Siempre me cautivaron su delgadez y su asombro, puestos a competir con su fortaleza interior y su aparente escepticismo. Carlos Fuentes Lemus fue desde niño un ser excepcional y extravagante. Una criatura tímida que al mismo tiempo vivía de su valor para enfrentar la vida como una catástrofe y un milagro. Un muchacho delgado de ojos tibios, cuyo arrojo lo llevó a viajar solo, como cualquier adolescente, en vez de cobijarse en el temor y el pretexto que podría haberle dado el abismo de una enfermedad que no lo dejó nunca. Jamás lo escuché hablar de sus malestares. Supuse, con admiración, que había aprendido a vivir con ellos como quien convive con su estatura o su color de ojos. Sin embargo, supe desde la primera tarde en que deslizó sobre mí una de esas miradas inclementes que a diario dejaba caer sobre sí mismo, que no sólo no era fácil su carga, sino que la llevaba como quien conoce la fatalidad y sin embargo la desafía.

“Viviré mañana? No lo sé decir, pero no me iré de aquí sin resistencia”, escribió en las primeras dos líneas del libro tejido con su poesía, en torno al cual nos reunimos hoy, como quien busca una plegaria laica. Leí este libro con una renovada y creciente fascinación por el muchacho al que vi crecer, metido en sus botas viejas y sus decrépitos pantalones de mezclilla, actuando a diario como el hombre que nos dejó escrito: “Sea bienvenido el misterio”. “Mi temor no tiene tiempo de pensar su propio terror / y la belleza me embarga toda entera”.

Este temible y querido Carlos era él mismo como su poesía, estaba tramándola mientras nos miraba ir y venir como si supiéramos siempre a dónde vamos. “Yo sólo sé que lo que me ha pasado a mí / le ha pasado peor a otro hombre”, nos dejó dicho por si pensábamos compadecerlo. “Hay demasiadas maneras de morir”. “He estado viviendo / en mi cabeza pero / allí he vivido en paz”.

Al principio, Carlos fue para mí, además del hijo de mis amigos, un amigo por conquistar. Parecía inaccesible y difícil. Hablaba poco. En una mezcla de inglés fluido y español taciturno. Era una fortaleza en chamarra de cuero y cuerpo frágil, que sonreía como quien abre la clave de una incógnita. Una incógnita que no fue necesario descifrar para ir queriendo. “Love me tender, quiéreme de verdad”, parecía decir junto con ese héroe de mis tiempos y de su privadísimo tiempo que fue Elvis Presley.

—¿Qué te atrae tanto de Elvis? —le pregunté cuando lo visitamos en Houston, unos días de los muchos en que peleaba contra la muerte como un guerrero, y vi cerca de su cama, junto a su insomnio estoico, acompañándolo como otro enigma, una pequeña réplica de Presley vestido para cantar en público.

Me dio una de esas respuestas huidizas y breves que podía llegar a dar. Una respuesta que entendí como un largo discurso preguntándome cómo podía preguntarle semejante idiotez. Luego extendió una mano hasta mi mano, la estrechó, me miró con la suavidad y el cariño que ya nunca perdimos. Ahora, en su libro, encontré con deleite la precisa explicación de aquella corta respuesta. “Elvis juzgado / culpable de separarse de / la humanidad / y vivir en un sueño”.

De qué modo fue valiente Carlos, y cómo supo serlo sin jamás ostentar su esfuerzo, ni pedir otro cobijo en quienes lo quisieron, que no fuera complicidad, humor, cercanía, respeto a su disgusto por la carne y su gusto por la comida asiática, por el cine, por el mar o las mujeres. “No, no es hasta donde alcance la vista, sino hasta donde el mundo te deje verlo”.

Sorprendente esta mirada de Carlos, sin un atisbo de piedad por sí mismo, sin hacerse tonto ni una palabra. “Aunque no hay razón para ello / pronto me encerrará la tierra”. “Muere feliz / es la mejor manera de irse”.

Yo supe que él escribía poemas porque, alguna vez, lo vi pasear un legajo de papeles llenos con su letra desordenada. Pero confieso que pensé que sus versos, como los de otros jóvenes, eran una necesidad, aunque no obligatoriamente una luz. Así que leerlos no sólo me ha conmovido a cada tanto, sino que me produjo admiración por su temprana lucidez, regocijo con su talento y orgullo de haber conocido al luchador incansable, al hombre generoso con la vida y al niño sabio que fue. Este muchacho incapaz de irrumpir, de avasallar. Este muchacho que veía con displicencia la vanidad y con desconfianza la gloria, se preguntó: “¿Cómo alcanzar tanto deseo?”, mientras urdía, desde el silencio, un libro que contara lo que no quiso pregonar, porque se lo impedían su sencillez y su ética implacable, mezcla constante de ironía y severidad. “¿Por qué aprendo a aceptar el dolor como un adulto”.
“Mucha muerte me ha hecho reír”.

“Dignidad es saber que algo peor / le ha sucedido a hombres mejores que tú”.

“Ten la dignidad y la grandeza de perdonarlo todo”.

“Te pido que no te dejes sorprender / asaltándome, con tu fresco corazón en mi mano”.

Esto último escribió Carlos en uno de los poemas que su padre y traductor decidió poner bajo el título “Amores”. Y eso exactamente es lo que uno quisiera pedirle mientras lee su libro y lo añora, siempre menos que su intrépida madre, cuando él pone, como si nada, su fresco corazón en nuestra mano. Y nos dice: “Yo no sé mirar a una mujer / a cualquier mujer, / sin saber que posee tesoros sin cuento / Para ser contados. Para contar”.

Quién sabe qué cosas le contarían a Carlos las mujeres. Pero lo que yo aprendí es que sabía oírlas. Se parecía poco a los hombres comunes. Casi no hablaba de sí mismo, no le interesaba predominar, ni que el tiempo se rigiera según su tiempo. Escuchaba sin interrumpir y sabía mirar con elocuencia. De ahí su pasión por la pintura y su fervor por Van Gogh, de quien dijo algo que también podríamos decir de él: consiguió entender “la hora mágica / del perfecto espíritu / del tiempo / que todos merecemos”.

Carlos supo merecer su tiempo. Cada instante de su tiempo se lo ganó a la vida sin quejas y sin alarde. Dándose curiosidad para leer a Keats y a Nietzsche, para andar en amor con las ciudades, para entender a Janis Joplin, hermanarse con Wilde, con el jazz y con quienes quisieron acompañarlo en su credo y escoger con él los fragmentos internos de su sol.

Tengo, junto con otros, la certidumbre de que conocer a Carlos Fuentes Lemus fue un privilegio y una lección de vida que para nuestro bien nos concedió el inexorable destino. Su libro de poemas La palabra sobrevive es un libro estremecedor que a muchos se nos volverá entrañable. Es un libro que lastima y acompaña. Un libro que contagia la rigurosa devoción por la vida y sus milagros de su autor, un libro hermoso, desolado y valiente como el inolvidable ser humano que lo escribió.      

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Su más reciente libro es Ninguna eternidad como la mía.