Caminando descalza sobre una playa del Caribe mexicano, bajo la noche impredecible y acogedora, acompañada por el recuerdo de una estrella que al ceder la tarde irrumpió en el violeta del cielo, dispuesta a dar un deseo a quien se lo pidiera con fervor, tuve la clara sensación de que el mundo puede ser cruel mil veces, porque a cambio nos deslumbra otras tantas.

El mar abierto, junto al que caminábamos, había tenido una mañana de paz inusual en esa zona que suele mostrar olas embravecidas, olas capaces de convertir en peces a simples amantes. Esa noche seguía, como durante la mañana, más tibio que arisco, más callado que enardecido, pero yendo y viniendo sin tregua, porque así va el mar siempre: calmo, fiero, pero nunca quieto.

No pudimos quedarnos sólo viéndolo, mirarlo era sentirse convocados. Así que a la vera de una casa dejamos la ropa y corrimos al agua como si no lleváramos medio día dentro. Fue entonces, al detenerme a desatar la traba de mi sandalia, cuando leí la cita de Tagore que los dueños de la casa inscribieron sobre su pared: “No temas al instante, dice la voz de lo eterno”.

Alrededor estaba oscuro y aun así el agua se empeñaba en el brillo turquesa de sus pliegues, en la eterna voz de su ir y venir.

Hace rato, mucho rato que no soy adolescente, y sin embargo siempre vuelvo a serlo cuando corro al encuentro con el mar. Entonces, como ellos, como los hermosos y desgarrados niños que han dejado de serlo, no le temo al instante: lo venero, me apasiona, me deslumbra, me reta.

En momentos así, creo entender con nitidez el valor, el deleite y la fuerza con que mis jóvenes hijos y sus amigos se meten en las noches de la ciudad de México como quien entra en la paz de una fuente. O salen a la carretera oscura tras bailar hasta la madrugada, o caminan junto al precipicio del desamor, o se abrazan como si nunca fueran a perderse. Desconocen el miedo, los deslumbra y apasiona el mundo. Como nos sucedió a nosotros tantas veces. Y no hay desencanto que los arredre, ni quemazón que los ahuyente, ni mar que no los encandile.

Creo que ir hacia el año nuevo, el siglo nuevo, el nuevo milenio, libres de tan presos en el valor de cada instante, puede ser la mejor manera de sobrevivir al agobio de todos los significados que hemos puesto en la llegada de los próximos días. Si el tiempo lo inventamos los humanos, podemos escondernos de su cuenta obsesiva y concentrar nuestras fuerzas, nuestro talento, nuestro imprescindible valor, en la emoción que debería darnos cada instante de vida.

¿Qué va a ser de nosotros el próximo milenio? No sé. No sabemos. Sabemos sí que el milenio entero estará hecho de instantes, que nuestras vidas, frente a la eternidad del mar o los volcanes, son un instante al que debemos entregarnos sin reticencia, sin temor, ávidos y esperanzados como peces, como amantes, como niños que apenas hace poco lo eran.

Tengo una amiga a la que no me canso de admirar. Hace como un año, qué más da cuánto más, las grandes pérdidas duran todos los instantes, perdió a su único hijo. Y con tal pérdida sobre los hombros camina por la vida, y entrará en el nuevo milenio, intensa y hasta sonriente, dando oídos y cariño incluso a las trivialidades ajenas. Estaba yo haciendo las reflexiones en torno al instante y la eternidad que ustedes acaban de leer, cuando debí enviarle un correo electrónico a España, donde ella vive. Como uno sabe con quién conversa qué, le mandé la página con mis instantes de esa mañana junto con un beso de despedida. Ayer, al regresar de un viaje, encontré en el correo el tesoro de su respuesta y me he atrevido a robarle una parte para compartirla con ustedes, como un breve pero elocuente regalo de Navidad. Dice así:” Yo también he estado cuatro días en una playa en el sur de España, con buen clima. He caminado cada día entre cinco y seis kilómetros, por la playa, con tiempo para reflexionar sobre mí, sobre mi vida, sobre lo que he tenido y ya no tengo ni podré recuperar. Y me ha sorprendido verme sin amargura, pudiendo aún disfrutar de las formas caprichosas de las piedras, del color del mar, de la temperatura, de sentirme bien por dentro, aunque carezca de tantas cosas… Y al final, todo me lleva a lo mismo: la vida es instantes, y tengo la obligación de gozar de cada uno de esos instantes y, sobre todo, me siento con capacidad para identificar cada uno de ellos y disfrutarlos. Cuando en los momentos de mayor angustia, de mayor tristeza, cuando todo es color ala de mosca y parece que el resto de la vida va a ser así, de pronto uno descubre que con un esfuerzo, a veces más grande de lo que uno piensa que es capaz de hacer, el color va cambiando y, todo lo que parece brumoso, se va aclarando y se puede seguir viviendo, con mucho peso en la mochila, pero viviendo y sabiendo que quiere uno vivir, entonces, creo yo, se reconoce el valor de los instantes”.

Angeles Mastretta
Escritora. Su último libro es Ninguna eternidad como la mía.