La nueva era de la tragedia

La posguerra fría, un periodo de treinta años en que la globalización y el libre mercado se orquestaron bajo la égida de la supremacía norteamericana, está terminando. Como escribió el historiador Anders Stephanson: “No se puede negar que la geopolítica, reducida a un conjunto de operaciones de limpieza, fue un logro del poderío estadunidense”. Actualmente, la rivalidad entre grandes potencias, la guerra y la competencia por recursos escasos son viejas realidades redivivas, vestigios de la historia que definen un presente cada vez más peligroso e incierto.

En The Tragic Mind (2023), el corresponsal estadunidense, autor y asesor de política exterior Robert D. Kaplan argumenta que debemos aprender a pensar trágicamente para evitar la tragedia. Necesitamos lo que él llama una “previsión ansiosa”. Los más sabios entre nosotros les temen al desorden y a la anarquía tanto como a la tiranía.

Pero pensar trágicamente no es fatalismo. Significa comprender nuestras limitaciones y actuar con mayor efectividad.

Para este intercambio de amplio alcance, se pidió a Kaplan, a la economista política de Cambridge Helen Thompson y al filósofo John Gray que exploraran lo que llamamos esta nueva era de la tragedia, y cómo las sociedades pueden navegar y hacer frente a las tormentas que se avecinan.

Robert D. Kaplan

La Alemania de Weimar simboliza la perdición total: una de las cunas de la modernidad dio a luz el fascismo y el totalitarismo. Más específicamente: Weimar fue un sistema político inestable que existió entre 1918 y 1933, nacido de las cenizas de la Primera Guerra Mundial y que terminó con el ascenso de Adolf Hitler. Es poco probable que nuestro mundo se dirija hacia semejante oscuridad moral. Sin embargo, Weimar constituye una especie de modelo. Fue un sistema parlamentario compuesto de una cámara alta, una cámara baja; pequeños Estados y dos grandes Estados (Prusia y Bavaria), que eran hasta cierto punto autónomos. Complejo y propenso a las disputas, Weimar fue un régimen político clásicamente sobrecargado que vivía en un estado de crisis permanente. Así es nuestro mundo hoy.

No tenemos un gobierno mundial; tampoco contamos con una gobernanza global realmente efectiva. Pero por el encogimiento geográfico que causa la tecnología, hay un sistema mundial emergente, en el que las crisis pueden migrar de una parte del planeta a la otra. Mayores interconexiones significan que cualquier lugar o continente puede considerarse estratégico y afectar a los demás. Es un Weimar global, en el que siempre hay una crisis.

El científico computacional y polímata del siglo XX, John von Neumann, alguna vez dijo que el tamaño finito del planeta se convertiría en una fuente de inestabilidad. A medida que la población aumente en números absolutos, que más seres humanos vivan en entornos urbanos complejos, y tanto la armamentística como las comunicaciones (especialmente las cibernéticas) se desarrollen y sofistiquen, la tierra se volverá con el tiempo muy pequeña para su volátil política. Por ello es que, como Weimar, nuestro mundo parece tan ansioso, claustrofóbico e inestable.

Seguramente habrá problemas a futuro que requerirán previsión ansiosa y pensamiento trágico de nuestra parte. El pensamiento trágico engloba muchas cosas, entre ellas el hecho de que el miedo es útil. Tenemos que usar al miedo sin dejar que nos inmovilice. Sobre todo, debemos caer en cuenta de que, en un sistema mundial tan claustrofóbico y sobrecargado, presuponer el progreso lineal es asumir una noción peligrosa.

Los idealistas entre nosotros dicen que la geografía no es determinante y que, a fin de cuentas, el destino está en manos de la agencia humana. Pero la agencia humana no da necesariamente resultados positivos. Individuos como Vladimir Putin y Xi Jinping son agentes humanos que han causado una vasta y sangrienta guerra en Ucrania y que están llevando a Asia rumbo a un conflicto militar de alto nivel por Taiwán. De hecho, a medida que la geografía se encoge, los costos del error y la malevolencia humanas aumentan. El margen de error se estrecha, así que pensar sin ilusiones se vuelve necesario.

