Las puntas del iceberg

Dos metáforas encarnan dos visiones opuestas de la marcha de la historia: el volcán y el iceberg. La primera evoca el calor y la fuerza del flujo histórico; la otra, alude al frío y a la inercia de la ceguera histórica. La primera metáfora ha sido muy socorrida, es casi un automatismo de historiadores, intelectuales y políticos; en tanto que la segunda está, como el aire, por todas partes, pero es una lección dura de aceptar, dura de entender. Veamos.

a) La metáfora del volcán hace de los sucesos históricos una suerte de fumarolas de un volcán que, tarde o temprano, por necesidad histórica, explota. La Independencia de México o de Estados Unidos, la Revolución francesa o la mexicana, la caída del Imperio austrohúngaro… todas estas historias con frecuencia fueron explicadas como la inevitable explosión de volcanes en formación. Eran sucesos inevitables porque seguían el curso, óptimo e irremediable, de la historia. De tal jaez, a toro pasado, los hechos históricos adquirían sentido como humos que anuncian que las cosas están a punto de estallar. Nada asombroso. Eso sí, todo en la historia pudo no haber sucedido, todo es circunstancial e impredecible. Pero la metáfora dota de sentido y dirección al pasado y al presente.

b) La metáfora del iceberg convierte los sucesos históricos en puntitas de un iceberg sobre el cual o se está in denial de su existencia o se le conoce mal —de otra forma la historia sería la del iceberg y no la de las “puntitas”—. Piénsese en dos conjuntos de “puntitas” que, de común, han sido explicados despreocupándose del iceberg que traen debajo:

i. La guerra de 1812: la “nueva nación”, Estados Unidos, fracasa en su intento de liberar a Canadá del dominio inglés; los múltiples tratados después de 1867 entre la nueva confederación canadiense y Estados Unidos para perseguir, exterminar o relocalizar a los indígenas de Norteamérica; la profunda cooperación militar y humana entre Canadá y Estados Unidos en la Primera y Segunda guerras mundiales; el tratado CanadáEstados Unidos para eliminar tarifas en la fabricación de automóviles (1965); el tratado de libre comercio entre ambas naciones (1985) o el TLCAN (1994), luego T-MEC (2019).

ii. La guerra entre México y Estados Unidos (1846-1848) y los Tratados de Guadalupe Hidalgo —que para la historiografía mexicana fueron una infame excepcionalidad de la historia y para la estadunidense el resultado natural y óptimo del devenir histórico—; la Guerra Civil estadunidense (1861-1865), eco de la guerra con México —los nuevos territorios conquistados rompieron el débil equilibrio entre estados libres y esclavistas—; las conexiones de los ferrocarriles mexicanos con los de Estados Unidos a fines del siglo XIX; la masiva migración mexicana a Estados Unidos durante la Revolución mexicana, así como el gran peso de Estados Unidos durante la Revolución; la larga cooperación mexicana-estadunidense, formal e informal, en términos de inteligencia y de asuntos militares entre 1942 y fines de la década de 1980; las políticas migratorias mexicanas cosidas a las estadunidenses desde el Immigration Act de 1924; los programas de braceros; el programa de maquiladoras que México puso en marcha en su frontera norte (1961); un siglo de agricultura en Texas o California sostenida con mano de obra mexicana, y un siglo de pueblos y regiones mexicanas sostenidos por remesas; la masiva migración mexicana al campo y las ciudades estadunidenses a partir de la década de 1990; el TLCAN.

Todas estas “puntitas” han sido explicadas como si fueran cosas de momento, ajenas al inmenso iceberg del que nacen y al cual nutren: la larga y total integración humana, económica y existencial entre, por un lado, Canadá y Estados Unidos y, por otro, México y Estados Unidos —y entre México y Canadá por la simple carambola provocada por el inmenso imperio que nos toca vivir.

