Aspiraciones desiguales

Los mexicanos desearían vivir en un país con mucho menos desigualdad y más movilidad social relativa a los niveles que habitan. Pero detrás de este anhelo colectivo hay diferentes visiones sobre de dónde partimos y hacia dónde queremos llegar. Eso fue lo que encontramos en el estudio “Perceptions of inequality and social mobility in Mexico”, que examina el tipo de sociedad que nos gustaría tener.

En promedio, los mexicanos tienen una percepción relativamente cercana al nivel de desigualdad medido. Sin embargo, al mirar detrás de este promedio, se abre un panorama más variado: por un lado, la mitad de las personas considera que la desigualdad es más alta de lo que dicen las cifras oficiales. Al mismo tiempo, el 11 % de la población considera estar viviendo en perfecta o casi perfecta igualdad y otro 13 % estima que el nivel de desigualdad en el país correspondería al de Alemania. Tampoco coinciden acerca de los componentes de la desigualdad: si bien hay cierto consenso sobre la pobreza, el concepto y las estimaciones de la riqueza varían significativamente según el nivel de riqueza de las personas.

Si en vez de pensar en la dimensión estática de la desigualdad consideramos su fluidez, es decir, la movilidad social, los mexicanos tienen muy clara la persistencia en pobreza y riqueza, pero son demasiado optimistas en lo relativo a la movilidad de largo alcance que experimentarían aquellos que sí logran cambiar su situación (para bien o para mal): la sobreestiman por un factor de 10. La brecha entre la movilidad social deseada y la percibida es más grande para participantes más pobres que para los participantes más ricos, es decir, los pobres desean un aumento mayor relativo a la movilidad que perciben los ricos. Igualmente, los individuos más pobres perciben una brecha más grande entre la desigualdad que perciben y la que desean.

Estos resultados nos muestran tres cosas relevantes respecto a nuestro futuro potencial: en primera instancia, que las percepciones no tienen que coincidir con la realidad —a veces la realidad supera la imaginación—. En segundo lugar, la diversidad de perspectivas indica que no hay una imagen compartida de lo que significa la desigualdad, ni tampoco sobre el impacto que tiene para las personas en la actualidad. Por último, significa que los pobres viven más alejados de su sociedad ideal que los ricos, independientemente de lo acertado de sus estimaciones.

Ilustración: David Peón
Ilustración: David Peón

No tiene caso intentar resolver quién acierta mejor a la realidad de las mediciones oficiales, porque estas percepciones reflejan sus realidades respectivas. Si bien son problemas para la sociedad en su conjunto, la desigualdad y falta de movilidad pesan más para las personas más pobres, porque las que pagan la mayor parte de sus costos son, precisamente, ellas.

Los modelos clásicos de la economía política predecían que las sociedades desiguales se regulaban con un mecanismo de autocorrección: como las personas con ingresos por debajo de la media demandarían más redistribución, siendo la mayoría, terminarían instalando gobiernos que ejecutaran su interés. En la realidad las desigualdades no desaparecen mágicamente, aun cuando las personas ejercen su voto. Lo que mostró el estudio es que los mexicanos están hartos de los niveles de desigualdad tan altos y movilidad social tan bajos que tienen, pero este hartazgo no lleva a una demanda redistributiva automáticamente, mucho menos la necesaria redistribución efectiva. Al contrario, como en sociedades muy desiguales el ingreso promedio está muy por encima del mediano, para la mayoría de las personas la vida es muy cara comparada con sus ingresos y sigue encareciéndose conforme suba el ingreso promedio.

Además, quienes cargan con las consecuencias de la desigualdad son los que de entrada tienen menos para enfrentarlas: pagar la salud con gasto de bolsillo es más caro que tener un seguro, ya sea de salud pública o privada; no tener ahorros para la vejez a través del IMSS u otro salvavidas (público o privado) —por no haber conseguido un trabajo formal durante suficiente tiempo de vida laboral— implica más gastos al final que sí tenerlo.

En tal contexto es trágico que no se cumpla la promesa política “primero los pobres”, ni siquiera en lo más básico de proveerles de oportunidades para ingeniárselas ellos mismos. Pero parece directamente cruel que, además, se les haga pagar desproporcionalmente también por todos los servicios colectivos a través de un sistema fiscal muy poco progresivo, donde una parte significativa proviene de los impuestos indirectos (por naturaleza regresivos), a la cual aportan una fracción más grande que las personas de ingresos altos. Tampoco los impuestos directos logran mejorar significativamente la distribución en México, porque los escalones en el ISR son pocos y bajos e impuestos a la riqueza no existen a nivel federal.

