Lovers who do not wish to run may stand and throw […].
The lover’s ball, or sphaira, is another conventional mechanism
of seduction, so often tossed as a love challenge.
—Anne Carson, Eros the Bittersweet (1986)
Para C., tenista
Se dice que el marcador del tenis es engañoso: 0-0, 15-0, 30-0, 40-0, juego. Insinúa una secuencia y termina con otra. Pero es más inesperado cómo se lee en inglés. Al cero se le llama love y el conteo va: love all, fifteen to love, thirty to love… Hay dos teorías al respecto. La primera es que los franceses llamaban l’œuf al cero, por su parecido con la forma del huevo. Cuando el deporte llegó a Inglaterra, la palabra se pronunció tan mal que se confundió con love. La segunda se basa en la expresión inglesa to play for love. Si uno está en ceros y le espera un partido cuesta arriba, no le queda sino jugar por amor, que es el motivo más sincero para hacer cualquier cosa. La miro desde el otro lado de la cancha, mientras comienza a estirarse y calentar, apoyada en la red que nos separa, y me pregunto cuál teoría es cierta.
Agua
David Foster Wallace decía que el tenis es el deporte más bello y el más demandante. Exige al cuerpo toda su resiliencia; a la mente, toda su claridad; y al espíritu “esa extraña mezcla de cautela y arrojo que llamamos coraje”.1 Más que nada, es un deporte solitario. Cuando Serena Williams anunció su retiro de la cancha, dijo que prefería tener una familia, como si una y la otra fueran irreconciliables. Se prohíbe interactuar durante el partido y los jugadores, sin consuelo de nadie, suelen hablar consigo mismos o recriminarse a gritos.2 A la entrada del club en mi colonia, se lee “cuida tu lenguaje: no estás solo”, aunque el letrero sugiere lo contrario.
Se compara al tenis con el box, pero aquél es un deporte de contacto y en éste la cercanía es tabú. Son opuestos: exceso y carencia. Al menos el boxeador puede abrazar a su oponente cuando sus piernas tambalean y está cansado de pelear. Yo, en cambio, apenas puedo verla u oírla a lo lejos. Compites contra el otro a distancia y tus emociones adentro, pero no es fácil enfriar la mente cuando el cuerpo hierve. Para ganar, se necesita un balance entre la razón y el sentimiento, que es mucho pedir a cualquiera. A veces siento demasiado y pienso muy poco; otras no siento nada ni dejo de pensar. En la jerga deportiva se llama choke a la tragedia de quien llevaba la delantera pero no logra cerrar el partido: su cuerpo se congela, su mente se inunda de dudas, se ahoga. Desde el Pericles de Shakespeare se describe el océano en que naufraga el protagonista como una cancha de tenis: A man whom both the waters and the wind, /In that vast tennis-court, have made the ball.3
Aislarse significa —por su raíz latina— volverse una isla. La paradoja del tenis: su aislamiento es codependencia. Hacen falta dos egoístas que acompañen sus soledades. Las grandes rivalidades se definen por el contraste de estilos o temperamentos. El temple de Borg ante la impaciencia de McEnroe; el saque intocable de Sampras frente a la devolución inevitable de Agassi; la diplomacia suiza de Federer contra la bravura taurina de Nadal. Son historias de agua y aceite. Ella entendía el tenis porque amaba la soledad y el silencio de un río. Creía en el desapego como virtud: habitar el mundo sin pertenecerle, viajar ligero y llevarse consigo, discurrir. Mirada cristalina y su cuerpo de agua; ni el cuerpo ni el agua son nunca los mismos. Yo me aferro a la rutina, exijo el apego, estoy anclado a la tierra. A veces corro tan poco que mi entrenador pregunta si ya eché raíces. Éramos como aquel ensayo de Natalia Ginzburg, pero al revés: Lei ama i viaggi, le città straniere e sconosciute… Io resterei sempre a casa, non mi muoverei mai.4 Ella era cambio y yo permanencia; ella, competitiva por naturaleza y yo, por necesidad. Ella de un lado y yo al otro.
