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HISTORIA DE UNA DERROTA CATÓLICA

UN VIEJO LITIGIO

POR LUIS GONZÁLEZ DE ALBA

Este ensayo traza la ruta que ha seguido el culto a la virgen de Guadalupe, desde el primer relato aparicionista fechado en I64S hasta nuestros días, aún a la espera de milagros. Luis González de Alba consulta y refuta, discute con los testimonios y con algunos imaginarios mexicanos para entregarnos al final un texto apasionado en virtud de su celo crítico e histórico.

Antecedentes indios: El primer culto de Tepeyac

En el mismo lugar donde se levantó la primera capilla a la Virgen de Guadalupe en el Tepeyac hubo un adoratorio indio a la diosa Tonantzin. cuyo nombre significa precisamente “nuestra madre”. El dato está abundantemente certificado por todos los primeros cronistas de lo que luego sería México. Citemos al más acucioso de todos, fray Bernardino de Sahagún, cuya monumental Historia General de las Cosas de la Nueva España menciona asiese culto:

Cerca de los montes hay tres o cuatro lugares donde solían hacer muy solemnes sacrificios y que venían a ellos de muy lejanas tierras. El uno de éstos es aquí en México, donde está un monte- cilio que se llama Tepeyac, y los españoles llaman Tepeaquilla, y ahora se llama Nuestra Señora de Guadalupe. En este lugar tenían un templo dedicado a la madre de los dioses, que llaman Tonantzin, que quiere decir nuestra madre: allí hacían sacrificios a honra de esta diosa y venían a ellos de muy lejanas tierras, hasta más de veinte leguas, de todas estas comarcas de México, y traían muchas ofrendas; venían hombres, mujeres, mozas y mozos a estas fiestas: era grande el concurso de gente en esos días y todos decían ; vamos a la fiesta de Tonantzin!; ahora que está allí edificada la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, también la llaman Tonantzin, tomada ocasión de los predicadores que a Nuestra Señora la Madre de Dios la llaman Tonantzin.

Antecedentes españoles: La primera Virgen de Guadalupe

“El l tiempo en que aquí este rey don Alonso reinaba en España, apareció Nuestra Señora la Virgen Santa María a un pastor en las montañas de Guadalupe en aquesta manera”. Así comienza el relato de las apariciones guadalupanas, relato escrito más de un siglo después del momento que trata. En resumen:

Hacia el año 1322, la Virgen se apareció a un humilde pastor en Extremadura, España. Ocurrió el milagro entre unas peñas de la Sierra de Guadalupe. La Virgen le pidió al pastor que allí le edificaran una iglesia. El pastor llevó el mensaje a los clérigos y éstos no le creyeron. La aparición se repitió con la misma solicitud. Un hijo del pastorcillo resucita tras de ser dado por muerto. Los clérigos acompañan al pastor hacia el lugar de las apariciones y encuentran allí, oculta entre peñascos, una escultura de la Virgen. Levantan el santuario pedido en ese lugar de la Sierra de Guadalupe y llaman por lo mismo Virgen de Guadalupe a la escultura encontrada misteriosamente y sin que se le conozca autor humano. Pasa más de un siglo antes de que se tenga el primer manuscrito con el relato de la aparición milagrosa.

La similitud es completa en ambas apariciones de la Virgen: 1) en el Tepeyac y en Extremadura se aparece a un a) hombre, b) humilde; 2) la aparición ocurre, en México y en España, en un monte y entre peñascos, cerca de una fuente aquí y de un río allá; 3) en ambas Españas, la vieja y la Nueva, la Virgen pide que le hagan una iglesia en el lugar de su aparición; 4) las autoridades eclesiásticas no le creen al enviado, ni aquí ni allá; 5) la aparición se repite con la misma demanda; 6) un pariente del testigo de la aparición sana milagrosamente, tanto en España como en la Nueva España; 7) el obispo pide una prueba aquí y allá hacen otro tanto los clérigos; 8) en la Sierra de Guadalupe, España, la prueba consiste en el hallazgo de una escultura de una imagen de la Virgen milagrosamente esculpida, sin intervención humana; 9) es una imagen morena y la llaman “la Morenita de las Villuercas”, por el pueblo cercano así nombrado; 10) en el cerro del Tepeyac, Nueva España, la prueba consiste en una imagen milagrosamente pintada, sin intervención humana; 11) es una imagen morena y la llaman “la Morenita del Tepeyac” por el cerro de su aparición; 12) en España no aparece el primer relato escrito sino hasta 1440, 118 años después del milagro: 13) en la Nueva España no aparece el primer relato escrito sino hasta 1648, 117 años después del milagro.

En ambas Españas, la vieja y la Nueva, la devoción popular es inmediata, pero las reservas de la Iglesia muchas. Aquí y allá, las reservas van cayendo con el paso de los años y las dos Morenitas suben de categoría hasta alcanzar culto nacional. Siendo Hernán Cortés y otros conquistadores originarios de Extremadura, tenían gran devoción por la Virgen de Guadalupe y no la perdieron al fundar la Nueva España, que luego sería México.

Siendo los conquistadores mexicanos que partieron a colonizar otras tierras originarios del centro del país, tenían gran devoción por la Virgen de Guadalupe (la suya, la del Tepeyac) y no la perdieron al fundar California y las Filipinas.

La dudas de la Iglesia mexicana: 450 años

Las dudas sobre la existencia de Juan Diego —y por tanto sobre la veracidad de las apariciones y del milagroso estampado de la imagen venerada en el Tepeyac— expuestas desde hace al menos diez años por el entonces abad de la mismísima Basílica de Guadalupe, no son nuevas en la Iglesia católica. Durante siglos se han levantado voces en contra del culto a la Morenita del Tepeyac y han empleado contra la imagen palabras tan duras que las del ahora ya ex abad suenan a himno.

El testimonio de fray Juan de Zumárraga

Refiere  la tradición guadalupana que se apareció la Virgen Santa María, madre de Dios, al indio Juan Diego, cuando pasaba por el cerro del Tepeyac. Pidió que le construyeran allí una iglesia, mandato que Juan Diego llevó al obispo. Este, el primer obispo de México, el franciscano fray Juan de Zumárraga, no lo tomó en serio durante tres ocasiones. En la tercera pide una prueba. Entonces la Virgen le manda a Juan Diego cortar algunas flores y resulta que son rosas de Castilla (flor traída a América por los conquistadores y por tanto inexistente en estado silvestre por muchos decenios) y llevarlas al obispo. El indio obedece, corta las rosas, las envuelve en su manto y las lleva al obispo Zumárraga. Desenvolvió luego su blanca manta y “se dibujó en ella y apareció de repente la preciosa imagen de la manera que está y se guarda hoy en su templo del Tepeyácac”.

Así pues, el testigo principal del milagro, esto es del estampado de la imagen en la tilma de Juan Diego, no es éste, sino quien estaba frente a él, recibiendo las rosas enviadas por la señora, como dice la tradición: el primer obispo de México, fray Juan de Zumárraga. El fue quien vio ocurrir el milagro. Tuvo que ver fray Juan el momento mismo en que la imagen comenzaba a formarse milagrosamente, quizás entre luces y coros angélicos, pues de otra manera, si Juan Diego entrega las rosas enviadas por la señora al obispo como prueba y con eso descubre una imagen pintada en su capa, Zumárraga se habría limitado a comentar: “Qué bella imagen traes pintada allí, hijo mío”. Y punto.

