La solapa de Infocracia, de Byung-Chul Han, dice que es uno de los filósofos más leídos del mundo. No encuentro motivos para dudarlo, pero no me queda claro qué significa eso. En cualquier caso, es un filósofo popular en el más ambiguo sentido de la palabra. Y su manera de escribir corresponde seguramente a lo que mucha gente entiende que es la filosofía: ideas generales, afirmaciones categóricas e improbables, aéreas. El libro trata de “la digitalización y la crisis de la democracia”, no en ningún país en particular, sino en el mundo: cuando Byung-Chul Han dice “nosotros” quiere decir “los seres humanos”. Así, en general. Encadena sin mucho orden una serie de ocurrencias sin más información que la que podría tener un reportaje sensacionalista. La idea básica, a la que vuelve una y otra vez, es que eso, la digitalización, va a destruir la democracia.

Los argumentos son los mismos que se usaron contra la televisión o contra la imprenta, el repertorio clásico del misoneísmo, que en cada novedad descubre una amenaza y un motivo para la nostalgia (por ejemplo, las nuevas formas de propaganda política: “No son ya los mejores argumentos los que prevalecen”; y uno no puede menos que preguntarse cuándo prevalecían en política los mejores argumentos). La nota dominante, como en toda literatura de la decadencia, es el desprecio por las masas: el régimen, dice, “degrada a las personas a la condición de ganado consumidor”; en política, los votantes “han sido reducidos a ganado manipulable”; los individuos “se dejan amaestrar [por los influencers] para convertirse en ganado consumista”.
Los párrafos dedicados a los influencers son ejemplares. Son “venerados”, dice, y eso “dota a su imagen de una dimensión religiosa”: sus seguidores “participan en una eucaristía digital”, porque los medios son “como una iglesia” en la que “compartir es la comunión” y “el consumo es la redención”. La analogía sirve para elevar la temperatura retórica, pero no explica absolutamente nada, y de hecho sólo se le puede ocurrir a alguien que no tiene idea de lo que es la religión. Los medios son como una iglesia, bien; o como un establo o una playa o una alfombra o un mole de guajolote, ¿por qué no? El resto es parecido, hiperbólico y vacío: no hay comunicación, no hay diálogo, no hay verdad. A veces consigue una frase moderada, ramplona, de sobremesa de domingo: “La cultura se está mercantilizando”, y a continuación la convierte en un disparate: “La mercancía sustituye a la verdad”.
No pasa de ser un libro malo de un autor mediocre, hinchado por la publicidad. Pero importa como ejemplo de una manera de entender la filosofía que consiste en mirar por la ventana, mirarse al espejo, y asumir que eso es el Mundo, que así es la Humanidad; y luego, un poco por envidia de la física, un poco por nostalgia de la teología, imaginar un sistema, hablar en términos tan generales que desembocan en el vacío, donde lo mismo se puede afirmar una cosa o la contraria.
Como alternativa, está la idea de Wittgenstein: hacer filosofía consiste en resolver problemas filosóficos, es decir, elucidar el sentido de los términos que empleamos. El propósito, modesto o heroico, es ganar en claridad, nada más. Ahora bien: el sentido de una palabra, una pregunta, depende del contexto, los problemas de la justicia, la responsabilidad, la traición, sólo pueden plantearse en términos concretos, en un contexto. Por ese camino no es posible llegar a esas afirmaciones redondas que parecen tan filosóficas, pero de eso se trata. La tarea de la filosofía es ayudarnos a plantear con claridad los problemas: tiene que servir para abrir una conversación, no para cerrarla.
Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Sus libros más recientes: Si persisten las molestias y Así empezó todo. Orígenes del neoliberalismo