En dicho mundo, todos los líderes políticos deben ser realistas, apuntando hacia el menor mal en vez de hacia el bien último. Y aun así, el idealismo sin límites aunado a la arrogancia sigue amenazando con el desastre. Suez, Vietnam, Afganistán, Irak, Libia, entre otros, son ejemplos de desastres evitables. Y, precisamente por el encogimiento de la geopolítica producida por la tecnología, habrá un costo mayor, incluso cataclísmico para dichos errores en el futuro. Por eso es que en Ucrania y Taiwán hay que encontrar un punto medio entre el consentimiento del autoritarismo y la inflexible exigencia de resultados democráticos perfectos. Tenemos que acostumbrarnos a un horizonte de futuras decepciones.

Ilustración: Izak Peón
John Gray

Un Weimar global desgarrado por las nuevas tecnologías y la escasez de recursos es nuestra condición por defecto. La tarea no es reforzar un semiimaginario y difunto “orden basado en reglas” que lidere Occidente, sino evitar el conflicto catastrófico en un mundo poshegemónico.

Estados Unidos seguirá siendo una gran potencia. Pese a ello, la decadencia estadunidense tiene una trayectoria que la agencia humana no puede alterar. La idea de que una nación tan dividida pueda construir un nuevo orden internacional es inverosímil.

Al agudizarse, la polarización política plantea la cuestión de si el gobierno estadunidense será capaz de ejecutar alguna estrategia a largo plazo. Incluso si es defendible en términos legales, la imputación de Trump confirma que el sistema judicial se ha convertido en un arma en la guerra política entre partidos. A medida que se acercan las próximas elecciones presidenciales de 2024, Estados Unidos entra en una crisis de legitimidad.

Esta implosión es el telón de fondo de un retroceso internacional acelerado. La entrada de Arabia Saudita en la Organización de Cooperación de Shanghái, el acercamiento saudí-iraní mediado por China, el hecho de que Brasil, Sudáfrica y Malasia opten por estrechar lazos con China y que India se muestre como un actor no alineado, todo ello da fe del rápido declive de Estados Unidos. Puede que las propuestas chinas para la paz en Ucrania sean vagas o no del todo serias, pero no se puede frenar a Rusia sin la intervención china. Un sistema internacional multipolar ya está en marcha.

Los estrategas estadunidenses están obsesionados con un mundo que ya no existe. China tiene fuertes vulnerabilidades, incluyendo una economía debilitada tras la desastrosa política de cero covid instaurada por Xi, además de un ejército que no ha tenido experiencia en combate desde la guerra por la frontera sino-vietnamita de 1979. Pese a la disminución de parte de su armamento para usarlo en Ucrania, Estados Unidos mantiene formidables capacidades militares perfeccionadas por décadas de conflictos casi continuos en suelo extranjero.

Sin embargo, Estados Unidos no está preparado para la guerra que muchos en Washington creen que se aproxima. Ha trasladado gran parte de su planta industrial a China. Sigue siendo muy dependiente de China para suministros médicos y de Taiwán para chips computacionales de alta gama. Incluso si una estrategia de industria nacional como la de Joe Biden se implementara consistentemente, remediar esta dependencia autoinfligida costaría años.

La situación mundial es similar a las vísperas de 1914. Las nuevas tecnologías no han sobrepasado la rivalidad en cuanto a recursos naturales, sólo han cambiado el foco. Una nueva versión del Gran Juego1 se está librando por metales estratégicos en África y por los recursos de Siberia y Asia Central. El conflicto en Ucrania, que empezó como respuesta a la agresión rusa, se ha convertido en una guerra por delegación entre las grandes potencias, en la cual los recursos importan tanto como la ideología.

La forma menos reveladora de entender este conflicto es pensarla como una colisión entre democracia y autocracia. En cualquier futuro cercano habrá Estados democráticos y tiranías, además de regímenes híbridos. La fantasía arrogante de un orden liberal mundial debe ser reemplazada por el realismo, la moderación y una incesante lucha por evitar el desastre.

Helen Thompson

Si vivimos en un mundo finito, significa que vivimos en un mundo geopolítico en el cual la competencia por los recursos genera ganadores y perdedores. La República de Weimar empezó después de que Alemania saliera derrotada en la carrera por controlar el recurso energético del cual dependía la modernidad del siglo XX: el petróleo. La victoria en el Gran Juego en Eurasia, entre fines del siglo XIX y la Primera Guerra Mundial, fue primero para Gran Bretaña y luego para Francia en Medio Oriente, después para la Unión Soviética cuando reconquistó los campos petroleros de Bakú en 1920.