Pero apenas quince años después de este portentoso milagro, más grande que cualquiera relatado en las Sagradas Escrituras, en 1547, fray Juan publicó un catecismo llamado Regla Cristiana, donde se pregunta al lector por qué razón ya no ocurren milagros, y se le responde: “Ya no quiere el Redentor del Mundo que se hagan milagros, porque no son menester, pues está nuestra Santa Fe tan fundada por millares de milagros como tenemos en el Testamento Viejo y Nuevo”.

El piadoso Joaquín García Icazbalceta, historiador del siglo XIX, se preguntó: “¿Cómo decía eso el que había presenciado tan gran milagro?”.

Y se le quedaron a Icazbalceta en el tintero las palabras siguientes, comenta De la Maza:1 “No queráis, como Herodes, ver milagros y novedades por que no quedéis sin respuesta: lo que Dios pide y quiere es vidas milagrosas, cristianas, humildes, pacientes y caritativas”. De esta manera, fray Juan de Zumárraga niega haber visto él mismo alguna vez milagro alguno.

Por si hiciera falta, hay otro flagrante silencio respecto del milagro por parte de su principal testigo: los archivos de la Mitra, primero obispado y luego arzobispado todavía bajo fray Juan de Zumárraga, no contienen informe alguno sobre las apariciones del Tepeyac ni menos sobre tan gran milagro como sería el de haberse estampado por acción divina la verdadera efigie de la Madre de Dios. Más portentoso que abrir el Mar Rojo en dos partes para permitir el paso de las doce tribus de Israel, más que detener el sol para abatir las murallas de Jericó, más que multiplicar panes y convertir agua en vino es el hecho de ver a los ángeles pintar el verdadero rostro de María, la Virgen Madre de Dios.

Y a fray Juan de Zumárraga se le olvidó apuntarlo en donde aparecen hasta las cuentas sobre los diezmos. Tampoco menciona el enorme milagro en ninguna parte de su correspondencia, toda ella bien conocida y revisada con afán de encontrar algún indicio, una sombra, una mención velada ya que no un himno entusiasta. Nada. Las cartas del testigo principal del portento no dicen absolutamente nada.

El provincial de los franciscanos

En domingo 6 de septiembre de 1556, el segundo arzobispo de México, fray Alonso de Montúfar. sucesor de Zumárraga, predicó en la Catedral un sermón en honor a la Virgen de Guadalupe.

Afirmando primero que los indios “no eran devotos de Nuestra Señora”, “y para atraerlos a la veneración de la imagen del Tepeyac y ganarles la voluntad”— que la de los españoles ya no hacía falta— “su ilustrísima tuvo la temeridad de sumarse al rumor de los milagros que se decía obraba la imagen, predicándolos y afirmando su verdad” —comenta O’Gorman.

Es muy digno de notarse que el arzobispo en ningún momento de su sermón indica que la imagen sea de origen sobrenatural, aunque nada lo habría ayudado más en sus afanes. Se limita a decir que hace milagros.

Al arzobispo le preocupaba en extremo la opinión que de su sermón guadalupano se hicieran los franciscanos, enemigos del culto a las imágenes, así que envió un par de sirvientes a sondear los comentarios en el convento de San Francisco. El primero en picar el anzuelo fue fray Alonso de Santiago, quien fue por una Biblia y leyó una parte del Deuteronomio contra la veneración que no esté dirigida exclusivamente a Dios. Luego fray Antonio de Huete expresó su disgusto por el nombre dado a la imagen del Tepeyac: “Ya que el ilustrísimo señor arzobispo quisiere que por devoción se fuese a aquella ermita, había de mandar que no se nombrase de Nuestra Señora de Guadalupe, sino de Tepeaca o de Tepeaquilla, porque si en España tenía aquel nombre era porque el mismo pueblo se decía (se llamaba) de Guadalupe”. Luego censuró al arzobispo por predicar milagros no comprobados.

El criado se precipitó a llevarle el chisme al arzobispo Montúfar: los franciscanos estaban enfurecidos y lo comparaban con figuras condenadas por las Sagradas Escrituras.

El arzobispo de México no debió esperar mucho la respuesta directa de los franciscanos, entonces imbuidos por espíritu erasmiano y un ardiente deseo de limpiar la doctrina cristiana y volverla a la pureza del cristianismo primitivo. Dos días después del sermón del arzobispo Montúfar, el martes 8 de septiembre de 1556, fiesta de la natividad de la Virgen, se celebró misa en la capilla de San José de los Naturales del convento de San Francisco, en la capital de la Nueva España (convento derribado para abrir la calle hoy llamada Madero). Asistieron el virrey don Luis de Velasco y la Real Audiencia. El sermón estuvo a cargo del provincial de la orden franciscana, fray Francisco de Bustamante, y tuvo dos partes bien diferenciadas. En la segunda parte de su sermón el provincial se refirió al culto popular que tenía por centro la ermita del Tepeyac.

“Durante la pausa que hizo fray Francisco para subrayar el cambio se observó que le mudó el color del semblante y que estaba muy alterado”, dice uno de los testigos. Manifestó la cabeza de los franciscanos que estaba obligado a denunciar como perniciosa la devoción “que la gente de la ciudad ha tomado en una ermita y casa de Nuestra Señora que han titulado de Guadalupe”, porque era en gran perjuicio de los naturales de la tierra. Añadió el provincial de los franciscanos que el arzobispo se equivocaba al suponer que los indios no tenían devoción por Nuestra Señora, que. por lo contrario, eran tan devotos de ella que la tenían por Dios. Fray Francisco se refirió a los muchos trabajos pasados por los evangelizadores para dar a entender a los indios que no creyesen en imágenes, pues eran de piedra y palo, “y venir ahora a decirles a los naturales que una imagen pintada ayer por un indio llamado Marcos hacía milagros, era sembrar gran confusión y deshacer lo bueno que se había plantado”. Concluyó la cabeza de los franciscanos de México añadiendo que “suplicaba al señor virrey y a los oidores examinasen mucho este asunto y lo remediasen”.

Una vez más resulta asombroso que fray Francisco no se refiera a las apariciones ni al milagroso estampado de la imagen por obra divina, así fuera para condenar, aún más, tales excesos. En cambio sí pide a las autoridades del virreinato que averigüen el uso dado a las limosnas recogidas en la ermita. Ya desde entonces, el destino de las limosnas era parte importante del conflicto con el arzobispado de México.

La “defensa” del arzobispo Montúfar

Para defenderse de la tormenta que veía relampaguear y negar que hubiera dicho que la Guadalupana hacía milagros, el segundo obispo de México, fray Alonso de Montúfar, se preparó rápidamente testigos favorables y mandó recoger declaraciones entre los que habían escuchado al superior de los franciscanos. La última diligencia se verificó el 24 de septiembre de 1556. El expediente de ese informe estuvo perdido durante casi tres siglos. La primera noticia de su existencia se tuvo en 1846. Al conocer su contenido, el expediente fue ocultado, ahora intencionalmente, por otras décadas. En 1871 lo leyó Joaquín García Icazbalceta, quien lo obtuvo en préstamo. Sólo él y un selecto grupo de historiadores y eruditos conocieron la Información de 1556.

En 1883 el arzobispo de México pide a García Icazbalceta, historiador católico, una opinión sobre las apariciones. Ante una primera negativa, el arzobispo Labastida insiste en que “se lo ruega como amigo y se lo manda como prelado”.

