A cien años del inicio de la Cristiada

La Guerra Cristera, que tiene lugar de 1926 a 1929, es un episodio traumático de la historia mexicana, que al día de hoy sigue despertando todo tipo de interpretaciones y también de sentimientos y emociones. Es un tema que han estudiado distintos historiadores, y que sigue provocando discusión y polémica. 

Este 2026 se conmemoran los cien años de haber iniciado la contienda. A propósito de este primer centenario la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), el 13 de noviembre de 2025 dio a conocer el documento: Iglesia de México: Memoria y profecía. Peregrinos de Esperanza hacia el Centenario de Nuestros Mártires.

En el texto dicen que “apenas unos meses después de la proclamación de la Solemnidad de Cristo Rey, en julio de 1926, entra en vigor la llamada Ley Calles  en nuestro país que desató la persecución religiosa más cruenta de nuestra historia. Es por ello que en enero de 1927, el pueblo católico, reprimido, inició el levantamiento armado conocido como la Resistencia Cristera”.

Los obispos sostienen que “cuando el Estado totalitario intentó imponer su dominio absoluto sobre las conciencias, nuestros mártires comprendieron con claridad meridiana la centralidad de Jesucristo: morir gritando ¡Viva Cristo Rey! era afirmar que  ningún poder humano puede reclamar la soberanía absoluta sobre la persona y la conciencia. Es decir con la vida lo que proclamaban con los labios: Cristo Rey, no el dictador en turno que se envuelve en su soberbia”.

Estelí Meza

Después de definir al presidente Plutarco Elías Calles, como un dictador soberbio que encabeza a un Estado totalitario que quería imponerse sobre las conciencia de las y los ciudadanos afirman querer “honrar la memoria de los más de 200 mil mártires que entregaron su vida defendiendo su fe: Niños, jóvenes, ancianos; campesinos, obreros, profesionistas; sacerdotes, religiosos, laicos; el México heróico de los cristeros que dieron su vida por una causa sagrada, por la libertad de creer y de vivir según su fe, todos ellos escribieron una página luminosa en la historia de la Iglesia universal y de nuestra patria”.

Para los obispos las y los cristeros, son mártires –héroes, que dieron su vida por la “causa sagrada” de la libertad de creer y con su gesta heroica escribieron una página luminosa de la historia patria y universal.

En 2026, la celebración del centenario de esta gesta no puede ser una conmemoración nostálgica sino “debe ser un examen de conciencia y un compromiso renovado”. Nuestros mártires nos preguntan hoy. ¿Estamos dispuestos a defender nuestra fe con la misma radicalidad? ¿Hemos perdido el sentido de lo sagrado? ¿Nos hemos acomodado a una cultura que quiere relegar la fe al ámbito privado?”.

En ese marco afirman que “como pastores tenemos el deber de hablar con claridad de nuestro país. No lo hacemos desde una posición política, ni partidista sino desde la responsabilidad que se nos ha conferido como servidores del Evangelio. No podemos ser indiferentes ante el sufrimiento de nuestro pueblo. No podemos permanecer neutrales cuando está en juego la dignidad de las personas. Nuestra misión de anunciar el Evangelio nos exige anunciar la verdad con amor”. 

Y hacen una abierta crítica al actual gobierno cuando afirman que: “en estos tiempos, observamos con preocupación cómo algunos discursos públicos construyen una narrativa que no se corresponde a la experiencia cotidiana de millones de mexicanos” y en su análisis ofrecen una serie de puntos donde hay un desfase entre el discurso del poder y la realidad:  

Nos dicen que la violencia ha disminuido, pero muchas familias han perdido seres queridos o poblaciones enteras que viven con miedo constante experimentan otra realidad. Nos dicen que se combate la corrupción, pero ante casos graves y escandalosos, no se percibe la voluntad de esclarecerlos, por lo que prevalece la impunidad. Nos dicen que la economía va bien, pero muchas familias que no pueden llenar su canasta básica y muchos jóvenes que no encuentran oportunidad de trabajo nos hacen ver que esto no es verdad. 

Y esta parte del análisis lo terminan con: “Nos dicen que se respetan las libertades, pero quienes expresan opiniones críticas son descalificados y señalados desde las más altas tribunas del país. Nos dicen que somos el país más democrático del mundo, pero la realidad es que hemos visto cómo se han comprometido los organismos y las instituciones que garantizaban la auténtica participación ciudadana para concentrar el poder arbitrariamente”.   