Geometría
Bien logrado, el tenis se vuelve erotismo. Ambos son juegos de ritmo y lejanía. En griego antiguo eros significa deseo, pero también carencia; es anhelo de lo ausente. Mi deseo sólo existe a distancia. Si se consuma, se consume: no es ya lo que era. Inventamos límites para alargar esa separación, rogar al tiempo que dure un poco —un poquito— más. Al amor cortés del medioevo se le llamaba fin’amors (amor refinado) o amour d’loonh (amor de lejos). Y era, en palabras de Huizinga, “un bello juego, sometido a nobles reglas”, que hacían del cortejo un ritual.5 Había tiempos, modos y atuendos para amarse a escondidas. La privación es promesa: lencería que al vestir la piel desnuda la intimidad. Lo erótico no se encuentra en el sexo, sino en la coreografía que lo rodea, su puesta en escena. La traducción literal de foreplay es “antejuego”, pero su interpretación libre sería “calentamiento”. Primero aflojamos el cuerpo.
También el reglamento del tenis delata su obsesión con el espacio y las formas. La cancha abarca veinticuatro metros y —en su eje de simetría— se alza una red entre nosotros, frontera de cuerdas. Su diseño nos exige algo cercano a la perfección. Si ella pisa la línea de fondo al sacar, es falta; si hago ruido en su turno, interferencia; si su tiro sale por un milímetro, es un error no forzado; si toco la red al bolear, pierdo el punto. El protocolo es la mitad del partido. Cada juego impar cambiamos de lado en silencio. Nos ignoramos con la frialdad de quienes practican un deporte aristocrático, sin saber qué tan en serio tomarlo. A veces, en broma, nos uniformamos de blanco como si estuviéramos en Wimbledon.
Las reglas acotan el deseo y así le dan forma; las líneas de la cancha dibujan sus bordes. Los descubrimos a tientas, al filo del roce. En cálculo y geometría se le llama comportamiento asintótico: nos acercamos más y más y más sin encontrarnos; sólo nos aproximamos al límite. Si acaso intercambiamos palabras, son “dentro” o “fuera”. Bien lo dice Anne Carson: Eros is an issue of boundaries.6 Cuando termina el partido, la misma cortesía que exigía separación nos invita a darnos la mano sobre la red. Hasta entonces podemos cruzarla.

Instante
El tenis y la seducción se tratan de leer al otro y, por ello, cada punto yace en la anticipación. En la narrativa se le llama tensión; en el cine, suspenso. Match Point (2005), de Woody Allen, cuenta el amorío de un extenista con su futura concuña. Se conocen frente a una mesa de ping pong, que es una cancha miniatura. Apenas termina el primer punto, él la toma de la cintura y le sugiere que no debe golpear la pelota, sino a través de ella. A unos centímetros, dejan que la mirada confiese lo que apetecen sus labios. Enamorarse es rendirse ante un capricho que incendia el cuerpo, adormece el juicio, trastoca el alma. También es pactar el suspenso: dos amantes se entregan al azar que es el otro. Al inicio de la película se explica un escenario no muy común en partidos. A veces, la pelota va tan abajo que roza la orilla de la red y —en vez de seguir su camino— sale volando hacia arriba. Un segundo queda (suspendida) en el aire cual volado: no sabemos si caerá en su cancha o en la mía, si es victoria o derrota, suerte o destino.
The Badminton Game (1973), en la colección del Tate Modern, retrata esta sensación. David Inshaw quería pintar un instante, “como si una película se hubiera pausado en un cuadro”. Es primavera y dos jóvenes en vestidos largos improvisaron una cancha en el jardín. Una acaba de tirar y la otra estira la raqueta para responderle. Deja ver media sonrisa de perfil. El volante (o gallito) está congelado en el aire. Sombras se alargan sobre el pasto. Una casa sin ventanas y arbustos perfectos de un verde intenso sugieren que todo es un sueño. Inshaw se inspiró en un cuadro del Renacimiento, La lucha entre el amor y la castidad (1503), pero no revela quién gana. “Me había enamorado de las dos jóvenes e intenté pintar su belleza bajo el rayo del sol, como si estuvieran bendecidas por la luz, en el aire puro de la mañana. Quería que supieran cuánto las amaba”.7 La pintura logra lo que dos enamorados jamás podrían: que un instante dure por siempre. Octavio Paz decía que amar es perderse en el tiempo; llamar eterno a lo que es, por naturaleza, temporal.
