El último lugar del mundo en que uno imaginaría encontrarse a Benjamín Labatut es Villahermosa, Tabasco. Quien haya leído, aunque sea poco, al escritor chileno sentirá una íntima contradicción al pensarlo —a él, tan ajeno a toda fronda verbal, tan amigo de atmósferas boreales, tan siempre vestido de negro— en medio del calor, las ceibas y el Usumacinta.
Y, sin embargo, fue en Villahermosa que nos conocimos.
Verlo ahí me produjo una extrañeza parecida a la que tuve cuando me enteré de que Antonin Artaud había delirado en la sierra Tarahumara con la cabeza comida por el peyote. Uno lo acepta, aunque con timidez, porque entiende que de vez en cuando a nuestro país le gusta producir estas dislocaciones. El domingo 11 de febrero, no obstante, cuando el avión que le llevaba a Villahermosa sobrevolaba esa ciudad invadida por parches de agua, pantanos y árboles, algo se movió en mí. Recordé que al final de “Azul de Prusia”, la primera pieza de Un verdor terrible (Anagrama, 2020), el químico alemán Fritz Haber le confiesa a su mujer que siente una culpa insoportable porque:
su método para extraer nitrógeno del aire había alterado de tal forma el equilibrio natural del planeta que él temía que el futuro de este mundo no pertenecería al ser humano sino a las plantas, ya que bastaría que la población mundial disminuyera a un nivel premoderno durante tan sólo un par de décadas para que ellas fueran libres de crecer sin freno, aprovechando el exceso de nutrientes que la humanidad les había legado para esparcirse sobre la faz de la tierra hasta cubrirla por completo, ahogando las formas de vida bajo un verdor terrible.1
Villahermosa, vista desde el cielo, se me apareció, de pronto, como un verdor terrible. De alguna forma inexplicable, también Tabasco era un paisaje apropiado para Labatut.
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La obra de Benjamín Labatut es engañosa —y pensarlo como alguien ajeno a los paisajes del sur fue sólo mi forma particular de equivocarme—. Creo que la malinterpretación más difundida es otra: asimilar sus libros al dominio de la enciclopedia o la divulgación científica. Nada más injusto. Su prosa lacónica y la predilección por ambientes académicos y personajes asociados a la ciencia son el estrato más superficial de una obra en cuyo centro hay verdadera literatura —es decir: un saber mistérico—.
Benjamín Labatut adquirió fama mundial en 2020 gracias a Un verdor terrible, libro peculiar que ensaya la vida de científicos que renuncian, se matan, pierden el sentido cuando los límites del conocimiento se vuelven insoportables. Los personajes son reales y, en su mayoría, reconocibles: Einstein, Heisenberg, Schrödinger —la plana mayor de la física, la química y las matemáticas modernas—.
Al leerlo, es imposible no recordar Vidas imaginarias, de Marcel Schwob, conjunto de diminutas biografías ficcionales sobre personas a veces reales y a veces sólo verosímiles. Schwob incluye en su galería a personajes de dominios muy diversos: poetas, místicos, científicos, asesinos, princesas. El criterio que los reúne entre las tapas de un mismo volumen no es temático, sino formal: está ensayando un nuevo género que hibrida la biografía con el relato.

A este género, la vida-imaginaria, debemos grandes momentos de la literatura en nuestro idioma: ahí están el Borges de “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)” o el Bolaño de Los detectives salvajes. Pero Labatut dio, con Un verdor terrible, un paso más allá. Además de crear narraciones a partir de los datos verificables de una vida —no las llamo ni cuentos ni ensayos, porque su sentido es, justamente, ser un dominio diferente a esos dos—, los conectó con una misma idea que late al fondo de todos como una pregunta angustiosa: ¿qué parte de nosotros seríamos capaces de entregar a cambio de conocer?
