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En octubre se cumplieron 150 años de la muerte de Federico Chopin. A manera de homenaje, este ensayo intenta descifrar el enigma de su muerte, pues, según parece, no fue la tuberculosis lo que aceleró el desenlace.


A finales de 1838 llegan a Palma de Mallorca cuatro viajeros provenientes de París. Ella es Aurora Dupin, escritora, tiene 34 años de edad y está considerada, bajo el nombre de George Sand, como la francesa más famosa de la época. La acompañan sus dos hijos: Mauricio de 15 años y Solange de 10. La pareja de Aurora es un hombre de 28 años, estatura mediana, muy delgado, porte distinguido, aspecto enfermizo y tan célebre como ella: el pianista y compositor polaco Federico Chopin.

George Sand se había separado hacía años de su marido y vivía en París una vida turbulenta. Eran muchas las razones por las que no pasaba desapercibida: el éxito de sus novelas, su costumbre de vestir trajes de hombre, y su afición por fumar puros y coleccionar amantes, entre otros, los señores Gransagne, Sandeau, Merimée, Musset, Michel, Didier, Mallefille y tal vez Lamennais, un cura excomulgado, pasando por breves aventuras románticas con la actriz María Dorval y con la cantante de ópera Paulina García. Para algunos, era la historia de una frigidez en busca de consuelo.

La desigual pareja había decidido huir del invierno frío y húmedo de París en busca de un ambiente más propicio para la frágil salud de Federico y de Mauricio, con la ventaja adicional de escapar con el viaje a los posibles efectos de los celos del señor Félicien Mallefille, dramaturgo mediocre, que protestaba con gritos, aullidos y amenazas de muerte frente a la casa de Chopin, por haber perdido a su amada George Sand.

Federico sufría desde joven problemas respiratorios, agravados ahora por el invierno parisino. A Mauricio lo aquejaban problemas reumáticos; para ambos la fórmula habitual hubiera sido un viaje a la Costa Azul o a Italia. Sin embargo, Mallorca ofrecía a la célebre pareja el atractivo del anonimato.

Todo hacía esperar que la estancia en las islas Baleares sería un éxito. El viaje de Barcelona a Palma a bordo de “El Mallorquín” fue excelente, Chopin estaba “fresco como una rosa y rosado como un nabo”. La belleza del lugar los dejó maravillados, pero no había hotel ni posada adecuados en la ciudad, encontraron sin embargo una casa a seis kilómetros de Palma, llamada “Son Vent”. Chopin escribió:

Estoy en Palma entre palmeras, cedros, cactus, olivos, naranjos, limoneros, áloes, higueras, granados… en fin, todos los árboles que poseen los invernaderos del Jardín de Plantas. El cielo es turquesa, el mar de lapisláluzi; las montañas de esmeralda, y el aire como el del cielo. Sol todo el día. Todo el mundo viste como en verano pues hace calor… Por la noche, durante horas se oyen cantares y el sonido de las guitarras… En resumen: ¡una vida admirable!

Además de la casa, alquilan tres piezas y un jardín en la Cartuja de Valdemosa, inmenso y magnífico convento abandonado en medio de las montañas. Federico se las promete felices: “Voy a vivir en un claustro maravilloso situado en el paraje más bello del mundo, tendré el mar, las montañas, palmeras, un viejo cementerio, una iglesia teutónica, las ruinas de una mezquita, olivos milenarios”. El joven compositor realiza largas excursiones con Mauricio, según él: “Vivo más, estoy junto a lo más bello del mundo”, tiene, en efecto, la compañía, el afecto y la comprensión de una mujer excepcional en más de un sentido. La casa del señor Gómez, el rico burgués que les alquiló “Son Vent”, es adecuada para la época de secas, pero pronto se inician las lluvias; la humedad hincha las paredes y los braseros, a falta de chimenea, despiden un humo asfixiante. Súbitamente, Chopin empieza a toser y cae en cama. La tos arrecia y Sand decide pedir la ayuda de los médicos de Mallorca.

