V
En medio de la niebla caliente de los baños de vapor, entre los cuerpos lastimados y desnudos, envuelto en el perfume barato de los jabones y las cremas para rasurar, entre gritos y risas anónimos, ensordecido por el ruido del agua que cae y corre por el piso y ruge en los tubos, se recobra la libertad; una libertad aparente, falsa, es cierto, pero que renueva y fortalece nuestras fuerzas para resistir el peso de la prisión. Desnudos, sin uniforme, sin letras ni números, volvemos a tener nuestros nombres y hablar de nuestra vida de “afuera”, de la gozosa materia de nuestros días de hombres libres, a la que nunca se alude en otro sitio de la prisión, para que no la absorba y contamine la fea grasa miserable que todo lo mancilla y enmohece y que en todo está presente. La corriente purificadora del agua y el vapor que brama al escaparse por las llaves, ahuyentan la humillante presencia del castigo.
Bajo la ducha se vuelven a cantar las canciones con las que amaron y viajaron, con las que gozaron y sufrieron los que una vez fueron libres. Ciertos nombres de mujer, ciudades, calles, sólo se escuchan en los bancos del vapor, en donde la niebla borra paredes y rejas y se pega al oscuro cemento haciéndolo impalpable e invisible. A mi lado, cuántas veces escucho una interminable evocación de circunstancias y lugares, de trozos de vida perdidos en un pasado ilusorio y por completo separado de nuestra vida presente. Nunca vemos los rostros, ni distinguimos los cuerpos que evocan con tan intensa y delirante devoción, una vida ajena a la miseria definitiva de Lecumberri.
“Dora vive en Santa Anita, compañero. En California. Donde todo son jardines y grandes quintas con su alberca y su cancha de tenis. Ella era recamarera en casa de un tipo millonario que vende yates. Yo fui chofer suyo, compañero. Manejaba un Rolls plateado que todo el mundo se volvía a mirar. Tuvimos una niña que se llama también Dora. Viví allá cinco años. El patrón me dejaba libre los sábados y los domingos y me prestaba una vieja camioneta en la que traía herramientas, matas y abonos para el jardín. Nos íbamos Dora y yo a la playa y llevábamos comida para dos días. Dormíamos debajo de la camioneta y cuando hacíamos el amor nos metíamos después al agua y nos bañábamos en plena noche, cuando el mar parece de leche de hirviendo y se ven muchas luces y pescados que alumbran en el fondo. Nos volvíamos a dormir, nos despertaba una ola que reventaba más fuerte que las demás, volvíamos a amarnos y otra vez al agua. Y en el día, lo mismo, compañero. Dora era de Pennsylvania y sus padres eran alemanes. Cuando se quitaba la ropa era blanquísima, tanto que si le daba el sol casi había que cerrar los ojos. Tiene un vello dorado que le cubre todo el cuerpo como los chabacanos maduros. También fuimos varias veces a San Francisco. El patrón les vendía yates de los cultivadores hawaianos que lo esperaban en sus hoteles para cerrar el negocio. Viajaba con su mujer y una hija que estaba paralítica y no podía andar y llevaban a Dora. Yo manejaba el coche y tenía un uniforme blanco. Dora decía que yo parecía un oficial de marina. El patrón se iba con los hawaianos y sus familias a dar una vuelta en el yate que estaba vendiendo. Dora y yo paseábamos por la ciudad. Nos íbamos a los hoteles de la parte alta, y nos amábamos toda la tarde con las ventanas abiertas porque daban a la bahía y no nos veía nadie. Aprendí el inglés, compañero, y cuando salga quiero volver allá a ver si puedo encontrar a Dora y a la niña. Si salgo, ¿no?, porque me metieron 20 años, pero mi abogado apeló la semana pasada. Me tuve que venir porque un día choqué el Rolls y la policía me pidió los papeles. Yo había entrado chueco y el patrón estaba en Glasgow, donde compraba los yates. Me llevaron a la delegación y al otro día me mandaron a la frontera. Aquí trabajé para juntar lana y volverme. Era guía de turistas y me daban muy buenas propinas. Llevé una pareja de gringos a Xochimilco y los jijos de la chingada se pusieron un cuete tremendo, empezaron a discutir y el gringo se me vino encima y la chalana se volteó. Como el gringo estaba tan borracho, se ahogó. De menso había insistido en manejar yo mismo la canoa y le pagué al dueño para que me dejara. Así me ganaba unos dólares extras. Me echaron la bronca y ya van tres abogados que tengo que cambiar porque siempre acaban robándome. La niña se llama Dora; es güerita. Al comienzo la mamá me escribía, pero cuando caí me dio pena contarle y no sabe nada”.
