En la década de los treintas mexicanos, las drogas estaban legalizadas. Esta breve estampa ofrece un perfil testimonial de aquellos daños.
En el nexos de octubre pasado leí el artículo de Ricardo Pérez Montfort, "IV. Cuando la cocaína no tenía cola". El relato se interrumpe en 1937-1939 y, al respecto, quiero contar mi propia experiencia.
Hacia estos años, yo era estudiante de medicina y mi padre, médico, trabajaba en Salubridad. Esta secretaría, cuyo titular era entonces el doctor y general José Siurob, decidió legalizar el consumo de drogas e instaló oficinas en la calle de Sevilla. Allí se inyectaba a los drogadictos. Bastaba decir su nombre, confesar su adicción y pagar la moderada cuota fijada para recibir la inyección de morfina. Todos los días había largas colas, y se contaba que a Agustín Lara y a ciertas señoronas, un médico iba todos los días a sus casas a darles sus dosis. No puedo precisar si la sustancia era opio o morfina o cocaína, ni puedo afirmar si había opciones.
Por la relación de mi padre con el doctor Heberto Alcázar, cercano al ministro Siurob, y por mi condición de estudiante de medicina, fui invitado a hacerme cargo de ir a inyectar a los presos drogadictos en la Penitenciaría de Lecumberri. El titular era un médico veracruzano que sólo se presentó la primera vez y dejó todo en mis manos. Yo invité a Rigoberto Viera Llamas, hoy médico, mi amigo desde Guadalajara y entonces estudiante como yo. Nuestras tareas consistían en recoger los frasquitos de droga, las jeringas, agujas y compresas de algodón con alcohol, y las libretas donde anotábamos los nombres de los drogadictos y las dosis que recibían. Todo lo guardábamos en una maletita de doctor.
Las autoridades de la peni, de acuerdo, nos permitían el paso y nos instalábamos en una celda con una simple mesa. Supongo que primero debimos haber hecho un censo de los que se confesaron drogadictos con la indicación de su dosis acostumbrada, y nuestro encargo era el de reducir poco a poco la dosis, simplemente añadiendo agua a la solución. Cuando llegábamos, las colas -creo que de unos treinta a cuarenta hombres- estaban formadas, y uno de nosotros inyectaba, cambiando aguja, y el otro anotaba y cobraba. Para los drogadictos, aquello era una bendición. Solían inyectarse con instrumentos rudos, sin ninguna asepsia, y la droga les costaba mucho más cara. Un preso al que tenían castigado en una celda del piso superior, se tiró desnudo para pedir su inyección, que recibió gratis. Los inyectábamos en la parte superior del brazo y recuerdo que a un hombre extremadamente flaco le clavé la aguja, que no se rompió, en el hueso. Nunca tuvimos problemas, ni en la penitenciaría ni en los lugares a donde solíamos ir después. Periódicamente entregábamos cuentas y recibíamos nuevos frascos de solución, y supongo que recibíamos nuestro pago.
Siento no haberme interesado más en aquella extraña experiencia, de la que sólo conservo recuerdos superficiales. Me consta que el sistema funcionaba y que sólo se cobraba el costo bruto de la droga, más los gastos de operación. Y para los drogadictos, esta reducción del costo implica una reducción de actos criminales. Las drogas podrían venderse en las farmacias, con recetas especiales de médicos.
Creo que esta legalización de las drogas, o de algunas de ellas, sólo duró algunos meses, y desapareció sin "dejar rastro". Pero en los archivos de Salubridad deben existir datos precisos de los motivos de esta experiencia mexicana. Nunca he leído nada al respecto. El señor Pérez Montfort podrá aclarar este misterio.
José Luis Martínez. Escritor. Este año obtuvo la medalla Marcelino Menéndez y Pelayo.