Fritz Haber, protagonista de “Azul de Prusia”, inventa el pesticida Zyklon B, que más tarde se usaría en las cámaras de gas para asesinar a miles de judíos, entre los que estuvo su familia. En “La singularidad de Schwarzschild”, Karl Schwarzschild resuelve las ecuaciones de la relatividad general de Einstein abriendo la posibilidad teórica de la existencia de los agujeros negros, una desgarradura tan profunda en su noción del mundo que termina por aniquilar su cordura —en tanto que la guerra aniquila su cuerpo—. “El corazón del corazón” narra las vidas paralelas de Alexander Grothendieck y Shinichi Mochizuki, dos matemáticos que descubren, con varias décadas de diferencia, “un haz de luz capaz de alumbrar todas la encarnaciones posibles de un objeto matemático”2 y, conscientes del peligro que entrañaría un instrumento así, se empeñan en destruirlo. Finalmente, “Cuando dejamos de entender el mundo”, entrelaza las historias de Louis de Broglie, Werner Heisenberg y Erwin Schröndinger, los responsables de desarrollar la mecánica cuántica, un conjunto de postulados teóricos que sumergen a la física —la madre de todas las ciencias— en la incertidumbre: de Broglie enloquece, Heisenberg delira y Schrödinger ataca su propia creación. El que no renuncia, se vuelve loco y el que no se vuelve loco, muere: ése es el destino común a todos los personajes de Labatut.
Pero en esto, Labatut tampoco trabaja en el vacío. Al libro lo atraviesa la noción griega de hybris, “la presunción desmesurada que empuja a una persona a ignorar los límites divinamente marcados de lo que un ser humano puede hacer en un universo organizado”.3 En los poemas teogónicos y en la tragedia griega hybris suele traducirse como “soberbia”; sin embargo, proceder así es quitarle el filo a la palabra, aquello que la hace significar una transgresión de lo divino que se castiga con la destrucción.
Destino, transgresión, tragedia. Estos conceptos resultan más productivos para pensar a Labatut que los tópicos —epidérmicos— que tanto han entretenido a la crítica: el genio, la locura, la ciencia. Para mí, las vidas de genios de la ciencia que se vuelven locos son máscaras que encubren, como en una tragedia, observaciones más fundamentales sobre los límites de lo que es lícito conocer.
Más tarde, en una entrevista con Ignacio Echevarría, escuché a Benjamín Labatut asegurar que la ciencia ocupaba en nuestro mundo el lugar que en el antiguo ocupaban los mitos. Entonces, todo comenzó a tener sentido.
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Pedro Derrant: Benjamín, te han sugerido que MANIAC (Anagrama, 2023) es una sinfonía con tres movimientos, y tú respondiste que más bien es un ritual. Percibo que el deseo de conocer de todos tus personajes existe sobre un sustrato religioso, mítico. ¿No sería más sugerente comparar MANIAC con los ciclos de tragedias —como la Orestiada— que no sólo eran un artefacto literario, sino también ritual?
Benjamín Labatut: Sí. A mi gusto, si los libros no invocan un espíritu, si los libros no llaman a un dios o a un demonio, no están vivos. Pueden ser muy buenos, pueden ser muy entretenidos, pueden estar muy bien escritos, pero están muertos. Si las cosas no están habitadas por el espíritu, no están vivas, no funcionan. La literatura es un arte sagrado, lo ha sido siempre, y hoy lo es más que nunca porque todas las demás cosas se están paseando. Pero los libros no. Los libros son rezos. Los libros son rituales. Y yo creo en eso profundamente. Cuando los hago, hago rituales mientras los estoy haciendo.
PD: ¿Como cuáles?
BL: No puedo dar instrucciones porque luego la gente las sigue. Me he topado con personas que me dicen: “Oye, hice la invocación que me dijiste”, y yo les respondo: “Tranqui, tranqui”. No todos entienden que es una ritualidad que tiene una cuota de ironía y de descreimiento que también es fundamental.
PD: ¿Una ritualidad salvaje?
BL: Claro. Es como si la literatura fuera una religión sin dios. Es una religión distinta.
PD: Hace rato, por poco se me sale usar la palabra “novela” para describir MANIAC y es algo que no quiero hacer. Entiendo que los límites de la industria editorial obligan a llamar esto “novela”; sin embargo, me gusta pensar que lo que tú haces son Libros, con mayúscula, que, en su indefinición, se acercan a otros tipos de textos, no tan socorridos en nuestra época, como los Evangelios o los Libros de Profecías.
BL: Sí, ésas son mis máximas aspiraciones y referentes. La novela existe y puede ser maravillosa, pero es una determinada técnica de la literatura. A mí, como dices tú, me gustan los Libros. Los Libros pueden ser Bruce Chatwin o el Evangelio. Y luego están los Libros que no son parte de este mundo. El otro día hablaba con Mario Bellatín sobre el Corán: un Libro que no está en el mundo, que es una emanación, una persona de Dios. No hay mayor tecnología humana para capturar los fantasmas que nos habitan —los espíritus que vemos en el mundo exterior o que brotan de nosotros mismos— que un Libro.