Al enviar al arzobispo sus conclusiones, el piadoso don Joaquín dice al arzobispo que los apologistas de la tradición sólo le sirvieron para convertir en certeza las dudas que tenía al respecto y que sólo ha investigado el tema “por obedecer el precepto repetido de vuestra señoría ilustrísima”. Le ruega que el manuscrito no se presente a otros ojos ni pase a otras manos. Pero el mismo don Joaquín lo dio a conocer a sus amigos, todos ellos nombres de calles hoy día en la ciudad de México: Francisco Sosa, Francisco del Paso y Troncoso, José María Vigil, Luis González Obregón. La información estalló. ¿Por qué era tan explosiva?

Volvamos tres siglos atrás, donde dejamos al enojado arzobispo Montúfar, en el momento de ordenar la redacción de los testimonios que dieron cuerpo a la Información de 1556.2 Primero hizo una intempestiva visita a la ermita del Tepeyac en cuanto conoció el contenido del sermón del provincial franciscano, acusándolo de promover la creencia en milagros no certificados. En la ermita encontró ya reunidos a algunos de los presentes en el sermón del franciscano, mismos que serían citados al día siguiente para defender al arzobispo. Cuando estos testigos del sermón antiguadalupano de fray Francisco refirieron su encuentro con el arzobispo, declaró uno, Francisco Salazar, que su ilustrísima había pedido a un intérprete que explicara a los indios presentes en la ermita “cómo habían de adorar, en aquella devoción, la imagen de nuestra Señora que allí estaba en el altar, porque representaba la del cielo, madre de Dios verdadero, y que no se hacía reverencia al lienzo ni pintura ni palos de las imágenes, sino a las imágenes por lo que representaban”.3

Otro testigo, Juan Salazar, fue interrogado así al dar su testimonio: “Si sabe que su señoría reverendísima [el arzobispo Montúfar] ha mandado predicar y en su presencia [la del testigo] se ha predicado a los indios cómo han de entender la devoción de la imagen de Nuestra Señora; cómo no se hace reverencia a la tabla ni a la pintura, sino a la imagen de Nuestra Señora por razón de que lo representa, que es la Virgen María, Nuestra Señora…”. Por supuesto, a Juan le bastó con dar un “sí” a la pregunta que era así de larga para inducir la respuesta deseada.

En resumen, lo que encontraron explosivo los historiadores católicos del siglo pasado, fue la defensa misma preparada por el arzobispo. Llegó al Tepeyac, apenas supo del sermón del franciscano, a instruir a quienes serían sus testigos de descargo y les informó lo que debían decir que él decía, y esto era ¡que no veneraban la pintura ni la tabla!

Pero ¿no era la imagen de la Guadalupana obra divina? ¿No había sido testigo del portento Zumárraga, el primer obispo y arzobispo de México? No había sido un milagro ocurrido al indio Juan Diego entre las breñas del Tepeyac y sin testigos, sino a fray Juan de Zumárraga, franciscano, teólogo, arzobispo, hombre renacentista ilustrado. Y sólo veinticinco años después, el sucesor de Zumárraga en el arzobispado se defendía de las acusaciones del superior provincial franciscano poniendo apresuradamente de acuerdo a sus paniaguados acerca de cómo él los había enseñado, correctamente, a no reverenciar la tabla ni la pintura. ¿Llamaba el señor arzobispo proguadalupano “tabla” y “pintura” a la obra del mayor milagro ocurrido desde la resurrección de Lázaro?

Sí, lo escandaloso del Informe de 1556 fue descubrir que, apenas 25 años después del portento, nadie evocaba apariciones milagrosas a un indio ni plasmado sobrenatural de la imagen guadalupana. Por ninguna parte aparece el nombre “Juan Diego” entre los muchos informantes favorables al arzobispo, ni se menciona parte alguna de la tradición aparicionista. El significado de ese silencio de los testigos es uno solo: en 1556 todavía nadie afirmaba que la imagen tuviera origen milagroso. Era demasiado pronto. Para eso debían transcurrir otros noventa años.

Fray Bernardino: Invención satánica

Que el conflicto guadalupano está presente en la historia de México desde que este país existe lo observamos también en la Historia General de las Cosas de la Nueva España, la magna obra de fray Bernardino de Sahagún, otro sacerdote opuesto terminantemente al culto en el cerro del Tepeyac.

La primera sospecha le viene a fray Bernardino por el sitio del culto: el mismo lugar, en el cerro del Tepeyac, donde se había adorado a la diosa Tonantzin. “nuestra madre” para los indios del valle de México. Que sobre el mismo sitio donde había estado el altar de la diosa Tonantzin, súbitamente prendiera una tan gran devoción por otra “nuestra madre” —ahora la Virgen madre de Cristo— fue señalado con enorme suspicacia por fray Bernardino, nuestro primer gran historiador. Escribió en su Historia General de las Cosas de la Nueva España, de 1570:

Y ahora que está allí edificada la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, también la llaman Tonantzin. tomada ocasión de los predicadores que a la Madre de Dios la llaman Tonantzin (…) y es cosa que se debía remediar, porque el propio nombre de la Madre de Dios Señora Nuestra no es Tonantzin (…); parece ésta invención satánica, para paliar (ocultar) la idolatría bajo la equivocación de este nombre Tonantzin. y los indios vienen de muy lejos, tan lejos como de antes, la cual devoción también es sospechosa, porque en todas partes hay muchas iglesias de Nuestra Señora, y no van a ellas, y vienen de lejanas tierras a esta Tonantzin. como antiguamente.

Satanás había encontrado el remedio contra la evangelización cristiana a la que los franciscanos se habían dado con ardor y fe. Para ocultar la idolatría, la habilidad del diablo se superaba y conseguía confundir a los indios al renovarles su viejo ídolo bajo nombre cristiano y manto de la Virgen. La lucidez de fray Bernardino descubre la acechanza del maligno en el curioso comportamiento de los indios, que teniendo tantas iglesias dedicadas a Nuestra Señora no van a ellas y sí, en cambio, al antiguo adoratorio de Tonantzin.

El nombre y el conflicto por las limosnas

En 1574 le cayó a la ermita una inspección: del monasterio jerónimo de Guadalupe, en Extremadura, enviaron a fray Diego de Santa María para averiguar el asunto del culto y el de las limosnas, pues toda iglesia con una imagen guadalupana debía entregar las limosnas a la casa matriz. Y la ermita de México sin duda empleaba ese nombre y por tanto debía pagar.

Es natural preguntarse de dónde le vino el nombre a la imagen del Tepeyac. Si la Virgen de Lourdes lleva ese nombre porque se apareció en Lourdes y la de Fátima en Fátima y la de Guadalupe en la Sierra de Guadalupe, ¿por qué la aparecida en el Tepeyac y tan distinta a la Guadalupe española se llama “de Guadalupe”? Todos los que hablan de la imagen del Tepeyac la llaman “Guadalupe”, así sea, como en el caso visto antes, para comentar que no debería llamarse así, como es el caso de fray Antonio de Huete, quien propone llamarla de Tepeaca o de Tepeaquilla. Puede uno dudar que la imagen fuera la extremeña; pero una carta del virrey Martín Enríquez al rey, fechada el 25 de septiembre de 1575, no deja duda alguna. Dice: “Pusieron nombre a la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe por decir que se parecía a la de Guadalupe de España”.