En la metáfora del volcán, la creencia en un magma histórico óptimo e irremediable explica las fumarolas y la explosión final. En la metáfora del iceberg, las “puntitas” parecen explicar, dar dirección, controlar el iceberg, cuya existencia no se nombra. No puede decirse que, por sí solo, uno u otro suceso —ya fuera la guerra México-Estados Unidos o el TLCAN— crearon el iceberg. Pero cada suceso poco a poco fue revelando ser la mera punta de un iceberg que fue endureciendo lentamente pasados, presentes y futuros en común, una misma existencia, pero invisible o negada por los respectivos nacionalismos —el estadunidense aún sustenta que The First New Nation es todo lo que México no es, y el nacionalismo mexicano es lo que es por contar con su sólida contramateria: Estados Unidos—. Cada una de las tres naciones y, dentro de cada país, diferentes regiones y facciones, hicieron del TLCAN el villano o el salvador de sus respectivos problemas. Claro está que antes y después del TLCAN el iceberg mandaba, tanto que ni el presidente estadunidense más anti-TLCAN, Donald Trump, ni el presidente mexicano “neoliberal”, Enrique Peña Nieto, ni el, según él, más antineoliberal (¿algo más neoliberal que el TLCAN?), Andrés Manuel López Obrador, hicieron otra cosa que medio acotarlo, sabiendo que era cosa inmensa e irrenunciable. Porque el TLCAN no creó el inmenso iceberg que le dio origen, fue una expresión específica, coyuntural, de la perenne unión existencial entre Estados Unidos y México.

Ilustración: Raquel Moreno

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En sus dos versiones, la de 1994 y la de 2019 (T-MEC), el tratado respondía a tres rotundas injusticias/contradicciones:

a) La asimetría de poder económico, militar y político vs. la fortaleza de los débiles —ganada por la geografía, la historia y por la “sana” convicción de que sería contraproducente borrar nuclearmente a Canadá y a México—. Estados Unidos, por un siglo y medio, ha sido infinitamente más poderoso y grande que Canadá o México. Pero, irónicamente, ese dominio ha hecho que el destino del gran imperio esté amarrado a la debilidad de sus dos vecinos. La fortaleza militar, nuclear, de Estados Unidos, con sus más de 1.4 millones de efectivos, parece abrumadora frente al ejército de Canadá, sin armas nucleares y con menos de 70 000 soldados. Pero Canadá pertenece al Tratado del Atlántico Norte y ha sido inseparable del dominio imperial estadunidense desde la Primera Guerra Mundial hasta hoy. La fortaleza militar de México, con sus poco más de 300 000 efectivos, palidece frente a la larga alianza militar Canadá-Estados Unidos, pero los mexicanos han peleado en los ejércitos estadunidenses en todas las guerras en que ha participado Estados Unidos entre 1917 y hoy —inclusive, 4000 neomexicanos pelearon por la Unión en la Guerra Civil estadunidense, otros mexicanos pelearon por Texas, por los ejércitos confederados—. Además, en lo que hace a entrenamiento, intercambio de inteligencia, lucha contra la inmigración y las drogas, el ejército mexicano ha sido una parte, disfuncional, pero parte del estadunidense. La asimetría de poder económico es similar: en 1990, el PIB de Estados Unidos —el 86 % del PIB de Norteamérica— era 10 veces mayor que el de Canadá, y 22 veces mayor que el de México. Pero para el 2022, el 78 % de las exportaciones mexicanas iban a Estados Unidos  —2.7% a Canadá—. Y en 2022 los principales socios comerciales —importaciones y exportaciones— de Estados Unidos eran, y siguen siendo, Canadá, México y China, cada uno con alrededor de 660 000 millones de dólares. Siempre se trató de —ante el inmenso iceberg hecho de la larga historia de total integración humana— sacar ventajas de la asimetría: mover grandes capitales, intercambiar inversión, capital y tecnología por mano de obra barata y contaminación a modo. Funcionó, en especial debido a…

b) Estados Unidos cual caótica potencia en lenta decadencia vs. el surgimiento de nuevas potencias comerciales y militares. En sus inicios, el TLCAN funcionó para hacer más competitivo y poderoso al Imperio estadunidense ante la competencia de la Unión Europea, China y los países asiáticos. Y como tal, el TLCAN funcionó: con el 6.5 % de la población del mundo, Canadá, Estados Unidos y México han generado entre el 25 y el 27 % de PIB mundial. El problema es que China va ganando poder económico y político en Rusia, África, India y Sudamérica. Y China es una máquina autocrática, una potencia nuclear capaz de reclutar millones de soldados.

