Como argentina me duele admitirlo: estamos en el siglo mexicano. Al menos en lo que a la literatura corresponde. Hubo un tiempo —dicen los sabios— en el que la literatura argentina estaba en boga. Desde Buenos Aires los autores se inmiscuían en polémicas políticas y estéticas, declaraban alianzas a favor o en contra de santos e impíos, tomaban partido por Jorge Luis Borges, Roberto Arlt, Juan L. Ortiz, Domingo Faustino Sarmiento. Hoy, en cambio, esa primacía cultural se ha desvaído; o, más bien, ha cedido territorio a nuestros primos norteamericanos.
No pasa un día sin una vorágine de opiniones sobre la literatura mexicana. Autores nuevos emergen para reclamar su sitio en la República de las Letras, reviven a Octavio Paz o escupen sobre su tumba, releen y reorientan todo el canon. Hay una vanguardia feminista (Brenda Navarro, Brenda Lozano, Cristina Rivera Garza), parodias sebaldianas de la historia (Álvaro Enrigue, Daniel Saldaña París), hay aquello que Nicolás Medina Mora llamó la nueva novela TLCAN1 (Valeria Luiselli, Yuri Herrera) y alguna delicia cosmopolita y contradictoria (Guadalupe Nettel, Fernanda Melchor). La literatura mexicana contemporánea está lejos de ser homogénea en formas, estilos e influencias. El debate en ella es intenso y muchas veces dictamina lo que sucede en el mundo literario latinoamericano.
Cerca del centro de estas disputas por la Historia Nacional Mexicana está la notable, aunque elusiva, figura de Elena Garro. A lo largo de su carrera e incluso después de su muerte, Garro fue declarada un ícono feminista, una abuela fascista, una loca, una libertina que contaba entre sus amantes a los nombres más notables de las letras hispanoamericanas, y una víctima y victimaria de su exmarido. En 2023 se erigió en su honor una estatua en su ciudad nativa de Puebla, que amaneció con la palabra “PUTA” escrita encima por algún vándalo. La batalla cultural alrededor de Garro al parecer se disputa, por un lado, entre los misóginos gruñones que siguen enamorados de Octavio Paz2 y, por el otro, las lectoras feministas que intentan doblegar a Garro dentro de un molde de víctima de la opresión masculina. La biografía de Jazmina Barrera, La reina de espadas, publicada en abril del 2024 y finalista del National Book Award en 2025, cristaliza y vuelve sobre algunos de estos problemas, incluso si la autora propone una clave de lectura más bien escueta e innecesariamente política para pensar a Garro.

Como Garro, Barrera es una novelista y femme de lettres con un marido notable, y La reina de espadas se apoya en esta identificación. Es una biografía autobiográfica, si tal cosa existe, donde quien lee recibe casi la misma cantidad de información sobre la autora como de su objeto de estudio. La vida de Garro aparece en fragmentos mientras experimentamos la fiebre de archivo de Barrera en la biblioteca Firestone de Princeton. En tal estilo solipsista Barrera documenta el nacimiento prematuro de Garro en 1916, mientras su madre huía de un infiel esposo español (con el tiempo se reconciliaron). Le sigue una infancia salvaje, primero en Iguala y luego en Ciudad de México. Ahí Garro fue a la secundaria porque según Barrera en Iguala se volvió una pirómana “y le prendió fuego a la casa de una señora llamada Carolina Cortina”. En 1935 Garro conoció a Octavio Paz en la fiesta de un amigo. A partir de ahí se le percibió no sólo en términos propios sino en relación con su marido.
Buena parte de los debates sobre Elena Garro se concentran en Octavio Paz: si podía o no casarse con él legalmente (ella era menor de edad al contraer matrimonio; él era dos años mayor), si ella era abusiva, si él era abusivo, si ella estaba loca, si él le retuvo fondos, si le prohibió escribir poesía para evitar competencia. La reina de espadas no crea ni héroes ni víctimas claras: retrata el vínculo en toda su complejidad. Con el archivo de Garro en mano Barrera describe un matrimonio intenso y de largo aliento; abarca décadas, continentes, rupturas, desengaños y reconciliaciones. Durante sus años juntos Garro y Paz se acercan y separan innumerables veces. Visitan el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura durante la guerra civil española. Viven en París, en California y en Nueva York. Fueron infieles de manera prolífica. Mientras Paz sostenía distintos amoríos, Garro tiene un affaire con el entonces titán de las letras argentinas Adolfo Bioy Casares.