Estuve enfermo como un perro durante estas últimas dos semanas —escribiría el 3 de diciembre—. Me resfrié a pesar de los 18 grados de calor, las rosas, los naranjos, la palmeras y las higueras. Tres médicos —los más célebres de la isla— me examinaron. Uno olfateaba lo que yo había expectorado, otro percutía el lugar de donde yo había expectorado y el otro me auscultaba mientras yo expectoraba. El primero dijo que me iba a morir, el segundo que me estaba muriendo y el tercero que ya me había muerto.

Los médicos diagnosticaron “consunción” y recetaron emplastos, cataplasmas, sangrías y dieta a base de leche. Chopin se negó terminantemente a acceder a las sangrías, al recordar la trágica muerte de su pequeña hermana. En efecto, Emilia había muerto en Polonia, más a consecuencia de la anemia aguda producida por las sanguijuelas y las sangrías, que por la enfermedad pulmonar que padeció. George Sand también se opuso a las sangrías, a pesar de que los galenos mallorquines insistieron en que su amigo moriría si no era sangrado.

El reposo en cama surtió efecto y Chopin empezó a mejorar. Sin embargo, las complicaciones sólo se iniciaban. Como era su obligación, los médicos declararon a las autoridades que el pianista era “tuberculoso”, al enterarse, el señor Gómez envió una carta tajante en la que les pedía abandonar su casa y pagar los gastos de renovarla y comprar nuevas sábanas, para evitar el contagio de la enfermedad.

La propia George Sand comentó: “A partir de entonces los habitantes del lugar nos miraban con disgusto y horror. Estaban convencidos de que teníamos consunción que, de acuerdo a la experiencia de los españoles con la epidemia, es sinónimo de plaga en las ideas prejuiciadas sobre el contagio que tiene la medicina española”.

Recordemos aquí que en esa época los españoles tenían una noción clara de la naturaleza contagiosa de la tuberculosis, a diferencia de los franceses, quienes no tomaban medidas preventivas ante un caso de infección pulmonar.

Además de la tos de Chopin, los lugareños estaban alarmados por los pantalones de George y de Solange, porque la pareja no estaba casada y, peor aún, por el hecho de que la extraña familia francesa no asistía a misa. Para evitar mayores problemas el cónsul francés Fleury ofreció alojarlos temporalmente en su casa mientras amainaban las torrenciales lluvias y se mudaban al monasterio de Valdemosa.

Lamentablemente las habitaciones del monasterio eran frías y húmedas, las lluvias volvieron y la estufa despedía un olor irritante y nauseabundo que pronto agravó la tos de Chopin. A mediados de diciembre la tos, la fiebre y la expectoración con sangre lo habían debilitado. Con grandes esfuerzos compuso varios preludios en un horrendo piano, mientras madame George escribía febrilmente (como era su costumbre) y los hijos paseaban o iban a comprar comida.

Chopin, en alguna ocasión en la que sus acompañantes se retrasaron, lanzó un grito de terror al verlos, pues en sus delirios febriles había imaginado que ya habían muerto. George Sand escribió: “Nuestra estancia en Valdemosa fue un tormento continuo para él y para mí… No puede haber un compañero más delicado, generoso y leal que él… Por desgracia tampoco puede haber uno más desequilibrado y más embrollado en extrañas fantasías… Todo era efecto de su enfermedad”.

La hostilidad de los lugareños iba en aumento. Les retiraban la mano cuando la extendían para saludarlos, les duplicaron primero y luego triplicaron el precio de los alimentos y la leche recomendada por el médico nunca alcanzaba su destino, pues terminaba en los estómagos de los encargados de transportarla. George Sand dijo: “Estamos finalmente solos como en el desierto… A medida que avanza el invierno la tristeza paraliza mis esfuerzos por permanecer alegre y serena”.

Hacia mediados de febrero el barco “El Mallorquín” reinició sus viajes a Barcelona. Chopin fue trasladado en una incómoda carreta a través de las rutas montañosas. Al llegar manchó la acera del puerto a consecuencia de un terrible acceso de tos con sangre. Para colmo, además de los viajeros, el barco llevaba un cargamento de cerdos mareados que recibían frecuentes latigazos, según costumbre de la época. Los chillidos y la peste de los animales, aunado al hecho de que el capitán dio a Chopin la peor de las cabinas por estar enfermo, hicieron del corto viaje una verdadera pesadilla. ¡George Sand juró no volver a dirigirle la palabra a un español! Entre sus muchas quejas estaba la de que uno de los médicos de Mallorca tenía un ayudante tan sucio que Chopin se negaba terminantemente a que lo tocara para tomarle el pulso.