Escribo con la misma ilusión, me aferro a una sensación fugitiva que no puedo nombrar. En su testimonio ante el jurado, Humbert Humbert se arrepiente de mucho, pero lamenta sobre todo no haber grabado a Lolita cuando jugaba tenis (I would have had her now with me, before my eyes…).8 Con la memoria de un obsesivo y la malicia de un mentiroso, enlista todas las actividades que le permitían acercarse a ella, aunque fuera como espectador. Nada se compara con el placer que sentía al verla jugar. Escribe una oda a la “inocencia de su estilo”, la “exquisita claridad” de su andar, el timbre de cada golpe y cómo la bola parecía iluminarse al saltar de su raqueta. Casi inventa palabras sólo para describirla, aunque una se repite cuatro veces: gracia. Es soltura, risa y don divino. Poesía del cuerpo en movimiento: dar a lo inevitable la apariencia de libertad.9 Durante años, el argentino Juan Martín del Potro tuvo la derecha más fuerte del circuito, pero su golpe era tan mecánico y pesado que lo comparaban con un martillo. En cambio, Humbert describe el saque de Lolita como un látigo dorado, relámpago en el aire. Se acerca más al cielo que al cemento.

Silencio
En la última escena de Blow-Up (1966), de Michelangelo Antonioni, el fotógrafo regresa al parque donde comenzó la trama y se topa con una escena surreal. En una cancha cercada, dos mimos juegan un partido de tenis, sin pelota ni raquetas. Apoyados al otro lado de la reja, sus compañeros los alientan, sin aplaudir ni gritar. Mueven la cabeza de izquierda a derecha, mientras los jugadores intercambian tiros de aire por los rincones de la cancha. Apenas suenan sus pasos y el rumor del viento. En un punto, la “pelota” sale volando hacia el parque. Con la mirada, la tropa ruega al fotógrafo que vaya por ella. Él acepta, la recoge del pasto y lanza un puño vacío hasta la cancha. Fuera de cámara, se alcanza a oír algo: dos raquetas pasan la bola de un lado al otro.
A primera vista, el tenis parece un deporte silencioso. Pero John Cage sabe que el silencio no existe.10 Basta poner atención para escuchar un ruido, por más discreto que sea, y entender que es música. Una reja rechina al abrir, las primeras gotas de lluvia, el suspiro anticipado de quien cree que el punto ya se acabó. (En abril de 2017 se interrumpió un partido semiprofesional en Florida porque se escuchaban gemidos a lo lejos, sin parar… Eran dos amantes en el edificio de enfrente). Music without measurements, / sounds passing through circumstances.11 Componer es intercalar sonido y silencio, movimiento y quietud. No resuenan las notas, sino los espacios que dejas entre ellas. Aún recuerdo la música de nuestros silencios. El deslizar de las páginas que leía en el sillón a mi lado; el tintinar de su cuchara que raspaba tiramisú en un restaurante italiano; la puerta eléctrica del garaje que anunciaba su despedida.
En la teoría musical se llama contrapunto a la armonía que crean dos melodías distintas cuando se tocan al mismo tiempo, como hacen los amantes. Dos voces que, al hablarse, componen una sola pieza. A veces, las melodías se mueven en paralelo; otras corren en direcciones opuestas. Algunas sólo se encuentran por un instante (si la primera está quieta y la segunda, de paso). Pero es importantísimo que al menos compartan algo. Según la Enciclopedia musical de Oxford: “Para que la música sea en verdad contrapuntística siempre debe haber un equilibrio entre la independencia y la interdependencia”.12 De lo contrario, se pierde la armonía.
