
El pasado domingo 13 de abril falleció el teórico político argentino Ernesto Laclau. Slavoj Zizek ha dicho que Hegemonía y estrategia socialista, escrito en coautoría entre Laclau y Chantal Mouffe, representa “quizás, el avance más radical en la teoría social moderna”. El día de su muerte, Laclau se encontraba en Sevilla para dictar una conferencia y había volado a esa ciudad desde Londres, su lugar de residencia desde el final de los sesenta. A partir de los ochenta su teoría del discurso había sido sumamente influyente en el mundo de habla inglesa tanto en debates sociales y políticos como culturales. En nuestro ámbito hispánico, sin embargo, su obra ha sido atendida sólo recientemente, sobre todo por la publicación de las traducciones del libro ya mencionado y de La razón populista.
Las obras de Laclau han tenido trascendencia no sólo intelectual sino también política. Habiendo sido marxista en una primera etapa, evolucionó a una perspectiva intelectual más elaborada a través del influjo de la teoría lingüística, el pensamiento posestructuralista y el psicoanálisis. Debido a esto, antes de la caída de los regímenes de la órbita soviética, dio a conocer Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia, en el que apuntaba la inoperancia de los paradigmas de la izquierda del siglo XX y la necesidad de organizar las demandas sociales de maneras novedosas. Sus propuestas para el análisis político se convirtieron, desde entonces, en herramientas pioneras para la reflexión sobre los movimientos políticos y sociales contemporáneos.
Tuve esta entrevista con Laclau en el verano de 2005, en su casa de Finchley, poco antes de concluir mi doctorado, supervisado por él en el programa de Ideología y Análisis del Discurso, que él había fundado en la Universidad de Essex, en donde desarrolló la mayor parte de su carrera académica. Cuando me uní al posgrado, estaba seguro de mi liberalismo, y encontré en su seminario y sus conferencias grandes retos a muchos de los paradigmas en que yo confiaba. Al concluir el doctorado, y posteriormente, a diferencia de otros participantes en el programa, he persistido en el liberalismo, comprendiendo varias de sus deficiencias y, paradójicamente, armado con las herramientas teóricas del postmarxismo para pensar esos problemas. Había encontrado que, a pesar de que las posiciones políticas de Laclau con frecuencia me desconcertaban ―en los últimos años, por ejemplo, le emocionaba el régimen de Hugo Chávez y era cercano a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner―, su teoría política, aunque expresada en un lenguaje extraordinariamente esotérico, es coherente y no adolece del partidarismo que sus posiciones personales tuvieron. A pesar de que han pasado casi nueve años desde que se realizó esta entrevista, las respuestas de Laclau, en lenguaje menos complejo que el de su escritura, explican algunas de sus ideas fundamentales y, me parece, siguen siendo pertinentes para reflexionar sobre múltiples tareas que la izquierda lationamericana, y en particular la mexicana, tienen todavía pendientes.
En México no existe un partido de izquierda con posibilidad de ganar elecciones federales que proponga un proyecto innovador. Algunos políticos parecen renovar su vocabulario, pero las concepciones detrás de lo que dicen, revelan la permanencia de viejas ideas políticas. ¿Cuáles fueron las debilidades de la izquierda latinoamericana en la segunda mitad del siglo XX?
Bueno, yo creo que no hay debilidades específicas, o tan sólo de la izquierda latinoamericana, sino que hay debilidades de la izquierda, a nivel internacional. El problema básico es que la izquierda se consideró originariamente como un partido de clase. Se consideraba que el sujeto emancipatorio era la clase obrera y de esta manera le faltó una profundidad popular para abarcar a grupos más amplios. Los partidos de izquierda, en buena medida, terminaron siendo pequeños enclaves urbanos, muy ligados en cierto momento al movimiento obrero, pero ni siquiera demasiado pronunciadamente, y especialmente a los medios estudiantiles y universitarios. O sea que la izquierda latinoamericana, con algunas excepciones ―obviamente la izquierda chilena fue desde este punto de vista distinta― siempre tuvo, un poco, una mentalidad de enclave.
En los debates mexicanos actuales se suele entender el populismo como la manera de hacer política que por conseguir la aceptación de los gobernados pasa por encima, por ejemplo, de la estabilidad económica. ¿Cuál es la manera en que usted concibe el populismo en La razón populista?
Para mí el populismo está ligado a la construcción del pueblo como actor colectivo. ¿Cómo se construye un pueblo? Básicamente sobre la base de poner conjuntamente una serie de demandas insatisfechas. Para usar un ejemplo que he utilizado en otro trabajo, supongamos que un grupo de vecinos pide a la municipalidad que cree una línea de ómnibus para llevarlos desde el lugar donde ellos viven al lugar donde la mayor parte de ellos trabaja. Si la demanda es satisfecha, no hay problema. Pero si la demanda no es satisfecha hay una cierta frustración. Si esta gente empieza a ver que, al lado de eso, hay otros problemas no resueltos para sus vecinos: el problema del agua, el problema de la vivienda, el problema de la escolaridad, etcétera, se empieza a crear entre todas estas demandas insatisfechas una serie de equivalencias que pasan a construir una demanda más amplia. Esto es lo que constituye para mí, básicamente, un pueblo. Y supone de esta manera que entre el poder y el lugar donde se configuran estas demandas hay una cierta brecha. Es decir una brecha que es lo que da al populismo su carácter de acción colectiva. Por lo tanto la forma en que yo utilizo la palabra populismo no es en absoluto peyorativa.