Al llegar a Barcelona subieron a un barco de guerra francés y milagrosamente el capitán del barco logró que Chopin se restableciera casi por completo, de forma que pudiera continuar el viaje a Marsella, donde se alojaron en casa del doctor Cauvières, profesor de la Facultad de Medicina de Marsella. El médico, que tenía reputación de excelente clínico, consideró por la rápida mejoría del paciente que Chopin no padecía tuberculosis. En palabras del compositor: “Ya sólo toso un poco en las mañanas y todavía no me consideran tísico. No bebo café ni vino, sólo leche, me mantengo abrigado y tengo semblante de señorita”.

La salud del pianista siguió mejorando, pasó el verano en la casa de Sand, en Nohant, en las afueras de París, y en el otoño se trasladaron a la capital, donde volvieron a su vida habitual. Antes de viajar a Mallorca, George Sand tuvo la previsión de llevar a Federico a consulta con el doctor Pierre Marcel Gaubert quien aseguró que Chopin no tenía tuberculosis; le dijo en cambio que el aire limpio, el descanso y el ejercicio lo salvarían. Así pues, los médicos que examinaron a Chopin antes y después de su viaje a Mallorca insistieron en que el compositor no sufría de tuberculosis. Sin embargo, todos los biógrafos de Chopin consideran, sin dudas, que la tuberculosis fue la enfermedad que lo afectó desde muy joven y finalmente le ocasionó la muerte.

Federico fue hijo de Nicolás Chopin, un labriego francés emigrado a Varsovia, donde tenía éxito como profesor relacionado con la alta sociedad polaca. Su madre, Justina Krzyzanowska, fue una aristócrata sin fortuna, educada y discreta. El músico vivió sus primeros años en un cálido ambiente femenino, como hijo único en medio de tres hermanas, creció lleno de mimos y dietas especiales.

Al parecer su salud delicada hizo que no fuera enviado al liceo sino hasta los trece años. Antes había recibido durante cinco años clases de música de un violinista checo, Adalberto Zwyni. El talento de Chopin como pianista autodidacta y como compositor le había merecido honores considerables desde el inicio de su juventud. Sin embargo, la carta de Nicolás Chopin al ministro de instrucción pública Grabowski solicitando le concedieran a su hijo una beca para estudiar tres años fuera de Polonia fue contestada por el gobierno con el siguiente argumento: “Los fondos públicos no se pueden disipar en apoyo a semejantes artistas”(!).

A los veinte años, Federico emigró a París donde continuó con gran éxito sus tareas de compositor, intérprete excepcional y maestro de piano, y se convirtió en figura indispensable en los salones más exclusivos de la alta burguesía francesa.

Desde niño, los médicos de familia le prescriben a Federico comer avena, beber extracto de bellotas tostadas, dormir mucho y realizar estancias prolongadas al aire libre; en conjunto, la receta de la época para tratar las afecciones bronquiales.

A los 16 años permanece varios días encamado con los ganglios del cuello inflamados y, siguiendo la tradición médica, cubierto de sanguijuelas. Ese mismo verano va a descansar a la estación termal de Reinerz, en la frontera polaco-checa, en compañía de su madre y de sus hermanas Luisa y Emilia. Esta última está ya muy enferma y morirá al año siguiente a los catorce años, según la tradición, por “tuberculosis”. En ese año Chopin escribe: “Tés, veladas, bailecitos, todo ha sido suprimido por orden del médico de la familia. Bebo eméticos y, al igual que los caballos, me alimento de avena”.

Además de lo que se califican como “resfriados”, Federico sufre con frecuencia de periodos depresivos. La condesa de Agoult, amante de Franz Liszt, escribe: “Chopin tose con una gracia infinita”. Y al referirse al carácter inestable del compositor, comenta: “Lo único permanente en él es la tos”. Como muchos otros artistas, Chopin mostró a lo largo de su vida signos de inestabilidad emocional, pero no hay indicaciones de que éstos representaran la existencia de una padecimiento psiquiátrico. De hecho, los años de mayor creatividad fueron justamente aquellos en los que se manifestaron la enfermedad pulmonar y las crisis depresivas pasajeras; esto es, entre los 29 y los 36 años. El propio Federico lo dijo: “En el piano expreso mi desesperación”.

