Primavera fallida

En 2010 un vendedor ambulante de Túnez se prendió fuego a sí mismo y murió después de que la policía le incautó injustamente su fruta y dinero. A raíz de esta inmolación gran parte del mundo árabe se sintió indignada y salió a las calles para protestar contra la corrupción, la falta de garantías a los derechos humanos y los constantes abusos de sus gobernantes. 

Fue algo inusitado en esa región, donde el Islam mantenía a la población a raya. O, al menos, eso se pensaba. El movimiento se conoció como Primavera Árabe y tuvo diversos resultados. Túnez resultó beneficiado, pero no podría decirse lo mismo de Libia, Siria, Yemen, Marruecos o Baréin. En Egipto no sólo arrojó más de ochocientos muertos y miles de heridos: le costó el cargo al presidente Hosni Mubarak, que llevaba casi treinta años en el poder, y obligó a unas elecciones democráticas que llevaron al poder a los Hermanos Musulmanes. Envalentonados, estos intentaron radicalizar al país hacia un régimen musulmán autoritario… y el ejército los depuso de inmediato. Fue una auténtica contrarrevolución, donde todo quedó como estaba… o peor.

En su novela La República era esto, que tradujo Noemí Fierro del árabe al español, Alaa al Aswani nos presenta un fresco, tan realista como deprimente, sobre lo que ocurrió en esos días de revuelta ciudadana y represión. Pese al conocido desenlace, el libro permite al lector asomarse a la forma en que vivían y pensaban militares, jefes musulmanes, empresarios, coptos, comunicadores y, en particular, los jóvenes que rebosaban ideales democráticos. 

El general Áhmad Alwani, jefe de los servicios de seguridad, secuestra y tortura a cuantas personas considera peligrosas, lo cual no le impide rezar cinco veces al día y encomendarse a Alá. Su consejero es el sheij Shamil, que de promotor turístico acabó convertido en autoridad religiosa y ahora predica un Corán a modo: uno que siempre justifica la conducta de los poderosos. El general coloca a sus hijos y parientes en el gobierno, haciendo llamadas para pedir que no porque sean sus allegados vaya a hacerse una excepción con ellos. Desde luego, todos sus allegados quedan bien colocados en el gobierno y las autoridades que le hacen el favor agradecen y reconocen al general que sea tan justo.

Dania, hija de Alwani, estudia medicina. Cuando ve cómo un soldado dispara un tiro a Jaled –el humilde hijo de un chofer con quien ella había iniciado una relación sentimental– entra en crisis. Aunque intenta declarar contra el soldado, su familia le hace entender que eso afectaría a su padre y a sus hermanos. Su lealtad es con su familia. Además, ¿a quién le importa el hijo de un chofer? Dania cede. 

Quienes no ceden son el ingeniero Mazen al Saqqa y su novia Asmá. Él no sólo participa activamente en las manifestaciones de la Plaza Tahrir, sino que encabeza una revuelta en la fábrica de acero donde trabaja. A pesar de que Isaam Shaaham, director de la fábrica y antiguo amigo de su padre, le hace ver que su lucha acabará mal –él mismo Issam fue violado cuando era joven y estaba lleno de buenos propósitos para cambiar el mundo–, él insiste. Será torturado y encarcelado, al igual que Asmá y que muchos otros jóvenes, cuyos testimonios aparecen a lo largo de las páginas de la novela. Pero Asmá no se resigna y acaba huyendo a Londres. Mazen, en cambio, seguirá peleando, pese a que sabe que no hay posibilidad de triunfar contra el implacable aparato castrense. Sabe, de hecho, que la renuncia de Mubarak fue sólo una farsa para que los militares permanecieran al mando. 

Nurham, una sensual presentadora de televisión, busca en el ínterin beneficios a toda costa. Su obviedad es dolorosa. Para obtenerlos finge ser devota musulmana y, durante las revueltas en la plaza de Tahrir, entrevista a “testigos” que declaran que recibieron dinero de Estados Unidos y de Israel, a sabiendas de que es falso. Los militares la adoran. Se casa con Isaam Shaabam y, cuando cree que podrá conseguir un mejor matrimonio, se divorcia del empresario y se casa con el dueño del canal televisivo para el que trabaja. Ante la inicial negativa de Isaam para divorciarse, la mujer recurre a sus contactos en el ejército. Un oficial advierte al empresario que, si no concede el divorcio, se darán a conocer sus corruptelas, reales o inventadas. 

Quizás el personaje más interesante sea Áshraf Waisa, un hombre adinerado que pertenece a la minoría copta y que ha vivido casado con una mujer a la que no quiere. Como no necesita trabajar, se contenta con ser actor de segunda división y editorialista ocasional. Pero el levantamiento popular le da razones para luchar. Así, no sólo toma partido por la revolución –motivo por el que su mujer se va de El Cairo para estar a salvo con sus padres– sino que se le declara a Ikram, su sirvienta musulmana. Cuando su mujer y sus hijos se enteran, ponen el grito en el cielo y lo enfrentan, pero él sabe de qué lado está y ahí quiere quedarse. 

El panorama que presenta Al Aswani permite conocer a la sociedad egipcia con su fanatismo religioso, sus desigualdades y la asfixiante corrupción de sus élites. También, el cinismo e hipocresía de estas clases dominantes, más allá de la fallida rebelión. La carta que Asmá le envía a Mazen revela en buena medida la opinión del novelista: “Egipto es sólo algo que parece una república. Nosotros les presentamos a los egipcios la verdad, por eso nos detestan desde lo más profundo de sus corazones. Me he marchado porque no voy a aceptar vivir en un país en el que soy tratada como nada. Aquí, en Londres, soy un ser humano, tengo dignidad y tengo derechos. Nadie abusará de mí, ni nadie me tachará de traidora. Nadie puede obligarme a que me desnude para jugar con mi cuerpo. Ahora descubro que en Egipto jamás fui una persona, Mazen. Era nada. El oficial que abusó de mi, me abrió los ojos”. 

En el último capítulo, se describe la acomodada vida del capitán Haizam al Maleguí –el soldado que dio un tiro a Jaled. Vida que se interrumpe cuando lo secuestran y asesinan un grupo de sicarios a los que contrató el padre de Jaled para vengar la muerte de su hijo. 

Alaa al Aswani no busca innovar con el lenguaje ni con la estructura de sus libros, pero sí despertar conciencias: alertar. Es un escritor autoexiliado que no puede poner un pie en Egipto, acusado de “insultar al Estado”. No es preciso decir que, con esta novela, los lectores nos sentimos identificados con todas aquellas personas que en Egipto –o Estados Unidos, en Myanmar o en México– luchan por la libertad. 

  • Alaa al Aswani, La república era esto, trad. Noemí Fierro, Anagrama, Barcelona, 2021. 

Gerardo Laveaga

Profesor en el Departamento de Derecho del ITAM

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Publicado en: Sólo en línea

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