Traducción de José María Pérez Gay

Una experiencia contra la que uno no se ha defendido, no es experiencia; una intuición contra la que uno no ha combatido, no es intuición; un dolor que uno ha olvidado, no es dolor.

Siempre me aparté del ritual del asesinato. Nunca leí novelas policiacas. Habría perdido mi capacidad de asombro. Nunca comprendí ningún asesinato. Debo resolver un misterio, que no puede resolverse: estar en la vida.

Nada podría interesarle más que un individuo que ha callado toda su vida. Pero quisiera encontrarlo  en el momento en que comienza a hablar.

¿No sería mejor que nunca hubiésemos salido de la caverna?

Nadie sabe lo que es bueno. Se sabe sólo lo que sería mejor.

Stendhal percibe a Mozart como un individuo sombrío, trágico y solemne.

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No lamento esas orgías de libros. Me siento como en la época de la expansión de Masa y poder. En aquel entonces, todo sucedía sólo por la aventura de los libros. En Viena. cuando no tenía dinero, gastaba todo lo que no tenía en libros. En Londres, en las peores épocas, logré siempre de algún modo, y de tiempo en tiempo, comprar libros. Nunca aprendí nada de un modo sistemático, como lo hizo tanta gente, sino en repentinas exaltaciones. Estas comenzaban siempre cuando veía un volumen que debía tener. El gesto de la apropiación, la alegría de dilapidar el dinero, el llevar el libro a casa o al próximo local: admirarlo, acariciarlo, olerlo, hojearlo, colocarlo en un lugar apartado del librero durante años, luego el tiempo de su redescubrimiento cuando necesitaba leerlo en serio —todo esto es parte de un proceso creativo, cuyas partes ocultas desconozco—. Siempre me ha sucedido así. Y hasta en el último momento de mi vida deberé comprar libros, sobre todo cuando estoy seguro de que nunca los voy a leer.

Creo que es también una parte de mi necedad de luchar contra la muerte. No quiero saber cuáles libros permanecerán sin leer. Antes del final, nadie puede decir cuáles serán. Tengo la libertad de la elección: entre todos los libros a mi alrededor puedo elegir uno en cualquier momento, y así tengo en mis manos el transcurso de la vida

La muerte es mi peso de plomo. Y lucho desesperadamente por no perderlo.

La extraña idea de Ha: que uno puedo luchar contra todo, menos contra la muerte, como si hubiese otra cosa contra la cual deberíamos luchar.

Un misionero como único sobreviviente en el fin del mundo.

El anciano muerde con los años en lugar de los dientes.

Los ancianos están tan solos, que les perdono hasta su riqueza.

1974

La paz estaba prohibida en ese lugar para siempre. Se la consideraba el infierno. Sólo quien asesinaba o era asesinado se consideraba un ser humano. Todos los otros eran gusanos, pobres diablos.

Regresar al discurso, al gran discurso: el ascético marchitarse de las palabras.

Quitarle a la exactitud su lugar a la diestra de Dios.

Seguir otra vez a la pasión y la expansión. En los últimos años, Kafka ha tenido demasiada influencia sobre mí. Me ha despojado del placer de la propia expansión, que era el aliento de mi vida.

Los griegos otra vez, los griegos siempre; pero también los chinos, la Biblia y las historias de todos los pueblos.

Deberíamos investigar una vida no de acuerdo a sus años, sino de acuerdo a sus contenidos: todos los terrores, todas las sorpresas, todas las transformaciones, todas las entradas y las salidas, todas las imágenes adversas, todas las esperanzas, todos los enemigos, todas las desdichas, todas las satisfacciones, todos los castigos.

Las pocas ideas que uno ya nunca abandona; las muchas ideas que uno apenas roza y luego desaparecen. Estas últimas regresan alguna vez como cometas, conocidos o desconocidos, como meteoritos insignificantes o poderosos.

La dialéctica se ve afectada por la conciencia que tenemos de ella. Por esta razón desconfío de los filósofos de la dialéctica.

Toda muerte desgarra el tejido de la red que se extiende por el mundo.

