departamento de Seguridad Interior que se convirtió en una contraparte básica del gobierno de México para diversos temas. En este mismo sentido, desde entonces, buena parte de la agenda bilateral se ha concentrado en conseguir un equilibrio entre un flujo eficiente y seguro de bienes y personas entre ambos países y las preocupaciones de seguridad de Estados Unidos con respecto al terrorismo. Estas preocupaciones, valga decir, tienen un denominador común con las de México, pero no son perfectamente iguales. En segundo lugar, con la creación del Comando Norte (NORTHCOM), bajo cuya responsabilidad geográfica se encuentra México, el gobierno estadunidense ha procurado una relación más estrecha entre las respectivas Fuerzas Armadas; es decir, mayor cooperación militar-militar que hoy incluye una interacción discreta y modesta de nuestras Fuerzas Armadas con el Comando Norte y con el Comando Norteamericano para la Defensa del Espacio Aéreo (NORAD).

Impulsada por diversos factores, la migración irregular de mexicanos hacia Estados Unidos alcanzó sus niveles más altos en los primeros años del presente siglo. La Patrulla Fronteriza registró en el año 2000 1.9 millones de personas que intentaron cruzar a los Estados Unidos por la frontera, de los cuales 95 % fueron nacionales mexicanos. Esto obligó a ambos gobiernos a manejar de la mejor manera posible un asunto por demás complicado y políticamente sensible en sus respectivos contextos internos. La propuesta mexicana de 2001 para establecer un acuerdo migratorio —que el canciller mexicano Jorge Castaneda llamó la “Enchilada Completa’’— fue el último intento formal para atender de manera bilateral e integral el fenómeno migratorio entre ambas naciones. Se trató de un objetivo correcto pero ambicioso, que se enfrentó con las secuelas de los ataques terroristas del 11 de septiembre.

Las tensiones en torno a tráfico de drogas y crimen organizado transnacional no dejaron de estar presentes en esta etapa, si bien más de las veces fueron abordadas a través de mayor diálogo y cooperación, en lugar de recriminaciones. Por primera vez, comenzó a permear la noción de la responsabilidad compartida cuya versión más acabada fue la llamada Iniciativa Mérida. Este programa fue un esfuerzo por poner la cooperación bilateral en seguridad y procuración de justicia a la altura del reto que presenta el crimen organizado transnacional, bajo el principio de responsabilidad compartida y, de manera significativa, por primera vez con el apoyo de recursos de Estados Unidos. El tema da para muchas páginas por sí mismo, pero baste señalar aquí que ha sido objeto de más opiniones y posiciones políticas que de análisis serios sobre sus aciertos y errores.

Finalmente, en esta etapa la relación requirió también de un fino balance entre la agenda multilateral y la binacional. En 2003, cuando México fungía por tercera ocasión como Miembro No Permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, el gobierno de Estados Unidos invadió Irak sin el consentimiento del Consejo y pese a las recomendaciones de naciones amigas y las presiones interesadas de adversarios. Los estadunidenses encontraron en el gobierno de México un socio cauto y finalmente renuente a apoyar la guerra. Los mexicanos encontraron un gobierno de Estados Unidos absorto en la guerra contra el terrorismo y en Irak. La relación tuvo un periodo de relativo enfriamiento, pero nuevamente el peso de los intereses comunes reactivó el ritmo de la misma.

Disrupción y claves para el futuro

Pienso que nos encontramos en el inicio de una cuarta etapa en la relación México–Estados Unidos, cuyo principal detonador ha sido el nacionalismo mal entendido y principalmente económico de los presidentes Donald Trump, primero, y de Andres Manuel Lopez Obrador, después. La elección de Donald Trump a la Presidencia de Estados Unidos fue —o acaso continúa siendo— una disrupción mayor en la relación entre ambos países. Como presidente de Estados Unidos, Donald Trump no sólo cuestionó lo que fue la columna vertebral de la relación durante treinta años —es decir, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte— y amenazó con cerrar la frontera común y construir un muro en ella, sino que también tuvo un discurso especialmente agresivo y ofensivo hacia México.

