“Estábamos muy amuinadas”, me dijo una mujer al día siguiente de un intento de linchamiento de unos hampones en un pueblo de las cercanías de Texmelucan, hace cuatro o cinco años.
Ella es quien todas las semanas me vende el huevo de rancho que consumimos en casa.
Los hechos ocurrieron a mediodía, un miércoles, cuando se realizaba el pago del programa Oportunidades entre las amas de casa en esa comunidad campesina; tres hampones —dos hombres y una mujer—, provenientes del estado de México, se trasladaban en auto con un secuestrado en la cajuela por una carretera vecinal hacia Tlaxcala, y se les hizo fácil asaltar a una señora que recién había cobrado su mensualidad. No lo lograron. Y lo que siguió fue de rutina: alguien da la alarma, los pobladores se movilizan, identifican el auto en el que intentan escapar los rateros, bloquean las calles en un movimiento coordinado, los atrapan cuando se encajonan contra el río; después la madriza, la primera, ahí mismo, cuando descubren que traen alguien encajuelado, y luego en la plaza, cuando los entregan a los municipales; y más tarde, como un fuego invisible, la furia, la memoria (“los van a dejar ir”, “nunca se hace justicia”), el arrebato (“¡Sáquenlos!”), la orden anónima (“¡Mátenlos!”). Al anochecer ya ha llegado la fuerza pública estatal, ya se han bajado de los camiones, ya han arremetido contra la masa que responde a pedradas, palos y cohetones, ya ha puesto bajo resguardo a los asaltantes-secuestradores. Y a esa hora la explosión final de la “muina”: las dos patrullas recién estrenadas para la seguridad del pueblo, arden sin conmiseración alguna.
“Estábamos muy amuinadas —reitera la mujer—, y ahora ya nos quedamos sin patrullas y sin policías”.
Estallidos así han ocurrido siempre. Pero en Puebla, tan solo en este año, el número rebasa los veinticinco. La desgracia irreparable de Ajalpan nos desnuda en nuestra precariedad social. Por la vida perdida de esos dos muchachos infortunados. Por el colapso de una comunidad campesina desgarrada para siempre. Por la inutilidad de las instituciones del Estado. Por la incapacidad colectiva para mirarnos en ese amargo espejo y comprender que México ha perdido hace tiempo el rumbo.
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Observo las imágenes del linchamiento en Ajalpan. Una sola, en video: en el suelo, uno de los muchachos linchados, probablemente ya muerto: a su alrededor, un círculo de personas, algunos embozados, pero la mayoría con los rostros descubiertos; a la izquierda una mujer de falda y jorongo negro, observa a no más de un metro del cuerpo linchado; un hombre de camisa blanca se desprende del círculo y patea con la pierna izquierda el cuerpo del linchado, con la mano cubre su boca y me da una idea del olor que desprende; otro hombre en cuclillas enciende un cerillo, lo acerca al cuerpo y logra una flama tenue; todo se acompaña de gritos, pero reconozco uno: “¡el otro, el otro!”. Luego el fuego prende, el mismo incendiario lo aviva con dos o tres palos, pero lo que ha prendido es la ropa del linchado. Entonces la masa estalla en alaridos. La escena dura 46 segundos.
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¿Sirven de algo las palabras en este retorno a la barbarie que sufrimos en México? ¿Qué fue de nuestro proceso civilizatorio que nos explica como una sociedad que en su viabilidad construye su futuro?
¿Qué palabras pueden definir lo sucedido en Ajalpan? Llevo dos días confundido. Y llevo 35 años de periodista asomado a estos acontecimientos que brotan de cuando en cuando desde el México profundo, como el que he reseñado arriba. ¿Qué irritación extrema acude al corazón de esas personas en el infierno de una plaza con una masa enfurecida? ¿De dónde tan profunda muina?
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Porque es claro que no bastan las que han dado las autoridades poblanas ante los sucesos trágicos en Ajalpan. La solución policiaca:
“Necesitamos aprobar el mando único para las policías (…) Estamos subsidiando las fallas de la autoridad municipal”, dijo Rafael Moreno Valle.
“Es obvio que se trata de homicidios, y como tales procederemos”, afirmó el responsable de la seguridad pública Víctor Carrancá.
Y luego las culpas. La lamentable reyerta entre el gobierno estatal y el alcalde del municipio.
Y nada más, no hay el más mínimo intento de contrición, no hay pena, no hay conmoción. No vislumbro una mínima huella de compasión. No se muestra dolor alguno. Ni mucho menos la pregunta más simple: ¿por qué nos ha ocurrido esto?
