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Continúo en esta entrega del “Barómetro” mis comentarios a la importante obra de la CEPAL, Equidad, desarrollo y ciudadanía, publicada en tres volúmenes por la propia comisión y la editorial Alfaomega. Los libros recogen el informe presentado por José Antonio Ocampo, secretario ejecutivo de la Comisión Económica para América Latina, en su XXVIII periodo de sesiones que se realizó en México el año pasado.

Como se sugirió en el “Barómetro” pasado, los libros conforman una plataforma sustanciosa y estimulante para llevar a cabo una reflexión a fondo sobre el presente y el futuro de la región, sumida aún en ominosos panoramas de inseguridad económica, expectativas frágiles, crecimiento económico oscilante y, sobre todo, altos índices de pobreza de masas, desigualdad y tendencias agudas a la heterogeneidad y la escisión productiva y social, incluso territorial, que se ven agravadas en estos días por la nueva entrada de Argentina al foro de la tragedia financiera, casi siempre el prólogo para rondas desastrosas en el empleo, el ingreso y la política.

El primer tomo de la serie presenta la “Visión Global” a partir de un examen del legado de los años noventa, y se completa con una reflexión sobre la equidad, el desarrollo y la ciudadanía, que constituye una indudable y bienvenida novedad dentro de la tradición de los informes institucionales sobre el desarrollo internacional. El acostumbrado discurso cepalino sobre el desarrollo integral se centra ahora no sólo en la necesidad de asegurar un crecimiento económico sostenido y estable, sino en la importancia crucial que ha adquirido la equidad como sustento de una expansión de la ciudadanía en la perspectiva de consolidar un efectivo orden democrático.

El tomo II despliega la agenda social propuesta por la Comisión, que se condensa en la necesidad de dar nueva vigencia y vigor a una política social universal, solidaria a la vez que eficiente. En el tercer tomo se examina la posibilidad de una senda de desarrollo económico que a la vez que cumpla con las reglas y los objetivos de estabilidad sea también la de una expansión dinámica, integrada y eficiente. Con acertada y bienvenida agudeza (y vehemencia), el capítulo que cierra el primer volumen explora la difícil circunstancia de una ciudadanía que emerge a la vez que se renueva, inscrita plenamente en una sociedad que cambia, pero también acosada por lo que adecuadamente se llama en el libro la “ecuación pendiente” del desarrollo latinoamericano después del gran ajuste de los ochenta: una relación eficiente y productiva, creativa podría decirse, entre ciudadanía, igualdad y cohesión social. Lo atractivo de este capítulo, su “novedad”, es que no se presenta como un argumento excéntrico, impostado, al tronco discursivo que organiza y da coherencia a los libros. Al asumir de modo expreso como central el objetivo de integralidad para el desarrollo que se busca, la CEPAL no podía soslayar ahora una obligada discusión conceptual, a la vez que estratégica, sobre el sistema político donde se toman las decisiones sobre la economía, así como sobre el orden democrático que los cambios sufridos en el sistema político reclaman con urgencia.

Puede decirse que siempre, en cualquier tipo de régimen económico, la relación entre economía y política propicia una tensión cuyos desenlaces no están nunca resueltos de antemano. Es por ello que la construcción de fórmulas de entendimiento dinámico entre ambas esferas fundamentales de la vida social es un imperativo a cumplir en la persecución de un desarrollo estable y sostenido. Sin embargo, cada vez es más claro que en la perspectiva de economías abiertas y de mercado como las que trajeron consigo la gran crisis de la deuda y el cambio estructural perseguido, esta sintonía, inevitablemente conflictiva, se vuelve una pieza maestra para asegurar que la competencia y la inserción internacional rindan los frutos que se espera de ellos. Como lo ilustra la reflexión final del libro sobre “ciudadanía. política y equidad”, esa sintonía es, como se dijo alguna vez del desarrollo mismo, una sintonía esquiva y frágil.

Basta revisar los rubros que aborda el trabajo en su conjunto para dar cuenta de la ambición, pero también de la consistencia, que animaron a la CEPAL al abordar la cuestión ciudadana, en el contexto erizado de la referida “ecuación pendiente”. Sus variables e incógnitas determinan la prueba mayor de ácido para la empresa latinoamericana del desarrollo y la modernización. El modo como se despejen estas ecuaciones definirá la calidad y el espesor de la modernidad que este “extremo occidente” podrá tener en este milenio que de nuevo se anuncia como de las maravillas.

