El triunfalismo y sus descontentos

Una de las muchas peculiaridades de las elecciones presidenciales estadunidenses de 2016 fue el curioso tropo mediático de sugerir, como insistieron muchos comentaristas, que los dos candidatos con más en común eran el izquierdista Bernie Sanders y el reaccionario Donald Trump. Después de todo, según estos análisis, ambos hombres lanzaron fuego populista contra las “élites”; ambos querían derribar a sus respectivos partidos políticos; y ambos desafiaron consensos supuestamente razonables en torno a la política económica. Si bien los artículos que participaron en este tropo a menudo priorizaron la astucia sobre la precisión, los puntos de vista de Trump y Sanders, de hecho, en un punto crucial: el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).1

Ilustración: Sergio Bordón

Mientras los expertos tachaban de “poco seria” cualquier postura crítica sobre el TLCAN, Trump y Sanders hablaban en nombre de millones. Para muchos estadunidenses, el TLCAN no evocaba progreso y prosperidad, sino fábricas en decadencia, pequeños agricultores en quiebra y centros urbanos arruinados. Más allá del nivel material, como ha argumentado la antropóloga Ann Kingsolver, el TLCAN también sirvió como “una entidad simbólica dotada de esperanzas, temores y agencia: el poder de cambiar vidas y naciones”.2 En otras palabras, el “TLCAN” encarnaba una historia de declive de Estados Unidos.

Comprender por qué el TLCAN llegó a ser y sigue siendo tan importante en la política estadunidense requiere examinar el momento histórico en el que surgió: el fin de la Guerra Fría. Con el colapso de la Unión Soviética, la opinión pública estadunidense se dividió en dos bandos basados en interpretaciones opuestas de lo que el fin de la Guerra Fría significaba para el futuro del país. En el centro político se situaban diferentes matices de triunfalismo. Al hablar de la disolución de la U.R.S.S., el presidente estadunidense George H. W. Bush proclamó: “Ésta es una victoria para la libertad y la democracia. Es una victoria para la fuerza moral de nuestros valores. Todo estadunidense puede estar orgulloso de esta victoria”.3 Muchos académicos, políticos y otras personas definieron el fin de la Guerra Fría como un “fin de la historia” (en palabras del destacado politólogo estadunidense Francis Fukuyama).4 Los triunfalistas hablaron como si acabara de terminar un experimento científico que demostraba la superioridad total de la democracia capitalista estadunidense.

Sin embargo, no todos en Estados Unidos querían abrir el champán. En distintos rincones de la derecha y de la izquierda prevalecieron la incertidumbre y el enfado. Mientras que pensadores como Fukuyama —junto con la mayoría de los políticos, expertos de los principales periódicos y miembros de la élite empresarial— veían un futuro de eternos cielos soleados, estos críticos contemplaban un Estados Unidos plagado de desigualdades y estancamiento, argumentando que el país necesitaba reevaluar todo, nacional e internacionalmente.

En términos generales, los sentimientos contrarios al TLCAN encajan en cuatro grupos. En la derecha estaban los nacionalistas reaccionarios y los intereses empresariales “proteccionistas”. Estos grupos, con frecuencia entrelazados, veían el TLCAN como una aguja succionando la sangre vital de la nación. En la izquierda marchaban los liberales laboristas y los internacionalistas de izquierda que denunciaron el TLCAN como una aceleración de lo peor del hipercapitalismo de finales del siglo XX. Aunque estaban en desacuerdo en casi todos los temas, todos podían estar (más o menos) de acuerdo con el líder progresista Ralph Nader, quien declaró que el TLCAN anunciaba un futuro siniestro en el que un “régimen autocrático transnacional” se convertiría en la norma gobernante del nuevo siglo.5

Imagine lo siguiente: una conocida personalidad de la televisión aparece en un popular programa de noticias. En menos de un minuto, proclama su filosofía: “Que América vuelva a ser lo primero”. Es el año 1992 y esa persona es Patrick Buchanan. Exasesor de los presidentes republicanos Richard Nixon y Ronald Reagan, Buchanan fue un destacado comentarista reaccionario y un elemento habitual de los medios conservadores.

