El revuelo mediático que hace poco provocaron las piernas desnudas de una mujer que las asoleaba en las ventanas de Palacio fue un caso de un fenómeno que me interesa hace mucho tiempo: aquellos momentos cuando la magia del Estado se disipa brevemente y queda expuesto el fetiche presidencial. Aquellas piernas turbaron al aparato de propaganda del gobierno y abrieron una pequeña grieta en la imagen del Estado. Por esa rendija se insinuó otra imagen más: la de un Estado vulnerable. Las fantasías revolotearon alrededor de unas piernas como si fueran polillas atraídas a un foco encendido y fueron lo suficientemente cautivadoras para que la presidenta aludiera a ellas de manera directa.
El Estado, como propuso hace tiempo el antropólogo Michael Taussig, es un fetiche cuya magia se construye a partir de la ingestión cotidiana de un suplemento compuesto de rituales, símbolos y violencias. La “magia del Estado” es un arte con que se busca crear una imagen unitaria del poder estatal y cimentar la creencia de que el Estado es una voluntad viva y única, cuando en realidad no es sino un conjunto desarreglado de actores, poderes e instituciones. Es también por eso que el fetichismo del Estado cultiva las mitologías del Presidente Todopoderoso, que representa y rige al Estado como si respondiera a su sola voluntad. Pensemos, para aclarar de qué se trata, en un caso histórico: en el mito de Porfirio Díaz como El Hombre Indispensable, que regía sobre un México donde dizque “no se movía siquiera una hoja sin el consentimiento del general Porfirio Díaz”. Ese mito adusto escondía la cara del verdadero Estado —del Estado realmente existente— que no respondía a la voluntad de un solo hombre, sino que estaba montado en los micropoderes del caciquismo. La verdadera cara del Estado mexicano del tiempo que todavía conocemos como porfiriato no era en realidad la de un General Todopoderoso, sino las caras de quién sabe cuántos Pedro Páramos.
Por un instante brevísimo, las piernas desnudas de Palacio exhibieron el mundo privado que prospera detrás de la máscara austera del Estado y, por eso, el episodio fue calificado por la presidenta como una falta de respeto al recinto presidencial, aun cuando en el caso no hubiera ningún delito ni ningún daño al edificio público. ¿Qué fue, entonces, lo que no se respetó?
Si las piernas le hubieran pertenecido a alguna empleada del gobierno, asolearse hubiera sido sin duda una falta de respeto a su trabajo, y el Palacio hubiera servido de manera involuntaria como un escaparate donde se exhibió que el gobierno no trabaja. Pero el escándalo no provocó que la presidenta corriera a ningún empleado, y quizá por eso corrió la especie de que las piernas le pertenecían en realidad a alguna persona cercana a la presidenta. Y si fuera así, la “falta de respeto” hubiera sucedido por una oreada de lo privado en el corazón de lo público: la falta de respeto sería en ese caso una indiscreción.
Taussig propone el concepto del “secreto público” para referirse a los hechos que, siendo conocidos por todo el mundo, son de todas formas innombrables. La discreción pública respecto a hechos ampliamente conocidos le confiere un aura de sacralidad al Estado. La verdad conocida por todos no se puede pronunciar en voz alta. Y lo que estuvo en entredicho en este breve episodio fue, me parece, esa aura de sacralidad, pues la dueña de las piernas exhibió —literalmente “defenestró” (echó por la ventana)— un secreto público. Ese “secreto” es que la sobriedad del Estado no es sino una máscara que encubre el esparcimiento privado de la clase política. Sin proponérselo, la mujer de las piernas develó un secreto público, obligando a que se discutiera algo que todos ya sabían pero que no se podía decir: detrás del fetiche de la sobriedad presidencial hay un espacio de esparcimiento particular. El quebrantamiento del secreto público fue lo suficientemente incómodo como para que el encargado de propaganda saliera a hacer su trabajo, que es “desmentir” la verdad.
Claudio Lomnitz
Profesor de Antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de El tejido social rasgado, Nuestra América. Utopía y persistencia de una familia judía y La nación desdibujada. México en trece ensayos, entre otros libros.
