Coquetear: un guiño evolutivo

¿Qué es la coquetería? Según Milan Kundera, en La insoportable levedad del ser, “podría decirse que es un comportamiento que pretende poner en conocimiento de otra persona que un acercamiento sexual es posible, de tal modo que esta posibilidad no aparezca nunca como seguridad. Dicho de otro modo: la coquetería es una promesa de coito sin garantía”. Cambiando de página, pero siguiendo esta línea coquetona, andar flirteando por la vida —y desperdiciar tiempo, energía y otros recursos en una estrategia reproductiva tan incierta— es, a primera vista y con ojos darwinistas, una sospechosa anomalía.

En especies como la nuestra, en la que el sexo femenino asume la mayor carga parental —de hecho, y por nueve meses, la única directa, fisiológica y anatómicamente hablando—, las hembras no pueden darse el lujo de escoger al primer macho que se les cruce para copular. Por el contrario, necesitan seleccionar a aquel que exhiba señales que anuncien, con la mayor intensidad posible, que es el más apto para tener sexo con él y dejar descendencia.

El repertorio de señales asociadas a un gran éxito reproductivo incluye desde la intangible complejidad de un canto o la velocidad y acrobacias de un vuelo hasta el más que ostensible tamaño de la cola, los cuernos y otras partes corporales, tan variadas como visibles, de los machos candidatos. La honestidad (genética) con que todos estos ornamentos anuncian a la hembra que tiene enfrente a alguien con genes deseables —que podrían heredar sus vástagos— está certificada por los costos implicados para el macho en cuestión. No sólo debe gastar más energía al exhibir sus grandes dotes, sino que, peor para él, esta exhibición lo arriesga más a ser víctima de depredadores (el ejemplo clásico es el del pavorreal, cuya larga cola masculina es un estorbo cuando de esconderse se trata).

Oldemar González

En humanos hay que añadir que, debido a que existen y se combinan estrategias de reproducción a corto plazo (en palabras llanas, acostones) con otras a largo plazo, hay también en (mucho) menor grado una selección sexual de hombres hacia mujeres, con la consecuente presencia de señales femeninas de aptitud reproductiva.

Con esto en mente, si resaltan y resultan más atractivos para las mujeres rasgos como la musculatura de Hugh Jackman o la voz grave de Javier Bardem, y si un busto prominente como el de Sydney Sweeney trastorna a los hombres,1 ¿por qué la selección natural habría favorecido guiñar un ojo, cubrir nuestra boca con la mano al reír, invitar a “pasar adentro y tomar un café” y otras, en contraste, muy sutiles señales con significado ambiguo o, de plano, oculto para todos excepto para el par (o trío) de posibles interesados? Más aún, ésos y otros gestos y expresiones de coquetería son universales, trátese de tribus nómadas en el Sahara o de comensales en un café de París.2 ¿Cuál es su ventaja adaptativa para quien, en vez de mostrar abiertamente sus atributos e intenciones, mejor decide coquetear de manera discreta?

Enfoquémonos por el momento sólo en el cortejo sexual: si bien el modelo estándar de selección sexual propuesto por Darwin indica que, a mayor intensidad de las señales exhibidas, mayor éxito reproductivo, esto no excluye como ruta alterna un flirteo en el que la habilidad para enviar y ajustar señales encubiertas a su objetivo, dependiendo del contexto social, puede abrir una ventana de oportunidad —y la puerta del dormitorio— a quien coquetea.

Es en esta flexibilidad donde reside el éxito de la coquetería, dado que, entre humanos, los costos más elevados de cortejar en campo abierto se encuentran en el terreno social. Externar nuestro deseo por alguien puede poner en riesgo nuestra integridad física o incluso nuestra vida al exponernos a posibles represalias de rivales o parejas celosas. Hacer público nuestro interés por una persona cercana a nosotros puede introducir o incrementar incertidumbre en la relación; esta pérdida de estabilidad puede terminar con la amistad y dañar la red social que incluye a amigos y aliados de nuestro interés amoroso. Lanzarnos a la conquista amorosa a pecho descubierto puede reducir nuestro capital social —o hacer que nos señalen y linchen moralmente— cuando hacerlo cambia la relación de jerarquía o dominancia entre cortejador y cortejado. Peor todavía si esta acción es vista como una transgresión, tal como entre estudiante y maestro, empleado y jefe, y entre parejas de muy distintas edades (como en 40 y 20, la canción de José José con letra que, aunque de pena ajena, expone algo común y entendible desde la selección sexual) o pertenecientes a distintas clases socioeconómicas. Unos discretos coqueteos evitan o reducen estos costos sociales.3 Y éstos, por supuesto, también tienen su ciencia:

En una especie tan comunicativa —y chismosa— como es la nuestra, el riesgo de que quien corteja sea visto directamente por un rival mientras corteja es apenas comparable con el riesgo, siempre presente, de que éste se entere de sus intenciones amorosas a través de terceras personas. Es aquí donde el flirteo verbal, durante una conversación, tiene la ventaja de iniciar una negociación sexual con su destinatario, que sea tan clara para que éste la entienda como oscura para minimizar que la comprendan y difundan los entrometidos que escuchan el mensaje. Para flirtear de manera eficaz quien coquetea hace uso de lo que en lingüística se conoce como implicatura: comunicar una información que el emisor de un mensaje trata de hacer manifiesta a su interlocutor sin expresarla explícitamente. Para ello, dicho mensaje contiene un significado mayor, por implicación, que el que está presente en las palabras usadas.

En el clásico “¿Quieres entrar a tomar un café?”, la pregunta es una inocente invitación a disfrutar de esta bebida, si así quieres entenderla; pero si quieres entender que es una invitación a pecar como Dios (o el diablo) manda, pues ya será responsabilidad tuya. Y si algún chismoso escuchó esto, ¿cómo puede asegurar que se trata de lo segundo y no de lo primero? Saber elegir bien las palabras y el momento al coquetear es, además, una señal honesta —biológicamente hablando, claro está— de inteligencia social. Es comprensible, por lo tanto, que casquivanos y coquetas sigan reproduciéndose con éxito.4

A quien flirtea no siempre lo motiva la posibilidad de un contacto sexual. En una relación romántica a largo plazo, inducir celos al coquetear con alguien más puede ser una estrategia —arriesgada— para que nuestra pareja se preocupe y reaccione intensificando su interés en nosotros. Quienes coquetean pueden hacerlo simplemente para divertirse, incrementar su autoestima —cada vez que reciben respuestas positivas a su flirteo— o persuadir o manipular a alguien y obtener algo de éste.5

Y hay también casos como el de Elaine Benes, personaje ficticio del sitcom Seinfeld, a quien no se le ocurre mejor forma de distraer a una persona que coquetearle: “Así es que la próxima semana voy a ir a una colonia nudista”. En muchos sentidos y de haberlo, un perfecto ejemplo de anticoqueteo.

Luis Javier Plata Rosas

Doctor en Oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: En un lugar de la ciencia… Un científico explora los clásicos y El hombre que jamás se equivocaba. Ensayos sobre ciencia, literatura y sociedad.

1 Aunque todos estos rasgos captan de inmediato nuestra atención —de ahí su utilidad en la selección sexual—, son señales que no predicen de forma confiable la aptitud reproductiva ni la calidad genética. Y algunas (como el tamaño de los senos) son, inclusive, comúnmente falsificables y (biológicamente) deshonestas.

2 Kurzban, R.; DeScioli, P., y O’Brien, E. “Audience effects on moralistic punishment”, EHB, 28, 2007, pp. 75–84.

3 Gersick, A., y Kurzhan, R. “Covert sexual signaling: Human flirtation and implications for other social species”, Evol. Psychol. 12(3), 2014, pp. 549-469.

4 Gersick, A., y Kurzhan, R. “Covert sexual signaling: Human flirtation and implications for other social species”, Evol. Psychol. 12(3), 2014, pp. 549-469.

5 Henningsen, D. D. “Flirting with meaning: An examination of miscommunication in flirting interactions”, Sex Roles, 50, 2004, pp. 481-489.