70 años de ser yo

Emilio García Riera cosechó una vida dedicada al cine, a la historia documental y a la crítica cinematográfica como una manera de retratar no sólo su realidad, dedicada al séptimo arte, sino también para homenajear las amistades y los amores que rodearon sus andares. A continuación, presentamos una serie de fragmentos de las memorias tituladas 70 años de ser yo, editadas por Cal y Arena.

~. Al cabo de tanto andar de yo, y yo y yo, y solamente yo, con lujo de monotonía, debería estar en posición de revelar el sentido de la vida, pero me faltan algunos detalles.

~. Cioran dijo que quien habla en nombre de un nosotros es un impostor; le doy la razón, la única naturaleza humana de la que oso hablar es la mía. Y la mía está apoyadísima en recientes logros del progreso científico y técnico: la televisión de paga, el video, la computación. No sólo creo en el progreso: lo venero.

~. Si uno debe encadenar su juventud a un escritorio de contable, como fue mi caso, está cabrón que aproveche los momentos libres para filmar una película, por diminuta que sea. Y si tiene uno ganas de escribir, lo lógico sería redactar guiones para cine, dada la afición que se tiene por el séptimo arte, llamado así por razones también contables. Pero no: la tan insegura suficiencia juvenil se me desvió de la creación para llevarme a la crítica.

~. ¿Es la crítica un mal necesario? A veces me parece que sí; en muchas otras, me parece algo no sólo innecesario, sino pernicioso. Ocurre sin embargo que hay buenos críticos de cine, de esos que da gusto leer, pero es más frecuente que practiquen la opinión rabiosa sobre lo ajeno tipos agraviados por la pésima opinión que tienen de sí mismos. Lo cierto es que el mundo está lleno de jóvenes rebosantes de complejos que escriben críticas de cine para sentirse menos inseguros con el ejercicio de una supuesta autoridad opinante y a veces detonante. Yo fui uno de esos.

~. A seis años de publicarlas, mis propias críticas me dieron idea de que más me gustaba historiar que aniquilar.

~. […] no me desesperaban tanto las acometidas de mi sentido común como la inactividad de Salvador, que se encerraba en su despacho a dibujar caracteres chinos (le salían muy bonitos, lo que sea de cada quién), y una disposición en el director y en varios colaboradores de S.Nob: la de probar todos los días, por ahí de las once de la mañana, los ricos martini (plural italiano: debe acabar en vocal) que preparaba Jorge Ibargüengoitia en una cantina cercana.

~. Uno de los seudónimos, Zachary Anghelo, lo inventó Álvaro Mutis para uso común, pero sólo yo lo empleé.

~. ¿Qué hacer?, me pregunté (como Lenin); un negocito propio, me contesté (como Bill Gates).

~. Algo me dice que fracasé como negociante. Sin embargo, no reniego de una publicación por la que yo mismo me impuse una dura disciplina de trabajo, que me familiarizó con la historia del cine y que me entrenó para que una parte importante de mi Historia documental del cine mexicano fuera, precisamente, la filmográfica.

~. […] Contra lo que hubiera supuesto, mi manía de coleccionar datos del cine y de comentarlos ha acabado produciendo obra estimada y elogiada. Me sorprende, pero quizá tengan razón quienes encomian mi aportación a la cultura, porque sospecho que la cultura no suele hacerse con la mirada fija en horizontes de grandeza, en afanes de superación y triunfo o en otras pendejadas por el estilo. No, no soy de esos que han tenido mucha “visión”; de serlo, tendría yate, por lo menos.

~. Pues sí: más me importa un mundo libre de restricciones que la preservación enconada de las identidades culturales. Me encabronan las vaguedades, y mi propia identidad cultural se pasa de vaga: es un desmadre.

~. Voy a proponer una fantasía. En Ginebra, ciudad suiza que ha servido de marco a mil reuniones más o menos trascendentales (nuestro idioma lo consagra con una rima: en Ginebra se celebra…), una reunión convoca a los cerebros más lúcidos del mundo entero: gobernantes, estadistas, políticos, economistas, sociólogos, analistas, observadores, Fernando Savater. En fin: la crème de la crème de quienes quieren desatribular a nuestro atribulado mundo.

~. Se supone que la fama lo hace a uno conocido de todos. Eso es relativo: no creo que Borges supiera mucho de Maradona, y el presidente Vicente Fox confundió a Borges con el hipotético bardo guanajuatense José Luis Borgue (soy clemente: quiero creer eso). Yo no he sido famoso, pero sí conocido por 27 mil 836 personas; no está mal, digo.

~. […] algo dicho por la inteligente Manolita Ballester, comunista en otros tiempos, me resultaría lo más memorable: hay que renunciar a las ideologías; no traen más que desgracias.

~. En 1979, convertido desde enero en el peor año de mi vida por la muerte de mi hijo Jordi, fui invitado como jurado al festival vasco de San Sebastián, a celebrarse en septiembre. Cristina y yo, que vivíamos entonces en Coyoacán, oímos decir a nuestro casero: “Ni loco iría yo a un lugar donde echan bombas a cada rato”. En mi estado de ánimo, pensé que no me importaría ser víctima de un bombazo si se salvaba Cristina, mi compañera de viaje.

~. En casi todos premiamos lo mismo: películas que no eran las favoritas de muchos, pero servían para conciliar gustos diferentes. Por eso no creo en los festivales, ni en los óscares, ni en los arieles (hay sin embargo un ariel muy bueno: el que me dieron a mí), ni en el campeonato finlandés de endechas de amor (si hay tal cosa) ni en infinidad de otras competencias.

~. [R]ecuerdo que Vicente Rojo y yo, aún menores de veinte años, nos preguntamos alguna vez si la vía “correcta” era la de Chaplin o la de Eisenstein. Claro, nos disculpaba la juventud: no tardaríamos en apreciar mucho más la diversidad, pero a mí me persiguió durante bastante tiempo la manía ideológica de que el talento es asunto de tener razón.

~. Vuelvo a Guillermo del Toro. A ese muchachote güero, cordial y muy, pero muy simpático, por mí definido desde entonces como una mezcla de Orson Welles y Tobi (el de la pequeña Lulú), se le podían hacer tanto bromas cariñosas y algo pesadas como elogios superlativos, porque su bonhomía, su naturalidad y su noble inocencia (que sí es una virtud: significa falta de culpa) lo libraban de los riesgos del resentimiento y la vanidad.

~. A las motocicletas las odio sin vergüenzas ni complejos. Sospecho en bastantes de quienes las manejan el no secreto intento de producir el pedo más ruidoso del mundo, con todo y récord Guinness.

~. He visto demasiadas películas mexicanas para tomar demasiado en serio lo de las culpas de los padres, tema favorito de un catolicismo cerril y castrador.

  • Emilio García Riera, 70 años de ser yo, México, Cal y Arena, 2026.

Mariana Ortiz

Ensayista y editora en nexos

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Publicado en: Sólo en línea

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