No le vi la cara. Se quedó un rato callado y después se fue a la caseta de las duchas. En el cuarto del vapor, ni las propias manos se ven claramente y los sueños flotan y giran locos entre el vapor blanquecino y ardiente.
“Yo fui a Chalpa con mi hombre que se llama Antonio y es ruletero y tiene dos hijos. Su mujer sabía que andaba conmigo y no le importaba. Todas vamos a Chalpa a la peregrinación del Santo Cristo. Vamos vestidas de mujeres y ni quién nos distinga. Nos vamos después de la misa a una cañada, entre los árboles, y allí hacemos nuestras cosas. Pero antes de la misa no. Una vez que fui sola, también vestida de mujer, el cura me hizo llamar a la sacristía y comenzó a decirme que yo hacía muy mal en ir vestido así y que si no me daba vergüenza con Dios que estaba en el altar, y cuándo había comenzado a andar así y que debía de cambiar de vida. Yo sospeché lo que se traía y, cuando me metió la mano, le dije que me diera la limosna que había recogido en la misa y fue a un armario y sacó una canasta llena de monedas y con muchos billetes. Sacó dos puñados y me los dio. Le temblaban las manos y las monedas rodaron por el suelo. Lo dejé que hiciera lo que quisiera y cuando acabó le dije que si no me daba todo lo que tenía guardado, iría a la delegación del pueblo y contaría todo. Se puso furioso, pero al fin tuvo que darme todo. No me cabían las monedas en el bolso y tuve que guardar unas en el chichero que traía puesto. Quiso comenzar otra vez, pero yo ya estaba cansada y además quería irme. Volví al otro año con Antonio. Nos llevamos el coche y nos fuimos bebiendo por el camino. Iban muchos camiones con gente para el Santuario. Nos detuvimos en la orilla de la carretera y él comenzó a besarme y paró un camión y nos querían romper la madre, pero no se dieron cuenta que yo era joto, o si no, nos matan. Fuimos a la misa y ahí estaban también con sus maridos la Zarca, la Jarocha, la Güera Soledad, la que ficha en el Delfín y el que hoy es Mayor en la Crujía ‘J’, que iba vestido de tehuana. Seguimos en la procesión y cuando nos hincamos ante el Cristo, el cura se me quedó mirando, me reconoció y se puso pálido. Yo me hice pendeja y me tapé con el velo. Cuando salimos nos fuimos a comer fritanga a los puestos de la plaza. Después nos fuimos al bosque y allá hicimos de todo. Yo tenía mucho miedo, porque los que van allá en peregrinación y hacen cosas, se vuelven de piedra y se les ponen las piernas como troncos y ya por la noche se han convertido todos en árbol. Yo temblaba de miedo, pero Antonio estaba como loco y no había quien lo parara. Ya por la noche nos volvimos al pueblo y comimos buñuelos en el atrio. Me dio mucha risa porque un señor muy apretado se puso de pie y me dijo que me sentara. ‘Primero las damas’, dijo. Estaba medio cuete. Antonio tenía celos y no hablaba. Creyó que yo le coqueteaba al viejito catrín. Delante de todos le di un beso y se volvió a contentar conmigo. Nos regresamos por la noche y oímos el radio del coche y cantamos todo el viaje. ¡Ah, qué Antonio ése! Me lo quitó un gringo desgraciado que le regalaba puros dólares. Era muy bien dado y todas andaban como moscas tras de sus huesos. A veces me dan ganas de decirle que me venga a visitar un domingo, pero estoy muy flaca y, además, con esta cortada en la cara me acabaron de desgraciar”.
