Trabajos recientes de remodelación en el Paraninfo de la Universidad de Guadalajara han expuesto los restos de un documento que investigaciones posteriores concluyeron es un bestiario de autoría desconocida. Los fragmentos recuperados exhiben una mezcla de observación rigurosa e interpretación alegórica de algunas bestias del mundo académico y científico del presente siglo. Estas criaturas forman parte del arsenal que el posmodernismo, la charlatanería, la pedantería y otros demonios han incorporado en su ataque contra la ciencia, enviciando el alma de más de un investigador y destruyendo simultáneamente su buen juicio. Damos a conocer aquí algunas de las bestias más conspicuas, con la esperanza de que quien esto lea pueda identificarlas y actuar en consecuencia.
El persé
Si bien en un principio era poco común escuchar el canto del persé (Engolafrases perse) fuera de los territorios de las Humanidades y de las Ciencias Sociales, la capacidad de adaptación de esta criatura extremófila le ha permitido adentrarse y ser cada vez más parte del paisaje de las Ciencias Exactas.
La criatura debe su nombre a la onomatopeya que, a semejanza de las sirenas, emite continuamente para que su audiencia, hipnotizada, se convenza de que el resto de los sonidos que acompañan el per se rebosan de erudición. Mientras que afirmar que “La literatura constituye un recurso valioso” no tiene mayor mérito, al trinar el persé “La literatura constituye, PER SE, un valioso recurso”, se transmuta en una floritura verbal de gran encanto (si no para todos, per se, sí para el per sé) y aparente profundidad.
Algunos criptozoólogos del siglo pasado ubican a este pequeño Midas de la afectación en la categoría de entes retóricos ornamentales, en la misma rama que el simpático pájaro ad hoc (Adhoc pomposum) y que el horripilante grossomodo (Grossomodo arabescoi).
El Despiertito o Woki
Hasta hace muy poco, nadie había escuchado hablar de esta criatura que hoy prolifera como conejo en aulas y pasillos universitarios de un confín a otro del mundo. Su irrupción ha sido tan reciente que casi nada se sabe aún acerca de la manera en que el despiertito es capaz de ver, escuchar y hasta palpar micro y nanoagresiones, exclusiones e intenciones opresoras, por más soterradas que estén —o crean estar—, doquiera que se pretendan ocultar (este texto incluido).
La ciencia colonialista asegura que sólo quien posea un corazón completamente puro e interseccional logrará que el Woki o Despiertito —irónicamente— adormezca su naturaleza desconfiada y permita ser acariciado. En caso contrario, el Despiertito lanzará a los cuatro vientos un aullido identitario con el que, como indica su nombre, “despertará” y convocará a una horda de Wokis que al instante lincharán y ajusticiarán socialmente al impuro hasta su cancelación in sæcula sæculorum.
El chupatesistas
El origen de este monstruo es inseparable del de la aparición de sus presas: los tesistas. La horripilante criatura ha sido bautizada en honor a sus hábitos de alimentarse de sangre, sudor y lágrimas de tesistas en cualquier área de la ciencia, las artes y las humanidades.
La descripción física del chupacabras es muy variopinta, y hay quienes aseguran con suma seriedad que, a semejanza de cierto payaso imaginado por el escritor Stephen King, su apariencia adopta la forma de los miedos más profundos de sus tesistas. Sin embargo, aunque disfruta hasta el tuétano de aterrorizar a sus víctimas durante exámenes orales y revisiones de avances de tesis, sabe que su propia sobrevivencia académica no sería posible sin chuparles el producto de sus esfuerzos, por lo que no duda en arrebatarles el mayor crédito de artículos científicos y presentaciones académicas.
“Yo he sido testigo de que el chupatesistas puede hacernos creer que no es más que un investigador común y corriente”, comenta el doctor Kevin O’Connor, de la Universidad de Oxford, que ha notado cómo incontables estudiantes son incapaces de reconocer a esta bestia tan maligna y evitar así caer en sus garras.