La narrativa oficial del gobierno de Estados Unidos y de su presidente tuvo un giro de 180 grados: México pasó de ser un socio comercial estratégico y apreciado a un vecino que astutamente había abusado de los estadunidenses durante la negociación del TLCAN y que enviaba deliberadamente criminales a los Estados Unidos. A mi juicio, la amenaza de abandonar el TLCAN —algo impensable tan sólo unos meses antes— fue real. Estas condiciones requerían de una diplomacia mexicana capaz de entender bien el punto crítico en que se encontraba la relación, mantener la cabeza fría ante los posicionamientos esencialmente mediáticos del presidente Trump, fijar límites claros y concentrarse en las dos cosas más importantes: mantener un tratado comercial y evitar el eventual cierre de la frontera. Fueron momentos especialmente difíciles, pero a pesar del tono francamente desagradable de la diplomacia tuitera de Donald Trump, la relación se mantuvo dentro de parámetros manejables. El Tratado México Estados Unidos y Canadá (TMEC) fue firmado en el último día del gobierno del presidente Pena Nieto y, tras negociaciones ulteriores con el nuevo gobierno de México y la ratificación en los respectivos Congresos, entró en vigor el 1.º de julio de 2020.

El camino para volver realidad el TMEC fue inusual e improbable en muchos sentidos. Inesperado para muchos fue al apoyo al tratado del presidente electo —y posteriormente en funciones— López Obrador, habiendo sido durante su carrera política esencialmente opuesto al TLCAN y cuando menos escéptico de la relación con Estados Unidos. El TMEC pareció convertirse en el único —o cuando menos unos de los pocos— puntos de coincidencia entre el “terrible neoliberalismo” y la autollamada “Cuarta Transformación”. Igualmente, inesperado fue que Lopez Obrador supiera establecer una relación funcional con Donald Trump, cuando como candidato había sido especialmente crítico. Lopez Obrador, me parece, entendió la importancia de la relación y lo que ésta pesa para su gobierno. No hay que regatearle el acierto de este cambio de discurso y estrategia: por eso sorprende más su tendencia a tensar la relación con la administración del presidente Joe Biden y, sobre todo, su retorno a nociones mal concebidas de soberanía, o de nacionalismo económico, en pro de la autosuficiencia energética o alimentaria u otra. Como recientemente escribió Luis Rubio, se trata de un riesgo inconmensurable sobre todo porque es autoinfligido.

Nos encontramos, como antes mencioné, en un nuevo punto de inflexión y previsiblemente en el inicio de una nueva etapa de la relación bilateral caracterizada por tres factores principales: altísima polarización política interna, nacionalismo económico en medio de plena interdependencia económica y un escenario geopolítico mundial fluido, complicado e impredecible. Se trata de “territorio inexplorado” como me lo describió alguien con veinte años de experiencia en la relación desde el gobierno estadunidense y el sector privado. A continuación, apunto sólo algunas claves como parte del esfuerzo de mapear este territorio.

Polarización política

Uno de los puntos clave para entender lo que significó Donald Trump para la relación es ver su ascendencia al poder como resultado de las condiciones prevalecientes en la sociedad estadunidense. Prácticamente todas las mediciones sobre polarización política de los últimos años muestran que ésta ha alcanzado niveles sin precedente. El Pew Research Center, por ejemplo, sugiere que 62 % de los votantes republicanos tienen una muy mala impresión del partido demócrata y 54 % de los demócratas a su vez opinan igual del partido republicano. Se trata en ambos casos de la cifra más alta desde 1994. A esta polarización hay que sumar que la clase media estadunidense es la que menos ha visto crecer su ingreso durante las últimas décadas, y representa hoy alrededor del 42 % del ingreso nacional, cuando en 1970 era 62 %. La polarización política, que preocupantemente también está presente en México, es mala compañera de la relación bilateral. Por un lado, la polarización política tiende a favorecer las soluciones simplistas a problemas complejos, como son muchos de los que están presentes en la relación. Por el otro, la polarización disminuye los márgenes de maniobra de aquellos que, desde cualquier lado de la frontera, procuran una relación positiva y funcional.