Pero es un hecho que la Guadalupe mexicana que conocemos no se parece a la originalmente aparecida en España. Por tanto, en tiempos del virrey Enríquez todavía era la misma. ¿Por qué cambiarla? La clave, propone Jacques Lafaye,4 se encuentra en la cédula real por la que se ordenó enviar al monasterio de Guadalupe, en España, las limosnas recogidas donde hubiera copias de esa imagen. En síntesis, había que pagar regalías. Así que el cambio de la Guadalupe española, vista todavía en 1575 por el virrey Martín Enríquez, bien pudo ser consecuencia “del deseo de conservar las limosnas en la Nueva España”. De ahí también el traslado de la fiesta, celebrada el 8 de septiembre, al 12 de diciembre, “y la elaboración de una tradición aparicionista en la cual un neófito indio desempeña el primer papel”.

También es un hecho que la Guadalupe del Tepeyac sí presenta un extraordinario parecido con la española si no atendemos a la imagen principal de la basílica de Extremadura, sino a la del coro. Son idénticas, salvo en un detalle: la española trae al Niño en brazos, no así la del Tepeyac que es una Inmaculada.

Emplear una imagen guadalupana secundaria, la del coro, y eliminar un importante detalle, como es el Niño, aunque conservando el nombre tan venerado por los conquistadores, se parece en todo a los intentos modernos por evadir una exitosa marca registrada efectuando cambios que la clientela no distinga mucho, pero ante un juez puedan ser valederos. “Observemos todavía que uno de los antifonarios del coro de Guadalupe de Extremadura, fechado en el siglo XV, está ilustrado con estampas entre las cuales aparece una Inmaculada que habría podido servir de modelo a la del Tepeyac”, concluye el citado autor.

A fin de cuentas, puede ser que ni siquiera haya sido necesario el cambio, sino que el virrey Enríquez haya visto una Guadalupana como la del coro de Guadalupe en Extremadura y no haya entrado en detalles en su carta.

La “aparición” de la Noche Triste

En 1576 se bendijo un suntuoso templo a la Virgen de los Remedios en la capital de la Nueva España. La Gaceta de septiembre de 1728 describe así lo ocurrido: “Esta soberana imagen se presume ser la misma que (…) es la propia que Juan Rodríguez de Villafuerte, uno de los primeros conquistadores de este reino, trajo de España, y la Noche Triste, por hallarse imposibilitado, por las muchas heridas, de poderla cargar, la dejó en un maguey, hasta que andando a caza, en el mismo cerro, el venturoso indio Juan Diego Cequantizin, encontró con el tesoro y muy contento se lo llevó a casa”. Prosigue la narración hasta el punto culminante en que la imagen le pide a ese Juan Diego, ¿otro o el mismo?, que le construya una iglesia.

1648: Miguel Sánchez

Algunos documentos comienzan a mencionar el milagro. Algunos existen, otros sólo “fueron vistos” por alguno de los primeros escritores que dan forma a las voces del pueblo. Entre tales documentos sólo alguno menciona para la aparición la fecha ahora establecida de 1531. Los Anales de Tlaxcala dan una fecha absurda: 1510. Totalmente sin sentido porque según tales Anales la Virgen se apareció antes de la Conquista y de la prédica franciscana del cristianismo. El Diario del alguacil de Tlatelolco, Juan Bautista, asienta: “En el año de 1555 se apareció Santa María de Guadalupe en el Tepeyac”. Los Anales de Chimalpain dan la misma fecha: 1555. Los Anales de México la corren un año: “Año 1556, descendió la señora del Tepeyac”. También son las fechas que menciona el virrey Enríquez, no como de aparición alguna, pero sí de que por “1555 ó 1556 estaba allí una ermitilla”. Y éste último es el año del furioso sermón antiguadalupano de fray Francisco de Bustamante, provincial de los franciscanos.

No es hasta 1648 en que el predicador Miguel Sánchez publica su libro Imagen de la Virgen María Madre de Dios de Guadalupe, milagrosamente aparecida en México, cuando quedan fijados los detalles que dan forma a lo que fray Servando Teresa de Mier llamaría, un siglo y medio después de esa publicación, y en otro sermón famoso, “leyenda piadosa”.

Y no puede uno dejar de sorprenderse ante los nombres de algunos de los sorprendidos. Uno de ellos es nada menos que el vicario de la santa capilla de Guadalupe, Luis Lasso de la Vega, quien después de leer el libro de Miguel Sánchez escribió:

Yo y todos mis predecesores (vicarios de la capilla) hemos sido Adanes dormidos poseyendo a esta Eva segunda en el Paraíso de su Guadalupe mexicano. Mas agora me ha cabido ser el Adán que ha despertado para que la vea en estampa y relación de su Historia: formada, compuesta y compartida, en lo prodigioso del milagro, en el suceso de su aparición; en los misterios que su pintura significa.

O sea que este sacerdote a cuyo cargo está, según sus palabras, “la soberana reliquia de la imagen milagrosa de la Virgen María”, no supo, sino con la lectura del “evangelio guadalupano” del bachiller Sánchez, que tenía a su cuidado algo más que una imagen milagrosa, como lo son las de la Virgen de Zapopan, de San Juan de los Lagos y de Charcas, todas ellas milagrosísimas si atendemos a los informes de los peregrinos que las visitan. Pero el vicario de Guadalupe ignoraba todo sobre el portentoso estampado de la Virgen del Tepeyac, el milagro más grande de todos los tiempos ya que sanados y hasta resucitados los hay a montones en cada siglo, pero la imagen verdadera de la Madre de Cristo, tal y como ella es en el Cielo, únicamente se ha plasmado una vez en dos mil años: “Non fecit taliter omni nationi”: “No hizo igual entre todas las naciones”. Y el vicario de la capilla de Guadalupe, guardián de semejante prodigio… ¿no lo sabía antes de leer a Sánchez?

El entusiasmo del vicario lo llevó a subsanar su falta adaptando el difícil texto del bachiller a lenguaje sencillo y traduciéndolo al náhuatl. El largo título comienza por las palabras “Huei tlamahuizolyica”, por el que se le menciona en ocasiones; pero de las dos primeras palabras con que da inicio esta versión piadosa para uso de indios, “Nican mopohua…”, tomó su nombre más popular, como las encíclicas papales. Retraducido al español, se le sigue conociendo por ese nombre.

Dice Lasso acerca de su traducción al náhuatl: “Esto me ha animado a escribir en idioma náhuatl tu maravillosa aparición, para que vean los naturales y sepan en su lengua cuánto por amor a ellos hiciste y de qué manera aconteció lo que mucho se había borrado por las circunstancias del tiempo”.

Quien De la Maza llama “el tercer evangelista”, luego de Miguel Sánchez y Luis Lasso, es Luis Becerra Tanco. Siendo físico, químico, lingüista y profesor de matemáticas, intenta dar explicación “científica” al estampado de la imagen y la atribuye a los rayos del sol. Su obra, publicada en 1675, y conocida por el título recortado de Felicidad de México, comienza lamentando la falta de documentos “por no haberse hallado en los archivos del Juzgado y Gobierno Eclesiástico escritos auténticos que prueben la tradición que tenemos de tan insigne prodigio, el cual había de sepultar la incuria y omisión en el túmulo del olvido, juzgué me corría la obligación poner por escrito lo que sabía de memoria y que había leído y registrado”.

Así es como Becerra, que nació en el siglo siguiente a los hechos que relata, compone su libro, cuando tenía setenta años, y no había encontrado nada en los archivos eclesiásticos para justificar esa Felicidad de México.