Tenis viene del francés tenez!, que se gritaba al sacar, como diciendo “¡Ahí te va!”.13 Un partido es una conversación. Respondes a la bola que te llega: su ritmo, su peso y su forma de girar están en manos de tu pareja. Es cuestión de tacto —en ambos sentidos de la palabra— y de hacerlo costumbre. De niño, tocaba mis piezas favoritas hasta que mis dedos las repitieran por su cuenta, aunque yo olvidara las notas. Así también practicábamos hasta que los tiros nos salieran por instinto (que es, más bien, memoria muscular: los recuerdos del cuerpo). Como el piano, la raqueta es un instrumento de cuerdas y percusión. Cada golpe esculpe el silencio e impregna en la cancha su eco. Un saque plano resuena como tarola; un drop-shot se derrama por la red cual gota de agua; un slice es caricia y susurro. Ése era nuestro lenguaje en el aire.
En su autobiografía, André Agassi recuerda que cortejó a Steffi Graf toda una década sin respuesta suya, hasta que la tenista alemana aceptó entrenar con él antes del Abierto de Miami en 1999. Al ver sus partidos siempre se había preguntado cómo se sentirían sus tiros, aquella bola cortada que era su sello. “Cuando practiqué con ella, conocí sus sutilezas a cuarenta pies de distancia. Era casi como tocarla”.14 Graf acababa de cumplir seis años con su novio y, por eso, apenas platicaron aquel día. Pero compartieron un secreto en público, como quienes hablan otro idioma seguros de que nadie puede entenderlos. La raqueta es una extensión del cuerpo: tiene puño, cara y garganta. Nos permite decir sin hablar.
Disciplina
En un poema de 1969, Elizabeth Jennings compara el amor con un partido de tenis: This is like love, the reciprocity /And distances and then the sudden lust.15 En la última estrofa, los enamorados empatan, porque ni siquiera estaban contando los puntos. Como yo lo veo, la correspondencia es un ideal de la geometría, no una cualidad de las relaciones amorosas, que son siempre asimétricas. De hecho, en el tenis se busca la falta de reciprocidad, que la pelota no vuelva. Tampoco hay empates: los partidos más parejos se deciden con una muerte súbita. Es un deporte de atrición, en el que sólo se puede atacar o defender. Se triunfa con maña, disimulo y crueldad. Humbert se desvive en elogios al describir los tiros de Lolita, pero reconoce su punto débil: no hay engaño en su juego. Adentro de la cancha aún conserva la inocencia que perdió afuera de ella. Por eso no gana.
El historiador Denis de Rougemont observa que el amor, el deporte y la violencia comparten el mismo vocabulario.16 Se habla de conquistar al otro o rendirse ante él. (Eros es el niño arquero de las flechas funestas: su madre es la lujuria; su padre, la guerra.) Luego de aquel encuentro en Miami, Agassi reunía a todo su equipo a discutir estrategias para reencontrarse con Graf, “como si planeáramos invadir Alemania”. En su biografía, el tenista sólo usa la palabra “perfecta” dos veces: para describir la técnica de Pete Sampras —su rival más grande— y a Graf, el amor de su vida. No hace tanto tiempo uno escuchaba a Maria Sharapova en la televisión sin saber si aquello era aullar o gemir. Quizá ambos.
Lo que el tenis comparte con el sadomasoquismo: la voluntad de maltratar el cuerpo a placer y el afán de atar el placer a una disciplina. Terminamos bañados en tierra y sudor; si se acerca, la ensucio o escurre en mí. Así que guardamos distancia. Hay un sitio a media cancha que los entrenadores llaman “tierra de nadie”, y te enseñan desde niño a nunca quedarte ahí, ya que estarías a merced del otro: muy lejos para atacar, muy cerca para defender. Es sentido común, pero a veces pienso muy poco y siento demasiado.
