Chapa, el fiscal desaforado

Por Carlos Marín

Relato de un policía que se pasó la vida buscando un trabajo estelar; que por una recomendación fortuita y desatinada fue investido de poderes para encabezar las más apetecibles indagaciones a que puede aspirar un genuino investigador; que saltó a la fama como súbito descubridor de complots; que instruyó causas judiciales por igual contra un modesto lavacoches y contra el más poderoso hermano de un expresidente de México; que compró falsos testimonios con dinero de la Nación; que implicó en homicidios políticos al más exquisito cuerpo de élite del ejército; que azuzó a la sociedad para Ia reinstauración de hogueras inquisitoriales; que dio crédito a una hechicera y recurrió a la siembra de un cadáver; que fue cesado y en su desplome arrastró a un prominente político de oposición; un relato acerca de Pablo Chapa Bezanilla, el insólito subprocurador especial que contribuyó de manera sustantiva a la descomposición del sistema jurídico y cuya más consistente averiguación previa resultó ser la de los presuntos deslices amorosos de su propia esposa.

Discípulo de Polo Uscanga durante veinticinco años en la Dirección de Averiguaciones Previas de la Procuraduría del Distrito Federal, doctorado en la correspondiente de la Procuraduría

General de la República durante el salinato, Pablo Chapa Bezanilla se fogueó en la sordidez de la burocracia policiaca. Su nombre comenzó a brillar a principios de 1995, cuando se reveló como el sabueso que México esperaba: un fiscal temerario, decidido a perseguir personajes que hasta entonces vivían a salvo de procesos judiciales.

Chapa resultó ser un imaginativo cultivador de todo tipo de engendros, algunos de las cuales florecen hasta hoy, y otros se pudrieron sin rendir frutos. A diferencia de sus predecesores Miguel Montes y Olga Islas, que tuvieron a su cargo solamente el caso

Colosio, a Chapa se le otorgaron poderes más excepcionales aún, al resposabilizarlo de las averiguaciones de los asesinatos del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo y del secretario general del PRI, José Francisco Ruiz Massieu. Acababa de conocer sus oficinas cuando logró uno de sus primeros injertos: la idea de que todo lo hecho y dicho antes de él en materia de los homicidios políticos mayores del país eran embustes. Con dispensa de trámite, aclaró de un día para otro los asesinatos del candidato a la Presidencia de la República y del secretario del Partido Revolucionario Institucional.

De ser una entidad independiente que rendía cuentas al presidente de la República, la Subprocuraduría Especial pasó a ser un instrumento autónomo del nuevo procurador general, Antonio Lozano Gracia, quien hizo suyas, desde un principio, las fabricaciones de Chapa Bezanilla. El presidente Zedillo mantuvo la mancuerna durante poco más de dos años y se deshizo de ella sólo hasta cuando fue evidente que la credibilidad en su gobierno se había despeñado hasta el fondo de la burla pública.

Fábrica de desastres

Terminada su gestión al frente de la Dirección General de Averiguaciones Previas en 1994, el horizonte de Pablo Chapa estaba fuera del presupuesto. Pero una paradoja jugó en su favor. Lo tenía en mente un reconocido litigante, Juan Velasquez, abogado del expresidente José López Portillo y del exjefe de policía, Arturo El Negro Durazo; representante ante la Subprocuraduría Especial, en el ocaso del gobierno salinista, de Diana Laura Rojas viuda de Colosio, y amigo y abogado de Raúl Salinas de Gortari.

En diciembre de 1994, el procurador Lozano Gracia le ofreció a Velasquez el cargo de subprocurador para que se hiciera cargo de las investigaciones de los tres homicidios relevantes. Juan Velasquez recuerda que debido a su “incapacidad absoluta para investigar” declinó la invitación. Lozano le pidió que cuando menos le propusiera a alguien. “En mi mayor y más absurda insensatez, le recomendé a Pablo Chapa Bezanilla”. Chapa fue nombrado subprocurador especial en diciembre de 1994. Antes de que terminara ese mes llevó sus conclusiones al Presidente. Y empezado el año comenzó implantar su grotesco sistema de procuración de justicia.

