Imágenes del incendio

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Publicamos uno de los desconcertantes relatos incluidos en Tiburón. Una antología personal (Almadía), amplia selección de los cuentos del escritor boliviano.


El incendio comenzó por la madrugada y se propagó con una furia incontenible por los pastizales resecos que había dejado un verano sin lluvia por las colinas de Barranco; a las diez de la mañana se ordenó la evacuación de todo ese sector residencial de clase media-alta. Al mediodía, ante el esfuerzo casi inútil de bomberos no preparados para contener un fuego de semejante magnitud, comenzaron a arder las primeras casas que por décadas y décadas se habían erguido, ostentosas y sin humildad alguna, en barrios, con la ciudad a sus pies por un lado, y por el otro el mar.

Era un espectáculo fascinante. Mi hermano y yo lo mirábamos por CNN, que desde la madrugada transmitía todos los pormenores en vivo. Hermosas escenas de perros y gatos atrapados por el fuego, entrevistas a desesperados burgueses llorando las fotos de familia incineradas y el desaparecido hogar construido a base de “tanto sacrificio”, tomas dramáticas de bomberos intoxicados y de reporteros arriesgando la vida en aras de servir a la población, interrumpidas sólo por los comerciales: la regocijada señal de que ni siquiera las catástrofes detenían la marcha incesante del comercio.

Mi hermano había encendido el televisor temprano y había buscado CNN sin dilaciones: era un adicto a las noticias. Siempre afirmaba que las crueles y a la vez inofensivas imágenes de la realidad en CNN eran su telenovela, una telenovela mejor que cualquier otra. “Doscientos muertos en un terremoto en India: detalles en ocho minutos. ¿Quién asesinó a esta madre soltera? Descúbralo a las siete.”

Yo salía de la casa cuando, desde una cámara en un helicóptero, me atrapó la panorámica imagen de Barranco rodeado por el mar y el avance del fuego. Una imagen hipnótica que conmovía también al reportero describiendo la escena con gastados superlativos que, gracias a una voz quebrada por la emoción, aparecían dignos, recubiertos de originalidad. Me senté al lado de mi hermano. No había nadie más en la casa. Mis padres y Eugenia ya se habían ido.

Después de un buen rato, recordé lo que sucedía y me quise ir. Se lo dije a mi hermano, pero no me escuchó, absorto como estaba en la casi mística contemplación de las imágenes. Me levanté, y entonces vi la toma de la hermosa casa blanca al borde del acantilado, y el fondo azul y celeste del mar y el cielo divididos por la raya del horizonte; un rápido corte, y entonces vi las llamas dando fin con el pasto y los árboles del elegante jardín de mi casa. Me volví a sentar.

El periodista informó que se creía que todos los habitantes de la casa ya la habían evacuado. Yo sabía que estaba equivocado.

 

Edmundo Paz Soldán
Escritor. Ha publicado: Los vivos y los muertosNorte Iris, Las máscaras de la nadaDesapariciones y Amores imperfectos, entre otros libros.

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Publicado en: En la mesa