Enrique Florescano: una visión ineludible de la historia

Ahora me toca una tarea arriesgada: moverme en esa selva de atributos que son inherentes a la presencia inagotable de Enrique Florescano, una selva llena de acontecimientos compartidos que han acompañado a su vida y que ha tenido múltiples floraciones y abonado al conocimiento y al pulso de la historia de México.

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A lo largo de un itinerario que ha sido producto de la práctica ininterrumpida del oficio —con una enorme capacidad creativa y organizadora—, Enrique Florescano ha podido imaginar la Historia y las ciencias sociales de manera total y con mayúsculas; haciendo posible la construcción de instituciones a través de los puentes de la acción cultural, de los debates más diversos y de la gestión de innumerables proyectos que se han reflejado en el impulso de las políticas públicas. Esa imaginación creativa ha dado frutos que se han multiplicado con el paso del tiempo, tanto, que él mismo ha terminado por convertirse en una institución imprescindible, bajo cuya sombra se han agrupado tendencias, contenidos e intereses muy diversos.

Historiador, editor, maestro de varias generaciones, innovador académico y dueño de una personalidad perseverante y múltiple, su vida coincide con un largo periodo de cambios vividos por la sociedad mexicana, de los que ha sido testigo, riguroso analista y actor privilegiado. Así que hablar de Florescano sólo desde el punto de vista académico resulta una tarea sin sentido, ya que no se le puede ubicar como un historiador sin más, sino como un protagonista argumentado que transita en el extenso campo que va de la investigación a la difusión del conocimiento, de las reflexiones interdisciplinarias más diversas a su gran obra como editor, rompiendo barreras conceptuales y temáticas.

Dando seguimiento a una trayectoria que combina la crítica con la construcción práctica de alternativas, habría que ubicarlo bajo las condiciones históricas que le tocó vivir y que encarnan en una obra comprometida y de largo aliento, marcada, como la de toda una generación, por la crisis sistémica de 1968, que definió la culminación del desarrollo estabilizador y el principio del fin de la legitimidad del antiguo régimen. Una obra acentuada también por la incertidumbre de aquellos años y por una nueva expectativa de cambios estructurales en los que era evidente “la proletarización del campesinado”; encadenada a la crisis agraria que se vivía y sus respuestas en el movimiento campesino de los setentas en los estertores de la lucha por la tierra. Este contexto le permitió profundizar en un tema crucial que traspasa la sobrevivencia de la población, alrededor del maíz, elemento primordial en la vida de los mexicanos: una visión política de la historia que resulta esclarecida en su tesis sobre los precios del grano, en donde aborda la crisis agraria del ocaso del mundo colonial, la primera oleada modernizadora  -la de los Borbones- y su convergencia en la guerra de independencia; todo como un espejo de las realidades de su tiempo a través de un ensayo retrospectivo y político sobre una crisis agraria anterior que de alguna manera iluminaba el presente de aquellos años…

Y esto es así porque Florescano pertenece a la última generación de quienes conocimos de cerca una realidad rural que era heredera directa del virreinato y que fue paulatinamente diluyéndose en la modernidad, la migración, el desarraigo y la violencia.  

En su tesis, convocaba entonces a una reflexión acerca de cómo reinterpretar la historia basándose en la comprobación de los datos económicos y construyendo una reflexión que le va a llevar a resultados de larga duración, tomando como ejemplo las relaciones existentes entre la curva tortuosa de los precios del maíz en el último siglo colonial y algunas calamidades (epidemias y desastres naturales, entre otras) que desarticulaban la producción de un grano básico para la subsistencia y, por añadidura, la forma como esta curva interactuaba con la formación de todas las condiciones que condujeron a la maduración del horizonte de descontento social que se precipitó en el estallido revolucionario de 1810. Éste era un trabajo pionero colocado justamente en las postrimerías del México rural, cuando el país se transformaba en una sociedad mayoritariamente urbana en donde las luchas agrarias, nostálgicas de la vieja revolución, eran en realidad el reflejo del hundimiento del campesinado como actor privilegiado de las gestas nacionales. Era una incursión en el pasado rural que se nutría de las desesperanzas de un fin de época, y que llevaba hasta los días de la independencia las preocupaciones y las contradicciones de aquel presente de finales de los sesentas. Además, ese texto introducía los nuevos métodos de la historia económica, proponiendo la conversión de una “desordenada serie de precios en un instrumento riguroso de análisis histórico”; aportando una sólida base cuantitativa que conformaba una inédita interpretación de la historia de México, cuya perspectiva pretendía construir una historia total, o como él enunciaba entonces, “una Historia sin adjetivos”… Esta obra, que relaciona el pasado con una realidad presente conflictiva, se completará con la publicación, en 1976, de una revisión más ambiciosa: Origen y desarrollo de los problemas agrarios de México, 1500-1821, que se convertirá en otro referente importante del análisis histórico.