Habían transcurrido apenas unas semanas del colapso económico nacional con que se inauguró el gobierno zedillista cuando el subprocurador especial hizo un elemental corte de caja: el caso Posadas no permitía replanteamiento alguno. Por más que insistiera la grey jalisciense en su búsqueda de un mártir, era imposible sustentar la hipótesis de un atentado exprofeso. Era claro que el prelado fue muerto por andar en un coche grand marquis, como solía hacerlo el narcotraficante y verdadero blanco de la emboscada, Joaquín El Chapo Guzmán.

Los otros asesinatos presentaban prometedores elementos y vacíos para ser capitalizados por un fabricante de complots. El caso Colosio se había amorcillado en la sentencia contra el autor material de los disparos, Mario Aburto, y la absolución de tres falsos cómplices: Tranquilino Sánchez Venegas y los Mayoral padre e hijo, y las murmuraciones acerca de que se había tratado de un crimen de Estado. El caso Ruiz Massieu había enriquecido la población de la cárcel de Almoloya con el asesino material y un puñado de confabulados, pero subsistía el misterio sobre el organizador del atentado, el diputado federal Manuel Muñoz Rocha, desaparecido el día siguiente al del crimen. La temprana hipótesis de que hubiese sido asesinado también, proclamada por su esposa, dejaba la puerta abierta a una averiguación que condujera a otros autores intelectuales.

Chapa resolvió los dos casos. El asesinato de Colosio, dijo, era resultado de una conspiración, en la que habían participado al menos dos tiradores. En lo que respecta al homicidio de José Francisco Ruiz Massieu, el autor intelectual no era Manuel Muñoz Rocha, sino Raúl Salinas de Gortari. Dados los alcances de sus afirmaciones, Chapa tuvo que someterlas a la consideración del presidente Ernesto Zedillo. El Presidente sugirió que se obtuviera el punto de vista de la Suprema Corte de Justicia. Y la Suprema Corte de Justicia ¡apoyó la versión de Chapa!

A partir de ese momento, la gestión de Pablo Chapa en la Subprocuraduría Especial se significó por el entreveramiento de los dos casos y ganó la atención pública, también en dos senderos: aparentes “éxitos” que se le revirtieron como rotundos descalabros y la consecuente pérdida del puesto. En todo momento, el subprocurador especial contó con el respaldo de su jefe Lozano; del jefe de su jefe, Ernesto Zedillo; de la judicatura y de los legisladores de las comisiones encargadas de los casos Colosio y Ruiz Massieu. De hecho, Pablo Chapa trabajó apoyado por los tres poderes de la Unión. A partir de Pablo Chapa, el linchamiento político se incorporó a la técnica de la indagación pericial. Y la atención pública, que se había centrado en la devaluación del peso y los bolsillos lánguidos, se desvió de manera radical. La política se volvió nota roja, la nota roja amaneció en las primeras planas y los procesos penales empezaron a litigarse en la prensa, donde se inventaron y definieron culpables, aun antes de que fueran integradas las averiguaciones.

La invención de Cortés

Othón Cortés Vázquez nació en Salina Cruz, Oaxaca, pero vivía en Tijuana, dedicado a lo que le pidieran en las oficinas del PRI: hoy una lavada de coche, al rato un mandado, a veces que la hiciera de chofer. Además de las propinas. Othón obtuvo su credencial de militante, con la firma, ni más ni menos, que de Luis Donaldo Colosio. A partir de 1988, cuando Colosio iba a Tijuana, a Cortés lo asignaban de chofer. Viajaron en distintas ocasiones y el diputado federal primero, luego senador y dirigente nacional del PRI, le regaló el sobrenombre de El Oaxaquita.

—Cuando llegaba el licenciado —recuerda Othón Cortés—, yo me preparaba bien. Si, por ejemplo, íbamos a Mexicali, que es tan caluroso, checaba el aceite y las llantas del carro, y siempre me aseguraba de llevar unos tehuacanes, dos o tres cervecitas americanas y, desde luego, la hielera con su hielito, para que el licenciado fuera bien.

Eran recorridos de uno, dos y tres días:

—En el aeropuerto de Mexicali lo recogía, íbamos a Tecate, a Tijuana, a Ensenada, a San Crispín… Eran viajecitos largos, en los que él me miraba hacer mi trabajo de chofer y yo iba contento, escuchando su plática con los del PRI de allá. El en lo suyo y yo contento, haciendo mi trabajo. Así lo conocí. De pronto, en tramitos largos, me decía: “Párese tantito”. Me paraba a la orilla de la carretera, orinábamos, y a seguir el recorrido. Cuando se iba, le decía a su gente: “Dejen ahí para los viáticos de este muchacho”. O algunas veces, por qué no decirlo, me decía: “Toma, Oaxaquita, ten para tu refresco”, dice Othón Cortés que le decía Colosio.