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A Benjamín Labatut lo han acusado de ser un producto tardío del romanticismo y yo estoy de acuerdo —aunque sin el tono condenatorio que usan los otros críticos y no por las mismas razones—.
El argumento que aducen es simple: Labatut cree en el arquetipo romántico del genio poseído por la locura, y sus vidas son una variación incesante sobre ese tema. Ergo, Labatut es un romántico. No. Sus personajes desembocan sólo a veces en la locura y no porque la genialidad los empuje a ella, sino porque su transgresión del orden divino merece un castigo. Desterremos de una vez el lugar común del genio-loco: Labatut no escribe sobre él.
Su obra más reciente, MANIAC, lo demuestra desde las primeras páginas. El libro está dividido en tres partes: “Paul o El descubrimiento de lo irracional”, “John o Los delirios de la razón” y “Lee o Los delirios de la inteligencia artificial”. En la primera, Labatut narra la historia de Paul Ehrenfest, físico austriaco de medio pelo que “no hizo ningún descubrimiento trascendental, pero gozó del pleno respeto de figuras tan formidables como Niels Bohr, Paul Dirac y Wolfgang Pauli”.4 Ehrenfest fue una conciencia crítica de su generación, alguien a quien todos los genios acudieron por perspectiva, pero no un genio él mismo. Mediocre, en el sentido horaciano del término: doradamente en medio.
Y, sin embargo, Ehrenfest pierde también la cabeza.
El frágil Paul observa, como un anuncio del apocalipsis, el desarrollo de la cuántica que proscribe toda posibilidad de entender el mundo por completo. La racionalidad, en la que había depositado toda su fe, de pronto pierde su lugar en la cima de la jerarquía con que organizaba el mundo. Si la razón no puede explicarlo todo, entonces ¿qué se pone en su lugar? La irracionalidad.
Para Ehrenfest, esta perspectiva resulta insoportable, pero los eventos del mundo, en especial el ascenso del nazismo, parecen confirmar que no hay alternativa. Decide, entonces, acabar con su vida y con la de su hijo Vassily, un chico de 14 años con síndrome de Down. Ahora son los inocentes quienes sufren por una transgresión que no cometieron.

Si Un verdor terrible era el escenario de la hybris, MANIAC será el teatro en que atestiguamos las ondas expansivas de esa infracción, la fisura que destruye el imperio de la razón e inaugura algo nuevo, terrible, que aún no alcanzamos a entender.
PD: En una entrevista con Ignacio Echevarría en 2020, dijiste que eras consciente de que la ciencia ocupa el lugar que antes ocupaban los mitos. Es decir, que la ciencia usurpó el lugar del centro que organiza —casi teológicamente, se diría— nuestras sociedades. En el principio estuvieron los mitos, luego vino Dios, a Él lo suplantó la razón y ahora, con MANIAC, pareces proponer que hay algo nuevo: la irracionalidad y sus avatares, como el juego.
BL: Sí. La sinrazón y el juego son partes fundamentales del libro en múltiples niveles. De partida, uno de mis personajes define a las matemáticas como una serie de juegos cuyo verdadero propósito, más allá de su objeto práctico, es prepararnos para un mundo impredecible, imposible de imaginar. En el fondo, dice, las matemáticas son como cuando los animales salvajes pelean entre sí cuando son cachorros, porque el día de mañana de eso va a depender su vida y su muerte: de matar y morir.
Esas matemáticas son el ámbito más fértil, más amplio, de la imaginación humana —y lo sorprendente es que no tengan ninguna conexión con la realidad—. El universo matemático es independiente. No es la matemática aplicada que nosotros creemos; es una serie de vastos continentes, tan grandes como la galaxia. Cada uno opera con su lógica. Tienes la topografía por un lado, la teoría de los números por otra, y el gran proyecto no realizado, del cual obviamente algún día quiero escribir, que es la noción de poder unirlos. Se han encontrado túneles, se han encontrado caminos y formas en que se conectan.