Schopenhauer y el orangután: En Frankfurt, durante la feria del otoño de 1854, se presentó una de las grandes rarezas en Europa: un orangután vivo. Schopenhauer visitó todos los días a este presunto “padre original de nuestro género”. El filósofo había esperado inútilmente setenta años para conocerlo, por eso les advertía a sus amigos que no dejaran pasar esta oportunidad, pues el orangután podía morir.

Es imposible vaticinar cómo terminará la historia de los judíos. ¿Los que sobrevivieron permanecerán bajo sus enemigos o desaparecerán también?

Algunas veces desearía no ser judío, sólo para ganar distancia y tener una opinión desinteresada sobre ellos.

Sin embargo, quiero ser judío para no ahorrarme nada de lo que les ha sucedido. No quiero apartar de mí esa suerte de amenaza colectiva que pende sobre ellos, porque representa el ejemplo más contundente de todas las amenazas, y porque nos obliga a estar alertas y a no olvidarla nunca.

La conciencia vigilante de los judíos —que desde esta perspectiva no es ni mejor ni peor que otras— me parece muy favorable para operaciones de índole moral y espiritual.

Quien haya heredado esa conciencia debe aprovecharla, o por lo menos estar agradecido por tenerla. Lo que haya de conocimiento en ella debe regalárselo a los otros que no tienen esa conciencia vigilante, porque no la necesitan.

La novela-oráculo de los relámpagos.

Es muy importante comprobar si, para el individuo que asiste al diario crecimiento de un niño, la muerte se desvanece o si le resulta indiferente; si el nacimiento de nuevos seres humanos es suficiente para evadir la muerte, o si es sólo otra forma del autoengaño que busca calmar el temor.

1975

La historia de una vida como consecuencia de los dioses. Cuando se le aparecen a uno, cuando se desvanecen.

Amigos: para avergonzarse de uno mismo.

Las cartas de los muertos: cambiar las fechas.

La historia de nuestra vida nos parece tan aburrida, porque no ha sido inventada realmente.

Ahora sabe que seguirá existiendo en el cajón de un escritorio.

Le pertenecen las ciudades, no las casas.

Los apuntes sueltos se han convertido en una forma. Pero esto no significa que pierdan su capacidad de expresión. Lo más importante es lo que les falta. El lector mismo es su continuación.

No creo todavía que deba, pero sé que voy a morir.

El mundo a salvo ha pasado. Más todavía: nunca existió. Quizás el mundo fue mejor; pero nunca estuvo a salvo. En lugar de la salvación quiero poner la ternura de y por la vida. Por eso escribo la historia de mi juventud.

Verdades terribles sobre la madre en Masa y poder. ¿Cómo puedes responder a ellas? Cuando aclares cómo sería una verdadera madre.

La amargura parece barata, la amargura parece leve. No obstante, conozco la pasión por los hombres que nace de ella.

Alguien que sólo olvida a las personas célebres.

Es increíble lo que sucede con los lugares bíblicos: misiles, tanques, aviones, metralletas y los nombres antiguos.

¿Quiere esto decir que los nombres no significan nada? ¿O que los nombres revelan su contenido después de siglos? ¿Pertenece a los nombres bíblicos lo que sucede en esos lugares? ¿Son los nombres reservas de sucesos? ¿Por todo esto mucha gente puede llevar el mismo nombre?: Aristóteles Sócrates Onassis.

¿Uno podría tener todavía esperanzas en el pasado?

Mark Twain: su amargura tardía es, luego de todo lo que había creído, justa y necesaria. Twain es todo lo contrario de Shaw, quien hasta el final se daba por satisfecho con sus bromas. En la desesperanza de sus últimos años, Twain es un antecesor de nuestra época.

Lo importante: los textos que escribió para sí mismo y mantuvo en secreto. Uno debería conocerlo todo. La impureza de sus formas. La sumisión ante la moral norteamericana es la expresión misma de su debacle, de la que era consciente. Muy significativo también: no despreciaba el dinero ni la fama, los alcanzó y obtuvo, pero en ellos conoció, al mismo tiempo, la congoja de la vida. Ninguna de sus épocas logró someterlo. Muchos años después mueren dos de sus tres hijas, además muere también la mujer de la que se había enamorado, una joven enferma.