Son otros los muertos. Son otros los asesinos. Son otros los culpables de que esto haya ocurrido.
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Ni qué decir de las expresiones de racismo fulminante en las redes sociales, que ante lo sucedido prueban su profundo vacío.
“Malditos indios siempre salvajes e ignorantes…”, dice para resumirlos un tal Jesús Díaz Siliceo en Facebook.
Pero hay más:
“pinches indios cerrados”, firma Leonel Acevedo, quien se presenta como “jefe de operaciones en farmacia París”.
“q asco de gente, me indigna compartir el mundo con esta bola de indios ardidos y resentidos”, firma una tal Alma Marla Silva
Y más:
“Indios tenian que ser, deberian erradicar a esa gente de una vez por todas, pareciera que estan en la epoca de las cavernas, linchando a gente inocente que solo estaba haciendo su trabajo”, firma otro tal César Rodríguez González, taekwondoista.
Y todavía más:
“Esos ‘seres vivos’ de esos puebluchos no llenan el perfil de seres humanos…Tienen muy arraigado en sus génes sus antepasados apocaliptos y al toque de campanas salen en jauría con cachiporras, lanzas y machetes a linchar sin saber los motivos…”, firma Velandia Cero
Es difícil asimilar esta profunda miseria moral que carga México.
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¿Sirven de algo, entonces, las palabras en este insondable abismo entre la civilización y la barbarie en el que sin remedio hemos caído?
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Los muchachos muertos tenían nombre y apellido. Eran hermanos: Rey David y José Abraham Copado Molina. Trabajaban como encuestadores para una agencia llamada Marketing Research & Servicios en la ciudad de México. Eran “prestadores de servicios”. Por supuesto no tenían seguro de vida.
Sus cuerpos fueron reclamados por sus familiares el miércoles 21 de octubre por la mañana.
A mediodía, en la plaza, alguien ha borrado con cal el manchón negro, la huella del fuego sobre los muchachos asesinados. Otras manos han puesto un arreglo de flores de cempasúchil y cruces de muertos.
Sergio Mastretta
El dolor Sergio. Somos un pueblo adolorido.
Quisiera esta tarde divina de octubre
pasear por la orilla lejana del mar;
que la arena de oro, y las aguas verdes,
y los cielos puros me vieran pasar.
Ser alta, soberbia, perfecta, quisiera,
como una romana, para concordar
con las grandes olas, y las rocas muertas
y las anchas playas que ciñen el mar.
Con el paso lento, y los ojos fríos
y la boca muda, dejarme llevar;
ver cómo se rompen las olas azules
contra los granitos y no parpadear;
ver cómo las aves rapaces se comen
los peces pequeños y no despertar;
pensar que pudieran las frágiles barcas
hundirse en las aguas y no suspirar;
ver que se adelanta, la garganta al aire,
el hombre más bello, no desear amar…
Perder la mirada, distraídamente,
perderla y que nunca la vuelva a encontrar:
y, figura erguida, entre cielo y playa,
sentirme el olvido perenne del mar.
Poemas de Alfonsina Storni http://www.poemas-del-alma.com/dolor.htm#ixzz3piCbx9K8
La inseguridad no es pretexto para cometer crímenes aún más abominables que los de sus supuestos delincuentes. Debemos de fomentar la cultura de la prevención y de la denuncia y estar siempre alertas para evitar ser víctimas de rufianes y malandrines dispuestos a tomar lo que no es de ellos.
Todas las muinas vienen de nuestros temores.
El miedo, cuando se acompaña de impotencia se vuelve una ira difícilmente controlable, no se entiende, es solo un ímpetu ardiente que nubla los sentidos, rebasa todo sentido de proporción y permite que nuestros más hondos instintos emerjan para «corregir» lo que sentimos, nos amenaza.
Las hordas vueltas al primitivismo del hombre de las cavernas son la respuesta de un pueblo ofendido, abandonado y traicionado por las instituciones de su colectivo social, en el que la palabra justicia se confunde con impunidad…
Causa dolor, tristeza y coraje ver como vamos degradándonos.
Hay un espíritu de rebeldía que no acepta razones, que no quiere ver mas allá de lo que sus sentidos captan.
Es interesante que la Biblia habló de cómo sería la gente en estos tiempos: «sin autodominio, feroces, no dispuestos a ningún acuerdo, sin tener cariño natural…».
Me llama la atención que la humanidad en general avanzamos en los campos de la ciencia, la salud, la tecnología y demás, pero estamos retrocediendo en lo moral, en la verdadera educación.
Yo sí creo que el mundo está siendo gobernado por el Diablo, no me puedo explicar de otra manera tanta maldad, tanto sufrimiento que nos causamos.