Tras la Guerra Fría, Buchanan emergió rápido como la voz principal de una facción entonces pequeña de la derecha estadunidense a la que denomino populistas reaccionarios. Este grupo, también llamado a veces paleoconservadores o la “vieja derecha”, compartía muchos puntos de vista con la política conservadora entonces dominante, definida por una casi devoción a Ronald Reagan dentro del Partido Republicano y sus numerosos aliados. Tanto los reaccionarios como los reaganistas querían impuestos más bajos, enfoques severos de la “ley y el orden”, el continuo desmantelamiento de los sindicatos, la supresión de los derechos reproductivos, y más. En muchas cuestiones, además, los populistas reaccionarios se diferenciaban de los reaganistas más en grado que en tipo. Su racismo, homofobia y sexismo eran más profundos y llamativos. Sus puntos de vista económicos hacían hincapié en las pequeñas y medianas empresas, más que en las grandes corporaciones mundiales. Se preocupaban profundamente por preservar las industrias manufactureras nacionales. En política exterior, favorecían un enfoque más nacionalista basado en estrechas defensas del “interés propio” en lugar de que Estados Unidos actuara como una hegemonía global hiperactiva.

Otra forma de entender el populismo reaccionario es explorar la historia principal que contaba como movimiento. Una vez más, si bien este relato coincidía con las narrativas reaganianas, era más sombrío, aterrador y descaradamente racista acerca de los males del país. Según los populistas reaccionarios, los “verdaderos estadunidenses” eran predominantemente cristianos blancos de las clases media y trabajadora, especialmente pequeños empresarios. De acuerdo con este relato populista, los desafíos que enfrentaron muchas personas blancas, cristianas y de clase media a principios de los noventa —la precariedad económica, la creciente inmoralidad social (el aborto legalizado o la prevalencia de delitos violentos) y la inseguridad cultural (los protestantes blancos tenían que vivir en un país cada vez más diverso)—, surgieron no de fuerzas estructurales impersonales, sino de una conspiración que se originó tanto “arriba” como “abajo”.

Desde “arriba” conspiraban las élites reales: empresarios antipatrióticos que trasladaron fábricas al extranjero y contrataron inmigrantes para bajar salarios, políticos liberales o progresistas obsesionados con la integración racial, burócratas gubernamentales que malgastaron el dinero de los impuestos en programas sociales inútiles, académicos de izquierda que envenenaban las mentes de los jóvenes con ideas de multiculturalismo, feminismo y posmodernismo, y figuras culturales que iban desde la filósofa Gayatri Spivak hasta el rapero Tupac Shakur. Desde “abajo” amenazaban afroamericanos, latinos, árabes, y personas procedentes de Asia empobrecidas y de clase trabajadora. Esta alianza de los de arriba y los de abajo pretendía supuestamente transformar a Estados Unidos en una tierra basada en la debilidad y el agravio personal, usurpando así los derechos y privilegios que los “verdaderos estadunidenses” se habían ganado a través de su arduo trabajo.

Ilustración: Sergio Bordón

Para concretar más, tomemos el tema de la inmigración “ilegal”. Los populistas reaccionarios arremetieron contra los inmigrantes no autorizados porque creían que, en última instancia, eran herramientas de las élites empresariales cosmopolitas que “importaban” trabajadores extranjeros (léase: morenos) para reemplazar a los “estadunidenses”. De manera simultánea, los populistas reaccionarios argumentaron que esas mismas élites culturales y empresariales dieron la bienvenida a la devaluación de los valores “tradicionales estadunidenses” (es decir: los blancos, de clase media y cristianos) acelerada por la inmigración. Aquí vemos una supremacía blanca, a menudo apenas disimulada, del tipo que encauzó todo: desde la segregación en el sur hasta décadas de restricciones a la inmigración. Los reaccionarios afirmaron (irónicamente y con cierta razón) que el TLCAN estimularía una mayor inmigración. Como escribió un residente anónimo de Hawái a la congresista demócrata Patsy Mink en vísperas de la votación del TLCAN, el tratado: “será perjudicial para la economía estadunidense […] También hay que detener la avalancha de inmigrantes ilegales […] No tenemos suficientes empleos ni recursos para cuidar de los nuestros”.6

Así, para los populistas reaccionarios, la importancia del TLCAN iba más allá de sus posibles efectos económicos. Más bien, sirvió, en palabras de Buchanan, como “el campo elegido en el que las desafiantes fuerzas de un nuevo patriotismo han elegido luchar contra la élite de la política exterior estadunidense por el control del destino nacional”.7 Si bien los populistas reaccionarios que se unieron tras este mensaje seguían siendo, afortunadamente, una fuerza marginal en ese momento, la lucha contra el TLCAN ayudó a impulsar el eventual ascenso de esta facción al poder bajo la bandera de Donald Trump.