Pero es un científico, así que no puede menos de observar que los viajes tradicionales de Juan Diego desde Cuautitlán a Tlatelolco, pasando por el Tepeyac, no tienen sentido alguno, pues no se pasa por allí y “de una plumada, el realista y lógico Becerra Tanco enmienda la tradición”, comenta De la Maza. Sencillamente pone a Juan Diego a vivir en Tulpetlac para que, camino a la iglesia de Tlatelolco, pase por el Tepeyac y le ocurra lo que debe ocurrir allí.

Es también uno de los primeros en observar las numerosas deficiencias técnicas de la imagen milagrosamente estampada y busca con angustia darles una explicación. La encuentra en los pliegues que debió tener el manto o tilma de Juan Diego en el momento en que los rayos del sol imprimieron la imagen celestial. Y nos dice: “Por eso lo claro de la rodilla izquierda de la imagen parece más corto de lo que pide la buena proporción de un cuerpo delineado”. Así prosigue, pero al final se da por vencido y atribuye a la omnipotencia divina lo que las normas de pintura no justifican.

Francisco de Florencia es un sacerdote jesuíta que escribe otra apología guadalupana de título tan largo que lleva media cuartilla y se le conoce por La Estrella del Norte de México. Es el “cuarto evangelista” y también vivió y publicó más de un siglo después de 1531. Al padre Florencia se debe la adopción de la famosa cita bíblica “atribuida falsamente a Benedicto XIV del Non fecit taliter omni nationi”, cita que ordenó reproducir en las estampas que grabó de la guadalupana, asegura De la Maza, quien se funda en un sermón del predicador de Ita y Parra donde el empleo de ese versículo de los Salmos se atribuye al padre Florencia.

Primer intento de coronación

Cien años después de estos cuatro autores en los que se funda la tradición guadalupana, hacia mediados del siglo XVIII, un caballero milanés, Lorenzo Boturini, se hizo el propósito de conseguir de la Santa Sede autorización para coronar a la Virgen de Guadalupe. Al parecer la obtuvo, pero cuando organizaba las colectas para llevar a término su devoto proyecto, el virrey recién llegado lo hizo encarcelar. Se le acusó, en resumen, de no tener autorización para residir en la Nueva España, de haber  organizado una colecta de fondos sin autorización y de mezclarse en un asunto nacional. Fue desterrado a España y su biblioteca quedó incautada.

Pasaron otros 150 años y, hacia finales del siglo XIX, todo parecía indicar que la imagen tendría su corona. Cuando surgió el más imprevisto obstáculo.

El obispo de Tamaulipas

Para coronar a la Virgen de Guadalupe había un problema a fines del siglo pasado, cuando el proyecto parecía correr con más suerte que en tiempos de Lorenzo Boturini, un siglo antes: y es que la Virgen ya tenía corona. La imagen, como la muestran todas las copias realizadas por centenares de pintores a lo largo de trescientos años, tenía sobre la cabeza una corona de picos agudos. La respuesta de las autoridades era predecible: no podía ser coronada porque ya lo había hecho el mismo Cielo.

Así que la corona pintada desapareció milagrosamente. Una carta del padre Antonio Plancarte y Labastida (abad de la Basílica de Guadalupe) al obispo de Yucatán, Carrillo y Ancona, relata así el momento del nuevo milagro: “El día que publicaron en El Nacional (23 de enero de 1887) que no debía ser coronada la imagen porque Dios ya la había coronado, estaba yo meditando en esta singular teoría, cuando llegó el fotógrafo con las pruebas de las fotografías que había sacado tres días antes (20 de enero) ante el cabildo, abierto el cristal”. Fue entonces cuando el padre Planearte advirtió, en las fotografías, que faltaba la corona y corrió a decírselo al arzobispo. Al día siguiente (24 de enero) fueron los dos a la colegiata (la Basílica) “y vimos que ni rastros de la corona”. Luego comenta que “el inimicus homo” (alude al padre Vicente de Paul Andrade) y compañeros circularon la especie de que Pina (un pintor) y yo la habíamos borrado”.5

El presbítero Faustino Cervantes, en nota a su traducción del estudio con luz infrarroja, que veremos enseguida, hace ver algo todavía más sospechoso: “Testificada ésta (la corona) en la Imagen por el Nican Mopohua, por historiadores y pintores, la corona desapareció en las proximidades de la coronación en 1895. Por ello es inverosímil el acta notarial levantada el 30 de septiembre de 1895, certificada por los pintores padre Gonzalo Carrasco S. J. y Barlomé Pina de que jamás existió la corona en la Imagen”.

Continúa luego: “Sin embargo, diversos testimonios atribuyen al pintor Salomé Pina lo que por aquellos tiempos se consideró un ‘atentado’. Dicho pintor gozaba de la plena confianza del abad don Antonio Planearte y Labastida, pues fue el encargado de la decoración de toda la Colegiata en 1887”. Hubo al menos un eclesiástico digno que no se tragó aquella rueda de molino. En 1895, a raíz de las fiestas por la coronación de la Virgen de Guadalupe, monseñor Eduardo Sánchez Camacho, obispo de Tamaulipas, renunció a su diócesis por considerar que el culto guadalupano “constituye un abuso en perjuicio de un pueblo crédulo y en su mayoría ignorante”.

Un siglo después

Un siglo después de aquella renuncia, el propio abad de la Basílica de Guadalupe, monseñor Guillermo Schulenburg, negó la existencia real de Juan Diego. Le costó el cargo.

Ahora insiste en nueva carta al Vaticano y afirma tener una carta de sacerdotes católicos desconociendo el milagro guadalupano.

Si la corriente eclesiástica sensata que desde fray Bernardino ha visto con sospecha la leyenda popular pierde el caso y el papa que más santos ha hecho en toda la historia se sale con la suya, se estará arriesgando un dogma: el de la infalibilidad papal. Y si un dogma resulta falso pueden serlo todos.

¿No es mucha terquedad de los promotores de la canonización? A la gente creyente le basta con sus propias convicciones.

Iconografía

El estudio estilístico de la imagen guadalupana comenzó desde los primeros años del culto: si se parecía o no a la extremeña, si la rodilla la tenía muy abajo, si el dibujo del brocado no sigue los pliegues y por tanto es un añadido posterior, como sostiene el padre Cuevas, autor del Album Histórico Guadalupano del IV Centenario. Diego Angulo dice en su Historia del arte hispanoamericano: “De una gran belleza y con ese recogimiento que suele distinguir a las imágenes todavía medievales, la Virgen de Guadalupe tiene no poco de gótica y en los rastros de ese estilo hacen pensar también el dibujo del brocado de la túnica y los plegados, tanto de ésta como del manto”.6

No es, ni remotamente, una imagen única. Dice de la Maza:

Es posible citar, como un ejemplo entre cien, la virgen de un tapiz de la Catedral de Reims, que es un antecedente directo, en su parecido plástico, con la Virgen de Guadalupe mexicana. Junta sus manos en idéntica actitud; vuelve ligeramente el rostro hacia su derecha, pliega el manto y la túnica en parecida forma y lleva estrellas, luna y los haces solares irradiantes de su cuerpo, la circundan nubes y ángeles. Es del siglo XV y, como ella, hay muchas. Más parecida es la Virgen de Berlín, grabado de 1468, de origen flamenco, la cual, salvo el Niño, es idéntica a la guadalupana, hasta el ángel que le toca el manto bajo sus pies.

Ya ha quedado mencionada, también, la imagen del monasterio guadalupano español, escultura ubicada en el coro, así como la ilustración de un antifonario en todo similar a la imagen del Tepeyac.