Esto puede dar lugar después a varios procesos que estudio en mi libro. En primer lugar está la expansión de lo que llamo una cadena de equivalencias, es decir, la equivalencia entre las distintas demandas insatisfechas. Después esto crea una frontera política respecto al poder. Finalmente, toda esta cadena equivalencial de demandas insatisfechas pasa a cristalizar en ciertos símbolos que representan la totalidad de la cadena. Para dar un ejemplo que he utilizado, las demandas de Solidaridad en Polonia al principio eran las demandas de un pequeño grupo de obreros en Gdansk, pero por el hecho de que estas demandas se formularon en el clima de una sociedad altamente represiva, en que había muchas demandas insatisfechas, pasaron a ser los símbolos de un todo social mucho más amplio. Esa es la forma en que se construye un pueblo y el populismo es, en este sentido, la expresión colectiva.
Ahí, volviendo al tema de la izquierda, la dificultad con la izquierda tradicional ―europea o latinoamericana― es que quería ser la representante de un solo actor colectivo que era la clase obrera; mientras que las demandas, especialmente en un mundo globalizado hoy día, tienden a expandirse en muchísimas direcciones. Si usted compara la izquierda clásica con lo que ha sido el movimiento antiglobalización, usted encuentra que hay una gran diferencia. En los Foros de Porto Alegre, hay una pluralidad de situaciones locales y, sin embargo, el esfuerzo se constituye en lenguaje común.
Una crítica liberal a posiciones políticas fundadas en la noción de pueblo diría que esas posturas se desentienden de los individuos concretos a favor de la abstracción llamada pueblo.
En primer lugar los individuos nunca son concretos. Los individuos para existir políticamente requieren ser actores colectivos. El individuo es una categoría que simplemente no existe. Por ejemplo, si nosotros tenemos poblaciones marginales, con una escasa integración al sistema político, ahí lo que se da es una anomia, una desintegración de la individualidad. La única forma de confrontar esa situación es a través de la construcción de identificaciones colectivas. Esto Freud ya lo había entendido muy bien. La vida del individuo es, desde el comienzo, una vida social, porque está ligada a figuras tales como el padre, la madre, el médico… una serie de entidades que lo transforman en el miembro de una cierta comunidad.
Estas comunidades hay que crearlas y estas comunidades pueden ser desintegradas. El populismo es una de las formas en las cuales estas entidades pasan a ser concretas, porque entonces pasan a tener una función colectiva. Por ejemplo, para darle un caso que ha sido estudiado por Peter Klarén en su libro sobre las haciendas azucareras y los orígenes del APRA, él muestra cómo a través de la monopolización en el norte del Perú hubo un proceso general de desintegración social: disolución de las comunidades campesinas, disolución de los circuitos de comercialización… Entonces había mucha gente con las raíces a la intemperie. Esta gente no tenía, ni intereses porque no ocupaban un lugar preciso dentro de la sociedad, ni identidades plenamente desarrolladas. Entonces la función del partido político populista allí fue constituir la sociedad civil a sus niveles más elementales, desde las bibliotecas populares hasta los clubes de fútbol; mientras que los partidos políticos en otras sociedades como las europeas son simplemente máquinas para ganar elecciones, no entran tan profundamente en la estructuración de la vida social.
En América Latina, a través de su historia, ha habido propensión al caudillismo, con la consecuente identificación del líder como encarnación del pueblo. ¿Cuál es el espacio que, en su perspectiva, debe tener, y acotar, a un líder en nuestros países?
Hay que entender lo que significa un proceso de representación política. La gente dice muchas veces que el proceso de representación es tanto más legítimo cuando el representante sigue fielmente la voluntad del representado. Es decir, cuando el proceso es un proceso transparente. Pero lo que puede llegar a ocurrir, o lo que ocurre siempre mejor dicho, es que el representante tiene que actuar, inscribir esas demandas del representado, en un medio distinto de aquel en el cual el representado actúa. Por consiguiente el representante no es simplemente un transmisor pasivo sino que el representante es el que articula estas demandas a puntos distintos. Además de eso hay una creación de un nuevo discurso por el representante que después repercute también sobre la identidad del representado.
Ahora, usted podrá decirme pero, ¿no es más democrático un sistema en el cual la primera dimensión, de representado a representante, predomine sobre aquella que va del representante al representado? No siempre necesariamente. Depende cómo sea el representado. Si el representado son sectores marginales, débilmente integrados al sistema político, en ese caso la función del representante, la función del líder, va a ser mucho más preponderante. Pero esa es la única forma en que ciertas masas, que estaban al margen del sistema político, pueden incorporarse a la arena política. Lo que existía, por ejemplo, en Venezuela antes de Chávez, era una marginalización enorme de muchos sectores de la población. El sistema político funcionaba sobre la base de un conjunto de cliques clientelísticas y altamente estrechas. Incorporar esas masas, necesariamente significa ir más allá del sistema institucional tradicional y crear nuevas formas de participación. Esas nuevas formas de participación, por lo que decíamos antes, tienen que cristalizarse en algo, en un símbolo y evidentemente la figura de un líder cumple esa función simbólica.