Para los populistas reaccionarios, existían “cosas más importantes en la vida que el resultado final en una hoja de balance”.8 Pero ese resultado final también importaba. Esta aparente contradicción apunta a un segundo grupo, que en ocasiones se entremezcla con el primero, al que llamo los “proteccionistas”. Si bien muchas personas de clase media y trabajadora (en especial blancas) pertenecían a esta categoría, ciertos sectores de la industria la lideraban. Aunque muchas tenían puntos de vista nativistas, esas perspectivas no impulsaron su política cuando se dirigieron al público. En cambio, sobre todo les preocupaba la creciente precariedad económica, que atribuían a la globalización. Los líderes empresariales a menudo procedían de sectores directamente afectados por el comercio: propietarios de empresas manufactureras de tamaño mediano (como las textiles) o de ciertos sectores agrícolas.

Los proteccionistas se jactaban de tener un líder, el empresario multimillonario de Texas, Ross Perot. La política de Perot, la voz más popular en contra del TLCAN en Estados Unidos durante los noventa, no encajaba fácilmente en la corriente dominante estadunidense. Apoyaba el derecho al aborto, expresaba opiniones homofóbicas, criticaba la avaricia empresarial, se preocupaba por el déficit presupuestario, estaba a favor del aumento de impuestos y se opuso a (algunas) guerras estadunidenses. Y odiaba el TLCAN. Este punto de vista impulsó su sorprendentemente potente campaña presidencial en 1992. Obtuvo el 19 % del voto popular, a pesar de presentarse como independiente en un país con un sistema bipartidista muy arraigado.

Después de la elección de Bill Clinton, Perot reunió a sus partidarios contra el TLCAN. Los proteccionistas, a menudo de las industrias manufacturera y agrícola, afirmaron que el TLCAN eliminaría su capacidad de competir. Como aseguró un grupo de líderes de la agroindustria de Florida: “Los agricultores mexicanos disfrutan de ventajas económicas: tierras gratuitas o subsidiadas, trabajo infantil, ausencia de leyes sobre el salario mínimo”.9 Como muestra esta afirmación, la oposición de los proteccionistas al libre comercio se basaba en la profunda y deliberada ignorancia que puede generar el vivir en el corazón del imperio. La mayoría de sus denuncias de la normativa laboral y medioambiental mexicana ignoraba la historia de México.

Ciertamente, varias élites mexicanas desempeñaron papeles esenciales al empujar a México hacia el neoliberalismo. El presidente Salinas y sus aliados a menudo han sugerido que fueron ellos quienes propusieron las negociaciones que condujeron al TLCAN. Sin embargo, todos estos acontecimientos tuvieron lugar en un contexto en el que Estados Unidos ejerció un gran poder hegemónico, ya fuera a través de canales como el Fondo Monetario Internacional, las presiones ejercidas por las corporaciones multinacionales estadunidenses, la incorporación de las élites mexicanas a las redes neoliberales internacionales a través de la educación en universidades estadunidenses o las políticas gubernamentales estadunidenses.10

Al postularse para presidente, Perot obtuvo el apoyo de varios sectores, incluidos los sindicatos. La apertura de algunos sindicalistas hacia Perot reflejó su falta de opciones en las elecciones de 1992. La mayoría no apoyaría a un republicano, dada la firme postura antisindical de ese partido. Normalmente, votarían por un demócrata. Pero tal vez no por Bill Clinton, partidario del TLCAN.

El dilema de los trabajadores sindicales reflejó la lucha más amplia dentro de la centroizquierda estadunidense. A principios de los noventa, dos facciones competían por el dominio del Partido Demócrata. Por un lado, estaban los “nuevos demócratas”. Como ha demostrado la historiadora Lily Geismer, defendían una “creencia genuina en el poder del mercado y del sector privado para lograr los ideales liberales tradicionales de crear igualdad, elección individual y ayuda para la gente necesitada”.11 Los nuevos demócratas querían que el partido se alineara con sectores de la clase capitalista (especialmente las finanzas), adoptara posturas más punitivas sobre la delincuencia y el bienestar social y lograra una política exterior estadunidense firme. De este modo, creían que “modernizarían” el Partido Demócrata y asegurarían victorias electorales en el futuro. La analogía es imperfecta, pero quizá se podría decir que fueron para Franklin Roosevelt lo que Carlos Salinas o Manuel Camacho Solís fueron para Lázaro Cárdenas.