Su actuación como el viejo bromista es —descrita por testigos— insoportable. Su vida anterior: el vigía en las corrientes indomables de los ríos —¿qué escritor enfrentó así a los hombres y las cosas?—. Un sucesor de Cervantes, sobre todo con sus dos personajes principales, Tom Sawyer y Huck Finn. Twain es un descubridor y un desmesurado, alguien que encarna lo que eran antes los escritores, quiero decir, antes de convertirse en socarrones.

Espero mucho de su autobiografía, que no he leído.

Se mordió en el corazón.

Persiste todavía la sensación de que no ha sido en vano. ¿Y eso es todo, que no ha sido en vano?

Una palabra que contiene a todas las demás, y que sin embargo no es la palabra Dios.

Come visceras y cita a Baudelaire, bebe leche con la Iliada y ronca con Dante.

1976

No me atrevo a pensar que no habré visto la mayor parte de la Tierra. Esto debería ser suficiente para configurar el fracaso de una vida. Luego vendría el otro fracaso, contra el que no se puede hacer nada: no haber vivido en todos los tiempos.

La aversión contra los sistemas tiene su origen en la sensación de pérdida. Cuando un sistema se cierra siempre se pierde algo. Lo que se expulsa se revela más tarde como lo más importante. El carácter práctico de todo sistema se paga muy caro. Las cosas que se acomodan en una caja a como dé lugar pierden su forma. Más importante: como partes del sistema pierden su capacidad de transformación. Nunca jamás pueden crear, están castradas. Esas cosas sirven sólo como copias iguales a sí mismas, se convierten en objetos. El sistema ha definido la forma de nuestra producción. Las cosas que se mantienen con vida como palabras independientes, se han convertido en objetos. No respiran, no mueren, se desintegran.

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Un padre que contagia su fama a sus seis niños y.más tarde, los envía al desierto: sus chivos expiatorios.

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Cartas que uno contesta después de años.

La juventud que él narra necesita tiempo para volver a crecer. ¿La perderá por completo?

En la historia de mi juventud es muy importante ver cómo se llena de mitos.

No son pocos: todos conservaron su fuerza misteriosa, siguieron existiendo unos junto a los otros. Ninguno de ellos cambió su forma, no se penetraron ni se confundieron unos con otros. Todos permanecieron siendo ellos mismos, todos están en esas páginas.

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Conmovedor e inexplicable: lo que los elefantes hacen con los huesos de sus muertos.

Sí, podría ser que la humanidad desapareciera en los próximos mil años. ¿Qué significarían entonces nuestros miedos?

El profesor no lee hoy los periódicos. Sólo le interesan después de cien años.

Para Gershom Scholem sólo hay dos palabras intactas: judío y grande.

Todos los judíos y toda la grandeza existieron antes. Sólo él los conoce.

Sólo él los mantiene con vida.

Las voces me irritan. Todo lenguaje hablado me irrita. Pensé que era el mundo de Viena. Pero no sólo es Viena. Yo soy el que sólo soporta murmullos, el que no soporta máscaras acústicas.

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El asistió a la fiesta de sus noventa y cinco años. El morirá de otro modo. No lo envidio, lo admiro. En verdad, él ha resistido. Su mérito es haber soportado noventa y cinco años de este siglo.

No me atrevo a responder esta pregunta, aunque todas mis fibras quieren gritar que sí vale la pena.

En ese lugar hay diferentes paraísos, cada persona elige el suyo. Siempre hay una separación: no vuelven a ver a ninguno de los suyos y se separan para siempre. Pero pueden elegir entre distintos paraísos, una elección que les lleva años cuando no toda la vida.

En el instante de la separación deben decidir se: no hay vuelta atrás. Su paraíso es el verdadero fin de todas las cosas.

La idea de que la cantidad de años —que la ciencia menciona como la edad del sol, de Júpiter y de la Tierra— puedan ser ciertos, la sola idea tiene algo de aniquilación

Después de todo, uno puede decir que hay cosas tan importantes que la ciencia todavía no encuentra, que todavía no conoce.