¿Por qué ante este panorama es importante regresar a las percepciones? Resulta que lo que determina las preferencias y demandas políticas de las personas —el camino que proponen para llegar a su sociedad ideal— no son los niveles “reales” de desigualdad (que, además, son complicados de medir de forma acertada), sino la desigualdad percibida.

Veamos entonces cómo los mexicanos piensan llegar a su futuro deseado: coinciden en que las personas pobres deberían pagar 14 % de impuestos (más del 8 % que pagan actualmente) y los de ingreso medio, 23 %. Donde no hay consenso es con los ricos: los pobres proponen una tasa del 50 %, mientras que los ricos se otorgan un 32 % (cercano a la incidencia impositiva actual). Aun si consideramos la tasa promedio (41 %), más que futuro estamos mirando hacia una utopía.

Si bien los mexicanos desearían vivir en un país menos desigual y dinámico, no están dispuestos a redistribuir los costos para llegar a ello. En el sistema actual de redistribución fiscal poco progresiva (es decir: poca participación equitativa de los ricos), las personas más pobres pagarían el costo no sólo de las consecuencias de la desigualdad, sino también de la potencial redistribución, mientras que los que más posibilidades tienen, no sólo de costeárselo, sino también de incidir en la desigualdad —los más ricos— no asumen su parte justa. Vimos en nuestro estudio que los más ricos están dispuestos a dar de su ingreso la mitad de lo que ofrecen sus pares pobres, es decir, no sólo incumplen con las tasas fiscales nominales de la actualidad, sino que tampoco están dispuestos a tener la conversación sobre redistribución fiscal que tanto le urge al país.

A quien le parezcan razonables los niveles propuestos, que reflexione sobre sus implicaciones en términos de bienestar. El brillante economista Ha-Joon Chang solía relatar una conversación con su amigo sueco, cuando recién había llegado a Inglaterra de Corea. El amigo, fiel a su orientación conservadora (orgullosamente autodeclarada), sufría por la carga tributaria que le correspondía cubrir en su país: 48 %, un nivel excesivamente alto según él. Cuando Ha-Joon, socializado bajo el régimen del general Park, le preguntaba sobre su nivel de impuestos deseado, el otro respondía que “obviamente 45 %”. En este punto se reía el economista: “Proponiendo tal nivel te hubieran denunciado por comunista donde yo crecí”, decía, “mientras que, para un sueco conservador es el nivel mínimo aceptable”. Fiel al realismo mágico de soñarse en un país de igualdad sin tener que redistribuir los recursos, en México sigue pareciendo herejía proponer niveles que, según el amigo sueco del profesor Chang, son conservadores en un discurso serio sobre impuestos, incluso para muchos (autodeclarados) progresistas.

Sabemos que las percepciones no siempre coinciden con la realidad. De hecho, muchas veces difieren significativamente (por sesgos cognitivos, falta de información, narrativas sociales e incluso manipulación). Pero también es “la realidad” la que no coincide con nuestra percepción del mundo, porque no coinciden nuestros mundos.

Lo que tendremos que preguntarnos seriamente es no sólo cómo sería el México en el cual queremos vivir en el futuro —ya sabemos que para los mexicanos tendría que ser una sociedad mucho más igualitaria que la actual, incluso una cuarta parte de la población dice querer vivir en igualdad absoluta—, sino también cómo acercarnos a estas sociedades soñadas, pero lejanas en la práctica, de una forma más justa y equitativa. Un trabajo en proceso con Raymundo Campos y Aurora Ramírez parece indicar que las personas ofrecen pagar tasas de impuestos más altas si los ricos pagan tasas mucho más altas también. Eso significa que el camino apunta hacia repensar el contrato social con una participación en los costos de la desigualdad actual, y la redistribución futura, mucho más significativa por parte de los ricos.

 

Alice Krozer
Profesora-investigadora del Centro de Estudios Sociológicos de El Colegio de México e investigadora asociada externa del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY)

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Publicado en: 2023 Abril, Agenda