—¿Cuánto le daba?

—Pues lo suficiente. Me regalaba un dinerito porque él sabía que eran dos, tres días de andar pegado. Y a la hora del descanso, descansaba yo en una habitación. El siempre decía: “También habitación para él”. O sea, para mí. Y esto sucedía en cualquier hotel a que llegara, porque él no permitía que durmiera uno en el carro, sino que hubiera una habitación para uno, y que uno comiera bien. Por eso me dio tanto gusto cuando el licenciado era ya candidato a la Presidencia ir a verlo, como fui, a Lomas Taurinas. Nadie me lo pidió, fue mi puro gusto.

El 23 de marzo de 1994, Othón andaba de fiesta entre los miles que se apiñaron en Lomas Taurinas para ver y escuchar al que supusieron a punto de ser presidente de la República. Othón se hizo de una platea de privilegio, a unos cuantos metros del candidato. Y al finalizar el mitin, se apresuró para ir por la izquierda, casi pegado a Colosio cuando éste caminaba rumbo a la salida de la explanada. De repente, de su lado derecho, escuchó tronidos “como de cuetitos” y vio que la gente se abría en torno de un Colosio derrumbado, boca arriba, “saliéndole sangre por todos lados”.

Mientras llevaban al herido hacia una camioneta, Othón se trepó a una Suburban que enfiló rumbo al Hospital General. Al llegar, se plantó en la puerta principal y se arrogó la responsabilidad de cuidar que no entraran curiosos. Decidió meterse y permaneció allí hasta la madrugada, cuando fue sacado el cuerpo de Colosio. La autopsia determinó que el disparo en la cabeza pasó por la base del cerebro. Colosio murió de manera instantánea. La segunda bala entró y salió arriba del ombligo, sin causar mayor estrago, unos centímetros abajo de las tetillas.

Al día siguiente, por solicitud de un militante priista llamado Leonel Ramírez, Othón condujo un auto rentado hacia el aeropuerto. Junto a él se sentó el general Domiro García Reyes, quien había tenido a su cargo la seguridad de Colosio. Othón no conocía personalmente al militar que viajaba a su lado, silencioso, sumido en la perplejidad. Pero tenían un vínculo lejano. Un primo de Othón, Francisco Barajas Vázquez, se había casado en Salina Cruz con Norma García, sobrina de Domiro. Ir al mitin, caminar junto a Colosio, acudir al hospital y manejar el carro en que viajó su ignorado pariente político, le costó la cárcel a Othón y un ofensivo asedio al general Domiro por parte de Chapa, quien se obsesionó con la idea de involucrarlo en una conspiración para asesinar al candidato que tuvo a su cuidado.

Testigos de segunda vuelta

Once meses después del homicidio de Colosio, en Tijuana, a las ocho de la mañana del 24 de febrero de 1995, Othón iba caminando con su esposa Juana y con sus hijos Leslie Yesenia y Jonatan Alberto. De repente, una parvada de agentes federales cayó sobre la familia y secuestró a El Oaxaquita. Fue encapuchado con su propia chamarra y golpeado en los oídos para que se declarara culpable de haber hecho el segundo disparo sobre Colosio. Ante su resistencia, casi fue ahogado con los tradicionales tehuacanes. Esa misma noche el procurador Lozano aseguró que la Subprocuraduría Especial había descubierto un “segundo video” en que aparecía el segundo tirador. El nuevo asesino, dijo Lozano, estaba ya en manos de la PGR y era trasladado a la ciudad de México. El desencanto cundió al exhibirse el nuevo video. Se trataba del mismo de siempre, tomado por un policía judicial federal, difundido el 25 de marzo de 1994 y atribuido por Televisa a “camarógrafos argentinos”. Es el video en que se ve a Colosio pasar bajo unos cables, se escucha La culebra, se ve asomar la mano con el revólver y el disparo a la cabeza.