A finales de los ochenta y principios de los noventa, los nuevos demócratas consiguieron muchas victorias. Entre ellas figuraba que su candidato preferido, Bill Clinton, ganara la nominación presidencial del partido en 1992. Sin embargo, a pesar de sus logros, seguían siendo sólo una facción en un partido más grande. Las filas demócratas todavía incluían a millones de personas empobrecidas y de clase trabajadora (en especial votantes afroamericanos, latinos y asiáticos), personas más progresistas y, lo más importante, a los sindicatos.

Los primeros años de la década de 1990 marcaron una época de zozobra para los sindicatos estadunidenses. Treinta años antes, aproximadamente uno de cada tres trabajadores del sector privado pertenecía a un sindicato. A principios de los noventa, esa cifra se acercaba a uno de cada diez (y siguió disminuyendo). Incluso con cifras cada vez menores, los sindicatos podían movilizar a millones de afiliados. Éste fue el caso de los sindicatos de industrias como la siderúrgica y la automovilística, que se sintieron más amenazadas por el TLCAN. La concentración de sindicalistas en el Medio Oeste, partes de Nueva Inglaterra y la Costa Oeste significaba que muchos legisladores demócratas —sobre todo en la cámara baja de la legislatura federal, la Cámara de Representantes— debían sus puestos al respaldo sindical. Fue este grupo de liberales laboristas el que constituyó la principal oposición legislativa al TLCAN.

Ilustración: Sergio Bordón

La inquietud de estos demócratas proobreros por el empleo no era la única preocupación liberal en relación con el libre comercio en América del Norte. Muchos grupos destacados de la sociedad civil se opusieron al TLCAN. Grupos ecologistas y de consumidores, como el Sierra Club o Public Citizen, temían que las multinacionales estadunidenses y canadienses aprovecharan una aplicación más laxa de las regulaciones en México para construir fábricas y minas más contaminantes. También advirtieron sobre los mecanismos legales dentro del TLCAN que permitían a las multinacionales atacar los intentos de los gobiernos de controlar a las empresas multinacionales a través de leyes ambientales, leyes a favor de los consumidores y más.

Cualquiera que fuera su punto de vista, los liberales sindicales, los ecologistas y los defensores de los consumidores adoptaron, quizás irónicamente, la política reactiva. En lugar de imaginar nuevos mundos, hicieron hincapié en proteger los logros del pasado. Como señaló Barbara Dudley, lideresa de Greenpeace Estados Unidos, estos grupos “no suelen ser patrioteros ni nostálgicos… [pero] tienden hacia soluciones nacionales, abogan por un tipo de capitalismo nostálgico y regulado dentro de las fronteras nacionales, con intervención gubernamental para proteger y preservar la industria y la agricultura estadunidenses de la competencia de bajos salarios y bajos costos”.12

A medida que la lucha por el TLCAN se intensificaba en 1992 y 1993, Lori Wallach, del grupo de defensa Public Citizen, señaló que existía una “responsabilidad” por “no participar en el trabajo trinacional”.13 Muchos miembros de la izquierda liberal respaldaron la adopción de políticas transfronterizas. Sin embargo, si bien existía un componente moral, el deseo de la mayoría de los liberales laboristas de establecer vínculos con los progresistas mexicanos y canadienses anti-TLCAN surgió del pragmatismo político, más que de grandes deseos de hacer política internacionalista. No obstante, un subconjunto más pequeño de la izquierda, a menudo grupos que se identificaban como izquierdistas más que como liberales, defendían el internacionalismo como un imperativo moral y político central. Este cuarto sector de opiniones anti-TLCAN de Estados Unidos constituyó lo que llamaré los internacionalistas de izquierda. Las raíces más inmediatas de este grupo surgieron de la Nueva Izquierda de la década de los sesenta y de dos formaciones de izquierda más recientes: la lucha contra el apartheid y la solidaridad con Centroamérica.