Depende de nuestra imaginación crear las condiciones para nuevos descubrimientos, que acaso se presenten como una compensación ante el carácter destructivo de los cálculos científicos.

“El estilo apergaminado que atraviesa los tiempos como una momia incorruptible”. Paul Valéry

1977

No puedo ocultarlo, me duele dejar los libros: tengo una relación física con ellos. A veces me doy cuenta de que converso y me despido de esos volúmenes. En los últimos meses han llegado a mi escritorio libros nuevos y valiosos, y me fortalece la idea de que apenas los voy a leer: con la más grande desvergüenza, me digo en voz alta que esos libros intocados no me dejarán, y que acaso esa sea su función, porque ya no espero realmente leerlos. Un autoengaño penoso se esconde en todo esto. Siento por primera vez en mi vida que uso los libros para fines determinados; pero nada mejora la situación, ni siquiera el hecho de que se trate de un fin comprensible y nada despreciable. Me duele pensar que estos libros pasarán a otras manos, o en el peor de los casos: se convertirán en mercancías. Me gustaría que permanecieran donde están, y que mañana sin ser visto, como un fantasma, pudiera visitarlos.

Me acuerdo de Mazarino que se despedía de sus obras de arte, cuando creía estar a solas con ellas. ¡Qué comparación! Me puedo consolar de no ser Mazarino; pero no puedo admitir que mis libros no estén a la altura de los cuadros que hoy forman la mejor parte del museo del Louvre. Entre mis libros se encuentran los tesoros más increíbles, y además he vivido con ellos.

Uno puede desear mucho, y siempre será poco. Pero lo que uno quiere poseer siempre será demasiado.

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Un libro sólo con notas al pie de las páginas. El texto viene después.

1978

Alguien afirma que Lichtenberg no le parece justamente cálido. Aquí se trata del carácter cálido de la digestión. En verdad, eso le falta a Lichtenberg.

Su ausencia lo distingue de modo extraordinario.

El que dice: “todos son mejores que yo” —¿puede llegar a ser mejor?

Si cada uno se dijera: “todos son mejores que yo” —¿todos están en proceso de llegar a ser mejores?

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Ningún individuo ha llegado a fatigarse, ni siquiera en su reducción más extrema: la muerte; ni siquiera destruido el individuo ha llegado a fatigarse.

Robert Musil estará todavía allí, cuando Thomas

Mann nos haga bostezar.

Ahora mi pintor es Rembrandt. Cuando iba a la escuela era Michelangelo; Griinewald cuando escribí Auto de fe, Brueghel cuando imaginé las primeras obras de teatro. Ahora es Rembrandt, tanto que quiero visitar el Hermitage para ver su Hijo pródigo. Pues no sólo me gusta contemplar a Rembrandt en Holanda, sino en cualquier parte donde se extiende su imperio.

No puedo avergonzarme del recuerdo: lo único inmortal.

Sólo cuando el recuerdo está presente, tan presente que inventa a su autor, él se siente rescatado. Antes existía un futuro. Ahora se derrumba, se derrumba más rápido de lo que sus ojos pueden verlo.

Se dispone a vivir de tal manera que nadie más pueda reconocerlo. Abandona los antiguos lugares, pero no abandona los libros. Les habla todavía a los libros. No le provocan miedo. Enigma tras enigma, no le teme a los libros, que le dicen cosas muy diversas e indecibles.

Qué inseguros vivíamos sin el teléfono. Durante mucho tiempo no sabíamos nada. Y, sin embargo, no se ha reducido la angustia ante el destino de ciertas personas. Quizás es más grande, porque cada llamada inútil la vuelve más intensa. La muerte es tan vertiginosa como una llamada telefónica. El carácter instantáneo de las comunicaciones nos recuerda siempre a la muerte. Lo que debiera tranquilizarnos se convierte en el terror.

¿Y si lanzaras por la borda toda la carga de la vida pública de esta época, qué quedaría de ti? ¿Mucho? ¿Algo? ¿Nada?

Es difícil creer en la transmigración de las almas. ¿No sería mucho más difícil creer que no regresaremos nunca?

