“Mientras se duerme, no sirve uno para nada; es lo mismo que si se estuviera muerto”, nos dice Platón en Las leyes. Considerando que más de 2000 años separan la caverna de Platón del primer dormitorio experimental, es más entendible aún la sentencia del filósofo, con un pequeño gran adendo: si dormidos no servimos para nada, dormir sí que nos sirve para mucho.
En Habla, memoria, Vladimir Nabokov va más allá de sólo hacer coro al platonismo durmiente al afirmar que le parece “la más imbécil de todas las fraternidades humanas”, “una tortura mental”, una “traición nocturna a la razón, a la humanidad, al talento”. Remata: “El dolor que siento al despedirme de la consciencia me parece indeciblemente repulsivo”. Insomne crónico como era el escritor, ¿qué de raro tiene que se muestre tan despreciativo?
Que el producto más tangible de dormir sean los sueños intangibles que nutren la imaginación y la literatura es indiscutible. Pero ¿poetas y escritores se han servido copiosamente del mero acto de dormir como motivo central de inspiración literaria o, por el contrario, se han dormido en sus laureles al escribir acerca de esta diaria inevitabilidad tan carente en sí de eventos narrables?
Ya en la Ilíada Homero reconoce la importancia de dormir, pues el sueño es “rey de todos los dioses y de todos los hombres”. Aristóteles lo define más por lo que no es que por lo que vemos cuando los ojos de humanos y otros animales se cierran: una “incapacidad de percibir”, “privación de la vigilia”, “sin movimiento”. Tan importantes fueron para el filósofo el dormir y el soñar, que dedicó no uno sino tres tratados al tema. Si bien sólo Sobre el sueño y la vigilia trata estrictamente de dormir, los dos restantes hablan de los sueños y de la quimérica adivinación a través de ellos. Aristóteles creía que casi todos los animales duermen, o al menos los que cuentan con ojos —tenía sus dudas sobre los insectos—, y razonaba que dormir era necesario para reponerse de un “exceso de vigilia” que variaba de un animal a otro.

Según las neurociencias, la definición moderna de dormir señala que es un estado de inmovilidad con una capacidad de respuesta muy reducida a los estímulos externos. Se distingue de estar relajado, letárgico, anestesiado, hibernando o comatoso por ser, en comparación, rápidamente reversible (por lo general, se requiere mucho menos que una alarma presidencial —perdón, sísmica— para despertarnos). Hay dos rasgos adicionales importantes en varias especies —la nuestra incluida—. Primero, tenemos dos tipos de sueño: el famoso MOR (de Movimiento Ocular Rápido o REM, por sus siglas en inglés), en el que ocurren la inmensa mayoría de los sueños; y el no MOR. Segundo, si se nos impide dormir, nuestro cuerpo intenta recuperar la cantidad de sueño perdido (como bien sabemos, algo muy distinto es que lo logre).
Dada la dificultad de probar en laboratorio qué especie cumple de manera estricta con la definición de dormir, no es asunto que quite el sueño a la mayoría de los neurocientíficos. En invertebrados, sabemos que, por las diferencias en la estructura de sus sistemas nerviosos, no pueden cumplir con algunas de las propiedades que caracterizan a humanos y otros vertebrados, aunque cucarachas, abejas y moscas muestran comportamientos propios del dormir. En vertebrados, en menos de 50 de las cerca de 60 000 especies se ha comprobado experimentalmente que duermen; cómo, cuánto y para qué depende de la edad, el tamaño, el medio en que habitan (terrestre o acuático) y el riesgo de ser comidos mientras lo hacen a pierna suelta (o su equivalente zoológico).1
En los humanos el dormir menos provoca aumento de peso; en cambio, si se priva a las ratas de un 70 % de su sueño, bajan de peso. Varias especies de peces coralinos no reducen para nada su actividad mientras duermen (es decir, ni su metabolismo ni su movimiento; tampoco es que coman, se reproduzcan o hagan otras actividades dormidos). Aves migratorias, como el gorrión de corona blanca, disminuyen en dos tercios la duración de su sueño durante la temporada de migración, incluso si están enjaulados. Zarigüeyas y algunas especies de murciélagos duermen hasta veinte horas al día, en tanto que elefantes y jirafas requieren sólo tres o cuatro horas diarias. Los ornitorrincos presentan la mayor duración de fase MOR, por lo que tal vez sean los animales más soñadores (que no dormilones) de la creación. Los lobos marinos, cuando están en el agua, duermen con un ojo abierto y con un hemisferio cerebral y la mitad del cuerpo despiertos; el comportamiento de los delfines al dormir es indistinguible del de un estado de vigilia tranquilo, y en la marsopa común no se ha observado nada que asemeje dormir. “Y bien haya el que inventó el sueño”, como bien dijo Cervantes que dijo Cide Hamete Benengeli que dijo Sancho Panza. O, mejor aún: bien haya la nada adormilada evolución que dio lugar a esta diversidad.