Un pelo negro y largo que caía en grasientos mechones le tapaba buena parte del rostro. Unos grandes ojos verdes que chorreaban rímel y el barato maquillaje en la piel, sobre el cual resbalaba el agua, era todo lo que se reconocía del panadero afeminado que no hablaba con nadie. A pesar de sus cuarenta años bien cumplidos, todavía pesca algunos clientes los días de visita. Salió dejando un fuerte olor a brillantina barata. Usa en el baño unos calzoncitos de mujer de nylon negro.
La gran estatura de un antiguo jugador de futbol americano y renombrado polista de hacía quince años, tapó la luz que entraba por una claraboya de vidrios gruesos, protegidos por barras de hierro. Un suave olor a lavanda se esparció por el cuarto. Comenzó a rasurarse lentamente mientras silbaba trozos de musical comedis ya olvidadas. Terminó de rasurarse, extendió una fina toalla inglesa sobre la banca y comenzó su eterna cantilena de ajado playboy.
“Si no es por el lío que armaron por el cabrón ése, que al cabo unos y otros querían echarse, yo estaría en la Costa Azul y no en esta pinche cárcel. En Niza tengo un apartamento con garaje y un Mercedes Benz blanco, casi nuevo. Tengo una amiga muy rica y muy jaladora y con ella voy hasta Italia y allá nos quedamos hasta cuando llega el invierno. El domingo entrante vienen dos gringas a verme. A ver si con el Mayor logro entrar aunque sea un litro de ‘John Haig’ y me encierro en la celda y me doy la gran fiesta. Aquí todo se arreglaba antes con lana, pero ahora están resultando muy finos y la cosa está cambiando, pero no faltará un ‘mono’1 que por cien se arriesgue. Ahora, que no se le vaya a ocurrir venir a mamá porque entonces se amuela todo y a las gringas tengo que dejarlas en otra celda solas, porque si mi mamá llega a enterarse, me retira otra vez los abogados y me deja aquí enterrado para toda mi pinche vida. Tengo ya un chamaco que es ya tan alto como yo y estudia en una academia militar de Texas. No sabe que estoy aquí y a lo mejor mi mujer se lo cuenta para sacarse el clavo de todas las que le he hecho. Pero al cabo esto es para machos y mejor sería que supiera que su papá se sabe aguantar lo que le venga. Pero la familia de mi mujer y mi mamá son muy mochas y no entienden nada de esto”.
Este gran animal de competencia, cumplidos ya sus cincuenta años, seguía viviendo como un niño bien de los alegres treintas, cuando sembraba el terror en Guadalajara y gozaba de gran prestigio en las ocho universidades de Estados Unidos que lo expulsaron por escándalos que organizaba con otros latinoamericanos. Era generoso y buen compañero y a muchos ayudó a salir, pagando los cien o los trescientos pesos de la fianza que nunca hubieran podido reunir. Sabía aguantarse con mucho temple los carcelazos pero, a veces, era un poco indiscreto.
Éste es el baño llamado del Pachuco, al que se puede ir con permiso de la Comandancia. Está junto a las calderas y consta de un cuarto para desvestirse, un cuarto de duchas y uno de vapor. Lo usan únicamente los comisionados y “cacarizos” y rara vez está lleno. A menudo van también algunos guardias y, sobre todo, los sargentos. Una vez dentro pierden su calidad de guardianes y su vida, tan odiosamente segregada de la nuestra, se mezcla con las demás del penal, y mana también de ella esa sustancia de nostalgia y pesadilla con la que se nutre nuestra libertad.