¿Cuáles son las políticas que lo han hecho expresar cierta confianza en que el gobierno de Néstor Kirchner pudiese ser fructífero?
Hay que referirse a la crisis económica brutal de la Argentina en 2001. Como resultado de esa crisis hubo una desarticulación general de todo el sistema institucional del país. Muchas protestas espontáneas, que no existían antes ―el movimiento de los piqueteros, por ejemplo― empezaron a desarrollarse. El problema fue que hubo una enorme expansión horizontal de estas nuevas formas de protesta social, mientras que hubo una incapacidad para reinscribirlas verticalmente dentro del sistema político como tal. Además los movimientos espontáneos no ayudaban. El lema que tenían era: “¡Que se vayan todos!”. Pero decir que se vayan todos es decir que se quede uno y ese uno, si está totalmente al margen de la acción popular, no va a ser, necesariamente, un uno sumamente deseable.
Las elecciones tuvieron lugar dentro del sistema político más tradicional. Las cosas salieron bien porque el que fue elegido fue Kirchner. Entonces toda la política de Kirchner se ha dirigido a tratar de unir estos dos niveles: el horizontal y el vertical. Frente a gente que le decía: “A los movimientos piqueteros hay que reprimirlos”, él se ha negado a reprimirlos y ha establecido un diálogo. El futuro del sistema político en la Argentina depende de que estas dos dimensiones de alguna manera puedan combinarse y articularse. Evidentemente hay una cierta esperanza de que esto vaya a ser posible.
Además están los otros aspectos. Ha sido quizás el presidente latinoamericano que más firmemente se ha opuesto a la acción extorsiva del Fondo Monetario Internacional. Las recetas del FMI casi destruyeron la economía argentina durante los años noventa y condujeron al derrumbe del 2001. No es cuestión, simplemente, de romper con el FMI, pero lo que ha probado la política de Kirchner es que uno puede mantenerse firme y obtener una serie de concesiones.
Volviendo al principio, a la izquierda latinoamericana. ¿Cuáles son algunos de los elementos teóricos que una propuesta de izquierda debiese tomar en cuenta para construirse como alternativa de futuro?
Debemos pensar en que el terreno histórico en que cualquier proyecto político, ya sea de izquierda o de derecha, va a llevarse a cabo es el terreno de lo que puede llamarse un capitalismo globalizado. Por capitalismo, evidentemente, ya no entendemos lo que entendía la izquierda clásica, es decir una lógica endógena de autodesarrollo que parte de las contradicciones internas de la forma mercancía. Por capitalismo entendemos algo que no es exclusivamente económico sino que es la combinación de lógicas económicas, industriales, tecnológicas; cada una de las cuales tiene una cierta autonomía relativa y constituyen un sistema global de poder.
Lo que ese sistema está generando es toda una serie de puntos de ruptura de carácter nuevo. Ya no es cierto que las contradicciones básicas del capitalismo se den al interior de las relaciones de producción. Hay muchas otras contradicciones: contradicciones ecológicas, contradicciones de desniveles entre distintos sectores de la economía, contradicciones ligadas a mercados de trabajo sumamente fragmentados. Esto está creando toda una pluralidad de actores históricos que tienen necesariamente que encontrar su expresión. Por eso volviendo a lo que mencionaba antes, los Foros de Porto Alegre, creo que tienen esta importancia fundamental de que la totalidad de la protesta social es la que se hace presente con una voz allí y al mismo tiempo hay un esfuerzo, como decía antes de crear un lenguaje común. Esto significa que el momento de la política es quizá, para la izquierda, el momento más importante, porque antes se consideraba que la economía, es decir la fábrica, era un lugar privilegiado de cualquier acción contestataria. Hoy día con el paso a un modelo posfordista, una fragmentación de los mercados de trabajo, y sobre todo con esta proliferación de nuevos antagonismos y puntos de ruptura este ya no es más, evidentemente, el caso.
Entonces todo depende de una política que puede ser fundamentalmente una política de articulación. Hay distintas respuestas a esto. Por ejemplo, una respuesta es la de Hardt y Negri, en su conocido libro Imperio. Ellos ven claramente la proliferación de las luchas, pero ellos no piensan, como yo creo que se debe pensar, el momento de la articulación política como central. Creo que por ahí pasa la construcción de un nuevo imaginario para la izquierda. Yo creo que el movimiento antiglobalización, desde este punto de vista, es lo más importante que ha ocurrido en la izquierda desde la crisis del marxismo.
Germán Martínez Martínez
Muy de acuerdo con esa definición de populismo. Muy de acuerdo con esa definición de populismo. Creo que la aplicación de ese concepto, rige en los modelo económico de Venezuela , Bolivia, Brasil, etc.
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