Recomendación de la Basílica

En 1981 apareció un libro con la recomendación entusiasta de la Basílica de Santa María de Guadalupe en la contraportada. Allí se expresa el “deseo de que su lectura enriquezca los conocimientos de los estudiosos y crezca de día en día la veneración a Santa María de Guadalupe”. Se trata de un análisis publicado en inglés bajo el título The Virgin of Guadalupe. An Infrarred Study, y traducido por el presbítero Faustino Cervantes, ferviente aparicionista, como La tilma de Juan Diego, ¿técnica o milagro? Sostiene uno de los autores, Philip Serna Callahan, católico y creyente en las apariciones, que “Las borlas, las mangas forradas de piel o armiño, los bordes dorados y las túnicas bordadas eran elementos usuales del gótico español, así como la introducción de decoraciones de influencia morisca, tales como la media luna”

La conservación milagrosa

Entre los detalles que nunca olvidan los creyentes en el milagro del Tepeyac se menciona una cierta “conservación milagrosa” de la imagen. Al parecer no han visto la imagen de cerca, pues señala el libro recomendado por la Basílica que: “Un examen superficial de la pintura manifiesta que el oro del resplandor en torno a la Imagen, de las estrellas y de la orla del manto azul, se ha ido desprendiendo con el tiempo. Los rayos solares dorados que rodean la Imagen se encuentran en muy malas condiciones, con grandes áreas en las que el oro se ha desprendido (Fig. 2). El resquebrajamiento del oro de la fimbria del manto y de las estrellas es mucho más difícil de observar, pero se nota bastante bien en la figura 2. (…) La flecha B (Fig. 2) señala una grieta en la fimbria dorada, y la flecha C una fina línea negra, puesta sobre el borde del manto azul para servir de guía al dorado de la fimbria”. Señala que esa línea negra debería haber quedado cubierta por el dorado de la orla, “y servir únicamente de guía a la pintura dorada, sólo que en algunos lugares el artista falló, dejando sin cubrir partes de la guía negra”.

En tal estado del milagro no es de extrañar que la Basílica deseara adelantarse a explicar este manifiesto deterioro. Así que permitió el estudio de la imagen con fotografía infrarroja.

“La fotografía infrarroja es una técnica que se emplea en los estudios críticos de pinturas antiguas. Es de gran valor para obtener información sobre derivaciones históricas, métodos de interpretación y validez de documentos y pinturas”, explica el libro citado.

A lo largo de sus páginas se conoce cuál es la intención de las máximas autoridades guadalupanas: salvar lo salvable. Así pues admiten, como veremos, que la imagen sufrió con los siglos una serie de alteraciones, siempre hechas con afán de mejorar el milagro. Pero que, bajo esas alteraciones, subsiste una imagen “inexplicable” por el estudio infrarrojo. Esa imagen es la original (Fig. 1): el bello rostro de la Virgen, la túnica rosa sin el bordado, el manto azul sin las estrellas y quizás un primitivo resplandor. Eso fue lo que se plasmó ante los ojos atónitos de fray Juan de Zumárraga. Luego le fueron añadidos el ángel, la luna, el bordado, las estrellas, los rayos dorados, el broche del cuello, el armiño de las mangas y las nubes anaranjadas que rodean toda la imagen y llenan el cuadro.

Así pues, lo que está agrietado y cayéndose es obra humana, si bien piadosa.

En cuanto a conservaciones “milagrosas” no está de más recordar que la Guadalupana no tiene más que 450 años. Muchos menos que pinturas más antiguas y que. antes de estar a buen resguardo de museos, padecieron no sólo humedades, sino maltrato, guerras, incendios, viajes sin empaque protector, bombardeos y cuantos males se ha propinado la humanidad a sí misma. Sin contar las catástrofes naturales. Recordemos que los frescos de Pompeya sobrevivieron a la erupción del Vesubio, a los gases venenosos que mataron a los habitantes, a las cenizas ardientes que todo quemaron y a dos mil años, no sólo 450. de olvido y lluvia. Y allí están, con esos rojos brillantísimos que la ciencia actual no ha logrado reproducir, con esos azules cerúleos “inexplicables” y esos tonos de pieles tan eróticos como recién pintados. Y, lo más curioso de todo: en buena parte son pinturas pornográficas.

El análisis infrarrojo

Dice el abad de Guadalupe en la contraportada del libro ya citado:

El autor de la presente traducción, con sus muy útiles notas críticas e históricas, el Pbro. Dr. Faustino Cervantes Ibarrola, nos da a los lectores de habla castellana la oportunidad de conocer un interesante estudio de los señores Philip Sema Callahan y Jody Brant Smith. escrito en inglés y basado fundamentalmente en las fotografías de rayos infrarrojos tomadas en forma directa del Sagrado Original de Nuestra Señora.

A continuación los resultados del estudio tan recomendado por la Basílica de Guadalupe:

Pienso que la luna y el moño fueron añadidos a la pintura antes que el resplandor del fondo, pero después de haberse formado el original fueron añadidos por manos humanas puesto que están descascarándose y porque, además desde el punto de vista artístico no están bien ejecutados ni acordes con la evidente belleza del resto del cuerpo y de las vestiduras. Debido a la tonalidad parduzca (sic) y al agrietamiento podemos suponer que el pigmento empleado en ellos es óxido negro de hierro. El moño negro, la luna y el cabello del ángel continuarán deteriorándose con el tiempo.

El manto azul:

Juzgo que el oro y el borde negro del manto azul, así como las estrellas doradas, fueron añadidos por manos humanas hacia fines del siglo XVI o principios del XVII. Tales decoraciones son típicas del estilo gótico español que caracteriza a este periodo. El azul del manto aparece como original, y de un pigmento azul semitransparente desconocido.

Se advierte también que una de las estrellas que se están desvaneciendo cae sobre el borde negro (Fig. 3). El orden en el que fueron pintadas las añadiduras humanas de este período es el siguiente: primero el resplandor, luego la franja negra y sobre ésta la fimbria dorada, y finalmente las estrellas (…) en ocasiones las estrellas sobrepasan el perfil negro de la fimbria (Fig. 4), lo cual prueba que fueron ellas la última decoración añadida a las vestiduras originales.

La túnica rosa:

El acercamiento de la cruz negra del broche en el cuello (Figs. 5 y 6) muestra que éste está agrietándose en el borde, y que fue pintado con el mismo pigmento que la franja negra (…) Es muy interesante notar que la más antigua y decorada Virgen de la Merced que se encuentra en el Museo de Arte de Cataluña, en Barcelona, lleva al cuello un broche semejante. Esta pintura, con excepción del primitivo rostro europeo, tiene exactamente la misma forma que la Virgen de Guadalupe. La Virgen de la Merced del siglo XV es mucho más elaborada, pero el manto ribeteado en oro, la túnica bordada, las mangas rematadas en armiño, las manos plegadas y el rostro inclinado en meditación imitan sorprendentemente a la Virgen de Guadalupe.

Lo más sorprendente es que una imagen un siglo más antigua “imite” a la Virgen de Guadalupe. Ignoro si el resbalón es de los autores o del entusiasta traductor pues no tengo el original inglés a la mano.