De acuerdo con las indagaciones de Chapa, tres testigos identificaron plenamente a Othón Cortés como segundo tirador. Los tres habían declarado ante el Ministerio Público el año anterior sin llegar a ese resultado. El primer testigo, Jorge Romero, dijo haber observado a alguien parecido a Othón Cortés en el momento en que “va frenando el paso del candidato, al apuntarle con el arma a la altura de las costillas”. Romero era dirigente de la Central Campesina Independiente en Rosarito, Baja California. Aparece en el video portando un sombrero blanco y gafas oscuras, al costado izquierdo de Luis Donaldo Colosio, adelante de Othón Cortés Vázquez. Según Pablo Chapa, fue Romero quien puso a la Subprocuraduría Especial en la pista del “segundo tirador”. Con posterioridad a estos sucesos, Romero fue acusado y cayó preso por invasión de tierras.

El segundo testigo, Jorge Amaral Muñoz, vio a Othón producir “el disparo al cuerpo del candidato como un fogonazo”, arrojar el arma después y hacerse a un lado. Autopromovido como Mensajero de la Paz, a partir de una paloma que moldeó y fue colocada en Lomas Taurinas, el sujeto hizo la más directa y tardía imputación en contra de Othón Cortés. En el video de su declaración ministerial ante Chapa Bezanilla, cuando se le pregunta quién hizo el segundo disparo, Amaral se revela aleccionado: responde que vio al que aparecía en una foto marcada, que puso ante él la Subprocuraduría Especial: Othón Cortés Vázquez.

El tercer testigo, María Belem Mackliz Romero, dijo haber visto una manga negra de la que salía una mano con el arma, al frente de Luis Donaldo Colosio. Once meses atrás, en su primera declaración, había dicho que la manga era de un saco, pero ahora dijo que se había confundido y que lo negro era la chamarra de piel de Cortés Vázquez que le mostraban los agentes de Pablo Chapa. María Belem era una antigua gestora en colonias proletarias en Tijuana. Su negocio era encabezar, mediante pagos anticipados, peticiones de vivienda de interés social.

Chapa Bezanilla apuntaló las declaraciones de sus tres testigos con 27 videos y 180 fotos “que acreditan: la ubicación de Othón Cortés Vázquez cerca del candidato, por el lado izquierdo, y el momento en que mueve la cabeza dando la señal al autor material para que produzca el primer disparo”. Como se evidencia en el video, ese movimiento de cabeza lo hizo Othón mirando hacia atrás y no hacia un lado, donde estaba Mario Aburto Martínez. Su mano derecha estaba en ese instante sobre el hombro izquierdo del general Domiro García Reyes, en medio de una multitud que se movía difícilmente. Con la mano izquierda Othón no pudo disparar porque es derecho. En el momento en que según Chapa se hizo el segundo disparo, la cabeza de Othón estaba casi recargada en el pecho de Mario Luis Fuentes, encargado a la sazón de la correspondencia de Colosio. O Fuentes, ante sus propias narices,

no vio disparar a Cortés, o Fuentes encajaba en la nómina de presuntos cómplices del homicidio de Colosio.

El 25 de febrero, un día después de su detención en Tijuana, Othón Cortés fue encerrado en la celda número 20 del núcleo de máxima seguridad, en Almoloya de Juárez, estado de México. En el extremo opuesto a donde Othón fue enclaustrado se encontraba su improbable cómplice, Mario Aburto Martínez. Once meses después, Othón fue encontrado inocente y liberado.

Infraestructura de un soborno

Tres días después del ingreso de Othón al penal, el 28 de febrero de 1995, Chapa “resolvió” el segundo crimen político pendiente. En otra sorprendente y veloz averiguación, detuvo y recluyó en Almoloya a Raúl Salinas de Gortari, acusado de ser el autor intelectual del homicidio de José Francisco Ruiz Massieu. El 28 de febrero de 1995 y hasta el 14 de abril de 1999, la celda número 5 de Almoloya se convirtió en la casa de Raúl Salinas, el todopoderoso y visible hermano del expresidente Carlos Salinas de Gortari.