c) Crear instituciones comerciales trasnacionales vs. mantener lo más posible la soberanía y los desmadres de cada nación. Es decir: se trataba de favorecer grandes intereses comerciales tocando lo menos posible las instituciones y los mitos de cada nacionalismo. Se crearon visas TLCAN, pero fueron y son nada. La consigna principal fue nada de libre circulación de personas, ni siquiera con Canadá; al contrario, de 1994 a la fecha las fronteras se han militarizado. No se pensó ninguna inversión en infraestructura cultural, nada de mencionar la conciencia de estar en el mismo barco. Así, América del Norte nunca ha ganado una existencia simbólica, cultural, legal, pero es una expresión comercial del gigantesco bloque de integración social, humana, en el cual viven los tres países, pero sin mencionar al iceberg, a no ser como “puntitas” de problemas coyunturales —migración, drogas, berrinches de momento—. Se sabe de la inmensa integración, pero —otra metáfora— como si fuera una colosal medusa que no tiene nombre, cuya mirada se evita a sabiendas de que al voltear a verla a los ojos los tres países se volverían una misma piedra, porque es lo que hay: un destino común, horrible, conflictivo, pero irrefrenable, y eso al ras de la vida familiar, de los pueblos y regiones de México y Estados Unidos.

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Entre México y Estados Unidos la integración total ya pasó. Nada que temer: la mexicanización de Estados Unidos que espantaba a intelectuales y políticos durante la guerra de 1846 o a Samuel Huntington en la década de 1990 o Donald Trump ahora ya pasó. La discriminación existió y existe, pero el orgullo de lo Latinx es un mito identitario que sirve para evitar ver que no hay equívoco en el miedo a la extinción de la Great America de los trumpistas: los estadunidenses ya no son ni serán blancos, anglosajones y protestantes. El presente y futuro de Estados Unidos, para bien y para mal, está amarrado a México y al revés. Muchas regiones de Estados Unidos, inclusive la nación entera, no sobrevivirían ni humana ni económicamente sin su factor consustancial, humano, fiscal, de trabajo y servicios, a saber, México. Y al revés. El antimexicanismo sirve hoy para consolidar un bloque electoral no mayor al 25 o 30 % del electorado estadunidense, pero regiones enteras de Estados Unidos, aunque sean trumpistas, saben que sus mexicanos son intocables. Da votos atacarlos, pero lo mexicano es lo más normalizado por todas partes, nadie en realidad teme a los mexicanos, ni como trabajadores ni como sirvientes en casa ni como nannies ni como doctores ni como amantes ni como parientes. Hay criminales mexicanos en Estados Unidos, como los hay blancos, italianos, chinos o afroamericanos, y se les teme a todos. En efecto, hacer de “México” una y la misma cosa que “crimen” o “terrorismo” da una cuota de votos fijos y es algo que hacen políticos, aunque sea una irresponsabilidad imperdonable. Pero nadie podría usar esos trucos si fuera cierto el “México todo=crimen, terrorismo”, porque nadie, en las casas, calles, oficinas, fábricas o los campos estadunidenses tendría la paz y estabilidad para decirlo. A su vez, el actual presidente mexicano puede pretender que el consumo de drogas no es problema mexicano, que México trata bien a los inmigrantes que son, para él, un problema de Estados Unidos, que México será autosuficiente en producción de energéticos y alimentos, pero no pierde oportunidad de presumir como su éxito la mayor contradicción de sus proyectos: las remesas. El iceberg mantiene sus delirios.

Humana y culturalmente, hace mucho que Estados Unidos vive en México y México en Estados Unidos, más allá del poder de las industrias culturales estadunidenses y mexicanas. Casi cada pueblo o ciudad del sureste, del este, oeste y del medio oeste de Estados Unidos cuenta con su México, donde se habla español, suena la música y existen las formas de vida hijas de la larguísima e inmensa integración humana entre México y Estados Unidos. La melcocha mexicoestadunidense ya creó formas de coexistir que no obedecen a las maneras convencionales de entender la existencia diaria en Estados Unidos o México. Gracias en parte a la terrible e histórica segregación y criminalización de las poblaciones afroamericanas, los barrios proletarios de mexicanos en Chicago, antes y después del TLCAN, han vivido de “amarchantarse” con los barrios elegantes de la ciudad, donde los hijos de doctores o abogadas crecen hablando español con sus nannies —porque los padres sienten la fuerza del iceberg que habitan y quieren preparar a sus hijos para enfrentarlo—. Curioso: cuando yo era joven hablar inglés en Ciudad de México era cosa de gente bien. Pero en La Piedad, Michoacán, tierra de migrantes desde 1910, oía hablar a las élites y a la plebe de migrantes el latín de nuestro tiempo, el inglés. Hoy, los niños y las niñas bien de Ciudad de México mezclan los “no mames, güeeeey” con los “oh, my God”, como los plebeyos en La Piedad hablaban y hablan de las “aseguranzas” y a las herramientas y piezas de construcción las llaman por sus nombres en inglés.