Sin pretender ninguna conclusión definitiva, el texto se hace cargo sin temor de que ésta es ya una temporada de saldos, que hacer las cuentas con las reformas emprendidas es no sólo oportuno sino necesario. Pero a la vez, como se advierte en el libro, hay que admitir que en el curso del debate sobre los resultados la terminología se ha vuelto confusa. Se trata de una confusión que lleva, y si no que lo diga nuestra propia experiencia, a ofuscar la reflexión y a nublar los objetivos y su relación racional y de congruencia con los medios y los instrumentos. Leamos:

La terminología se ha vuelto confusa. Se habla mucho de que para superar los problemas… se necesita complementar la primera generación de reformas con una segunda y, ahora, para algunos, con una tercera. Las fronteras entre las distintas “generaciones” de reformas se han desperfilado progresivamente… Esta no es la manera más apropiada de formular la necesidad de (una) reorientación. El concepto de “generaciones”… lleva implícita la visión de que se trata de procesos lineales y universales, en los que los logros de etapas anteriores permanecen inmodificables, como cimientos sobre los cuales se construyen los nuevos pisos del edificio (p. 29-30).

Y este no es el caso: lo que hoy se constata una y otra vez, desde luego en México, es que la fragilidad de algunos de los cimientos construidos por las reformas del Consenso de Washington ha dado lugar ya, en poco tiempo, a graves problemas, que ahora se quiere resolver con nuevas reformas.

En realidad, lo que hay son discrepancias conceptuales significativas, que es urgente identificar para que el debate pueda aspirar a una racionalidad y una ambición de las que ha carecido en estos lustros de vivir peligrosamente. La CEPAL toma partido seriamente: “no hay un solo modelo de manejo macroeconómico que garantice los resultados señalados, ni una única forma de integrarse a la economía internacional, o de combinar los esfuerzos de los sectores público y privado. Estas diferencias… se reflejan en el desarrollo de la región, en la que la diversidad de soluciones… muchas veces comienza a ser más importante que la supuesta homogeneidad del nuevo modelo de desarrollo”. En este tema crucial, que muchos veían como baladí al calor de la primera fiebre de la breve primavera globalizadora, de la variedad de caminos y opciones, dentro de la globalización, los autores nos refieren a los importantes textos de Michel Albert (Capitalismo contra capitalismo, Paidós, 1992), así como al reciente llamado del economista Dani Rodrik, en el sentido de que el sistema internacional permita el desarrollo de variedades diferentes de capitalismo. No sobra sugerir aquí al lector la estimulante disección crítica de John Gray (False Dawn, The New Press, New York, 1998), de los proyectos de “ingeniería social” en pro de un mercado global libre. Según Gray, es precisamente esta obsesión universalista unificadora, que pretende establecer una sola civilización, un solo lenguaje, una sola economía, una sociedad global y única de mercado, la que se ha trocado en un mito destructivo que amenaza el despliegue de la propia globalización, que no requiere sino más bien rechaza tanta uniformidad.

Los libros rebozan de sugerencias y reflexiones críticas de gran valor para una polémica sobre el desarrollo que en México se ha rehuido y pospuesto. La política social universal y la inexistencia en América Latina de un verdadero Estado de Bienestar que hubiera que “limpiar”: la necesidad de reformar las reformas, en vez de seguir por el tobogán de las “generaciones”; la conveniencia de ampliar el concepto de lo público para llevarlo “más allá del Estado” pero sin renunciar a éste, sino más bien para recuperarlo: la necesidad de asumir como un componente importante del desarrollo internacional la globalización incompleta de los mercados, etcétera, son parte de un abanico rico en interpretaciones y pistas para la discusión y la elaboración.

En el diálogo social que urge tener, como bien lo propone la CEPAL, la tarea inconclusa de la equidad y el talón de Aquiles del empleo, como se le llama en el volumen, serán las prioridades obligadas de una agenda erizada por urgencias y restricciones. Será evidente, cuando este diálogo ocurra, la necesidad de que la región, y desde luego México, cuenten con un marco ético que ponga en primer plano “la vigencia de los derechos civiles y políticos… y la de los derechos económicos sociales y culturales (DESC) que responden a valores de la igualdad, la solidaridad y la no discriminación. Resalta además, advierten los autores, la indivisibilidad e interdependencia de estos conjuntos de derechos” (p. 38).