Pocos días antes de la aprehensión del hermano mayor de los Salinas, el 13, 15 y 18 de febrero, funcionarios de la Subprocuraduría Especial habían visitado a Fernando Rodríguez González, confeso y sentenciado por haber organizado el asesinato de Ruiz Massieu. Lo había hecho, según consta en las diligencias, por instrucciones del prófugo Manuel Muñoz Rocha. El propio Rodríguez González contó lo sucedido en la segunda de esas visitas, la del 15 de febrero:

Aparecen Cortés, Cuervo y Pablo Chapa Bezanilla (…) Me conducen de mi estancia número cinco de la zona de máxima seguridad a las oficinas de la subdirección técnica. Cortés, haciendo honor a su apellido, me presenta a Pablo Chapa Bezanilla. No me fue difícil reconocerlo porque lo había visto ya en televisión. De entrada me dice: “No le demos vueltas al asunto, sabemos perfectamente que el asesino, que el autor intelectual del asesinato de José Francisco Ruiz Massieu. es Raúl Salinas de Gortari. así es que dime lo que sepas”.

Transcurridos cinco días de las visitas de Chapa, el 20 de febrero, Fernando Rodríguez acusó ministerialmente a Raúl SaIinas de haber ordenado a Manuel Muñoz Rocha el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu. Ocho días más tarde, el presunto autor material del homicidio fue apresado en la casa de su hermana Adriana, en la colonia Las Aguilas Un amigo lo había hecho venir: su abogado Juan Velasquez. Entre enero y febrero de 1995 (“no recuerdo con exactitud qué día”, dice Velasquez), Chapa invitó a Velasquez a platicar en la Subprocuraduría Especial, en Insurgentes Sur. Confiado, Velasquez, por cuya recomendación Chapa estaba en ese cargo, supo y entendió los apremios del subprocurador para que Raúl Salinas ratificara una inicua declaración ministerial que había rendido en los meses anteriores. Velasquez prometió cumplir la petición de hacer venir y comparecer a su cliente. Ignoraba que Chapa hizo videograbar el encuentro. Esa conversación ocurrió antes de que Chapa Bezanilla obtuviera la declaración de Fernando Rodríguez González acusando a Raúl Salinas. Así, antes de integrar una verdadera averiguación previa, Chapa Bezanilla estaba ya montando e escenario para la captura del Salinas descarriado.

El día de la aprehensión de Raúl Salinas de Gortari, Gabriela, hija del homicida Fernando Rodríguez González, recibió de la PGR medio millón de dólares, con la autorización de Antonio Lozano Gracia y con cargo al Fondo de Investigaciones Especiales de la institución. La muchacha firmó el recibo 93989 por 500,000 dólares, el cual fue extendido por Ernesto Guerrero González, entonces director general de Control de Bienes Asegurados de la Procuraduría. Con la declaración inculpatoria de Rodríguez González en la bolsa y con Salinas de Gortari encarcelado, Chapa pidió anular el aseguramiento de las cuentas bancarias de Fernando Rodríguez González y la liberación de tres vehículos. Rodríguez González no ha podido disfrutar de ese dinero. Nunca lo ha visto, y no tanto por vivir encarcelado sino porque su hija Gabriela se apropió de todos sus bienes y cuentas bancarias, entre ellos el medio millón de dólares. Rodríguez González, un mitómano convenenciero que con desparpajo y cinismo jamás ha negado que organizó cada detalle del complot, mereció de Chapa Bezanilla una prebenda adicional: fue trasladado del penal de Almoloya de Juárez al Reclusorio Sur. Y la PGR sufragó también los honorarios del abogado defensor de Fernando, Víctor Manuel Buendía Cabrera.

Instruyendo al acusador

De las entrevistas de Chapa y Rodríguez González existe al menos una videograbación, la correspondiente al 18 de febrero de 1995. En esa cinta, Chapa Bezanilla le describe a Rodríguez González la fisonomía y los gestos de Jorge Stergios, el exfuncionario de la Procuraduría General de la República que, según la acusación de Chapa, torturó a Fernando y a sus hermanos para convencerlos de que no acusaran a Raúl Salinas como autor intelectual del homicidio. Ante una mesa rectangular, cubierta por un paño verde, el subprocurador, de pantalón oscuro y camisa azul claro, aparece sentado ante una máquina Olympia. A su izquierda, en la cabecera, el exsecretario de Manuel Muñoz Rocha, Fernando Rodríguez González, con el uniforme beige reglamentario y una gruesa chamarra de cuello de peluche. El video capta la parte final de una conversación.

Fernando Rodríguez González: ¿Cómo es Stergios?