Cuatro de los grandes problemas actuales de Estados Unidos (muertes por sobredosis, desigualdad, polarización política, la migración centro y sudamericana) están ligados a México, son problemas de muchas formas mexicanos. La violencia en México es el descuaje del tejido social mexicano, pero está íntimamente amarrado al flujo de drogas, armas y gente entre Estados Unidos y México. En sus dos versiones, el tratado ni hizo ni deshizo nada con esta larga historia, ni siquiera puede decirse que aceleró o institucionalizó de manera importante la larga coexistencia. El TLCAN fue una puntita del inmenso iceberg que no volteamos a ver, aunque sabemos, porque el iceberg existe, que eliminar el TLCAN sería enfrentar desnudos la inmensa integración y los riesgos de una grandísima crisis para los tres países.

Ilustración: Raquel Moreno

3

Lo único posible con cosas como el nuevo T-MEC es adaptarlo a los retos futuros para así seguir pateando el bote sin enfrentar el destino en común. Y los retos ya son visibles y serán complicados:

a) El reto de China, en posible alianza con Rusia y economías emergentes como India o Brasil. Esto sólo hará aún más evidente y necesaria la coexistencia México-Estados Unidos. Por un lado, las estrategias económicas poscovid, el nearshoring, buscará utilizar a México para que el imperio reduzca su dependencia de China. Por otro, la competencia china es y será fuerte, pero la larguísima historia de integración hace imposible para México y Canadá otra salida que jugársela con Estados Unidos, inclusive si se dieran brotes bélicos entre China y Estados Unidos. Durante la crisis de los misiles en Cuba, Estados Unidos tuvo el apoyo incondicional de México —más allá de la retórica mexicana pro-Revolución cubana—, no sólo por sumisión ante Estados Unidos, sino porque los misiles también representaban un peligro para México. De igual manera, en una posible guerra comercial o guerra entre China y Estados Unidos, México de manera inevitable estará del lado estadunidense. Es lo posible y, también, es lo que conviene a México que ya es Estados Unidos y al revés. No es lindo pero es lo que hay.

b) El lento fin de la segunda gran paz desde fines del siglo XVIII, esa tramposa paz posterior a 1945 cuyo pausado final nos va regalando populismos de derecha y de izquierda, junto con la crisis climática, producen, y producirán más, migraciones masivas que cada vez harán más de México la Turquía o la Libia de Estados Unidos (como es el caso hoy, pero “de a gratis”). O no: quizá el tamaño de la crisis lleve a pensar que México y Centroamérica necesitan de la inversión que España, Grecia y Portugal recibieron de los grandotes de la Unión Europea para asegurar la estabilidad y entonces se inventen nuevas formas de ciudadanía y derechos.

c) El reto de la nueva ética más allá de la nueva moral. Por lo pronto, hace años que la cultura y política mexicanas se van adaptando a las nuevas agendas de justicia y ética estadunidenses. No es ni bueno ni malo, es así: si allá tiran monumentos, acá también; si allá #MeToo, acá también; si Afro-Americans allá, Afro-Mexicans acá. Nada sorprendente. Importa que en ambos países la desigualdad atroz vive y crece, y con tal desigualdad, desnudos de Estados de bienestar, habrá que enfrentar las nuevas agendas éticas y de justicia que vayan surgiendo en México y Estados Unidos. Difícil prever qué vendrá, pero piénsese, por ejemplo, en cosas a la vista: la necesidad de legalizar las drogas (¿cuáles?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿a escala nacional o norteamericana?); el renacimiento del poder de los sindicatos en Estados Unidos (¿será México el eterno esquirol?, ¿renacerá el sindicalismo mexicano? ¿cómo mantener el indispensable libre comercio con salarios dignos?); lo que vaya surgiendo para regular o no a la IA y a la “internética” del capital o al capital del internet (¿mandarán el mundo los Musks y Zuckerbergs?, ¿será México paraíso fiscal y de la IA o empujará la regulación de las nuevas tecnologías y cómo y cuándo?); la regulación o no de la manipulación del ADN y de los métodos de reproducción humana (más allá del “máiz” mexicano, ¿qué será lo aceptable e inaceptable en el manejo de genes y reproducción humana?, ¿qué soberanía contará y cómo?); y la futura agenda ética para administrar, no la supuesta abundancia sin explotar, sino la inevitable escasez de recursos del planeta (no cuotas de producción, sino de racionamiento, en el consumo de energéticos, carne, plásticos, etcétera). Todo esto creará nuevas agendas de justicia que pondrán en entredicho las consabidas rutinas para manejar el destino común entre Canadá, México y Estados Unidos. Lograr acuerdos llevaderos, como el TLCAN, con perdedores y ganadores más o menos manejables, será cada vez más difícil. Cada vez nos acercaremos más al sálvese quien pueda. O no, también podría caerse en la resignación de que, ni modo, lo que hay es el iceberg, dejémonos de “puntitas” e inventemos las instituciones que garanticen un mínimo de paz, estabilidad y coexistencia ante el destino en común.