Un género corrosivo en la crítica literaria observa la vida compleja de una escritora y la mete por la fuerza a un molde casi místico; convierte a cada una de sus acciones en misterio, enigma o acertijo. Hace no mucho retrataron a Clarice Lispector como una “esfinge, hechicera, monstruo sagrado”,3mientras que a Muriel Spark la describieron como “algo así como una bruja”.4En general estas lecturas se centran en amoríos tórridos, incursiones religiosas y el estilo chic de las escritoras, en vez de pensar su trabajo literario. Por momentos Barrera pone el foco en las influencias literarias de Garro y su producción creativa, pero cae en la trampa de este género cuando considera a Garro más que una simple mortal. (“Escribo junto a una repisa que parece un altar a santa Elena Garro, a la que le ofrendo todos los días fotos y post-its con notas, pendientes y dudas”). En un pasaje chirriante, Barrera se encuentra con una venada en el bosque de Princeton —algo cotidiano para quienes tuvimos el desafortunado placer de habitar en aquel pueblo— y piensa, de manera solemne: “Me da por imaginar que esa venada era Elena Garro. ‘Los cielos que me esperan están en los ojos de los animales’, dice un personaje de Parada de San Ángel…’”.
En La reina de espadas las afiliaciones políticas de Garro también se vuelven sospechosas por su ausencia. Barrera nota que Garro estaba en contra de la legalización del aborto y jamás se consideró feminista, pero insiste en que su literatura “está llena de denuncias de la violencia contra las mujeres, de protestas y críticas en contra de los abusos machistas”. En vez de investigar todo el desarrollo ideológico de Garro, Barrera se concentra en una juventud trotskista, seguida de una adultez en apariencia apolítica. Su narración evade la pregunta por las colaboraciones casuales de Garro, feroz anticomunista, con la CIA 5 y el PRI; sus pronunciamientos contra intelectuales de izquierda luego de la masacre de Tlatelolco, y el racismo y antisemitismo de algunos cuentos.
Por fortuna aquello que en una biografía puede leerse en términos simples es complicado en la ficción. En este sentido La reina de espadas es muy útil para leer la narrativa de Elena Garro. La semana de colores, una colección notable en la órbita de los cuentos de Juan Rulfo y el género fantástico, presenta en mayor medida protagonistas burguesas que parecen atormentadas por su deseo; las rodean sirvientes sumisos, presencias fantasmagóricas y apariciones. Son relatos intensamente magnéticos. En ellos todo apunta hacia el miedo, el erotismo y la violencia. Quizá replican el vínculo entre Garro y Paz.
Basta con leer “¿Qué hora es?”. Su protagonista Lucía Mitre se esconde en un hotel parisino mientras espera a su amante Gabriel. Está convencida de que su hombre vuela para verla pero, como la Ley en el relato de Kafka, su amante nunca llega, inmiscuido en una eterna dilación. “¿Qué hora es?” puede leerse como el “Ante la ley” de las relaciones tóxicas. Un relato circular en el que Lucía les promete a los empleados del hotel que Gabriel llegará “a las nueve cuarenta y siete”, pero pasa día tras día en su cuarto mientras va pagando el hotel con sus joyas. Lucía es silenciosa y reservada, casi un estereotipo de mujer sumisa; calcula cuánto tiempo falta hasta el encuentro. Los empleados, confundidos, asumen que la mujer está loca y que el hombre no existe. Tras un largo periodo de anhedonia, Madame Mitre muere exactamente a las nueve cuarenta y siete, y entonces Gabriel reaparece. Como en la parábola de Kafka, el hombre sólo llega cuando ya no lo esperan. (Leyendo la biografía de Barrera, no podemos sino preguntarnos si Gabriel no es una versión velada de Bioy Casares, quien cortejó a Garro también en París).
