Leer las estrellas del cambio de época

Ilustración: Patricio Betteo

Hubo un tiempo en que cruzar mares era un acto de fe y de método. Los navegantes no tenían satélites ni mapas de precisión: tenían cielo. Las estrellas no les decían “qué pasará”, pero sí les daban orientación: dónde está el norte, cuánto falta, si el clima viene torcido. En un cambio de época, la política internacional se parece a esa travesía antigua: no hay ruta segura, pero sí señales. La diferencia es que hoy las constelaciones no están arriba; están en tratados comerciales, reposicionamientos diplomáticos y decisiones energéticas.

Para entender el momento conviene mirar el mapa como miraban el cielo los marinos: no por un dato aislado, sino por patrones. Y el patrón central es éste: entramos en un mundo donde la coerción vuelve a ser un idioma cotidiano —económico, tecnológico y militar— mientras el derecho internacional queda, demasiadas veces, como argumento de pie de página. No desaparece, pero pierde centralidad como freno operativo.

La primera estrella es comercial y, por eso, geopolítica. La Unión Europea e India han cerrado un acuerdo de libre comercio que, por tamaño y significado, es más que un expediente técnico: es una decisión de diversificación estratégica. Europa —que se pensó durante décadas como “Occidente normativo”— prioriza resiliencia y autonomía económica; India consolida su lugar como bisagra: socio de Europa, competidor de China y actor indispensable de las cadenas globales. En el mundo que viene, un tratado es también una apuesta de seguridad.

La segunda estrella incomoda a Washington: los aliados históricos de la posguerra también recalibran su relación con Beijing. Canadá ha comenzado un reinicio explícito de diálogo económico y comercial con China, con mecanismos formales y una narrativa de “reset” pragmático. En un mundo de tarifas, controles tecnológicos y revisiones de tratados, diversificar es una forma de supervivencia. Que Ottawa explore un deshielo mientras Estados Unidos exige disciplina dentro del bloque revela una verdad incómoda: la lealtad geopolítica ya no se mide sólo por discursos, sino por balances de riesgo.

La tercera estrella, vista desde México, es la más preocupante: el borrado voluntario. Nuestro país está tomando decisiones que reducen su margen estratégico justo cuando el mundo castiga a los países que solo juegan en un tablero. La subida de aranceles a importaciones de países sin tratado —con China como principal afectada— se presentó como política industrial, y puede serlo. Pero en el contexto de la revisión del T-MEC también se lee como alineamiento preventivo: una manera de cerrar la “puerta trasera” asiática hacia América del Norte.

A ese gesto se suma otro: la pausa de envíos de petróleo a Cuba, presentada como decisión soberana. Aquí importa menos la explicación doméstica que el mensaje regional: México prefiere minimizar fricciones con Estados Unidos incluso cuando eso implica debilitar su autonomía histórica en el Caribe. El problema no es una decisión aislada. Mientras Europa e India diversifican, mientras Canadá negocia su margen con Beijing, México estrecha el suyo. El país que podría jugar en varios tableros actúa como si su única brújula fuera el humor de Washington.

La cuarta estrella es el regreso explícito de la fuerza como instrumento normalizado. La guerra en Ucrania reabrió la discusión sobre soberanía y fronteras, pero también degradó, a ojos de muchos actores, la idea de que el derecho internacional detiene decisiones estratégicas. Se volvió —con frecuencia— un lenguaje de legitimación posterior, no una barrera previa. En ese ambiente la pregunta ya no es “¿se puede?”, sino “¿cuánto cuesta?” y “¿quién lo paga?”.

Estados Unidos intervino en Venezuela a inicios de enero con una operación que culminó en la captura de Nicolás Maduro y la promesa de una administración estadounidense durante un periodo prolongado. Más allá de simpatías o antipatías por el chavismo, el hecho estructural es el precedente: intervención abierta en el hemisferio con lógica de control político-administrativo. América Latina creía ese capítulo cerrado; hoy vuelve como posibilidad. Y vuelve con una deriva paralela: la expansión de operaciones “antinarcóticos” que, al cruzarse con fuerza letal, empiezan a disputar la frontera entre seguridad y guerra.

La quinta estrella aparece en el Golfo: la escalada de presión sobre Irán, el despliegue de activos navales y el lenguaje de ultimátum (“el tiempo se agota”, “armada en camino”) apuntan al mismo signo: la coerción se comunica con fuerza. Cuando la diplomacia se anuncia en formato de amenaza pública, lo que está en juego no es sólo Irán; es la normalización del método. Cada amenaza exitosa se vuelve precedente y cada precedente reduce el espacio para reglas. El resultado es un sistema más nervioso, más propenso a la escalada por accidente.

La sexta estrella está en el hielo. La insistencia de Donald Trump en “adquirir” Groenlandia —con amenazas comerciales y coqueteos con la coerción— no es un capricho folclórico: es el recordatorio de que el Ártico se convirtió en corredor estratégico. La ruta más corta entre Europa y América del Norte pasa por esa geografía; la defensa antimisiles, la militarización creciente y la competencia por recursos y rutas redefinen el mapa mental de las potencias. El mundo ya cambió su visión del mapa: el norte dejó de ser periferia: es frontera y ruta.

Si juntamos estas estrellas —tratados de diversificación, aliados que recalibran, aranceles como herramienta de disciplina, uso más abierto de la fuerza y el Ártico como tablero— aparece la forma del tiempo: estamos en el prólogo de un sistema donde el poder administra costos más que reglas. La pregunta para América Latina es estratégica: ¿quién lee el cielo y quién navega sin brújula?

México todavía puede elegir. Su posición geográfica y su peso demográfico le permiten ser bisagra entre América del Norte, el Caribe, el Pacífico y el eje atlántico. Pero esa bisagra no funciona sola: necesita estrategia. Diversificar sin convertir cada movimiento en confrontación, recuperar autonomía narrativa y entender que la soberanía hoy se defiende también en cadenas de suministro, estándares tecnológicos y energía, no sólo en discursos.

Los navegantes antiguos no podían controlar el mar. Pero sí podían leer señales: viento, corriente, constelación. Ésa es la tarea hoy. El cambio de época no se anuncia con un comunicado, sino más bien se revela un patrón que ya está ahí: la geopolítica volvió a ser geografía con músculo, comercio con intención y derecho internacional con límites. 

El mundo nuevo no está escrito, pero ya está empezando. En este prólogo, los países que no aprendan a leer las estrellas terminarán leyendo órdenes.

 

Stephanie Henaro Canales

Analista y comentarista mexicana

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Publicado en: Sólo en línea