La respuesta de Weimar a la derrota alemana fue aplicar tecnología a la fuente energética que Alemania tenía en abundancia: carbón. El primer petróleo sintético producido en la planta de Leuna durante los años de Weimar fue un triunfo de la ciencia y la ingeniería alemanas. Pero el éxito tecnológico no pudo salvar la democracia alemana. La República de Weimar necesitaba importar petróleo, así como otros recursos, y para ello requerían de una economía mundial en la que Alemania pudiera ser una potencia comercial. Cuando los inversores norteamericanos se retiraron tras el crack bursátil de 1929 y empezó la depresión económica, los nazis pudieron explotar fácilmente las humillaciones de Alemania. Hitler llevó a Alemania por la vía de la conquista total de recursos y tierras agrícolas, así tuviera que aniquilar poblaciones cuya vida dependía de éstos.

Hoy el problema de Weimar es global, pues ningún Estado está a salvo del difícil mundo que compite por los recursos, y que Hitler llevó a tan terrible desenlace. El auge de petróleo y gas de esquisto de la década de 2010 dio un respiro a Estados Unidos en su dependencia de energía extranjera, la misma que lo había atrapado en una sucesión de desastres en Medio Oriente. Pero la tasa de crecimiento de esquisto ha disminuido, dejando a la administración de Biden a merced de las decisiones de una Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) liderada por el eje saudí-ruso. Durante casi dos décadas, Rusia ha sido la potencia exportadora de energía. Pero la imposición de sanciones occidentales tras la invasión a Ucrania ha dificultado que las empresas rusas exploten la cuenca de esquisto de Bazhenov, en Siberia occidental; sin ella, la industria petrolera rusa decaerá. Mientras tanto, a medida que los gobiernos de todo el mundo intentan dirigir una revolución energética con bajas emisiones de carbono, esta competencia por los recursos incluye una lista creciente de materias primas.

La idea de un progreso lineal siempre ocultó el problema del agotamiento de los recursos bajo la premisa de que la tecnología vendría a rescatarnos. Nuestra tragedia en Occidente es que, pese a todas las catástrofes del siglo XX, seguimos manteniendo esta visión arrogante del mundo, la cual nos ciega ante la complejidad del dilema humano, colectivo, de un mundo finito.

Robert D. Kaplan

De hecho, un mundo finito tiene como corolario un juego de suma cero en la lucha por los recursos. Pensemos en nuestro presente y futuro como solemos pensar en la Europa moderna: Estados en competencia, chocando entre sí, en guerra periódicamente, con poco espacio físico para maniobrar.

El historiador militar John Keegan ha explicado que Gran Bretaña y Estados Unidos pudieron defender la libertad porque los mares los protegían “de los enemigos terrestres de la libertad”. Pero la Europa continental hasta mediados del siglo XX no tenía ese lujo (y sólo después dado el paraguas de seguridad estadunidense). Y ahora que la tecnología ha acortado las distancias, reduciendo el poder protector de los mares, el mundo ha redescubierto el destino de la Europa temprana, donde reinaban el realismo y el pragmatismo.

La OPEP saudí-rusa es un ejemplo de este proceso, en el que la contracción de la distancia anima alianzas de facto entre regiones dispersas de tal forma que, con China acercándose a Rusia y Arabia Saudita, se ha creado un verdadero sistema Euroasiático. Será un mundo claustrofóbico en el que la tecnología no siempre será capaz de rescatarnos. Por ello es que el progreso linear es una ilusión, pues incluso cuando llegue la tecnología para arreglar problemas, ésta llegará tarde como para prevenir conflictos y sufrimientos.

A diferencia de las dos guerras mundiales, Estados Unidos ya no será capaz de actuar como policía libre en el ámbito internacional. Como hoy, Estados Unidos estaba profundamente dividido en la década de los treinta, cuando prevalecían el racismo, el antisemitismo y el odio de la derecha hacia Franklin Delano Roosevelt. Pero la Segunda Guerra Mundial, una guerra total que supuso una leva masiva, le dio dinamismo y unidad a ese país.

Cuando la guerra terminó, la economía estadunidense dominaba el mundo. Ése ya no es el caso. Particularmente porque China es una potencia de amplio espectro, con la segunda economía más grande del mundo y una base tecnológica que produce armamento y productos de alta gama.