Los inviernos agravaban su padecimiento respiratorio y lo obligaron a descansar en los veranos en estaciones termales como Enghien-les-Bains, Marienbad o Karslbad. En el invierno de 1835 tiene una recaída severa, al grado que llega a Varsovia la noticia de su supuesta muerte. Además, los padres de su paisana María Wodzinsky se oponen a las relaciones entre ellos, por la enfermedad del compositor.

El siguiente invierno, a los veintisiete años, Federico volvió a enfermar y estuvo en cama varias semanas con fiebre, tos y expectoración sanguinolenta, en lo que sus biógrafos consideran el inicio de la tuberculosis.

En Marienbad una de sus amigas escribió: “Siempre estaba pálido y tan cansado que no se daba cuenta de lo que pasaba a su alrededor. Siempre estaba enfermo y muy nervioso, al verlo uno tenía la impresión de saber que era uno de los escogidos por Dios para morir joven”.

Durante 1837 continúan los síntomas de deterioro de su enfermedad, pasa varias semanas en cama con tos y expectoración con sangre, para lo que le recomiendan tomar hielo. Chopin mide 1.70 metros de estatura, pero su peso es de solamente 45 kilogramos. En los años siguientes la enfermedad de Chopin continúa su progresión, manifestándose sobre todo por tos matutina con expectoración. Poco después realiza el viaje a Mallorca al que se aludió anteriormente.

Hacia los treintaicuatro años aún los movimientos corporales mínimos le provocan dificultad para respirar, por lo que tienen que cargarlo para ahorrarle el esfuerzo de subir a pie las escaleras. Los inviernos acrecientan la sintomatología, desesperado decide consultar a médicos homeópatas. Chopin recibe el cuidado esmerado, más materno que conyugal, de George Sand. Tan es así, que ella comenta: “Durante siete años he vivido como una virgen con él”.

En 1847 la relación entre el compositor y la escritora empieza a deteriorarse al grado que, abrumados por las diferencias entre Chopin y Mauricio y sus desavenencias en relación a la vida de Solange, se produce la ruptura definitiva. A partir de su separación de George Sand, la salud de Chopin empieza a declinar rápidamente con continuos accesos de lo que sus médicos llaman “gripe” o “ataques de asma”. Al rápido deterioro físico y anímico se aúna la terminación de un periodo de gran creatividad musical: entre 1848 y 1849 su producción musical fue casi nula. A los treintaiocho años inicia una absurdo viaje de ocho meses a Inglaterra, que acaba por minar las pocas energías que le quedaban: durante ese lapso de tiempo se cambió de alojamiento casi sesenta veces (!). En octubre de 1848 confesó:

Me siento cada vez más débil y no pude escribir. Toda esta mañana, por ejemplo, no hice nada hasta las dos de la tarde, cuando me vestí. Todo me molesta. Tengo que resistir hasta la cena, cuando mi buen Daniel me sube a mi dormitorio, me desviste, me pone en la cama, prende las velas, es hasta entonces cuando puedo recuperar el aliento y puedo soñar, hasta que llega el momento de volver a comenzar de nuevo la misma rutina.

En noviembre, su situación se agrava con la aparición de hinchazón de las piernas: “Apenas puedo arrastrarme. Estoy más débil que nunca. Estoy completamente hinchado por neuralgia, no puedo respirar ni puedo dormir y no he dejado mi cuarto desde hace tres semanas”. Los cambios de doctores siguen a la orden del día, pasa de homeópatas a alópatas y viceversa, inclusive consulta con algún charlatán supuesto experto en tratamientos por magnetismo. En total, Chopin consultó a no menos de cincuenta médicos en toda su vida. ¡Todo un récord!

A mediados de 1849 manda llamar a su hermana Ludwika previendo el desenlace de su enfermedad. Al mismo tiempo empiezan a aparecer nuevos síntomas: diarrea, sudoración profusa y dificultad para hablar que en ocasiones le obliga a comunicarse mediante señas.