Nueva e incierta geopolítica

Los diversos análisis que se han publicado no parecen hacer plena justicia a la compleja geopolítica mundial que prevalece. Se trata de un panorama con tintes de Guerra Fría y de la llamada “desglobalización”, con una creciente competencia estratégica entre China y Estados Unidos, con una invasión Rusa a Ucrania que acrecienta las tensiones en Eurasia, revigora a la OTAN y repercute en la economía mundial, con una América Latina sin proyecto común y esencialmente desacoplada de Estados Unidos. La llamada nueva multipolaridad parece ofrecer hoy más dudas que certezas. Con este panorama, la reorganización de las cadenas mundiales de producción, junto con el objetivo de nuestro vecino de procurar relaciones comerciales con países geográficamente cercanos y política y militarmente aliados, ofrece una gran oportunidad para México. Pese a haber entendido la necesidad de una relación funcional con Estados Unidos, el presidente López Obrador no la ha visto como la oportunidad que representa. El TMEC es una condición necesaria —pero no suficiente— para aprovechar esta oportunidad. Las crecientes tensiones comerciales y el nacionalismo económico de autosuficiencia pueden descarrilar mayormente la relación comercial. Adicionalmente, es previsible que, en el futuro, Estados Unidos busque no sólo la alineación económica sino también en seguridad estratégica. Durante la segunda mitad del siglo pasado, México era menos importante para la seguridad de Estados Unidos. En ese entonces, la preocupación principal de nuestros vecinos al norte era fundamentalmente la amenaza nuclear o en todo caso la guerra convencional. Hoy, cuando hay que sumar las amenazas provenientes de actores no estatales (terrorismo y crimen organizado transnacional), la guerra informática y la ciberseguridad, un vecino y socio comercial como México cobra más importancia para la estrategia de seguridad de Estados Unidos.

Cuidado con 2026

El TMEC termina a los 16 años de su entrada en vigor a menos que las partes confirmen por escrito su deseo de que el Acuerdo continúe. Asimismo, en el sexto aniversario, las partes deberán realizar una revisión y presentar los ajustes que estimen pertinente. Esta fecha no se encuentra muy lejana y será algo por lo que necesariamente tendrá que pasar el próximo gobierno de México. Pensemos en algunos resultados previsibles si esta revisión se llevara a cabo ahora. No es exagerado pensar que actores políticos de Estados Unidos “en ambos lados del pasillo” y organizaciones empresariales presionarían fuertemente al Ejecutivo estadunidense por lo que perciben como incumplimientos de nuestras obligaciones en el Tratado, o incluso por temas no comerciales de la relación. No es ocioso pensar que, en el contexto de la revisión del Tratado en 2026, los republicanos presionen con temas como el tráfico de fentanilo, migración o el clima para las inversiones estadunidenses en México, en tanto que los demócratas hagan lo mismo con temas ambientales y laborales. Prepararse bien y en coordinación con el sector privado debe ser prioritario para el próximo gobierno.