Con todo, China enfrenta graves problemas económicos, sociales y políticos. De hecho, desde que la guerra de Ucrania ha debilitado a Rusia como una potencia, puede ser que los tres poderes (Estados Unidos, China y Rusia) estén en decadencia, aunque en diferentes formas y velocidades. Pero la decadencia es relativa, así que uno o más de estos poderes puede mantener influencia sobre los demás en un futuro previsible.

La decadencia de la Marina Real empezó hacia inicios del siglo XX, y aun así Gran Bretaña ayudó a vencer a la Alemania nazi casi medio siglo después. Por eso es que la decadencia puede estar sobrevalorada. Entonces, en este mundo cada vez más pequeño y propenso a los conflictos, así como no debemos convertirnos en idealistas que exigen sistemas democráticos por doquier, tampoco debemos volvernos fatalistas, pues queda mucho trabajo por hacer.

John Gray

Los conflictos del siglo XXI revelan dos tipos de escasez, ambas a escala global. Por un lado, un juego de suma cero por los recursos materiales de un planeta finito; por otro lado, un tipo de escasez de valores en la que todas las opciones implican pérdidas. La combinación hace que la geopolítica sea ineludiblemente trágica.

La tragedia no es la imperfectibilidad ni el hecho de que el progreso sea intermitente y reversible. Los seres humanos confrontan la tragedia cuando saben que, hagan lo que hagan, no será suficiente para evitar el desastre. En dichas circunstancias un poco de fatalismo es razonable, pero esto no implicada pasividad.

La escasez de recursos y de opciones están profundamente imbricadas. Los geólogos estiman que para lograr el objetivo del “cero neto” de emisiones tendrá que haber más minería en las próximas décadas que en toda la historia. Aquí los humanos se están aproximando a los límites del crecimiento. Pero la escasez de recursos naturales activa la rivalidad entre Estados, llevándolos a las guerras, y aquí es donde empieza la escasez de opciones.

Las dos guerras mundiales fueron impulsadas en parte por la necesidad de petróleo. Las nuevas tecnologías pueden impulsar a grandes potencias hacia el desastre. Se necesitan chips computacionales de alta gama para mantener los estándares de vida a los que se han acostumbrado miles de millones de personas. Con el tiempo la tecnología se difunde, pero quien en el futuro tenga el control sobre estos chips tendrá mayor ventaja. Por eso es que, a menos que Occidente acepte que China absorba Taiwán —que produce alrededor de dos terceras partes de los chips—, la isla está destinada a ser el epicentro de un conflicto global. Seguir con el statu quo no es una opción.

Una intensa escasez de recursos socava la estabilidad de los Estados. Un crecimiento económico bajo o nulo no es, como quisieran creer los ambientalistas y sus opositores, una opción política, sino un signo de que la humanidad está llegando a los límites de un planeta sobrepoblado. Tanto en dictaduras desarrollistas como en Estados industrialmente avanzados, los gobiernos dependen fuertemente de la expansión económica para mantener su autoridad. Al carecer de la legitimidad que les otorga el aumento del nivel de vida, es más probable que recurran a la guerra.

La ideología liberal exacerba la escasez de opciones. Las autocracias se muestran menos rígidas doctrinalmente y estratégicamente más flexibles que las democracias. En términos de justicia, la orden de detención que emitió la Corte Penal Internacional contra Putin, por crímenes de guerra, parece totalmente justificada. Pero también muestra un franco desdén por las consecuencias. Putin no es Slobodan Milosevic, un tirano insignificante, sino el comandante del arsenal nuclear más grande del planeta. Occidente está implícitamente apostando el futuro a un cambio de régimen benigno en Rusia, una apuesta peligrosa y desesperada.

Las sociedades occidentales se basan en la creencia de que los recursos y opciones pueden, en principio, expandirse sólo por la agencia humana. En realidad ambos están limitados: por la geografía, la historia o la ceguera ideológica. Y esto es lo que explica la recurrencia de la tragedia en geopolítica. La tarea es, como siempre, sacar lo mejor de la situación.

Ilustración: Izak Peón
Helen Thompson

La fe en que la creatividad humana puede triunfar sobre los límites de la naturaleza ha sido una de las características centrales de la mayoría de los proyectos políticos modernos, incluido el liberalismo. Obviando el hecho de que la tecnología no puede crear energía, se ha comprobado que esta convicción es sanguinaria. Quienes asumen que el mundo político puede reconstruirse gracias a los esfuerzos humanos nunca antes habían tenido que apostarle tanto a la tecnología por encima de la energía como motor del avance material.