Pablo Chapa Bezanilla: Es uno de barba, flaco, moreno —y pregunta a alguien—, ¿medio calvo? Alguien fuera de cuadro: No, no lo es tanto.

PCHB: Pelo escaso —se asoman apenas sus manos, sobre todo la izquierda, abriéndose y cerrándose—. Está siempre haciendo así, luego así, ¿nunca lo has visto?

FRG: ¿Por qué, trae una mano mal?

PCHB (Sigue de pie, a veces aparece su perfil y no deja de abrir y cerrar las manos): ¡No! Tiene un callo verde ya de tanto hacer el ojete así, es un tic nervioso; ese cabrón siempre está haciendo así…

FRG: ¡Ah!, yo creí que lo de la mano…

PCHB: ¡No, no! —vuelve a sentarse, se ríe, sigue moviendo la mano izquierda—. Ya después de que deja de hacer eso se descuida. Tiene un callo verde de estar así cuando se pone nervioso. Siempre está así Jorge Stergios.

FRG: Bueno, aquí el bueno de la película, entonces, pues ya salió. Es Mario Ruiz Massieu…

PCHB: Por supuesto. No, si ya…

FRG: El tiene que… Mario es el que tiene que corroborar exactamente lo que yo estoy diciendo.

PCHB: Tengo instrucciones del procurador, del presidente: citarlo a declarar el lunes.

FRG: ¿Tan rápido?

PCHB: Así es, sí, ¿cómo ve? y si no lo traigo, lo rapto por medio de la Policía Judicial. Ahora el ojete yo creo que ya tiene miedo. ¿Y sabe qué dice la prensa ora? Que él nunca, él nunca, que desmiente haber dicho que acusaba a Hank González y a María de los Angeles Moreno.

FRG: Psss, si lo dijo en televisión…

PCHB: ¿No lo dijo? —se levanta de nuevo.

FRG: Todo mundo lo vio.

PCHB (En off): ¿Cómo ve, don Fernando? Pinche gente… Bueno, otra cosa. Este… Que empiece el doctor, ¿no?

La toma se abre y aparece un sujeto robusto, con bigote, a la izquierda de Fernando Rodríguez González, sentado frente a donde estaba Pablo Chapa. Según el dictamen psicológico entregado por escrito en el Juzgado Tercero, se trata del perito médico psiquiatra Mario Castillo García, quien informa a Rodríguez González:

—Bien, el objetivo es constatar el estado mental que presenta en el momento de rendir su declaración. Entonces, definitivamente, pues tendremos que hacer una serie de preguntas…

FRG: ¡ Ah! No estaba grabando ahorita, ¿verdad? Yo dije: ya está grabando. Voz de Pablo Chapa, fuera de cuadro: En Almoloya de Juárez, con el señor Femando Rodríguez González…

En los últimos segundos del video, el psiquiatra le pregunta a Fernando las semejanzas que hay entre alcohol y madera, entre un delfín y un águila, a lo que Rodríguez González responde a lo primero que son vegetales y a lo segundo que son del reino animal. Concluye el examen:

Doctor: ¿Recuerda usted la dirección que le di hace un momento?

FRG: Artículo 123, número 47, interior seis, México uno. Distrito Federal. Doctor: ¡Maravilloso! Bien, pues por mi parte es todo. Pablo Chapa Bezanilla (permanecía sentado ante la máquina Olympia), abriendo los brazos: ¡Perfecto!

Mentiras y recompensas

En junio de 1995, durante su primer juicio de extradición, a propósito de la afirmación de Mario Ruiz Massieu en el sentido de que Chapa había participado en distintas diligencias del asesinato de su hermano José Francisco, la Procuraduría General de la República sostuvo que Pablo Chapa Bezanilla, durante las diligencias practicadas en octubre y noviembre de 1994, y hasta el 15 de diciembre de aquel año, había permanecido al margen del caso Ruiz Massieu. El subprocurador especial aseguró en una carta pública: “Como director general de Averiguaciones Previas, ni siquiera se me permitió en algún momento colaborar en esa investigación y, mucho menos, jamás recibí informes de ésta”. Refiriéndose a sí mismo en tercera persona, escribió:

Pablo Chapa Bezanilla conoció la averiguación previa iniciada con motivo del homicidio de José Francisco Ruiz Massieu hasta que el Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos lo nombró subprocurador especial, el pasado 16 de diciembre de 1994.