Los internacionalistas de izquierda —agrupados en torno a un conjunto dispar de centros de investigación (think tanks), organizaciones de defensa, grupos de activistas de base y algunos sindicatos— rechazaron fervientemente las críticas nacionalistas al TLCAN. Para poner en práctica esos principios, los internacionalistas de izquierda estadunidenses se unieron a coaliciones similares en Canadá y México. En Estados Unidos, grupos como el Instituto de Estudios Políticos, el Grupo de Desarrollo de Políticas Alternativas y la Unión de Trabajadores de la Electricidad, la Radio y la Maquinaria de América formaron una organización para coordinar los esfuerzos contra el TLCAN llamada Alianza para el Comercio Responsable (ART, por sus siglas en inglés). En México se unieron a la Red Mexicana de Acción Frente al Libre Comercio (RMALC). ART copatrocinó visitas de líderes de la RMALC, sindicalistas, defensores de agricultores y más para testificar ante el Congreso de Estados Unidos, pronunciar discursos y participar en cursos en todo el país.

En medio de lamentos sobre cómo el TLCAN marcó un giro radical en la política norteamericana, los internacionalistas de izquierda ofrecieron una visión más matizada. Entendieron el tratado como una intensificación de los procesos de neoliberalización ya existentes, sobre todo en México. Los internacionalistas de izquierda lucharon enérgicamente contra el TLCAN, a menudo en cooperación con los liberales laboristas. Sin embargo, vieron la disputa como parte de una historia más amplia. Para ellos, la construcción de una red continental de activistas para continuar la lucha contra el neoliberalismo representaba una tarea tan vital como derrotar al TLCAN. En resumen: querían un tipo de integración regional distinta, basada no en las ganancias sino en la solidaridad.

El 17 de noviembre de 1993, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte fue aprobado por la Cámara de Representantes de Estados Unidos por 234 votos contra 200. Convertido en ley sólo unas semanas después, el triunfo de la legislación representó el inicio de un nuevo capítulo en la historia de estos grupos y sus efectos en la política estadunidense (y mundial).

En Estados Unidos, la opinión pública se opuso rápido al TLCAN. Junto con el aumento de la inmigración no autorizada y otros acontecimientos similares, el cierre de fábricas en ciudades de todo Estados Unidos —en particular en estados como Michigan, Pensilvania y Wisconsin— y los efectos colaterales de la crisis monetaria de México de 1994 reafirmaron para los críticos en Estados Unidos y otros países la corrección de sus críticas particulares. En el centro-izquierda y la izquierda, nuevos grupos, desde centros de investigación hasta grupos de activistas de base, se asociaron con organizaciones existentes para combatir la globalización neoliberal. A finales de los años noventa, algunas de estas organizaciones y colectivos obtuvieron victorias que culminaron en la “Batalla de Seattle” de finales de 1999, cuando alrededor de 40 000 manifestantes se unieron contra una reunión de la Organización Mundial del Comercio y lograron clausurarla por un tiempo. Entre las filas de estos activistas se encontraban muchos de los líderes de la campaña progresista y de izquierda contra el TLCAN.

A pesar de la firmeza de los liberales laboristas y los internacionalistas de izquierda, estas facciones continuaron siendo, en el mejor de los casos, sólo ocasionalmente poderosas. Los años de Clinton, seguidos de los ataques del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, alejaron aún más a estas facciones de la corriente dominante. Mientras tanto, el 11-S, aunque al principio de manera discreta, contribuyó a reavivar el populismo reaccionario. Como ha sostenido el periodista Spencer Ackerman, durante el apogeo de la Guerra Fría, los neoconservadores dominaron el discurso público de la derecha estadunidense, con su postura sobre la expansión de la democracia.

Sin embargo, en las bases del Partido Republicano proliferaban los sentimientos nativistas. El odio hacia los musulmanes, tanto en el país como en el extranjero, se mezcló con el odio hacia los inmigrantes, en particular los procedentes de México y más al sur.14 En parte, esta intensificación significó que la facción proteccionista se fusionara cada vez más con los populistas reaccionarios. Combinada con la continua caída del empleo manufacturero en Estados Unidos, esta incipiente indignación apuntó al TLCAN como el culpable del declive nacional. Al mismo tiempo, las frustraciones de los elementos progresistas del Partido Demócrata —y de la izquierda socialdemócrata en general— se fueron intensificando lentamente. Durante su campaña presidencial en 2008, Barack Obama prometió cambios progresistas en el TLCAN, pero en cambio promovió la misma agenda de libre comercio de la era Clinton. Las elecciones de 2016 supusieron un punto de inflexión para ambas partes. Sin un presidente en funciones en la candidatura, cada facción encontró una oportunidad para reafirmarse. El resultado: un poderoso apoyo popular a Donald Trump y Bernie Sanders.