En septiembre de ese año su hermana Ludwika, desesperada por la situación, pide la consulta de tres de los médicos más importantes de Francia: Jean Cruvelhier, Pierre Louis y Jean-Gaston Blanche, éste último es pediatra. Todavía Chopin tuvo el ánimo de comentar que finalmente sería el pediatra el que encontraría remedio a sus males, porque en él “había mucho de niño”.

En alguna ocasión también escribió: “Los médicos tantean, pero no alivian. Todos están de acuerdo en el reposo, que sólo lo tendré algún día sin ellos”. El resultado de la consulta de los expertos fue simplemente recomendar que se cambiara a un apartamento con vista al sur, por lo que lo trasladaron a un edificio de la Plaza Vendóme. El relato de sus últimos días es confuso por la existencia de numerosas versiones contradictorias. La agonía del compositor se convirtió en un evento social. El tout Paris se sintió obligado a asistir a la recámara del paciente y a dar su propia versión de la cercanía de su amistad con Chopin.

Después de varias semanas de permanecer en cama y luego de una agonía tan larga como penosa, el día 17 de octubre de 1849, a las tres de la mañana, Federico Chopin falleció rodeado de amigos, condesas y princesas. Unos momentos antes, cuando se le preguntó si todavía sufría, dijo con claridad sus últimas palabras: “Ya no”.

El doctor Cruvelhier, uno de los más notables médicos del siglo XIX, realizó la autopsia posiblemente a petición del mismo compositor, quien al parecer solicitó que, a su muerte, abrieran su cuerpo para evitar ser enterrado vivo. Lamentablemente, la descripción de los hallazgos de la autopsia se perdió en un incendio de los archivos de la policía de París y la única información que ha persistido es la comunicación oral del médico a la alumna escocesa de Chopin, Jane Stirling. Según ella, en la autopsia se encontró que el corazón estaba más dañado que los pulmones. Siguiendo los deseos de Chopin, su maltrecho corazón fue trasladado a Varsovia, donde se conserva en la Iglesia de la Santa Cruz.

El cuerpo embalsamado del compositor fue trasladado a la Iglesia de la Magdalena, para después ser depositado en el Cementerio Pere Lachaise de París. Por increíbles complicaciones burocráticas el entierro se retrasó trece días. La razón fue que la ejecución del Réquiem de Mozart requería el uso de voces femeninas y el procedimiento para obtener la autorización para que un coro que incluía mujeres pudiera cantar en la Iglesia de la Magdalena ¡tardó casi dos semanas en ser tramitado!

Todas las biografías de Chopin a las que he tenido acceso aceptan por unanimidad el veredicto sobre la enfermedad de Chopin: tuberculosis pulmonar crónica, además de tuberculosis laríngea, tuberculosis del intestino delgado, crecimiento anormal del corazón con insuficiencia cardiaca y anemia por hemorragia.

En México, el guatemalteco Martínez Durán escribió en 1958 un apasionado artículo sobre la “tuberculosis” de Chopin en el que se rebela en contra de la opinión muy divulgada sobre el efecto de los “estímulos tóxicos” de la infección como base para la inspiración de la música de Chopin.

Buena parte de los elementos indispensables para desarrollar una hipótesis sobre la causa del padecimiento del compositor se encuentran en documentos escritos en idioma polaco, por lo que los paisanos de Chopin estudiosos del tema tienen, de entrada, cierta ventaja. En 1981, en un artículo publicado en la revista Archivos de Historia de la Medicina de Varsovia, Sieluzycki acepta sin ambages la hipótesis de la tuberculosis, enfatizando que algunos de los tratamientos médicos recibidos por el paciente pudieron haber sido benéficos. Más recientemente, Zielinski también concuerda con la hipótesis de la tuberculosis en su extensa biografía del músico.

Es lógico atribuir la prematura desaparición de Chopin a la tuberculosis, ya que a mediados del siglo XIX era la causa más frecuente de enfermedad y muerte en el norte de Europa. (No está de más mencionar que a fines del presente siglo la tuberculosis sigue siendo la causa de muerte por infección más importante en el mundo). Sin embargo, de la revisión de las biografías de Chopin surgen serias dudas sobre la aceptación tácita de la tuberculosis como el diagnóstico definitivo. Mis inquietudes son las siguientes:

• Si Chopin padeció tuberculosis durante casi un cuarto de siglo, la duración y el curso de la infección fueron extraordinariamente atípicos. Al consultar el libro de texto clásico de medicina de Osler escrito a principios de este siglo, cuando no había tratamiento eficaz para combatir la tuberculosis pulmonar, encuentro que la duración promedio de los casos era de alrededor de dos años (!).