Fin

Con la presidencia de Andrés Manuel López Obrador llegando a su fin, ya podemos decirlo: uno de sus grandes retos fue Trump, y la 4T, con sumisión, salió más o menos avante. La autonombrada administración más antineoliberal salvó el más neoliberal de los acuerdos y puso la Guardia Nacional y el ejército al servicio de las políticas migratorias estadunidenses. Nada nuevo. Pero al menos no despertó al fantasma del antiamericanismo como sí hizo Trump con el antimexicanismo. No puede decirse que López Obrador tuviera una vieja o errada visión de la coexistencia México-Estados Unidos; sencillamente no la ve, no la entiende, siempre ha sido un astuto priista para andar entre Tabasco, Ciudad de México y la Chingada (su terrenito en Palenque, no el limbo mexicano). Y en el futuro cercano nada nuevo vendrá de las próximas administraciones en Estados Unidos y en México, a menos que surja la “necesidad” de llamar de regreso a don Andrés, el cual, seguro, volvería de la Chingada como quien vuelve de “Manga de Clavo”. Por lo pronto, no hay ni muchas ideas ni suficiente miedo. La inercia de la historia suele vivirse como gravitación universal.

Hace medio siglo o hace una década que debería estarse pensando cómo habitar el iceberg, creando, con instituciones sólidas, arriesgadas e innovadoras, la mejor convivencia posible, si no al estilo de la Unión Europea, al menos inventando nuevas maneras: una confederación norteamericana, incluyendo el Caribe, con la inversión económica e intelectual que Estados Unidos ha puesto en guerras en Irak o en Ucrania o en proyectos de IA o en el pensar del racismo y el antirracismo. Pero para ello habría que tenerse un mínimo de conciencia de que el juego que hemos venido jugando por más de un siglo ya no responde al tamaño, las posibilidades y los peligros del iceberg. Se necesita miedo en serio, miedo real de inestabilidad y guerra. Los retos son muchos y lo que está en juego es la paz y la sobrevivencia. La historia muestra que las grandes ideas, las transformaciones arriesgadas, no derivan de pensar, sino de sentir el miedo en el cuerpo.

En 1967, se firmó el Tratado de Merger en Bruselas, creando las Comunidades Europeas que unían, bajo una misma burocracia, varios tratados comerciales, militares y atómicos. El sueño de una Europa unida era viejo. En las guerras del siglo XVIII o a todo lo largo del siglo XIX, juristas, pacifistas e intelectuales de varias nacionalidades proponían que la única forma de evitar las guerras intraeuropeas era una u otra forma de confederación europea —confederada militar, comercial y humanamente—. Después de 1945, poderosos intereses económicos empujaron la Unión, pero fue sobre todo la necesidad de no matarse otra vez lo que permitió ponerse a pensar la institucionalización de la Unión. Es decir, la inmensa inversión en el desarrollo de los débiles (España, Portugal, Grecia) y en la arquitectura institucional de un cuasiimperio trasnacional fue posible “gracias” a las lecciones de la Primera y Segunda guerras mundiales. Hoy la Unión Europea está llena de problemas y su futuro es incierto, pero para “lo que viene siendo” no matarse, entre Inglaterra, Francia, Italia y Alemania, para eso, funcionó. De igual forma, una idea de América del Norte más allá del TLCAN o del juego trumpista o del México timorato o siempre listo a rescatar el nacionalismo revolucionario mientras vive de las remesas, esa idea no será pensable hasta que una gran tragedia ocurra. Y ocurrirá.

 

Mauricio Tenorio Trillo
Historiador. Samuel N. Harper Professor of History, Universidad de Chicago. Entre sus últimos libros, Elogio de la impureza: promiscuidad e historia en Norteamérica (Siglo XXI, 2023) y La historia en ruinas: el culto a los monumentos y a su destrucción (Alianza, 2023).

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Publicado en: 2024 Enero