Por eso suelo ocupar el lenguaje religioso, porque para mí esos seres tan abstractos son como demonios. Yo, en algunas alucinaciones, los he visto. Los ves. Se parecen mucho a las matemáticas. Hay ciertos demonios que tienen forma matemática. Y se ven muy bien acá, en Mesoamérica. Y bueno, los vi acá también. Y tú los ves y piensas que seguramente hay una parte muy antigua del hombre que está ensayando esas cosas. Esas matemáticas tan abstractas, de vez en cuando permiten que algo baje a la realidad, que algo se meta en una tecnología. Es estrictamente cierto. Ocurría de la misma manera en las antiguas historias de la humanidad. Un día estábamos caminando por la selva y nos topamos con un dios o una diosa y eso cambió la dirección de nuestra cultura. De la misma manera, Turing estaba resolviendo un problema muy abstracto —que consiste en definir si una ecuación se podía resolver o si seguiría el cálculo para siempre— y, de esa cosa tan abstracta, salió el computador, la computación, el internet, la web, los celulares, el TikTok. Todo eso emana de un ser humano contemplando este mundo del que no tenemos ni idea si existe o si está sólo en nuestra cabeza. Para mí, entonces, es obligado. No estoy inventando una conexión. Yo la veo. La veo en la historia de la ciencia.
Estoy, por así decirlo, y en el ámbito científico, haciendo demonología.
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John von Neumann, el protagonista de la segunda parte de MANIAC, es todo lo contrario a Paul Ehrenfest: no sólo fue el mayor genio de todo el siglo XX, sino que cruzó todos los límites que le pusieron enfrente y no se acobardó con la gran sombra que se abría en ausencia de la racionalidad.
Von Neumann fue un matemático húngaro que participó en casi todos los progresos importantes de la ciencia moderna y el principal responsable del desarrollo de la informática. Al principio, a John le va un poco como a todos los otros personajes de Labatut: se acerca a las matemáticas, descubre una grieta por la que se cuela una verdad insoportable —la teoría de los múltiples infinitos de Cantor— y la intenta combatir abrazándose a la razón pura. Pero, a diferencia de todos los demás, no renuncia, no se vuelve loco y no muere; observa la falla, la escucha, la entiende, se deja seducir por ella y la abraza hasta sus últimas consecuencias.
De este salto al vacío nace una de las ideas más originales de Von Neumann: la teoría de juegos —que Labatut describe como un intento de “atrapar, con ecuaciones matemáticas, la manera en que las personas toman decisiones. Queríamos capturar el mecanismo inescrutable de la motivación humana”5—. Metido en esa empresa, Von Neumann entiende que el proyecto ilustrado de poner la razón al centro del mundo se ha agotado y que su contrario, la sinrazón —y sus manifestaciones: el juego, el caos, la creatividad—, ofrece caminos más fértiles. ¿Por qué? Porque el error es productivo: hace brotar caminos que devienen en algo diferente, a veces mejor. Con la certidumbre de que algo brotaría de la mutación, Von Neumann es capaz de imaginar la informática —y, a la postre, la inteligencia artificial—.
Por eso entiendo a Labatut como el representante más moderno de esa genealogía de románticos que incluye a personajes tan aparentemente ajenos a él como Hölderlin, Goethe o Rilke: porque, como ellos, es heredero de un siglo que confió demasiado en la razón y vio los horrores que produce. Se asomó entonces, lo mismo que Von Neumann, al abismo. Y lo que ahí vio fue un enjambre de demonios —la incompletitud, la irracionalidad, la cuántica— que le susurraron al oído que el imperio de la razón había terminado y que era momento de crear una nueva mitología.

MANIAC es el evangelio de esa nueva religiosidad salvaje que tiene en el centro a una computadora.
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Yo tuve acceso a esa experiencia tan rara que transforma y colorea para siempre tu visión del mundo: presencié el nacimiento de algo nuevo. Una maravilla, un milagro en esta época impía que ya no permite que ocurran. […] Ese tesoro, ese súbito atisbo del futuro, no me fue dado por los dioses, sino por la nueva deidad que hoy veneramos con la frente inclinada y la mirada vidriosa; el vehículo de mi revelación fue una computadora.6
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PD: Hay quien diría que buscas provocar: hablarnos de demonios, de dioses y de conocimientos arcanos, cuando el libro se trata de ciencia. Es difícil pensar en dos dominios más antagónicos.