Estamos ya muy lejos de las esperanzas revolucionarias de los siglos XIX y XX cuando la transformación de la vida colectiva significaría el desarrollo total de los recursos naturales y el fin de la escasez. Incluso en China, la misión teórica que Xi Jinping ha encargado al Partido Comunista Chino para brindar “abundancia material” como objetivo del “socialismo científico” coexiste con los peligros de “cisnes negros” y “rinocerontes grises”. Sin olvidar los que podrían surgir dada la dependencia china del petróleo extranjero, con todas las implicaciones para la capacidad de Beijing de librar una guerra por Taiwán.

Las tecnologías de baja emisión de carbono tienen cierta capacidad de aminorar la rivalidad geopolítica por los hidrocarburos. Pero la electricidad de bajo carbono y la electrificación aún dependen de extraer metales bajo la superficie de la tierra. Como nota John (Gray), el progreso tecnológico va de la mano del desastre geopolítico. Era conocido que los buques de guerra a base de petróleo serían superiores a los navíos que usaban carbón en la competencia geopolítica por el petróleo antes de 1914. Un siglo después, la estrategia de Xi de “Hecho en China 2025” (cuando en 2015 el liderazgo chino apostó el futuro del país por dominar las cadenas de suministro en la fabricación de tecnología de punta y producción de vehículos eléctricos) aterrorizó a la clase política en Wáshington, llevándola a su actual guerra tecnológica contra este país.

A medida que se acelera el cambio climático, la fe modernizante en la tecnología debe esforzarse cada vez más por mantener a raya el temor subyacente de que la civilización basada en combustibles fósiles no resulte menos trágica que todas las anteriores en la historia. El supuesto de que el ingenio humano es único les ha permitido a los optimistas de la energía tratar los éxitos tecnológicos en la reducción de los costos unitarios de la producción de energía baja en carbono como el preludio para la siguiente ronda de remedios necesarios, empezando por eliminar la intermitencia de la electricidad generada solar y eólicamente. Pero el temor a que esta sociedad baja en emisiones de carbono sea irrealizable también alimenta las fantasías tecnológicas de mudar la vida humana a Marte.

Es necesario un realismo lúcido acerca de las opciones a nuestro alcance y su respectivo costo humano. Negar nuestra era trágica sólo traerá mayor sufrimiento. Pero estamos lejos de ser sonámbulos indefensos ante nuestro aprieto humano colectivo. La geopolítica de los recursos está plagada de peligros ineludibles. Pero sólo será una lucha apocalíptica si los gobiernos la convierten en tal al negarse a reconocer las restricciones de coexistir ante los límites que impone la naturaleza.

Robert D. Kaplan

El énfasis en la escasez y los límites, particularmente en los recursos, combinado con la creciente conectividad de un mundo tipo Weimar, ha sido un fenómeno que se desarrolla desde hace más de un siglo. Prueba de ello son las dos guerras mundiales. Pero el desgaste puede indicar un gran cambio.

Si hay un filósofo ilustrado que intuitivamente entendió esto, incluso si cometió errores, ése fue Robert Malthus (1766-1834). De hecho, un mundo tipo Weimar es un mundo malthusiano. Malthus sigue siendo ridiculizado por proclamar que mientras la población crece geométricamente, los suministros alimenticios crecen sólo aritméticamente, así que la humanidad se enfrenta en algún momento a escasez y hambruna.

Durante su vida, Malthus revisó su teoría muchas veces aunque siguió defendiendo la tesis principal, que la población se expande hasta los límites impuestos por los medios de subsistencia. Quizá más aún que Adam Smith en La riqueza de las naciones, Malthus introdujo en la filosofía política contemporánea todo el tema del entorno físico y natural. La humanidad puede ser más noble que los simios, pero seguimos siendo seres biológicos. Por tanto, a nuestra política —sugiere Malthus— la afectan tanto las condiciones naturales como la densidad con la que habitamos el planeta.