Los obispos sostienen que en la realidad “vivimos tiempos difíciles, la violencia se ha vuelto cotidiana. El cáncer del crímen organizado que padecemos desde hace años ha extendido sus tentáculos ha muchos rincones del país. Ninguno de los dirigentes que gobiernan este país ha logrado erradicar este mal. En muchas regiones nuestra Nación sigue bajo el dominio de los violentos. No debemos tener miedo de hablar de lo que todos sabemos, pero algunos prefieren callar”.  

Lo que realmente sucede en el país, afirman de manera contundente es que “continúan los asesinatos y las desapariciones. Sigue derramándose sangre inocente en nuestras calles, pueblos y ciudades. Familias enteras son desplazadas por el terror de la delincuencia organizada. Vivimos la inseguridad cotidiana al transitar por los caminos y autopistas. Las extorsiones se han vuelto sistemáticas para pequeños y medianos empresarios, para agricultores y transportistas, incluso para las familias humildes, obligados todos a pagar “cuota” a los criminales bajo amenaza de muerte. El Estado, que en muchos lugares ha cedido el control territorial a grupos delictivos, no logra recuperarlos”.      

Y continúan con la afirmación de que “sacerdotes, religiosas, agentes de pastoral, incluso algunos políticos que buscan cambiar esta situación han sido amenazados y asesinados ante la impotencia ciudadana. Hemos tenido que llorar la muerte de varios hermanos presbíteros que dieron su vida sirviendo a sus comunidades. Sentimos el dolor por todos aquellos que buscando el bien han sido sacrificados”.

Los obispos terminan su diagnóstico sobre la realidad nacional, de manera opuesta a la visión que la presidenta Claudia Sheinbaum ofrece en sus comparecencias mañaneras, y plantean “que nuestros jóvenes están siendo secuestrados y llevados a los campos de corrupción o exterminio convirtiéndose en uno de los más grandes dramas de nuestra sociedad. Todo esto nos habla de la degradación social a la que hemos llegado y que exige una conversión profunda de quienes han optado por el mal. Hacemos un enérgico llamado a una conversión personal y social para alcanzar una verdadera transformación”.

Y “la migración forzada continúa. Miles de mexicanos se ven obligados a abandonar sus tierras, no solo por buscar mejores oportunidades, sino también por huir de la violencia. Y los que migran se encuentran con nuevas formas de violencia en el camino. Por nuestro territorio cruzan miles de hermanos centroamericanos y de otros continentes, víctimas de extorsión, secuestro, trata y muerte”.

Los obispos plantean que “pudiera parecer que este diagnóstico de la realidad nos lleva al pesimismo. Pero no es así. Porque la esperanza cristiana no consiste en cerrar los ojos ante el mal, sino en mantenerlos abiertos reconociendo que Cristo ha vencido al mal con el bien. Sólo reconociendo nuestros errores podemos corregirlos […]”.

Y aseguran que “continúa nuestra peregrinación hacia nuevas metas para transformar nuestra sociedad, como lo hicieron en su momento nuestros mártires. Fueron fieles en medio de la persecución. No esperaron que el Estado totalitario se volviera benévolo. Resistieron con la fuerza de su fe. No esperaban que fuera fácil seguir a Cristo. Lo siguieron, aunque les costara la vida”.

Quienes integran la CEM, de manera intencional, no es algo ajeno a su reflexión, asocian los tiempos de la Cristiada, que la desata un dirigente político, Calles, al mando de un Estado dictatorial, a la realidad de un país, hoy bajo un gobierno que dice ahora somos el “país más democrático del mundo”, pero descalifica y señala a la quienes tiene un posición crítica, al tiempo que ha eliminado las instancias institucionales que le impedían concentrar el poder arbitrariamente, como ahora lo tiene.   

El diagnóstico de los obispos y su crítica al actual gobierno, la  leo como una advertencia de que vamos en camino de un régimen autoritario, incluso dictatorial, que violenta las libertades personales e impone su visión de la realidad, que es muy ajena a lo que realmente ocurre en la vida cotidiana de las familias mexicanas y de quienes las integran. La sociedad, eso entiendo dicen los obispos, debe ser consciente de la situación y actuar por su propia cuenta y no esperar la solución a los problemas sólo por parte del gobierno.

Rubén Aguilar Valenzuela   

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Publicado en: Sólo en línea

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