“El origen del pigmento rosa (de la túnica) parece ser inexplicable”, comenta Sema Callahan, inexplicable a la luz infrarroja. Pero luego es demoledor con el bordado de la túnica: “Ningún artista competente hubiera trazado las líneas doradas planas del bordado encima de los pliegues de la túnica, como puede verse claramente en las figuras 8 y 9” (que en estas páginas aparecen como 3 y 7). Se refiere a que el bordado de la tela no sigue los pliegues, sino que los pasa por encima. El ángel y el pliegue inferior:

Toda la porción inferior del cuadro es una añadidura gótica del siglo XVII y constituye un verdadero enigma. Es un mediocre diseño. Los brazos del ángel son burdos, desproporcionados y evidentemente añadidos para sostener a la Virgen María.

Y sobre el pliegue inferior:

El hecho es que algún artista poco capaz copió con grandes trabajos el “pliegue de tilma” (un jeroglífico azteca que indicaba en los códices las tilmas de un tributo) en la parte inferior de la túnica de la Virgen. La mitad de la luna fue cubierta por el pliegue inferior de la túnica, y se transparentó a través de ésta en la zona que baja de la línea BC hasta la parte visible de la luna (Fig. 8). El “pliegue de tilma azteca” está además acentuado por la desafortunada línea negra (D), que hace ángulo en la parte interior de la túnica. Esa misma línea fue pintada sobre el pie, pero ya se desprendió (E).

Las manos:

Las manos son la parte más alterada de la pintura. Por alguna extraña razón fueron modificadas en el original. Un examen a corta distancia permite descubrir rasgos de los dedos originales de la mano izquierda, cuyas puntas se prolongaban más allá de las actuales (Figs. 5 y 6). Los dedos originales de la mano izquierda deben haber sido por lo menos unos doce milímetros más largos (…) La parte superior de la mano izquierda y la inferior de la derecha han sido perfiladas en negro para acentuar la nueva forma, más corta.

Dice la conclusión:

Las manos fueron retocadas para acortar los dedos y convertir las manos de esbeltos dedos formados originalmente, en dedos indígenas más cortos. Los brazaletes dorados y los puños de armiño fueron añadidos para acomodar la Imagen al modelo gótico. Las manos originales están hechas con un pigmento desconocido y son inexplicables.

El fondo:

Quizás el fondo blanco-naranja-nebuloso sea fresco (pintura embebida en yeso fresco, como los murales de la Capilla Sixtina). Se está deteriorando, desvaneciendo y agrietando de manera muy parecida a la que ocurre con los antiguos murales indígenas. La verdad es que dicho fondo no habrá de durar más que el moño, la luna, los rayos dorados y el ángel (…) Considero que el fondo está pintado con una técnica al fresco, y el ángel al temple.

Como puede verse, las autoridades guadalupanas se preparan a afrontar un hecho inevitable: la Virgen de Guadalupe muestra un avanzado deterioro, cada vez más difícil de ocultar. Así que se admite que es la obra humana, añadida por manos devotas, la que sufre por la acción del tiempo. Bajo esta obra terrenal, a veces tosca, permanece el original inexplicable para la ciencia… cuando por “ciencia” se considera una cámara Nikon F, una Pentax MX y película Kodak sensible al infrarrojo y nada más.

El mito laico

Y con todo, los historiadores están de acuerdo al menos en un punto: sí hubo un milagro realizado por la Virgen de Guadalupe y éste es la construcción de la nación mexicana. Es una frase hueca que expresa el inmenso centralismo de este país, incluido el que se da entre nuestros mejores pensadores, es un mito chilango.

En Guadalajara no hay fiesta religiosa más importante que la de la Virgen de Zapopan si hemos de medirla por la asistencia. Los peregrinos que llevan a la Virgen de regreso a su basílica rebasan el millón. La Virgen de San Juan de los Lagos convoca todavía mayores multitudes que llegan desde Chicago y California.

Pero es cierto que en los últimos 25 años la popularidad de la Guadalupana ha crecido. Ello se debe a dos grandes promotores de ese culto: Televisa y el actual Papa. En el Santuario de Guadalupe, la iglesia levantada en Guadalajara a esa advocación de María apenas a fines del siglo XVIII, ha habido siempre una fiesta importante, pero no mucho más que la de cada santo patrón en cada una de las iglesias, al menos así fue hasta mediados de los años sesenta. Ahora ha cobrado vigor, pero sigue siendo incomparable con la gran celebración del 12 de octubre, cuando la Virgen de Zapopan, que peregrina de iglesia en iglesia de Guadalajara por todo el verano, regresa a su casa. La diferencia se explica porque Televisa, antes que el Papa, se dio a la tarea de convocar a las estrellas más populares de la canción para llevarle las “mañanitas” a la Virgen del Tepeyac. Y Televisa tiene una cobertura nacional que apenas en años recientes viene siendo igualada por Televisión Azteca, otra televisora de la ciudad de México que se desboca de año en año desde días antes del 12 de diciembre y en esta fecha entra en decidida competencia con Televisa por arrebatarse el milagro “nacional”.

¿Cuáles son los datos duros que permiten a nuestros historiadores sostener que la nación mexicana se formó en torno del culto a Guadalupe? Que el cura Hidalgo la haya tomado como su primer bandera no es sino una anécdota. El levantamiento de Hidalgo fracasó rotundamente antes de un año a pesar de la Morena del Tepeyac, lo cual no habla muy bien de ella como patrocinadora de la nación. ¿Cuál otro? El imperio chilango, que llama “zócalo” a todas las plazas centrales del país entero, quiere hacer de su virgen el núcleo en torno al cual se condensó la nación. Nadie ha escuchado elementos para fundamentar esa sonora afirmación que no es sino un coqueteo con los aparicionistas: si no se apareció a Juan Diego ni existió este personaje, al menos sí hay un milagro de la virgencita patrona de la capital: México mismo. Suena poético, pero es, una vez más, poner al país literalmente de rodillas ante la capital de la república.

Con ganas de creer

Es difícil pensar que la imagen del Tepeyac sea una simplona impostura española tramada para cristianizar indios. El cambio de una imagen pagana por la de la Virgen no habría tenido el pasmoso resultado que, como vimos, sigue creciendo como las ondas en el agua, ondas guadalupanas ahora impulsadas por horas de televisión, la gran vendedora, la gran mitificadora, la gran creadora de cultos laicos a figuras de estrellitas y cantantes que nadie serían sin el pedestal de la televisión. El proceso tuvo que ser más complejo y éstos pudieron ser los pasos.

Apariciones actuales

Antecedente contemporáneo: se ha observado la gran facilidad con la que fenómenos naturales producen “guadalupanas” por doquier: una en el piso de una estación del Metro en la ciudad de México, otra en un tinaco de Tlalneplanta, otra en las formas iridiscentes de una fachada recubierta de vidrios polarizados en Houston, otras en árboles caídos, la más reciente en Tabasco. Tales imágenes se llenan inmediatamente de veladoras y comienzan a hacer milagros si le cree uno a las personas que las veneran. En la mayor parte de estos casos se trata de humedad, como quedó bien establecido en la “Guadalupana” formada en un lugar tan poco propicio a la devoción como fue el suelo de mármol en el pasillo de una transitada estación del Metro. La imagen, pisada por todos mientras no fue circundada de veladoras por algunas almas piadosas, está hecha de carbonatos y agua trasminada por el grano poroso del mármol. Los creyentes consiguieron que fuera levantado el segmento de suelo bendecido por una nueva aparición y que se le construyera una pequeña capilla. ¿Se apareció la Virgen? Sí, indudablemente se apareció y ya tiene su lugar de culto. La Virgen de Guadalupe del Metro es a todas luces inexplicable a la luz de la ciencia, pues aunque se diga que son carbonatos, ¿cómo fue que esos carbonatos formaron la sagrada imagen? Para quien elimine la intervención del azar queda la voluntad divina o el amor de la Virgen por su pueblo o cuantas ideas se le puedan ocurrir a un buen predicador, como lo fue Miguel Sánchez. Pero… es una mancha de humedad en el mármol de una estación del Metro.