Todo eso desde el momento en que varias teorías, en aras de la generalización o el dogma, obviaban la búsqueda de particularidades históricas, y de que se abría un horizonte de revisiones, crisis sucesivas y variadas incertidumbres del que aún no acabamos de salir. Así, Florescano acude no sólo a los archivos, sino también a la memoria colectiva y a la tradición oral, ofreciendo una nueva visión del pasado mexicano. Hay en todo esto la inquietud de poblar de nuevo los rincones más diversos que habían sido relegados por la historiografía académica —generalmente encerrada en sus claustros—, o resaltar lo que los “marcos teóricos” habían deshistorizado, para definirlos de nuevo en sus diversas motivaciones. Su oficio no es, por ende, la simple “sociología retrospectiva” que la historia había llegado a ser en los setentas, sino, en el mejor sentido, la búsqueda de una historia total recubierta de nuevas significaciones, siempre y cuando encontrara además un terreno social propicio para difundirse y perpetuarse.

Peo esta historia es sólo una parte de su historia…, porque a la vez que hace su trabajo académico, considera que este trabajo debe divulgarse y extenderse, con la visión de incorporar desde un principio sus reflexiones al análisis de las políticas públicas, siendo capaz de traspasar todas las circunstancias adversas a sus proyectos y de mantenerse en una sola línea dirigida hacia un objetivo final puesto no sólo en la investigación, sino también en la edición de series temáticas, el periodismo cultural, la docencia, la compilación de fuentes de primera mano y la difusión de la cultura en general. Habría que recordar, por ejemplo, en los inicios de su trayectoria, la línea directa de sucesión que le llega, a través de su maestro Gonzalo Aguirre Beltrán, de aquel liberalismo veracruzano que viene desde Clavijero, del nacionalismo liberal del XIX, de la educación laica y de la idea de la redención a través de la educación. De Aguirre Beltrán hay también esa insistencia en la rigurosidad, la sistematización y el diálogo: algo que se manifiesta ya muy claramente en aquella compilación, quizás la primera, hecha con otro de sus maestros, don Luis Chávez Orozco, acerca de las fuentes referidas a la industria textil de su estado natal (dentro de la colección Fuentes para la Historia Económica y Social de Veracruz), algo que había iniciado Chávez Orozco desde años antes y que en Florescano seguirá siendo una constante y una idea fija: de allí parte la vocación, o la obsesión enciclopédica, de dar a la luz la mayor cantidad posible de veneros documentales con el fin de que los estudiantes e investigadores se nutrieran de esos temas y desarrollaran sus indagatorias, en una época, además, en que los archivos no estaban tan disponibles como ahora y cuando aún no era posible elaborar registros digitales que facilitaran estas tareas. Así y gracias a su empeño, el mapa de la historia económica, política y social de México, empezó a ser cubierto por referencias informativas que enriquecieron enormemente las posibilidades analíticas. 

Además, su amplia producción historiográfica se extiende en una gran cantidad de temas que en realidad rondan en la búsqueda de un todo y bajo un motivo de profundidad histórica que gira alrededor de la construcción de la identidad nacional, ese leit motiv que parece estar presente desde los inicios de su carrera. Esa búsqueda que de alguna manera se incuba en la incertidumbre de los tiempos, que se le va de las manos porque ha variado y camina más rápido que las circunstancias, con la inercia incontrolable de una modernización y una urbanización deforme. Hay entonces que evocar a los dioses del pasado y convocar a las tradiciones orales, con la esperanza de que no todo desaparezca, de dejar constancia de su paso por la historia y de establecer una alianza con ese pasado constantemente resignificado en la identidad nacional…

Esta decisión conceptual y la capacidad de moverse por temáticas diversas, con el fin deliberado de redimir la investigación de las ataduras del “claustro”, es solo un aspecto de una concepción política a la que suele llamar “la función social de la historia”, elaborando siempre una rigurosa puesta al día del oficio de historiar en el marco de un compromiso íntimo que parece haber tenido desde un principio. Porque si alguien ha podido mantenerse en la discusión historiográfica, política y coyuntural durante más de seis décadas, es precisamente Florescano, ampliando la historia hacia otras ciencias sociales y naturales, creando los contextos amplios que explican su devenir: es más, las obras publicadas bajo su sombra en la colección Biblioteca Mexicana, o en algunas de las colecciones de Atlas publicadas en Veracruz, cubren prácticamente todos los temas imaginables…