Hoy, nos encontramos con un panorama político en el que el apoyo a tratados como el TLCAN ya no goza de hegemonía intelectual en Estados Unidos. Trump consolidó esto en la derecha durante 2016. En cambio, el mandato de Biden como presidente, con sus críticas al neoliberalismo y su énfasis en la manufactura nacional, llevó esa política al centro-izquierda, demostrando que los liberales laboristas han recuperado una influencia significativa en la coalición demócrata.

Estos cambios se manifestaron de manera más concreta en la renegociación del TLCAN en el Acuerdo Estados Unidos-México-Canadá durante las presidencias de Trump y Andrés Manuel López Obrador. Para las facciones clave, esta revisión mostró tanto los logros —como la falta de ellos— del proyecto neoliberal de integración regional. El T-MEC reforzó las protecciones para la producción nacional estadunidense y la aplicación transfronteriza de la legislación laboral. Sin embargo, como ha señalado el coordinador y experto internacionalista Manuel Pérez-Rocha, “si bien el pacto tiene algunas mejoras”, a la misma vez, “sigue siendo una dádiva para las grandes corporaciones”.15 Esto no significa que nada haya cambiado, sino que demuestra la continuidad del poder de las élites económicas y políticas que se benefician del TLCAN. El rumbo que tomen estos cambios dependerá del panorama siempre cambiante del debate político en los tres países. En su trigésimo aniversario, la política del TLCAN se encuentra en una encrucijada incierta.

 

Paul Adlerstein
Profesor adjunto de Historia en Colorado College. Es autor de No Globalization Without Representation: U.S. Activists and World Inequality (University of Pennsylvania Press, 2021).

Traducción de Andrea Ramírez Sánchez


1 Guian McKee, G. “This is What Trump and Sanders Get Wrong About Free Trade”, The Washington Post, 17 de mayo de 2016. David Davenport, “Trump and Sanders in Agreement? The Strange Politics of Free Trade”, Forbes, 1 de abril de 2016.

2 Kingsolver, A. E. NAFTA Stories: Fears and Hopes in Mexico and the United States, Lynne Rienner Publishers, Boulder, 2001, p. 2.

3 Presidente George H. W. Bush, “End of the Soviet Union: Text of Bush’s Address to Nation on Gorbachev’s Resignation”, The New York Times, 26 de diciembre de 1991.

4 Fukuyama, F. The End of History and the Last Man, Free Press, Nueva York, 1992.

5 Nader, R. “The Corrosive Effects of NAFTA”, The Washington Post, 15 de noviembre de 1993.

6 Elector no identificado de la representante Patsy Mink, caja 1235, carpeta 9, documentos de Patsy T. Mink, División de Manuscritos, Biblioteca del Congreso, Washington, D. C.

7 Buchanan, P. J. “America First, NAFTA Never”, The Washington Post, 7 de noviembre de 1993.

8 Idem.

9 Departamento de Agricultura y Servicios al Consumidor de Florida, “Crawford and Florida Agribusiness Leaders Make Stand on Free Trade Agreement, Urge Bush to Not Sell Out Florida”, 27 de mayo de 1992, Global Trade Watch Papers (GTWP), Washington, D. C.

10 Fairbrother, M. Free Traders: Elites, Democracy, and the Rise of Globalization, Oxford University Press, Oxford, 2020.

11 Geismer, L. Left Behind: The Democrats’ Failed Attempt to Solve Inequality, PublicAffairs, Nueva York, 2022, p. 6.

12 Dudley, B. “The Left Meets GATTzilla: Variations on a Theme”, sin fecha, GTWP.

13 Citado en Adler, No Globalization Without Representation, p. 135.

14 Ackerman, S. El reino del terror: cómo la era del 11 de septiembre desestabilizó a Estados Unidos y produjo a Trump, Viking, Nueva York, 2021.

15 Manuel Pérez-Rocha, “With Passage of NAFTA 2.0, Congress Boosts Fossil Fuel Producers, Particularly in Mexico”, Inequality.org, 16 de enero de 2020.

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Publicado en: 2024 Enero