Antes de los primeros experimentos sobre privación del sueño en humanos, hacia finales del siglo XIX, era poco lo que sabíamos sobre los cambios fisiológicos que nos ocurren cuando dormimos. Quizás por ello, hasta entonces, lo más recurrente en la ficción fueron, por un lado, los cuentos y leyendas de bellas durmientes y Rip Van Winkle condenados a dormir por varios años; y por otro, las parasomnias o trastornos del sueño más manifiestos, como hablar o caminar dormidos, y sufrir de insomnio, parálisis del sueño o alucinaciones. En la literatura gótica estas alteraciones eran señales de alerta para personajes como Jonathan Harker al preguntarse sobre Drácula:2“¿Será posible que él duerma cuando los otros están despiertos y que esté despierto cuando todos duermen?”. Y no olvidemos que previo a eso, en la literatura isabelina, dormir tuvo consecuencias decisivas para los durmientes de Shakespeare en El sueño de una noche de verano, Romeo y Julieta y Macbeth.
La ciencia ficción ha explorado las posibilidades del dormir, extendiendo éstas de lo medio plausible a lo muy improbable para hablar de tecnologías del sueño como la hipnopedagogía —la posibilidad de asimilar conocimientos, habilidades y conductas conectando algo a nuestro cerebro mientras dormimos— en Un mundo feliz de Aldous Huxley; la hibernación espacial o hipersueño —detener o disminuir nuestras funciones biológicas por grandes periodos— en 2001: Una odisea espacial de Arthur C. Clarke, la saga de Alien e incontables películas; y la manipulación biológica —vía genética o mediante operaciones neuroquirúrgicas para “extirpar” la necesidad de dormir— en Nicho 69 (Manhole 69) de J. G. Ballard. De la primera, lo único comprobable es que la consolidación de nuevo material ocurre durante el sueño; que algunos aspectos de la hibernación espacial podrían volverse realidad, al menos con propósitos médicos; y que varios son los genes que intervienen en los trastornos del sueño, sin que existan aún terapias genéticas que permitan modificarlos.3
“Me encanta dormir”, confiesa la comediante Rita Rudner. “Es lo mejor de ambos mundos: consigues estar vivo… e inconsciente”. Razones biológicas aparte, esta desconexión temporal de nuestros problemas y preocupaciones no es motivación menor para tomar Por el camino de Swann, acostarnos temprano y, al igual que Marcel Proust, terminar rezando un “Ya me duermo”.
Luis Javier Plata Rosas
Doctor en Oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: En un lugar de la ciencia… Un científico explora los clásicos y El hombre que jamás se equivocaba. Ensayos sobre ciencia, literatura y sociedad.
- Siegel, J. M. “Clues to the function of mammalian sleep”, Nature, 437(7063), 2005, pp. 1264-71; y Siegel, J. M. “Do all animals sleep?”, Trends Neurosci. 31(4), 2008, pp. 208-213.
- Greaney, M. “Sleep in modern fiction”, LICO, 7(6), 2010, pp. 467-476.
- Riemann, D., y otros. “Sleep and dreams as reflected by science fiction literature and films – Anything to learn from?”, J. Sleep Res. 34(5):e70183, 2025.