Así que me refiero de nuevo a esa tenacidad creativa de una vida hecha con la declarada finalidad de promover la difusión del conocimiento, la publicación de variados temas y fuentes, convocando reuniones y debates, aireando las instituciones y ejerciendo sobre ellas no sólo la crítica permanente, sino, además intentando reformarlas desde dentro. De modo que junto a un tratamiento detenido, sistemático y exhaustivo de lo que, en general, se ha denominado el mundo de las ideas y su propio conocimiento sobre muchos temas, —y aprovechando desde una visión novedosa los flancos principales del viejo sistema—, Florescano desarrolla una metodología que le permite contrastar empíricamente el papel que realmente juegan las instituciones para el apoyo a la difusión de la cultura. Es decir, su valor añadido se manifiesta en que plantea sus proyectos de una forma clara y convincente, detectando con precisión el cambio institucional y las políticas de cada momento. El resultado acumulado y conforme avanza en sus proyectos editoriales, le dan autoridad y crédito para iniciar nuevas tareas cada vez más ambiciosas, moviéndose, en base a los resultados tangibles de su labor, por encima de las relaciones de poder y los conflictos de intereses.

Resulta así un mediador cultural que puede jugar un papel importante, tanto en la generación, difusión y evaluación de las ideas generadas por la investigación, como en su formulación e implantación en variados medios sociales: uno de esos actores privilegiados que comparten un conjunto de conocimientos generados por la academia  -y no sólo en el terreno de la historia-; buscando no solamente difundirlos, sino  trasladarlos a los programas públicos, logrando así influir de manera positiva en el comportamiento de múltiples instituciones gubernamentales a lo largo del tiempo.

La pasión y la prodigalidad por mantener viva y renovada toda la discusión acerca de lo que se produce en las ciencias sociales, se ve reflejada en la formación de grupos de jóvenes investigadores, en la dirección de brigadas de autores de muy diversa orientación y en el afán generoso de construir y ampliar nuevos temas con ellos. El impulso a la investigación y el patrocinio de toda clase de proyectos los lleva a cabo siempre y cuando sean coherentes con ese aspecto universal que baña todos los colores de su búsqueda.

Vale decir  que sin su perseverancia no hubiera sido posible la profusión de Atlas históricos, series colectivas sobre varios temas, o colecciones enteras, como la excelente compilación de libros de la serie de los Sep Setentas —con 103 títulos publicados—,ni por supuesto muchos de los mejores ensayos de historia económica y de fuentes estadísticas publicadas bajo su dirección por el Instituto Mexicano de Comercio Exterior, o la refrescante irrupción de la historia en el debate público, tal y como ocurrió con la revista nexos, fundada y dirigida por él, y que se convirtió en un vivero de nuevos analistas y críticos de la realidad social del país. Más recientemente, ha coordinado las colecciones Biblioteca Mexicana (que sobrepasa los cincuenta títulos y los cien mil ejemplares), Patrimonio Histórico y Cultural de México, sólo por citar algunas. Estas aportaciones no se quedan en los estantes y las bodegas, se constituyen algunas en ediciones amplias de libros de texto a nivel nacional y estatal y son dirigidas a las bibliotecas de todo el país, para completar la formación educativa —una de las preocupaciones básicas de un hijo de profesores de provincia—, haciendo llegar los libros —ese objeto sagrado de los polígrafos— hasta los rincones más remotos del país…

En los últimos años, después de muchos propósitos realizados, sueños cumplidos y de una prolífica producción académica en la que ha pisado terrenos muy diversos en la investigación del pasado, Florescano completa el círculo recorriendo los senderos de los orígenes de la agricultura, del poder político y de las grandes ciudades del México antiguo, los procesos de intercambio cultural que dan paso a un extraordinario panteón mítico, dándoles un seguimiento continuo desde los más incipientes procesos civilizatorios de Mesoamérica hasta la conformación de complejos religiosos diversos; en una larga peregrinación que va desde los precios del maíz hasta los complejos teológicos que lo definieron como el grano básico de la civilización mesoamericana; y en este itinerario de rupturas y continuidades, va develando las identificaciones colectivas y permitiéndose además penetrar con cada vez más conocimiento de causa los campos de la memoria y la identidad de México.

Hoy ha salido en busca del Mictlan un historiador imprescindible, un maestro generoso que con sus conocimientos llenó los espacios de nuestras carencias porque creía que la historia era un lugar de partida y un puerto de llegada.

 

Antonio García de León
Historiador. Su libro más reciente es: Misericordia. El destino trágico de una collera de apaches en la Nueva España.

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Publicado en: Sólo en línea

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