Para dejar de destruirnos a nosotros mismos en este mundo malthusiano, debemos casarnos con el miedo sin dejarnos inmovilizar por él. No podemos asumir que la tecnología vendrá a rescatarnos de cada dilema. Los antiguos griegos argumentaban que ningún hombre es afortunado hasta que está muerto, dado que la catástrofe puede caernos encima en cualquier momento. Para extrapolar el argumento a la humanidad entera, no debemos asumir que la catástrofe no pueda caernos encima en cualquier momento o periodo histórico. Es decir: debemos pensar trágicamente para evitar la tragedia. Y precisamente porque nuestra civilización se acerca a los límites de recursos y de espacio, este pensamiento trágico es más vital que nunca.

Sin embargo, no es tan evidente. En Gran Bretaña, Rishi Sunak y Keir Starmer son tecnócratas del espíritu, y los tecnócratas asumen que hay una solución para cada problema, lo cual conduce a cierta arrogancia. Mientras tanto, la élite política de Estados Unidos es más ideológica que nunca y esto lleva a otra forma de arrogancia. Los problemas mundiales no desaparecerán si toda la humanidad se vuelve democrática, como suele creer la élite estadunidense.

Me temo que las élites, tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos, tendrán que aprender de la tragedia por las malas, viviéndola en carne propia, dada su incapacidad para preverla.

Helen Thompson

Dado que Malthus escribió sin saber que vivía al inicio de una revolución energética que transformaría los ciclos de fertilidad de la tierra, su profecía de mediano plazo estaba condenada. El largo y, a todas luces, demorado fin del mundo de la energía que comenzó en el siglo XVIII bien podría validar su pesimismo. Pero los límites de nuestros conocimientos actuales también podrían llevarnos al mismo tipo de conclusiones milenaristas innecesarias.

La estridencia con la que algunos piensan que la abundancia energética es un derecho de la modernidad se enfrenta a una larga historia de reconocimiento de la escasez de recursos. En su libro de 1865, La cuestión del carbón: una investigación acerca del progreso de la nación y el probable agotamiento de nuestras minas, el economista inglés William Stanley Jevons explicó cómo, al depender de una fuente energética finita, Gran Bretaña se había puesto a sí misma en una trayectoria económica hacia peligros mayores; trayectoria de la cual le sería imposible escapar.

Desde que Estados Unidos empezó a dominar el mundo económico moderno apoyado en el petróleo, los estadunidenses han pasado por múltiples ciclos de exploración y agotamiento. El pozo de Pensilvania, donde se perforó el primer pozo comercial del país en 1865, era un pueblo fantasma para la década de 1880. La civilización industrial de los combustibles fósiles siempre ha sido una montaña rusa, como comprendieron los exploradores de principios del siglo XX que encontraron enormes cantidades de petróleo en Texas.

La invención científica y la viabilidad de su explotación comercial para superar las limitaciones de recursos son parte de esa montaña rusa. Vaclav Smil, el historiador de la energía y científico, estima que quizá la mitad de nosotros no estaría vivo hoy sin amoníaco sintético.

El impulso científico por esta innovación vino del miedo, a principios del siglo XX, de que los nitratos naturales usados como fertilizantes se estaban agotando. La invención del químico Fritz Haber se produjo en masa como respuesta a la desesperación alemana luego de que durante la Primera Guerra Mundial el bloqueo naval aliado cortó el comercio entre Alemania y Chile, exportador de la mayor parte del nitrato del mundo.

Thomas Malthus se ha vuelto relevante de nuevo porque estamos deliberadamente tratando de deshacer la revolución energética que él no vio. También sabemos que el avance tecnológico es una contingencia, usualmente en torno a la guerra, que no puede trascender las leyes de la termodinámica. Cualquier evaluación honesta de nuestro probable futuro deberá reconocer la enormidad de intentar sustituir los combustibles fósiles por la electricidad en la producción y distribución de alimentos, a sabiendas de los límites de la tecnología para resolver el problema.

Nuestra agencia parcial es la razón por la que debemos aprender a vivir conscientemente con una incertidumbre alucinante. La búsqueda y extracción de metales será otro viaje de alto riesgo, que enfrentará a la creatividad humana a la fuerza inexorable del agotamiento de recursos, que se producirá independientemente de los éxitos temporales.

Si el problema de la energía es singularmente moderno, la mentalidad trágica, moldeada por las experiencias de civilizaciones previas ante los límites, puede aún ofrecernos sabiduría mientras nos enfrentamos a una odisea fáustica que el uso de la energía de los combustibles fósiles ha puesto en movimiento.