En los años ochenta, América Latina abandonó la senda de un crecimiento económico más o menos rápido y sostenido que se había alcanzado con muchos esfuerzos y sin que se hubiese podido lograr dosis aceptables de sustentabilidad productiva, de equidad y abatimiento de las distancias sociales. Al calor de la crisis que desató el sobreendeudamiento externo, y de la cual México fue un caso pionero, se tejió a todo lo largo del continente una suerte de leyenda negra de la CEPAL que convirtió a su fundador, Raúl Prebisch, en la “bestia negra” de la estabilidad v el crecimiento económicos. Nada más falso ni corrosivo para el pensamiento latinoamericano sobre el desarrollo y la modernidad que se requiere para imaginar y hacer el mañana.

Los libros que comentamos se inscriben clara y legítimamente en la tradición inaugurada por Prebisch en 1949, cuando lanza su “Manifiesto Latinoamericano”, como lo llamó Albert Hirschman. Más que un encierro, lo que el pensador argentino y sus compañeros de empresa intelectual y política proponían era una estrategia, una Rita, para hacer posible que América Latina se inscribiese creativamente en el nuevo concierto internacional que anunciaban la Segunda Posguerra. Bretton Woods y el lanzamiento del Estado de Bienestar y las Libertades de Roosevelt y Taiman. Lo que había que hacer, y que en algún grado se hizo, era construir las bases internas para una inserción dinámica en la economía internacional, que no reprodujese las asimetrías que caracterizaron a la antigua división internacional del trabajo que había explotado con las crisis de los años treinta, los fascismos y las dictaduras y, al final, en la Segunda Guerra. La visión se implantó de diversas maneras a todo lo largo de la región y tuvo éxito, pero al final, durante los años setenta, los procesos económicos que propició se mostraron cada vez más autolimitativos y, al despuntar la penúltima década del siglo XX. de plano destructivos.

Vino la “década perdida”, como la propia CEPAL la bautizara, pero al final de ésta un nuevo esfuerzo por retomar un pensamiento crítico y de opciones y estrategias, que no negara la realidad ni los cambios ocurridos al calor del desplome pero que a la vez recuperase el ímpetu del desarrollo. “Transformación productiva con equidad”, se tituló la fórmula puesta a circular por la Comisión en los inicios de los años noventa, dando lugar a trabajos de envergadura sobre la educación, la creatividad y la tecnología, el medio ambiente, y otros temas emergentes y cruciales de lo que podría ser una nueva agenda latinoamericana. Poco se aprovechó en nuestro medio de ese notable esfuerzo intelectual que quería convertir la década perdida en un “aprendizaje doloroso”, debido al dogmatismo imperante que se apoyaba en el entonces prepotente consenso washingtoniano. Pero las lecciones siguen ahí, para quien las quiera tomar.

Equidad, desarrollo y ciudadanía recoge con generosidad esos empeños y los convierte en un alegato coherente y robusto en favor del desarrollo. Sus argumentos y evidencias, junto con la batería estratégica que adelanta, bien podrían dar paso a una nueva era donde renazca la esperanza que con esmero sembraron los fundadores de este pensar latinoamericano progresista a la vez que idiosincrático, que se resiste a la receta o el dogma aldeanos, pero también a confundir cosmopolitismo e ilustración con las modas ideológicas y su adopción resignada pero eufórica, como ocurrió irónica y hasta grotescamente en los años duros de las dictaduras y el neoliberalismo impuesto a sangre y fuego.

Al calor de nuestros propios dilemas mexicanos, hoy resumidos por la cuestión indígena y la magna confusión fiscal en que estado y sociedad se han metido en estos días, habrá que intentar e inventar un punto de inflexión que nos ponga en una ruta diferente a lo que parece una saga sin fin: modernidad trunca, globalidad implacable, inequidad inconmovible. Al poner la equidad en el centro del tema y del problema del desarrollo, la CEPAL lleva su compromiso a la máxima tensión: sin equidad, en estos tiempos convulsos del cambio y la unificación profunda del mundo, no hay ciudadanía ni democracia que duren. El dilema se vuelve transparente, aunque el horizonte siga opaco.

San Pedro Mártir, 7 de abril de 2001.

 

Rolando Cordera Campos
Economista. Su más reciente libro es Crónicas de la adversidad.