Cuando en la tarde regresamos del campo deportivo, somos los últimos en usarlo. Ninguna sensación más parecida a la libertad que la de entrar en el cuarto del vapor y permanecer allí con los ojos llenos de ese gran cielo lila y transparente de octubre, y las altas ramas de los árboles que a lo lejos se mecen, tras la doble muralla que rodea la ciudadela de Lecumberri. Nadie habla entonces, y todos transitamos por los mejores momentos de nuestro pasado hasta que nos muerde las entrañas la corneta que llama al rancho de las seis y despertamos a esta realidad de la prisión, que no se parece a ninguna de las otras dudosas realidades que busca el hombre por el mundo. Porque ésta existe y se asienta en el suelo, como una gran bestia que agoniza eternamente entre la fetidez de sus carnes descompuestas.
Existen también los baños generales en donde la algarabía de los “conejos”, o el silencio trágico de los “chacales”, condensan en su más insoportable intensidad la vida penitenciaria. En el vapor, situado en un largo pasadizo, se cumplen los viejos ritos eróticos, los castigos y los crímenes, las venganzas y las “transas”2 con la familiaridad de una costumbre. Allí mueren los “chivatones” asfixiados, sin que nadie haya visto nada cuando llega el momento de la investigación. Allí se dan cita los chillones habitantes de la Crujía “J” con sus clientes y favorecedores. Allí se pasa el reloj transado al ingenuo chofer, o la estilográfica robada al defensor de oficio. Por entre el denso vapor que huele a sudor agrio y a desinfectante, desfila una corte de los milagros sin más harapos que los de la carne desgarrada por los cuchillos o los dientes o macerada y supurante por la heroína. Cuando los baños del Pachuco están cerrados por alguna avería en las calderas o por falta de combustible, vamos a los generales, pero nunca solos y siempre en grupo, ya sean los que jugamos volibol en el campo o algunos de la misma crujía.
Está también el baño de la Calderita. No lo conozco y no sé muy bien quién da el permiso para ir allí. Es un pequeñísimo cuartito con las duchas y el vapor juntos. “No vaya usted allá, mi Mayor”, me dijo un día un compañero sin darme más explicaciones. Después supe que tiene fama de ser el escogido por los “Supercacarizos”, que llevan allí a sus amigos con la complicidad de los oficiales. Nunca supe cuán cierto era el rumor , pero un sábado que fui a bañarme allí porque era el único lugar en donde había vapor, a tiempo de trasponer el umbral un guardia me gritó con voz descompuesta y airada: “¡Oiga, para dónde va, cabrón! ¡Por muy Mayor que sea, ahora no pasa nadie aquí! ¡Fuera, carajo!”, e intentó golpearme con la macana. Me retiré sin decir palabra, recordando lo que me habían dicho del lugar.
Finalmente, tenemos nuestro baño de la crujía. Solamente tres crujías tienen baños de vapor: la “L”, la “I” y la “K”. Los de la “I” están al lado de las escaleras que dan al segundo piso de la crujía. Después de la lista de la mañana vamos todos allí, o casi todos, pues algunos, reacios al baño, guardan un pudor proverbial y crean una leyenda que da lugar a chistes e historias, siempre los mismos. Hay vapor únicamente una hora, que la aprovechamos para prolongar en medio de la cordialidad que surge entre los presos de una misma crujía, nuestra vida en común y reírnos unos de otros, y hacemos siempre las mismas bromas. A fuerza de ser nuestro, el baño de la crujía no es ya del penal y en él siempre nos sentimos un poco en casa y se olvidan las angustias de la noche, los largos insomnios, las dudas horribles y nos evoca el sempiterno fantasma de la libertad que nos envenena todas las horas.
Tomado de Diario de Lecumberri (Alfaguara, 1997).