Algo muy similar pudo ocurrir con la imagen del Tepeyac, salvo que, a diferencia del milagro contemporáneo, no hubo televisión ni diarios que dejaran memoria del origen profano del icono: reacción de la cal del mármol con el agua de un derrame subterráneo en el caso de la Guadalupana del Metro. Así que numerando, los pasos que produjeron la imagen podrían ser:

1. La primera imagen en la ermita del Tepeyac, sobre el antiguo altar de Tonantzin, bien pudo ser, como sostiene De la Maza, una imagen hecha de flores y colocada allí con el evidente propósito de cristianizar la imparable peregrinación india al antiguo santuario pagano. Eran frecuentes las imágenes de flores, dice el mismo autor, por la escasez de pintores formados en la escuela europea de pintura. Las flores pudieron estar sobre un tejido burdo: la “tilma de Juan Diego”, para sostenerse. La imagen pudo ser la Guadalupana española por la sencilla razón de que hasta Hernán Cortés era su devoto por ser extremeño, región donde se encuentra la Sierra de Guadalupe y se apareció la Virgen a un pastorcillo a principios de los años 1300. Pero no la imagen principal del monasterio, que es una de esas figuras triangulares como la Virgen de Zapopan o la Virgen de San Juan de los Lagos, y en nada se parece a la Guadalupana del Tepeyac, sino la escultura colocada en 1499 en el coro del Monasterio de Guadalupe, que presenta todos los rasgos de la Virgen mexicana: el ángel a sus pies, la luna morisca en cuarto creciente, los rayos rodeándola, el manto con estrellas. Salvo que esta escultura tiene al Niño en brazos y la mexicana no. Se eliminó al Niño para no pagar derechos al Monasterio de Guadalupe.

Así pues, la imagen de flores tiene la figura de la Guadalupana española, pero la colocada en el coro de aquel monasterio extremeño.

2. Al secarse las flores, su humedad y quizá la del muro atrás de la tela, formaron ese contorno que, hemos visto, resulta fácil de crear por el azar de fenómenos tan poco dignos como un tinaco chorreante o el suelo inmundo de un pasillo. La Virgen se apareció tanto en ese oscuro momento de inicios de nuestra historia, como se apareció hace un par de meses en Tabasco.

3. El sermón fulminante del padre Bustamante habla de “la imagen pintada por el indio Marcos”, quien, como vimos, debió ser Marcos Cipac de Aquino, buen pintor citado por Bernal Díaz del Castillo. Quizá Marcos retocó la imagen “milagrosa”, apenas una silueta como lo es la del Metro o la del tinaco o la de Tabasco, con pocas y diestras pinceladas en el rostro, coloreó la túnica de rosa y el manto de azul. Esta fue la imagen primitiva hoy reconocida por la Iglesia como la única “inexplicable”.

4. Los nombres “Tonantzin” y “Guadalupe” adquirieron visos de sinónimos y podían ser intercambiados sin perjuicio de las nuevas creencias cristianas de los indios porque los propios misioneros, cuando comenzaron a hacer su prédica cristiana en náhuatl, debían traducir, cada que en castellano la idea era “Nuestra Madre”, o sea la Virgen madre de Cristo, al náhuatl de su predicación, donde esa misma idea se expresa con “Tonantzin”. Así que, al mostrar cualquier estampa de una advocación europea de la Virgen: la del Pilar, la de la Merced, cualquiera, era religiosamente correcto, para quien hablara náhuatl, llamarla Tonantzin. Es como ocurre con el nombre de Dios, que en inglés es God, en francés Dieu, en griego Theós y en árabe Alá. Quien sea cristiano y desee referirse a Dios en árabe deberá decir Alá, como dirá God si habla inglés. “Nuestra madre” se dice “Tonantzin”.

Pero “Tonantzin” no era sólo la expresión que significa “nuestra madre”, sino el nombre propio de una diosa particular, la diosa venerada en el Tepeyac. Así que los buenos frailes franciscanos debían responder afirmativamente cuando un indio preguntaba en náhuatl si la imagen que veía era Tonantzin. Sí, lo era. Pero el fraile pensaba en la Madre de Dios y el indio en el antiguo ídolo de sus tiempos paganos.

Todavía ahora, los indios de algunas regiones cercanas al santuario de Chalma, llaman Tonantzin a la Virgen de Guadalupe.

5. Se acogieron a ella con un fervor que explica bellamente Octavio Paz en el Prefacio a Quetzalcóatl y Guadalupe, de Jacques Lafaye:

Madre de dioses y de hombres, de astros y hormigas, del maíz y del maguey, Tonantzin / Guadalupe fue la respuesta de la imaginación a la situación de orfandad en que dejó a los indios la conquista. Exterminados sus sacerdotes y destruidos sus ídolos, cortados sus lazos con el pasado y con el mundo sobrenatural, los indios se refugiaron en las faldas de Tonantzin / Guadalupe: faldas de madre- montaña, faldas de madre-agua.

6. Posteriormente, y a lo largo de los siglos, manos apresuradas y sobre todo poco diestras quisieron mejorar la imagen y fueron añadiendo las partes más desafortunadas de la Guadalupana: un ángel con brazos desproporcionados, una luna plateada que pronto se volvió negra por haberse empleado nitrato de plata, un extraño pliegue que parece un trozo de cartón duro sobre la luna, una raya negra sin ningún sentido y que sale de la mano izquierda del ángel, las estrellas, el ribete dorado, los rayos de hoja de oro y el fondo de nubes. El peor daño contra la bella imagen original fue el atroz recorte de las manos con un pincel burdo y trazos negros.

La más reciente modificación de la Virgen de Guadalupe fue la desaparición de la corona de picos a fines del siglo pasado y para facilitar su coronación. A la luz infrarroja del estudio mencionado, reapareció parcialmente la antigua corona. n

Luis González de Alba Escritor. Su más reciente libro es Cielo de invierno.

No queráis, como Herodes, ver milagros y novedades por qué no quedéis sin respuesta: lo que Dios pide y quiere son vidas milagrosas, cristianas, humildes, pacientes y caritativas, porque la vida perfecta de un cristiano es continuado milagro en la tierra. Fray Juan de Zumárraga. primer obispo de México. Regla Cristiana.

1. Francisco de la Maza: El guadalupanismo mexicano. Fondo de Cultura Económica, México, 1986.

2. Fray Fidel de Jesús Chauvet: El culto guadalupano del Tepeyac. Sus orígenes y sus críticos en el siglo XVI. Centro de Estudios Bernardino de Sahagún, A.C., México, 1978.

3. Frav Fidel de Jesús Chauvet: Op. cit.

4. jacques Lafaye: Quetzalcóatl y Guadalupe. Traducción de Ia Vitale y Fulgencia López Vidarte. Prefacio de Octavio Paz. Fondo de Cultura Económica. México, 1985.

5. Francisco de la Maza: Op. cit.

6. Ibidem.

7. Philip Serna Callahan y Jody Brand Smith: La tilma de Juan Diego, ¿técnica o milagro? Traducción y notas Pbro. Faustino Cervantes I., Alambra mexicana, México, 1982.