La duquesa

El 23 de mayo de 2005, Javier Marías dio a conocer el veredicto del V Premio del Reino de Redonda en el blog de su página web. El galardón, más simbólico que pecuniario (un monto de 6 mil euros aportados por la editorial del reino) y más etéreo que terrenal (un ducado concedido por ese territorio ficticio inaugurado por el escritor inglés M.P. Shiel, quien lo heredó a otro escritor, John Gawsworth, que a su vez lo entregó al narrador John Wynne–Thyson, monarca que habría de cederlo a Javier Marías), le fue otorgado a la cuentista Alice Munro, creadora de una bibliografía ejemplar pero poco leída fuera de América del Norte.

Con el telón de fondo de la campiña canadiense, los relatos de Alice Munro son historias aparentemente planas pero en las que el universo femenino es el centro de gravedad de los personajes cuyo aliento exhibe la insignificancia, la abyección o la fragilidad de los vínculos humanos; un mundo tan parecido al nuestro en sus cambios sigilosos, mutaciones casi imperceptibles pero que hacen que la vida se renueve o se deforme o incluso se destruya a cada tanto, pues los síntomas que aquejan a sus criaturas proceden del desvelo, los malos recuerdos, las experiencias incómodas, o quizá, de un ajuste de cuentas inexplicablemente postergado.

Aquel lejano 2005, el jurado del premio del Reino de Redonda, compuesto por Pedro Almodóvar, António Lobo Antunes, John Ashbery, William Boyd, Michel Braudeau, A.S. Byatt, Pietro Citati, J.M. Coetzee, Francis Ford Coppola, Agustín Díaz Yanes, Roger Dobson, Sir John Elliot, Claudio Magris, Eduardo Mendoza, Ian Michael, César Pérez Gracia, Arturo Pérez–Reverte, Elide Pittarello, Francisco Rico, Eric Rohmer, Fernando Savater, Luis Antonio de Villena y Juan Villoro, destacó que la Munro merecía el galardón “por su perfecto dominio del género del relato, su extraordinaria capacidad de observación de lo cotidiano y sus paradojas, y su magnífica creación de personajes femeninos, en apariencia corrientes pero de enorme profundidad, en el marco a menudo rural o semirrural de su región natal, Ontario, a la que a veces ha logrado dotar de una dimensión equivalente a las ficticias regiones de William Faulkner y de Thomas Hardy, Yoknapatawpha y Wessex respectivamente”.

Acaso suene un poco exagerada la comparación de los pueblos canadienses de la Munro con los terruños de Faulkner y Hardy, sin embargo, la mayor virtud de sus relatos radica, precisamente, en la forma de mirar las expresiones cotidianas del espacio reducido: en un lugar donde todos se conocen, donde las reglas se siguen al pie de la letra y en el que gravita una aparente sensación de fraternidad, de solidaridad, comienzan a surgir fisuras ocasionalmente irreparables, a partir de asuntos precarios o insignificantes como la envidia, el chismorreo, el rencor o los prejuicios.

Para Alice Munro, la estabilidad existencial pende de un hilo frágil. Digamos como en el cuento “The bear came over the mountain” (del libro Hateship, Friendship, Courtship, Loveship, Marriage), adaptado al cine en 2006 por Sarah Polley bajo el título Away from her (Lejos de ella), en el que el añejo matrimonio de Grant y Fiona se desmorona debido al Alzheimer que ella sufre. El remordimiento del pasado, el olvido incurable, el tiempo que se ha marchado irremisiblemente, la repentina soledad y, sobre todo, la resignación de aquel hombre a mirar a su mujer como una extraña, detonan una profunda reflexión sobre lo inexorable del destino.

Quizá es por eso que en 2005, el Reino de Redonda le otorgó a Alice Munro el título de Duquesa de Ontario y la perfiló como una candidata para el Nobel de Literatura, reconocimiento que ella nunca se creyó aunque como suele ocurrir en sus relatos, el presagio de esa tierra ficticia se hizo realidad ocho años después. Por cierto, Javier Marías sigue en el trono de Redonda.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Sólo en línea