Se supone por teorías como la evolución que hoy viviríamos mucho mejor en todos los aspectos que nuestros antepasados, pero no es así.
No cabe duda que necesitamos la intervención divina para resolver de una vez por todas tanta iniquidad.
NO ES JUSTO QUE NOS CATALOGUEN DE TAL FORMA A TODOS LOS HABITANTES NO TODOS SOMO IGUALES, NO ES JUSTO QUE POR CULPA DE UNOS, TODOS PAGUEMOS LAS CONSECUENCIAS DE SUS ACTOS.
LA PERSONAS DE AJALPAN, SOMOS MUY TRABAJADORAS.
Primero, estamos de acuerdo que este tipo de actos son bárbaros y crueles. No hay ninguna duda. Ahora, en los primeros comentarios mencionados por Mastretta y los escritos por varios foristas apuntan a que la culpa de la explosión de este estado de salvajismo es sólo de la gente común del pueblo: indios les dicen unos, otros los quieren ve como ignorantes y atrasados. Pero, me pregunto si esto se dá por genética, como parece deducirse de los comentarios aludidos o tiene unas causas sociales y su consecuencia psicológica que los motiva. La desconfianza en el marco legal es el resultado.
Nunca habrá ciudadanos de primera donde gobiernan personajes de quinta, la ignorancia , el atraso el desconocimiento de las leyes y el comportamiento de los linchadores es fruto de la corrupción de los dirigentes políticos que no se preocupan por lograr mejores niveles de educación y civilidad para los gobernados, sino competir entre ellos para ver quien logra hacer mas negocios o bien obtener mas casas blancas, cuando el dinero se invierta en educación y escuelas tendremos mejores niveles de ciudadanía y confianza en las instituciones.
Pareciera un retroceso en la conciencia de la población, pero en realidad la población de todos los rincones del país nunca ha experimentado ningún progreso en la construcción de su espíritu. Nuestros paisanos de los medios rurales y urbanos no han experimentado el significado de construir el medio social en que vivimos. El espíritu del mexicano no está más allá de algunos logros históricos, bastante antiguos, primero el sentido de la libertad en el movimiento de independencia, luego la construcción de las instituciones que nunca llegó a la población rural de la segunda mitad del siglo XIX, después la revolución que construyó un marco institucional que en parte fue producto de luchas reales y esfuerzos reales de la población, después la construcción del capitalismo incipiente en la segunda mitad del siglo XX. Pero toda esa historia fue realizada por individuos pensantes y por otros que se apropiaron de las instituciones y le quitaron a la población el compromiso de construir un país, para convertirlo en un negocio que sigue a la presente en manos de los herederos de esos momentos brillantes de la historia de México. En suma, la población escasamente tiene una delgadísima epidermis institucional y muchos otros sólo tienen mitos, leyendas, y como dicen ahora los antropólogos, usos y costumbres, mismo fondo espiritual que da como resultado esas conductas verdaderamente de la edad de piedra, el espíritu de esas gente está todavía sumido en un oscurantismo en el que los han hundido al despojarlos del derecho y el compromiso de construir un futuro por sí mismos; es más fácil seguirles vendiendo antihéroes (narcos y narcocorridos), música vernácula, cervezas y músicos de banda que enfrentarlos a la necesidad de hacerse cargo de sí mismos…mejor seguir explotando su ignorancia y mantenerlos ahí sometidos…
Es necesario señalar que hay algo que se llama la «autoconciencia», cuando los individuos se dan cuenta de sí mismos y los ciudadanos y las sociedades construyen una conciencia de si mismas, algo que los psicólogos denominan Metacognición. Esto quiere decir aprender a construir una visión de la realidad, la visión objetiva de la realidad no es un recurso que esté a la mano de los 5 sentidos, no es algo que se alcance por medios sensibles, la conciencia, el darnos cuenta de nuestra realidad y de la realidad de la sociedad en su conjunto, es resultado de la construcción de una visión objetiva, más allá de la lucha de clases, de los intereses creados. La sociedad no es una nave en la que hay galeotes y capitanes del barco, y en la que los capitanes del barco sólo pretenden alcanzar sus propios fines y los galeotes están simplemente para remar y morir. O se salva la nave en su totalidad o no se salva nadie
Que bárbaro que turba tan salvaje, hacerse justicia por propia mano es parecerse a la comunidad troglodita que montó MONTESQUIU, sin embargo es por que las comunidades han estado por siempre olvidadas por las autoridades, no respetan a los ciudadanos ni los cuidan como consecuencia siempre habrá molestia y resentimiento, cuidado son panaceas muy peligrosas.