Asimetría de atención mediática e imagen

Como comenté anteriormente, la asimetría es vista como una de las características principales de la relación. Esta asimetría está sin duda presente en casi la totalidad de las relaciones que mantiene Estados Unidos con otros países, pero es particularmente marcada en el caso de México. Si bien las principales referencias a la asimetría de la relación tienen que ver con el tamaño de las economías y el poder militar, pienso que hoy la asimetría más importante es aquella relacionada con la atención mediática. Es decir, lo que pasa en México es mucho menos notorio en los medios estadunidenses —y por ende en la sociedad— que la cobertura que recibe Estados Unidos en los medios mexicanos. Aunado a ello, y en el mismo sentido, normalmente México alcanza notoriedad mediática por malas noticias o por hechos que son percibidos como negativos por la mayoría de los estadunidenses. Lo anterior amerita una reflexión sobre la mejor manera de desplegar una estrategia consistente y de largo plazo de diplomacia pública. Esta estrategia difícilmente puede ser responsabilidad principal del gobierno y en realidad requiere de la participación de diversas organizaciones de la sociedad mexicana a las cuales les interesa la relación bilateral. En 2026 los socios norteamericanos serán sede de la Copa Mundial de Futbol. Esto representa una gran oportunidad para la diplomacia pública mexicana, como lo han sugerido, entre otros, el embajador Arturo Sarukhán.

Tejer fino con los hispanos

En México es común escuchar que en Estados Unidos viven 40 millones de mexicanos. Aunque esta apreciación podría tener validez si se consideran los mexico-americanos de segunda o tercera generación, esconde enormes diferencias: por un lado, las personas que efectivamente nacieron en México, su estatus migratorio, la fecha y razones por las que emigraron; por el otro, aquellos que se consideran estadunidenses antes que mexicanos precisamente por haber nacido en ese país. Los hispanos en Estados Unidos —alrededor de 60 % son de origen mexicano— representan sin duda un grupo de creciente importancia económica, política y cultural en este país. La Oficina del Censo de Estados Unidos estima que la población hispana podría alcanzar cerca de 70 millones para 2025 y 100 millones para 2050. Por décadas, el gobierno de México ha desplegado esfuerzos, con mayor y menor éxito, para articular su agenda con los mexicanos en Estados Unidos y con los hispanos en general. Esto tiene sentido, pero habrá que hacerlo entendiendo las particularidades de esta comunidad y su visión de México, y con el tacto que la ley, la política y la diplomacia estadunidenses entiendan y acepten.

Aguas con el agua

En Texas existe un refrán: “Puedes tomar mi whisky, pero no mi agua”. Esta frase captura la sensibilidad que naturalmente tiene el preciado líquido en uno de los estados mayormente involucrados con la administración conjunta del Río Bravo. Por otro lado, basta ver las presiones sociales por el agua que se verifican en una ciudad como Tijuana, cuyo abasto depende mayoritariamente del agua que llega del Río Colorado. Desde el Tratado de Límites y Aguas de 1944 ambos gobiernos han logrado un manejo binacional, en general exitoso, de las cuencas compartidas, pero es razonable asumir que esta importante tarea sea cada vez más difícil.

Conclusión

Siempre he pensado conveniente para México construir una buena relación con Estados Unidos: el mexicano promedio busca una relación que funcione, que sea productiva y, en lo esencial, que sea entre iguales. Debe procurarse alcanzarla, pero no bajo cualquier circunstancia o a cualquier costo. Una relación de respeto con Estados Unidos simple y sencillamente no es suficiente. Debemos tener una política hacia Estados Unidos basada en la identificación objetiva de intereses comunes, el establecimiento de límites claros y bien comunicados, en la minimización de riesgos y el aprovechamiento de las oportunidades que conlleva nuestra vecindad.

Soy de los que piensan que, en efecto, las naciones no tienen amigos sino intereses. Pensar juiciosamente dónde convergen nuestros intereses ahora que se celebran 200 años de relaciones diplomáticas es importante tanto para México como para Estados Unidos.

 

Gerónimo Gutiérrez Fernández
Subsecretario para América del Norte (2003-2006), director gerente del Banco de Desarrollo de América del Norte (2010-2017) y embajador de México ante Estados Unidos 2017-2018.

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Publicado en: 2022 Diciembre, Ensayo