Arcilla
Despertamos por la madrugada para llegar al amanecer. Llovió toda la noche, huele a tierra mojada. Caen gotas de las hojas. Es tan temprano que apenas barren la arcilla espolvoreada sobre las líneas de la cancha. Ella viste un bra deportivo que desnuda sus hombros con la finura de un vestido, como si no estuviera hecho para sudar en él. Una falda con pliegues ondea a cada paso y deja entrever sus piernas aterciopeladas, la piel de un durazno. De una gorra blanca se desborda una cascada de rizos castaños que esclarecen con el sol. Antes de sacar, golpetea cada suela con la raqueta y la tierra atorada se desprende en polvareda. Bota la bola dos o tres veces y luego la arroja muy pero muy al frente para bajarla con la inercia del cuerpo. Tarda en llegar a mí lo que dura un suspiro: una eternidad.
Muestra al perfilarse que jugaba desde niña y delata al trastabillar que lo dejó unos años. Por costumbre, usa una Head vieja con las cuerdas destensadas, que prepara con tiempo y deja caer a la cintura, antes de soltarla con un movimiento que fluye hasta su hombro contrario; la bola traza un arco en el aire y cae pesada a mis pies. Es el tacto que a veces olvida al hablarme. Como yo, confía más en su revés a dos manos que en su derecha, y tampoco sabe por qué. Juega con las formas: si llega a tiempo, inclina la raqueta y bolea con efecto; si va apurada, abre el compás para contestar sobre la línea paralela. A medio camino entre la geometría y la fantasía, busca un ángulo imposible. Se mueve con gracia, pero sin inocencia, muy consciente de su encanto. Tiene la mente fría y el cuerpo caliente. Nunca sé si me va a esperar o va a adelantarse como si no me conociera. Nos equivocamos en puntos fáciles y acertamos los que el otro no anticipa. En ocasiones, también olvidamos el marcador. Si corro a media cancha, tira un globo, que a veces alcanzo y otras me sobrevuela, antes de aterrizar en la línea de fondo. Termina el partido y nos abrazamos sobre la red.
La belleza no es el propósito del deporte, pero el deporte bien jugado es una de sus expresiones.17 David Foster Wallace la llama belleza cinética: nos reconcilia con el hecho de que tenemos un cuerpo, que suda y sangra, que es música y movimiento. Aun así, la historia se escribe en los tiros irreales que paran el tiempo, desconocen la gravedad, ni siquiera hacen ruido. Van más allá del tenis. No creería en ellos de no haberlos visto. Recuerda el escritor que Roger Federer, sobre los jardines de Wimbledon, parecía una criatura cuyo cuerpo era carne y, de alguna manera, luz. Así como también es posible ser carne y, al mismo tiempo, agua. Caer de piedras, colarse entre dedos.
El tenis es un deporte engañoso: su frialdad es cortejo, su silencio es música, su instante eterno. Más de una vez he confundido la cercanía con deseo y el deseo con cariño. Pero la intimidad no se mide a ras de piel, sino en el espacio entre dos almas. Cuando la vi por última vez, los límites del cuerpo disueltos bajo mis sábanas, éramos desconocidos. A veinticuatro metros —y una red de por medio— creí haberla entendido. Un mal perdedor culpa a lo que no estaba en sus manos: la tensión de las cuerdas, el soplo del viento, el reflejo del sol. Yo sigo pensando en la superficie que elegimos. Por un lado, las canchas de cemento no muestran la pátina del tiempo; por el otro, las canchas de pasto jamás olvidan, pues queda en sus rincones desteñidos la huella del movimiento. Justo en medio, la arcilla en las canchas al sur de la ciudad tiene memoria de corto plazo. Es polvo de ladrillo. Dos o tres horas recuerda los cráteres miniatura que dejaba la pelota y nuestros pasos, que se alargaban al tropezar. Luego llueve o se barren o alguien las borra al jugar un juego de erotismo y distancia.£
Eduardo López Cafaggi
Ensayista
1 Foster Wallace, D. “Tennis Player Michael Joyce’s Professional Artistry as a Paradigm of Certain Stuff About Choice, Freedom, Limitation, Joy, Grotesquerie, and Human Completeness”, en String Theory. David Foster Wallace on Tennis, Library of America, Nueva York, 2016, p. 65.
