Las bacantes y la locura

A principios de 2025 se descubrieron unos frescos en la antigua Pompeya. Describen de manera gráfica algunos de los ritos dionisíacos, o bacanales. Junto con las pinturas en la Villa de los Misterios se considera que estos murales son un hallazgo sin comparación, no solamente desde el punto de vista arqueológico sino también histórico y cultural: ofrecen detalles precisos de cómo se celebraban en la práctica las iniciaciones del dios Baco. Los frescos se extienden en una sala de banquetes llamada la Casa del Tiaso; datan del 40 al 30 a. C. y representan a las bacantes (seguidoras de Baco) junto a sátiros y ménades con antorchas, bailando y cazando animales, con espadas y cabritos degollados y una misteriosa mujer que podría simbolizar diferentes facetas de lo femenino.

Ilustración: Ricardo Figueroa

En Las bacantes Eurípides desarrolla la historia popular del arribo del dios Dioniso a la ciudad de Tebas en busca de venganza contra las hermanas de su madre Sémele, entre ellas Ágave, que la tachaban de mentirosa por haber afirmado que tenía un romance con Zeus. El dios, en castigo, infunde en sus tías la locura y las pone a vagar por el monte portando su atavío orgiástico: quiere demostrarles que él sí es hijo de Zeus y restablecer el honor de su madre. Esto provoca la tragedia: Penteo es hijo de Ágave y como rey de Tebas se opone al culto de Dioniso porque lo considera salvaje e incivilizado. En un trance de locura su propia madre lo destroza durante las bacanales. Eurípides juega en varias de sus obras con esta línea fina que separa la locura de la sanidad. Las bacantes es una obra breve pero compleja. Penteo representa las fuerzas del orden y su negación a aceptar lo irracional y lo desconocido lo llevan a una muerte siniestra. Es muy conmovedor el momento en que Ágave se da cuenta de su crimen.

A las festividades dedicadas a Baco sólo acudían sus iniciados, constituidos principalmente por mujeres y esclavos. Un culto muy mal visto por la sociedad en general: había muchos rumores sobre su barbarie, pero nada que pudiera comprobarse. Se sospechaba tan sólo que la obra de Eurípides debía estar basada en hechos reales; ahora las pinturas de Pompeya respaldan las acciones que describe. Es probable que el vino en exceso y algún alucinógeno provocaban un estado alterado de conciencia. Había un frenesí de bailes, cantos, sexo, caza de animales, desmembramiento de las presas con uñas y dientes, y el consumo de carne cruda y vísceras. Los griegos pensaban que en la naturaleza humana existían incontrolables fuerzas ctónicas (provenientes de la tierra o el inframundo), asociadas a los aspectos primordiales e instintivos. Eurípides hace evidente el peligro de reprimir dichas fuerzas, la furia o la impotencia.

Aunque criticado por sus contemporáneos, Eurípides mostró una postura “feminista” en varias de sus obras. Por ejemplo, en Medea justifica su locura por el maltrato masculino. En Hécuba y en las Troyanas pone de manifiesto cómo las mujeres eran simples despojos de guerra, sin importar su origen o posición en la sociedad. En Fedra cuestiona la doble moralina respecto al deseo sexual masculino y femenino.

No es de extrañar que los seguidores de Baco fueran principalmente mujeres. Y esclavos. Eran los sectores más oprimidos y humillados de la sociedad griega y romana. Las celebraciones eran una válvula de escape, una salida a la monotonía de sus vidas en ceremonias donde la locura y sobre todo la rabia eran válidas. Esto dentro de una sociedad que privilegiaba al poder masculino y cuyos principios de desigualdad hemos heredado.