John Gray

Hoy las potencias tienen algunas cosas en común con los personajes de la obra de Jean-Paul Sartre, A puerta cerrada (1944). Tres almas muertas se encuentran en un cuarto cerrado, aparentemente condenadas por sus pecados. Una de ellas intenta escapar, pero cuando la puerta se abre no puede pasar por ella, y las tres permanecen atrapadas en el cuarto. En una célebre frase, la prófuga fallida concluye: “El infierno son los otros”.

Las tres grandes potencias están atrapadas en una versión geopolítica del cuarto de Sartre, un mundo claustrofóbico del cual no parece haber salida. Éste no es el mundo bipolar de la Guerra Fría. Tres o más Estados (Estados Unidos, China, Rusia, la India) contienden por los cada vez más escasos recursos de un planeta sobrecargado.

Como argumenta Robert (Kaplan), el teórico que mejor explica la situación es Malthus. En 1798, cuando publicó por primera vez su Ensayo sobre el principio de la población, había alrededor de 800 millones de personas. Ahora nos aproximamos a los 8000 millones. No solamente los números humanos se han multiplicado por diez, sino que muchas personas disfrutan estándares de vida mucho más altos de los que ha tenido la mayoría a lo largo de la historia.

Malthus se equivocó al asumir que la producción alimentaria no podría incrementarse, pero lo hizo de tal manera que quizá pueda probarse que tenía razón. El pico en población y estándares de vida fue en buena medida un producto de los hidrocarburos. Es cierto que la tasa de natalidad está cayendo en muchos países. Pero a menos que se produzca una mortandad a gran escala, la población alcanzará los 10 000 millones de personas en este siglo, y alimentar a esa población requerirá de enormes cantidades de energía.

La agricultura mecanizada, los fertilizantes, los insecticidas, las granjas industriales, los refrigeradores y el transporte requieren de ingentes cantidades de combustibles fósiles. La agricultura intensiva es la extracción de alimentos del petróleo, parte de la industrialización mundial que ha devastado los espacios naturales, ha agotado la biósfera y desestabilizado el clima. La confluencia del calentamiento global, la escasez de energía, las pandemias y las guerras geopolíticas puede señalar el comienzo de un reequilibrio brutal del tipo que describió Malthus.

Como dice Helen (Thompson), hay un sentimiento subyacente de temor existencial, una sospecha permanente de que nuestra civilización puede autodestruirse como tantas otras en el pasado. Con sus fantasías de migración interplanetaria, Elon Musk es una figura involuntariamente trágica, expresión tanto de una desesperación oculta como de un tecnooptimismo que proclama estentóreamente.

La realidad de un planeta sin salida es la intensificación de la competencia por el control de sus recursos. Ucrania no sólo es el granero del mundo, sino también un país rico en yacimientos de tierras raras, mientras que los territorios de Donetsk y Lugansk, ocupados por Rusia, tienen importantes yacimientos de gas de esquisto. La geología y la geografía moldean nuestros conflictos tan profundamente como cualquier choque entre autocracia y democracia.

Si la hay, la esperanza está en reconocer este hecho: el desastre global puede evitarse con una diplomacia basada en la realidad. Será desafortunado si nuestros líderes no pueden, como aquella prófuga fallida de Jean-Paul Sartre, salir por la puerta.

 

John Gray
Filósofo político. Es autor, entre otros libros, de Misa negra. La religión apocalíptica y la muerte de la utopía (2007); Perros de paja (2002); y Falso amanecer. Los engaños del capitalismo global (1998).

Robert D. Kaplan
Periodista. Entre sus libros: La mentalidad trágica: Sobre el miedo, el destino y la pesada carga del poder (2023); Adriático: Claves geopolíticas del pasado y el futuro de Europa (2021); y La venganza de la geografía: Cómo los mapas condicionan el destino de las naciones (2014).

Helen Thompson
Profesora de Economía Política en la Universidad de Cambridge

©2023 The New Statesman Media Group
Traducción de Julio González


1 El término Gran Juego (en inglés Great Game) se empleó para describir la rivalidad entre Gran Bretaña y Rusia en su lucha por esferas de influencia en Asia Central y el Cáucaso. Empezó hacia 1830 y fue una constante durante todo el siglo XIX. (N. del T.)

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Publicado en: 2023 Noviembre, Ensayo