2 En julio de 2022, la Asociación de Tenistas Profesionales (ATP) inició un periodo de prueba para tantear si se permitirá el coaching en partidos. Desde la segunda mitad del año, los jugadores pueden recibir consejos de sus entrenadores, sentados a la orilla de las gradas. La decisión fue controversial: algunos profesionales agradecen la compañía; otros creen que atenta contra la esencia del deporte, su individualismo. En palabras de Nick Kyrgios: “Se pierde una de las cualidades que ningún otro deporte compartía: el jugador tenía que resolver las cosas por su cuenta. Ésa era la belleza del juego”.
3 Shakespeare, W. Pericles, II, vv. 59-60.
4 Ginzburg, N. Le piccole virtú, Einaudi, 5.ª reimpr., Turín, 2015, p. 36. La traducción al español: “Le gustan los viajes, las ciudades extranjeras y desconocidas, los restaurantes. Yo me quedaría siempre en casa, no saldría nunca” (Natalia Ginzburg, Las pequeñas virtudes, trad. Celia Filipetto, Acantilado, 11.ª reimpr., Barcelona, 2019, p. 60).
5 Huizinga, J. “La estilización del amor”, en El otoño de la Edad Media, Alianza, 11.ª reimpr., Madrid, 1994, p. 155.
6 Carson, A. Eros the Bittersweet. An Essay, Princeton University Press, Nueva Jersey, 1986, p. 52.
7 The Tate Gallery, 1980-82. Illustrated Catalogue of Acquisitions, Londres, 1984.
8 Nabokov, V. Lolita, Penguin Classics, Londres, 2000, p. 231.
9 Aquin, H., y Barthes, R. Of Sport and Men, Canadá, 1961.
10 Según el músico, lo que más se le acerca es una cámara anecoica, un cuarto con seis paredes de un material que aísla por completo el ruido, los ecos. “Entré a una en la Universidad de Harvard hace muchos años, pero aun así escuché dos sonidos: uno agudo y uno grave. Cuando se los describí al ingeniero encargado, me informó que el agudo era mi sistema nervioso en funciones; el grave, la sangre que circulaba por mi cuerpo. Hasta que muera habrá sonidos”. También la música en nuestro interior es el resultado de pensar y amar. (Cage, J. Silence, Wesleyan University Press, Connecticut, 2013, p. 8).
11 Paz, O. “Lectura de John Cage”, en Ladera este, Joaquín Mortiz, 5.ª ed., 1.ª reimpr., México, 1998, p. 80.
12 Alison Latham (ed.), Diccionario enciclopédico de la música (Oxford Companion to Music), FCE, México, 2008, s. v., contrapunto.
13 Otro de sus nombres era sphairistiké. El inventor del tenis moderno fue Walter Clopton Wingfield, un oficial de caballería de la época victoriana. Al notar la pasión de los británicos por el deporte —en particular, los deportes de raquetas que pudieran jugar hombres y mujeres de familias adineradas— decidió crear una nueva sensación para los fines de semana. La patentó en 1874 y la llamó tenis de pasto o sphairistiké, en honor a un juego de pelota de la Grecia antigua, del que no sabía casi nada (Herbert Warren Wind, “Tracing Tennis to its Roots”, The New Yorker, octubre de 1973, https://www.newyorker.com/magazine/1973/10/08/the-first-hundred-years). Es el juego al que alude el epígrafe de este ensayo.
14 Agassi, A. Open. An Autobiography, Alfred A. Knopf, Nueva York, 2009, p. 286.
15 Jennings, E. “A Game of Tennis”, Poetry, vol. 114, núm. 2, 1969, p. 104.
16 De Rougemont, D. Amor y Occidente, trad. Ramón Xirau, Leyenda, Ciudad de México, 1945. En particular, el libro quinto, que se titula “Amor y Guerra”.
17 Foster Wallace, D. “Federer Both Flesh and Not”, ob. cit., p. 119.