BL: Es que sí es arcano. No sé si tú sepas de matemáticas, pero yo no. No sé nada. Y para mí es arcano. Esta gente, los matemáticos, las matemáticas, entienden un lenguaje que para ti y para mí es absolutamente extranjero. No entendemos nada y, sin embargo, rige nuestras vidas. Es como cuando en el pasado uno veía a los sacerdotes con la imagen de un dios entrar en una pirámide a hacer quién sabe qué conjuros, pero que determinaban si vivías o morías, si se plantaba el campo o no. A mí me da vergüenza hablar de esto porque es muy mal visto, siendo escritor, que te interese la iluminación. A un poeta, como tú, se le perdona. Pero si eres narrador, no.
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La última parte de MANIAC es estrictamente contemporánea a nosotros —y por eso, tal vez, sea la más aterradora—. En ella, Labatut relata el siguiente paso en la teogonía de la irracionalidad: si Paul Ehrenfest la vio nacer y John von Neumann la asumió como un nuevo centro, el último personaje de la trilogía tendrá que enfrentarse contra sus engendros.
Lee Sedol es una clase diferente de personaje de inteligencia excepcional: no se trata de un científico ni de un matemático, sino del máximo campeón vivo, noveno dan, de Go, el milenario juego de China. Los fundamentos del Go son sencillos —fichas blancas contra negras, rodear al oponente—; sin embargo, la cantidad de jugadas posibles es tan grande que no hay inteligencia humana capaz de aprender a jugarlo algorítmicamente, como al ajedrez. El Go es el territorio de la intuición y de la belleza, y por eso parece estar más allá de las garras de la inteligencia artificial, que ya se ha coronado sobre los grandes maestros del ajedrez. Sin embargo, aparece en escena AlphaGo: una IA que asegura ser capaz de vencer a Lee Sedol. Lo que sigue es un minucioso relato de los cinco juegos entre Lee y AlphaGo, y su desastroso resultado: AlphaGo: 4; Lee Sedol: 1. Como si de una moderna titanomaquia se tratara, el juego de Go se nos presenta como un duelo entre los viejos dioses, nosotros, y los nuevos, las máquinas, por un Olimpo que no sabemos muy bien cómo se llama.
Cuando coronan a AlphaGo como la primera máquina en vencer a un jugador humano de habilidad excepcional, el certificado dice: “En reconocimiento de los sinceros esfuerzos de AlphaGo por dominar los fundamentos taoístas del Go, y alcanzar un nivel cercano al territorio de la divinidad”.7
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PD: ¿En el juego de Go del final del libro hay una pregunta sobre la muerte, una pregunta sobre si estaremos aquí mañana?
BL: No se trata de un duelo a muerte. El Go es como el ajedrez de Asia, sólo que es infinitamente más complejo. La gracia que tiene es que su complejidad es tal que no se juega con la razón. Nadie aprende a jugar Go como se aprende a jugar ajedrez. En el ajedrez, cada vez que haces una movida, tienes cuarenta movidas posibles; en el Go hay 250. No hay mente capaz de calcular racionalmente, como lo hace un gran maestro de ajedrez, cuál es el mejor movimiento posible. La complejidad del Go es tal que es un microcosmos del mundo, un reflejo del universo.
Lee Sedol dice: “Si alguien pudiera comprender la complejidad interna y externa del Go de forma perfecta, sería lo mismo que verle la mente a Dios”. Y eso es prácticamente lo que hace la inteligencia artificial, pues nos muestra una forma de jugar que en cinco mil años de historia no se había considerado. Nos muestra los límites de nuestra racionalidad, cómo nuestra noción de verdad está muchas veces atada a la belleza. Los computadores y la gente fría, en cambio, aquellos que son pura razón, saben que hay cosas muy feas que funcionan muy bien. Los seres humanos por lo general dejamos esas cosas de lado. El ser humano esculpe una calavera, pero la esculpe de una manera que se vea tan horrorosa que llegue a ser bella. La inteligencia artificial no. Por eso es una belleza nueva.
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La belleza no es nada sino el principio de lo terrible, lo que somos apenas capaces de soportar, lo que sólo admiramos porque serenamente desdeña destrozarnos. Todo ángel es terrible.8
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Pedro Derrant. Una belleza nueva. Eso es lo que me llamó poderosamente la atención de la última línea del libro, en la que presentas a una inteligencia artificial que es capaz de vencer a todas las anteriores en todos los juegos que existen. Escribes: “Su nombre es AlphaZero”.9. No Omega, no Infinito; AlphaZero: el inicio.