“¿Qué hora es?” trata del anhelo producido por la ausencia del objeto deseado. En los cuentos de Garro el amor y el eros son fenómenos complejos, generalmente hijos de la violencia o el dolor. A ratos no denuncian la subyugación masculina, sino más bien exploran el erotismo de esta forma de brutalidad. Para Garro el axioma he hit me and it felt like a kiss (como canta Lana del Rey) es más o menos un principio con el que se construyen las relaciones heterosexuales. Otro ejemplo increíble aparece en “La culpa es de los tlaxcaltecas”, parábola política que tiene como protagonista a Laura, un ama de casa adinerada que vive a la vez en el siglo XX y en la Conquista. Laura tiene una vida bovaresca, cansina, delimitada por su posesivo esposo, Pablo, donde sólo encuentra momentos de cierto alivio cuando habla con su sirvienta indígena, Nachita. Sin embargo, en el pasado a Laura la atormenta un amorío con un hombre que, puede aventurarse, es azteca. En este triángulo amoroso Laura opta al fin por su marido blanco en lugar de su semejante indígena y traiciona así a su amante igual que el pueblo tlaxcalteca traicionó a Moctezuma.
“La culpa es de los tlaxcaltecas” es una fábula central en la literatura mexicana. Suele leerse como una búsqueda de identidad nacional. Laura no tiene memoria y está cautiva en una pesadilla donde lo político y lo personal se mezclan. El psicodrama de Laura replica las fantasías sexuales (y racistas) que fundan el nacionalismo del siglo XX. Es un cuento de hadas de las clases pudientes a las que Garro (y Barrera, según su propio relato) pertenecen. Laura le relata a Nachita su primer encuentro con el hombre indígena:
“Alguna vez te encontrarás frente a tus acciones convertidas en piedras irrevocables como esa”, me dijeron de niña al enseñarme la imagen de un dios, que ahora no recuerdo cuál era. Todo se olvida, ¿verdad, Nachita?, pero se olvida sólo por un tiempo. En aquel entonces también las palabras me parecieron de piedra, sólo que de una piedra fluida y cristalina. La piedra se solidificaba al terminar cada palabra, para quedar escrita para siempre en el tiempo. ¿No eran así las palabras de tus mayores?
Las mujeres en La semana de los colores están consumidas por su deseo. Los hombres en ese mundo son violentos, terribles y, por tanto, excitantes. En “El anillo” una madre ve a su hija sucumbir bajo una maldición cuando un joven enamorado le roba un anillo de oro. Asesinan al hombre y la hija, unida no por el amor sino por el espanto, también muere. En “El robo de Tiztla” hay una investigación criminal luego de que unos hombres entran a la fuerza en una casa y sólo los sirvientes, como en la Odisea, pueden distinguir la verdad. En “Era Mercurio” un hombre le es infiel a su prometida con una extranjera enigmática y se convence de que su amante era Mercurio, el dios embaucador del comercio. Los hombres son una amenaza para Elena Garro, una irrupción temible en las vidas parasitarias o tristes que llevan las mujeres.
La violencia hace de sus personajes no tanto víctimas de los hombres sino más bien de su deseo por ellos: se someten a sabiendas de las dolorosas consecuencias. Según Barrera, la relación entre Paz y Garro puede leerse de forma similar: una dinámica marcada por la falta de decoro y cierto sadomasoquismo que los vuelve interesantes e insanos, el uno con el otro. Si no reconocemos la exploración del eros y la violencia en la obra de Garro, nos queda sólo una santa, una víctima y mártir de Octavio Paz. Puede resultar útil para la batalla cultural pero totalmente aburrido en la lectura. Si en cambio tratamos a Garro como una escritora seria más allá de las fantasías misóginas o feministas (a veces dos caras de la misma moneda), nos quedamos con una obra mucho más matizada, polivalente e interesante. Una obra más allá de las guerras de Garro.
JULIA KORNBERG
Autora de Atomizado Berlín (Anagrama, 2026)
- https://thebaffler.com/salvos/the-nafta-novel-medina-mora
- https://www.eluniversal.com.mx/entrada-de-opinion/columna/christopher-dominguez-michael/nacion/2016/04/1/las-mentiras-sobre-elena/
- https://www.nytimes.com/2018/03/27/books/review-chandelier-clarice-lispector.html
- https://www.nytimes.com/2025/09/28/books/review/electric-spark-frances-wilson-muriel-spark.html
- El enlace original es éste: https://pijaoeditores.com/plataformaaudiovisualdeartistastolimenses/la-fuga-de-elena-garro, pero éste es mucho mejor: https://www.archives.gov/files/research/jfk/releases/180-10142-10304.pdf