En la galería

En la galería
(Auf der Galerie)

Si una artista ecuestre débil y tísica fuese obligada a golpe de látigo por un jefe despiadado a dar vueltas y vueltas sin interrupción, durante meses, ante un público incansable sobre un caballo tambaleante en la pista de un circo, zumbando sobre el caballo, tirando besos, moviendo la cintura, y si esta actuación continuara bajo el rugido constante de la orquesta y de los ventiladores hacia un futuro gris que se abriera sin cesar, acompañada de aplausos que se apagaran y resurgieran una y otra vez, provenientes de manos que en realidad son martinetes de vapor…, quizás entonces algún joven espectador de la galería se apresuraría por las largas escaleras abajo a través de todas las gradas, se lanzaría a la pista y gritaría ¡alto! a través de las fanfarrias de la orquesta que siempre está a punto para el acompañamiento.

Pero como no es el caso y una bella dama, blanca y roja, entra flotando por entre las cortinas que le abren los orgullosos criados con librea; el director, buscando con devoción sus ojos, respira hacia ella en postura animal; la sube con prudencia al caballo tordo, como si fuera su nieta, a la que ama sobre todas las cosas, a punto de partir a un peligroso viaje; no se resuelve a dar la señal con el látigo; finalmente, sobreponiéndose a sí mismo, lo hace restallar; anda junto al caballo con la boca abierta; sigue ojo avizor los saltos de la jinete; apenas alcanza a comprender su habilidad; intenta advertirla con exclamaciones en inglés; exhorta furioso a los mozos que sujetan los aros a que presten la mayor atención; antes del gran salto mortal implora silencio a la orquesta con las manos levantadas; por último baja a la muchacha del tembloroso caballo, la besa en las mejillas y ningún homenaje del público le parece suficiente; mientras ella misma, apoyándose en él, alzada sobre las puntillas, en una nube de polvo, con los brazos extendidos y la cabecita echada hacia atrás, quiere compartir su felicidad con todo el circo…; como esto es así, el espectador de la galería apoya la cara en la baranda y, hundiéndose en la marcha final como en un pesado sueño, llora sin saberlo.

 

Franz Kafka

Ilustración: Jaque Jours

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Publicado en: En la mesa