• Es difícil aceptar que la tuberculosis pulmonar fuera la causa de la severa crisis de tos y sangrado que experimentó en Mallorca, pues los síntomas remitieron espontáneamente en pocos días y sobrevivió a esa crisis, sin tratamiento, por más de diez años.

• El médico que hizo la autopsia (el doctor Cruveilhier, una de las grandes autoridades en la patología de la tuberculosis) comentó que el músico no había sufrido la dolencia que se creía y que el corazón estaba más dañado que los pulmones.

• La mayoría de los doctores que trataron a Chopin no lo consideraron tísico y él mismo, durante la mayor parte de su vida, no aceptó ser tuberculoso.

Por todo ello, el enigma de Chopin radica en que, a 150 años de su muerte, no sabemos con certeza cuál fue el padecimiento que marcó su vida y lo sentenció a una muerte prematura.

Las dudas sobre la naturaleza tuberculosa del padecimiento se originaron en 1964 (¡en México!) con el artículo “Federico Chopin ¿fue un tísico o un cardiaco?” escrito por el cardiólogo Meneses Hoyos en la revista El Médico. El ensayo inicia sin falsas modestias, por primera vez en el mundo —según el autor— se esclarece la verdadera causa de la enfermedad de Chopin. En vez de la tuberculosis postula la existencia de un padecimiento del corazón, la estenosis mitral, o estrechez de una de las válvulas cardiacas, endurecida a consecuencia de fiebre reumática. A favor de su hipótesis, Meneses Hoyos considera además de la tos, la expectoración con sangre y la debilidad extrema, otros datos como la insuficiencia cardiaca terminal, el edema de piernas, la dificultad para hablar (consecuencia de compresión del nervio recurrente por dilatación de la aurícula izquierda) y los largos periodos de remisión intercalados con los de agravación. Su única reserva para asegurar la existencia de la enfermedad cardiaca es la ausencia del soplo característico producido por el corazón que no descubrieron los médicos al auscultarlo.

Posteriormente varios ensayos han retomado la posibilidad de la insuficiencia mitral, pero la han descartado a favor de otras hipótesis. En 1987 un médico australiano, John O’Shea, también concluyó que Chopin no enfermó de tuberculosis, pero propone como causa a la fibrosis quística o mucovicidosis, reconocida como entidad clínica hace pocas décadas como la causa de muerte por trastorno genético más frecuente en Europa. Las manifestaciones clínicas se deben a la producción de secreciones glandulares viscosas en el aparato digestivo, el aparato respiratorio, las glándulas sudoríparas y en varios órganos. La muerte sobreviene generalmente por la insuficiencia respiratoria progresiva. En los primeros años de la vida las alteraciones bronquiales dan origen a dilataciones o bronquiectasias que se infectan y producen un cuadro clínico con tos, expectoración y sangrado. El bajo peso por absorción insuficiente de las grasas y la infertilidad en los hombres por obstrucción de los conductos seminíferos son características asociadas al padecimiento. O’Shea menciona datos de la historia clínica de Chopin que lo llevan a afirmar el diagnóstico de fibrosis quística: el “tórax en barril” (una deformación del tórax que es aparente en algunos de los retratos del músico), la delgadez extrema de las piernas, la fragilidad física que le obligaba a tocar el piano suavemente y lo hacía terminar exhausto después de sus interpretaciones, datos de insuficiencia pancreática como su preferencia por una dieta a base de carbohidratos, la supuesta infertilidad del compositor, la intolerancia al calor, la sudoración extrema y, sobre todo, la larga historia de enfermedad pulmonar supurativa.

En 1996 la doctora alemana Steimkamp coincide con el diagnóstico de fibrosis quística. Insiste en varios datos que hacen difícil aceptar el diagnóstico tradicional de tuberculosis: no son compatibles con la tuberculosis la muy prolongada duración de la enfermedad, ni el cuidado de Chopin por ocultar sus manos en público usando siempre guantes, lo que la hace pensar en la existencia de una deformación común de los dedos en pacientes con fribrosis quística llamada “dedos en palillo de tambor”. Para ella, Chopin padeció una de las formas más benignas de mucovicidosis.

