El liberalismo y la no intervención

Uno de los recuerdos que más me impresionó a los 11 años fue ver en un noticiero un ahorcamiento en Irán al triunfo de la revolución fundamentalista. El susto me duró varios días. En los últimos meses el régimen de los ayatolas ha asesinado entre 6000 y 30000 personas. ¿Debemos aplaudir la acción militar estadunidense que parece haber decapitado exitosamente a la jerarquía de ese régimen tiránico? El caso de las intervenciones es más complejo de lo que parece. ¿Nunca es legítima una intervención? La regla general es que cada país debe ocuparse de sus propios asuntos y no es legítimo que extraños intervengan en ellos. Como señala Michael Doyle, los liberales han ofrecido algunas de las razones más persuasivas para observar el principio de no intervención. Sólo si los pobladores de un país se saben seguros en sus fronteras nacionales es que pueden gobernarse a sí mismos como ciudadanos libres y autodeterminarse. Sin embargo, es falso que las intervenciones nunca son moralmente permisibles. Los principios de dignidad universal que guían al liberalismo, aplicados a diversos contextos, “han proporcionado justificaciones para descartar o invalidar el principio de no intervención”.1 Además, desde 2005 la ONU estableció la doctrina de la responsabilidad de proteger, la cual legitima la intervención en casos de genocidio, crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra y limpieza étnica. Algunos liberales creen incluso que el derecho de las personas a la libertad es universal y que éste debe ser defendido en cualquier lugar siempre y cuando su defensa no ocasione un mal mayor al que busca remediar.

Ilustración: Belén García Monroy

En 1859 John Stuart Mill escribió un ensayo: “Algunas palabras sobre la no intervención”. La cuestión que trataba era: “…si una nación está justificada en interferir en las guerras civiles o en las disputas partidistas de otra: y principalmente, si puede ayudar de manera justificada al pueblo de otro país a luchar por la libertad; o puede imponer a un país cualquier gobierno o instituciones en particular, ya sea como mejor para el propio país, o según sea necesario para la seguridad de sus vecinos”. Mill manifestó su escepticismo por las guerras ideológicas: “Ir a la guerra por una idea, si la guerra es agresiva, no defensiva, es tan criminal como ir a la guerra por territorio o ingresos; porque es tan poco justificable forzar nuestras ideas en otras personas, como obligarlos a someterse a nuestra voluntad en cualquier otro aspecto. Pero ciertamente hay casos en los que está permitido ir a la guerra, sin que nosotros mismos hayamos sido atacados o amenazados de ataque”.2 Para Mill esos casos eran: la legítima defensa, la neutralización de una amenaza después de una guerra victoriosa (como el exilio del derrotado Napoleón a una isla remota), el poner fin a una guerra civil prolongada, la autodeterminación nacional o secesión, la contraintervención y la intervención humanitaria.

Mill, sin embargo, no creía en las intervenciones contra tiranías domésticas: “Con respecto a la pregunta, si un país está justificado en ayudar al pueblo de otro en una lucha contra su gobierno por instaurar instituciones libres, la respuesta será diferente, según el yugo que el pueblo esté tratando de escapar: si es el de un gobierno puramente nativo o de extranjeros (considerando como extranjero un gobierno que se mantiene a sí mismo con apoyo extranjero). Cuando la lucha es sólo con gobernantes nativos, y con tanta fuerza como esos gobernantes puedan reclutar en su defensa, la respuesta que debo dar a la pregunta de la legitimidad de la intervención es, como regla general, No. La razón es que rara vez puede haber algo que se acerque a la garantía de que la intervención, incluso si tiene éxito, sería por el bien de la propia gente. La única prueba que posee algún valor real de que un pueblo se ha vuelto apto para las instituciones populares es que éste, o una parte de él suficiente como para prevalecer en la contienda, estén dispuestos a afrontar el peligro que implica su liberación”. Para Mill la gente debe ganarse la libertad para que dure: “El mal es que… la libertad que se les otorga con otras manos distintas a las suyas, no tendrá nada real, nada permanente…”. No parece que Estados Unidos planee invadir y ocupar Irán después de eliminar a los tiranos. Y ésa es una buena noticia. La tarea de conquistar la libertad es sólo de venezolanos e iraníes.

José Antonio Aguilar Rivera

Profesor investigador en la División de Estudios Políticos del CIDE

  1. Doyle, M. “J. S. Mill on nonintervention and intervention”, en Recchia S, Welsh JM, eds. Just and Unjust Military Intervention: European Thinkers from Vitoria to Mill, Cambridge University Press, Cambridge, 2013.
  2. Mill, J. S. “A Few Words on Non-Intervention”, New England Review, vol. 27, no. 3 , 2006, pp. 252–64.

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Publicado en: 2026 Abril, Panóptico

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