“Al anciano le está permitido apartar su corazón y sus ideas del mal absoluto”. François Mauriac. (Si esto fuese cierto, si esto fuese cierto, qué nostalgia tan increíble tendría.)

El anciano se hunde en el periodo más activo de su vida; se tambalea entre los recuerdos crecientes.

1980

La doble recriminación del idiota: que fuiste un desconocido durante mucho tiempo, hasta la más alta edad; que ahora eres conocido, en esta edad. Mi recriminación contra mí mismo es más simple: que el libro contra la muerte todavía no lo escribo. Esa sería una recriminación más fuerte, acaso más destructiva.

Lo que escribiste sobre la masa es más verdadero que lo que entonces podías saber.

Llegar a los setenta y cinco años y, en ese preciso momento, salir con la historia de la juventud. El medio más infalible: fingirse muerto.

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A los quince años, mi primer encuentro con las ideas de Platón: la aversión contra ellas es la misma sesenta años después.

No hay que mencionarlas en la historia de mi juventud.

Un apunte extraordinario de Arnold Schónberg:

Proyecto de Testamento. “Pero es de otro modo: los hechos no comprueban nada. Y quien se aferre a los hechos no podrá salir de ellos, ni llegar a la esencia misma de las cosas. Yo niego los hechos, todos sin excepción. Para mí, no tienen valor. Me escapo de ellos antes de que me puedan someter”.

Robert Musil me soborna mediante una especie de uniforme. ¿Debo llamarlo el uniforme de la claridad?

Las ideas que se muerden la falsa cola. Las buenas ideas terminan siempre como en una boca abierta.

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¿Debo creer que es un elogio cuando los críticos afirman: la historia del paralítico en La antorcha al oído es una hermosa ficción? Ya quisiera haber inventado una historia como esa.

La dicha de Musil como escritor, por ejemplo, cuando se eleva por encima de Thomas Mann, es su libertad ante la música. Sin embargo, es una dicha incierta, porque pone a Nietzsche en lugar de la música. Después de todo, Nietzsche sin Wagner.

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Mi autobiografía, que quizá será una de las obras de mi vida, nació de la avidez por el pasado.

Durante el periodo más largo de mi vida logré sacarle la vuelta a mi avidez por el pasado, una parte de la herencia de los judíos, la dejé en algún lugar, a la derecha o a la izquierda, y me dediqué a otras formas de esa avidez. Hace unos nueve años, en un tiempo muy tardío, cuando se trataba de la vida de Georg, recurrí a mi propia avidez, como a una medicina que por su uso pudiese salvarle la vida. Desde entonces he quedado absorbido por ella, pero el resultado es todavía escaso, aun cuando haga caso omiso del fin original, salvarle la vida a Georg, aun cuando lo que surgió pueda verse como una obra. Pude haber escrito mucho más, algunas partes que se encuentran todavía bloqueadas. Cuando se derrumben los obstáculos más recientes, todo será posible.

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Nunca me gustó Sartre. Es un producto horrible de la enseñanza francesa.

Lo que más me impresionó en el estreno de El diablo y el buen Dios, en París, y acaso también por alguna secreta influencia en mi obra de teatro Los emplazados, no fue la obra en sí sino el actor Pierre Brasseur. Nunca me impresionó nada de Sartre, nunca significó nada para mí. Su excesiva habladuría conceptual me resultó siempre molesta.

Si uno puede llamar tonto al que se abandona siempre al vicio de los conceptos, al que se abandona por completo, entonces podría decir también que es un tonto.

1984

A la media noche observé de pronto sobre el techo a Sirio y Orion. Tenía mucho tiempo de no contemplar a Sirio. Hace cuarenta años era mi punto de referencia y mi ayuda. Después del final de la guerra, Sirio perdió poco a poco su fuerza. Cuando nos sentimos perdidos, le fuimos indiferentes a las estrellas. Ahora siento que están allí otra vez. ¿Quiere esto decir que guardo esperanzas para la Tierra? No me atreví a imaginarlo desde hace mucho tiempo porque, a pesar de todo, uno no se debe burlar de la esperanza.

El colecciona de un lado dioses; del otro, animales. Y en medio gente que se perdió después de los cincuenta años. n