Los etales
Al igual que los duendes del cuento del zapatero remendón, que pasaban noches enteras trabajando y dejando listas las botas, los botines, los mocasines, las alpargatas… y todo el calzado en compostura, para que cada mañana el dueño del taller pensara “es cosa de magia” y se luciera con sus clientes, los etales pasan días en vela y noches de desvelo obteniendo resultados de investigaciones para publicarlos en revistas científicas y, por supuesto, escribiendo los artículos correspondientes.
A diferencia de los duendecillos zapateros, que prefieren el anonimato, los etales desean intensamente recibir un mayor crédito y ser citados como primer autor en futuros artículos científicos. Si esto ocurre, el maleficio que pesa sobre ellos queda roto, dejan de ser etales y, como cierto muñeco de madera de otra historia, comienzan a convertirse en científicos de carne y hueso —y renombre—, una cita a la vez.
Coachinghue
Deidad que, en la cosmogonía poshispánica, tenía el poder de transfigurar a cualquier persona dedicada a la ciencia en coach motivacional. Su nombre es intraducible del todo, pero en neonáhuatl equivale más o menos a “Gran Coach”, “Nuestra Madre Venerada de Todos los Entrenadores Motivacionales”.
La coachinghue se alimenta de la confianza infinita con la que los seres que deambulan por las redes sociales comparten citas nunca emitidas y pensamientos jamás hilvanados por científicas e investigadores ya difuntos, cuyas almas ruegan porque algún escéptico en el Reino de Internet reconozca la fantasmagórica apocrificidad de tales atribuciones y los libere, parcialmente al menos, de la maldición.
Esta divinidad del coaching pseudometafísico muestra una marcada inclinación por Albert Einstein, a quien, desde el más allá de Spinoza, ha puesto en los labios un caudal de frases más que relativamente cursis, entre ellas: “Hay una fuerza más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad”, “Somos arquitectos de nuestro propio destino” y “El amor es más importante que el conocimiento”.
Abeja papelífera del Esni
Tan laboriosas como sus parientas más cercanas, las abejas melíferas, las papelíferas van de evento en evento, de libro en libro, de artículo en artículo y de actividad en actividad recolectando constancias misceláneas para llevar a su colmena virtual. Esta colmena cuenta con innumerables celdas o espacios, tan complejos como inútiles, en los que la abejita papelífera recolectora tiene que quebrarse las antenas intentando acomodar la información de sus constancias. Habiendo hecho esto, otras abejas papelíferas revisoras proceden a decidir si es meritoria de recibir las mieles de su trabajo. Hay un tipo de abeja papelífera —el zángano— que, sin apenas mover sus alas, sólo sirve para embarazar constancias que consigue aguijoneando a otras abejas, hasta que no les queda más que añadirla en las suyas.
Yomaskeunas
Son una tribu recolectora y acaparadora de espacios en conferencias, paneles, mesas redondas y en toda charla académica en el formato que sea. La tradición oral yomaskeuna obliga a sus miembros a un rito de paso que les permite ser reconocidos plenamente por este colectivo y marca su transición de simples escuchas a autonombrados expertos.
Rasgo único de esta espontánea ceremonia de iniciación es la temeridad con la que el yomaskeuna pide la palabra y, sin que le tiemble la voz, comienza una recitación, tan incesante como innecesaria, que inaugura siempre con la sagrada frase “Yo, más que una pregunta, tengo un comentario…”.
Es a partir de esta expresión que el antropólogo Mauricio Cortés decidió introducir en la literatura científica el epónimo “yomaskeuna”, no sin antes advertir la completa ausencia de parentesco con los yanomamis, pese a lo común que es asociar mentalmente ambos vocablos.
Luis Javier Plata Rosas
Doctor en Oceanografía Costera. Sus obras más recientes son Científicos en concierto y 50 imágenes geniales de la ciencia. En 2025 recibió el Premio Jalisco en el ámbito científico.