Benjamín Labatut. Me encanta la lectura que estás haciendo y me encanta que eso sea lo que te haya interesado, porque es una de mis partes favoritas del libro. Lo interesante es que yo no le puse un nombre. Esto existe. El nombre se lo puso el creador de la inteligencia artificial que destruye a Lee Sedol, Demis Hassabis —que hoy en día está a cargo de la inteligencia artificial para todo Google—.
Le pone AlphaZero porque AlephZero es, en matemáticas, el infinito más pequeño. Antes de Georg Cantor teníamos una noción del infinito que, básicamente, era usada como teología. Pero luego los matemáticos dijeron: “No, el infinito es útil, hay que usarlo como concepto”. Entonces, se nos abrió la matemática moderna y se expandió el infinito. Por eso, en matemáticas, hoy día, tenemos una jerarquía de infinitos. Eso mismo siento que está pasando con la mente humana: no cabemos en un solo universo y estamos creando otros. Pero AlephZero es el infinito más pequeño. En el nombre de este algoritmo están tanto la noción de lo primero, del nacimiento, como de lo infinito.
Es como si estuviéramos al comienzo del infinito.
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Una semana después de nuestro encuentro, regresé al aeropuerto de Villahermosa para volar a Ciudad de México. Una trabajadora de la Secretaría de Cultura de Tabasco me esperaba en la recepción para llevarme. Más tarde me dijo que ella se encargaba de acompañar a los huéspedes de la secretaría mientras estaban en Villahermosa.
“De casualidad, entonces, ¿no habrás conocido a Benjamín Labatut?”, le pregunté. Respondió que sí, que había pasado por él la mañana siguiente a nuestra entrevista para llevarlo al Parque La Venta: un museo al aire libre, un poco laberinto debajo de los árboles, que resguarda las cabezas colosales de los olmecas. Los rumores decían que un tigre —confiscado a narcotraficantes— se paseaba libremente por el Parque La Venta, esperando a que le encontraran un lugar en algún zoológico del país, y que por eso había estado cerrado toda la semana de mi visita.
Para Labatut, en cambio, el Parque estuvo abierto.
No es imposible imaginar que, si alguna vez hubo un tigre, el gobierno del estado apresurara sus trámites de relocalización o lo encerrara temporalmente en una jaula —aunque esos detalles no quiso confesármelos— con tal de quedar bien con Labatut. El caso es que la mañana del 13 de febrero, el arqueólogo responsable de La Venta lo esperaba en la puerta del Parque, dispuesto a acompañarlo en su recorrido. Me contó que Benjamín Labatut agradeció el gesto, pero le pidió al personal una deferencia más: quería caminar la ruta él solo. Los arqueólogos se miraron entre sí, indecisos sobre qué decirle al excéntrico personaje que les habían llevado. Cuando se dieron cuenta, Labatut ya se había internado en la espesura del parque y sólo lo dejaron seguir.
Cuarenta minutos más tarde, Labatut salió de entre el verdor terrible de las ceibas, los macayos y las palmas reales, con los ojos llenos de pánico, fijos en algo más allá de la línea del horizonte, como si hubiera visto un tigre —o tal vez hubiera tenido una visión—.
Pedro Derrant
Poeta, editor, investigador literario. Medalla Gabino Barreda (2016). Miembro fundador del Seminario de Estudios Lopezvelardeanos. Catábasis (Summa, 2023) es su primera colección de poesía.
Agradecimientos: A Ramiro Chávez Gochicoa, antes que a nadie, por hacer posible mi encuentro con Benjamín Labatut. A Francisco Morales, Ricardo EM Tatto, Javier Medina y Jonathan Rosas por escuchar estas ideas, que parecían una excentricidad, y ayudarme a domesticarlas —además de mejorar el texto con sus comentarios—. A Olivia Oropeza, por acompañarme.
1 Un verdor terrible, p. 40.
2 Un verdor terrible, p. 85.
3 “Hubris”, en Encyclopaedia Britannica. La traducción es mía.
4 MANIAC, p. 16.
5 MANIAC, p. 162.
6 MANIAC, p. 220.
7 MANIAC, p. 379.
8 Rilke, R. M. “Primera Elegía”, en Elegías de Duino, versión de José Joaquín Blanco, vv. 4-7.
9 MANIAC, p. 388.