Un pediatra inglés, Kuzemko, al revisar la historia médica destaca la intolerancia de Chopin a ciertos alimentos, el bajo peso, la falta de vello facial y la infertilidad. Para este médico, ni la tuberculosis, ni la fibrosis quística, ni la estenosis mitral explican a cabalidad este cuadro clínico. Concluye, para sorpresa de muchos, que la hipótesis unificadora para resolver el enigma no sólo de la enfermedad de Federico, sino también el de la hermana Emilia, es la que supone la existencia de una rara enfermedad genética acompañada por degeneración pulmonar y daño hepático: la deficiencia de antitripsina alfa 1. Pronto esta hipótesis fue refutada por un colega pediatra, esta vez australiano, Phelan, quien está de acuerdo con el diagnóstico de fibrosis quística.

Más recientemente, dos ingleses, los doctores Kubba y Young, analizaron las posibilidades diagnósticas señaladas anteriormente y descartaron otras más. En relación a la hipótesis de la estenosis mitral consideraron poco común el inicio de síntomas en la adolescencia, así como la sobrevida de más de dos décadas con complicaciones importantes como las hemorragias respiratorias repetidas. Para ellos los dos diagnósticos posibles son la deficiencia de antitripsina alfa 1 o la fibrosis quística en forma atenuada.

Un año más tarde el doctor Carter consideró poco probable la hipótesis de la deficiencia de antitripsina alfa 1 por el hecho de que la gran mayoría de los afectados por esta enfermedad genética no presentan síntomas respiratorios sino hasta los 25 años, mientras que Chopin enfermó del pulmón muchos años antes. También descarta la posibilidad de la fibrosis quística por la supuesta ausencia de dedos en palillos de tambor, un hallazgo presente en la casi totalidad de los enfermos de mucovicidosis que llegan a la edad adulta, que no se aprecia en los moldes de las manos de Chopin. Sin embargo, nada impide pensar que esos moldes hechos en el lecho de muerte no hubieran sido retocados por el escultor que las realizó. No hay más que revisar algunos de los retratos pictóricos y el único retrato fotográfico del compositor para comprobar que, efectivamente, Chopin ocultaba los dedos de las manos. Por todo ello, a la luz de las evidencias históricas y de los recientes análisis médicos sobre la historia clínica de nuestro compositor, debemos concluir que no existe ningún fundamento sólido para aceptar el diagnóstico de tuberculosis pulmonar. Tampoco es posible afirmar la veracidad de la hipótesis de la fibrosis quística, pero debemos aceptar que, por el momento, ésta parece la más probable. Tal vez en el futuro próximo, el análisis genético de los restos de Chopin y de sus familiares más cercanos puedan proporcionamos la certidumbre que hoy nos elude.

Sea lo que fuere, la vida de Chopin es un paradigma de lo que se puede lograr a pesar de sufrir una enfermedad incapacitante. Schönberg lo manifestó con claridad: “El delicado y enfermizo compositor influyó con mano fuerte en el futuro de la música”. Fue un genio que cambió la forma, la utilización de la técnica y el estilo del piano y también revolucionó formas musicales. Un genio que superó, hasta límites sobrehumanos, la adversidad de padecer una enfermedad física debilitante y un temperamento inestable. De pocos compositores famosos se puede decir como de él: ¿A qué se parece su vida?… ¡A su música!

Según uno de sus mejores intérpretes, Alfred Cortot: Chopin no solamente ha sido el más músico de los pianistas, sino también el más milagrosamente pianista entre los músicos.

Si los solapados daños de la enfermedad tuvieron como lamentables resultados el suscitar o avivar los defectos o las debilidades del ser en contacto con la vida, es con el ser secreto con quien nos sentimos en estado de completa intimidad espiritual. Así pues, debemos rodear de cariño esa leyenda de un genio que supo hablar de manera inmortal de todos los sueños y de todas las nostalgias de un corazón humano inmensurable.   n

 

Adolfo Martínez Palomo. Doctor en Ciencias Médicas y Director General del Centro de Investigación y Estudios Avanzados.