En el último párrafo, abonó su calidad de servidor público y apeló a “la historia” para juzgar los dichos de Ruiz Massieu y su actuación en las semanas inmediatas al crimen:

Es fácil decir palabras sin soporte alguno y atribuirle hechos falsos a personas comprometidas con su país y con su institución, pero lo cierto es que los hechos hablan por sí solos y la historia se encargará de juzgarlos.

La realidad es que Chapa Bezanilla había participado en diligencias clave del caso desde el 28 de septiembre de 1994, día en que fue asesinado el secretario general del PRI. Comenzó a involucrarse en las pesquisas desde la mañana del miércoles en que fue ultimado José Francisco Ruiz Massieu. Fue él, por ejemplo, quien aseguró el arma con que disparó Daniel Aguilar Treviño, el homicida material de Ruiz Massieu. Como director general de Averiguaciones Previas de la PGR, era lógico que participara en las indagaciones de las que posteriormente intentó deslindarse. A los pocos días de ocurrido el homicidio, Chapa chapaleaba en todo tipo de diligencias ministeriales.

No obstante todo ello, Chapa afirmó en su carta: “Como director general de Averiguaciones Previas, ni siquiera se me permitió en algún momento colaborar en esa investigación y, mucho menos, jamás recibí informes de ésta”. A estas alturas de su espectacular actuación, Chapa se ganó del periodista Raymundo Riva Palacio una definición exacta: El inspector Clouseau.

Al doctor Manuel Espinoza Milo, con quien fue a refugiarse el prófugo Manuel Muñoz Rocha en Pachuca y quien trajo al exdiputado a México (el último que lo vio), Chapa ordenó le devolvieran el automóvil que había sido asegurado por la PGR en cuanto inculpó a Raúl Salinas. A María Eugenia Ramírez Arauz, la esposa de Fernando Rodríguez González, la mudaron de Almoloya a la cárcel de Tepepan, también después de haber apoyado a Fernando en el señalamiento contra Salinas.

A María Bernal, la exnovia de Raúl Salinas, le ofrecieron dinero tanto Chapa Bezanilla como el coordinador del caso, José Cortés Osorio, según ella misma contó unos dos meses antes de inculpar a su exnovio también. El hecho consta en una carta manuscrita de María, cuya autenticidad reconoció en diligencias judiciales, así como en las grabaciones de sonido y de video de conversaciones con Enrique Salinas de Gortari y Paulina Castañón de Salinas, en las que quiso chantajearlos.

La lista de timadores incluye a un excuidador de la casa de Raúl, Noé Hernández Neri, de quien Chapa obtuvo la afirmación de una supuesta conversación de Muñoz Rocha con Raúl. Noé declaró que la llamada se verificó la noche del día del crimen pero existe el recibo de teléfono del doctor Espinoza Milo (desde su casa en Pachuca, se marcó, efectivamente, un número de la casa de Raúl Salinas), en la que consta que la llamada fue diurna. A Hernández Neri se le premió incorporándolo a la escolta del procurador Lozano Gracia.

En lo que se refiere a los testimonios acerca de un automóvil que estuvo en una casa de la calle Explanada, en Lomas de Chapultepec, el mismo en que el doctor Espinoza Milo trajo a la capital, desde Pachuca, a Muñoz Rocha, “para entrevistarse con Raúl”, sobresalen algunos testimonios. El primero de ellos es de Agustina Cruz Santos, sirvienta de un amigo de Raúl Salinas. Diego Ormedilla. Agustina trabajó poco más de un mes en la casa de Explanada. Chapa consiguió que afirmara que un día vio allí el jetta de Espinoza Milo. Agustina describió el automóvil  con lujo de exactitud, dando el número de las placas y hasta la forma de los tapones de las llantas. Ella misma fue incapaz de describir las características generales del vehículo de su patrón. Diego Ormedilla, con quien había trabajado más tiempo.

Existen también las declaraciones de dos exayudantes de Raúl Salinas, ambos miembros del Estado Mayor Presidencial que sostienen que el automóvil de la casa de Explanada era en realidad un tsuru de María Bernal. Agustina Cruz Santos proporcionó domicilio falso y no se pudo identificar en las primeras diligencias en el juzgado. En las siguientes se identificó como trabajadora al servicio del Estado, con credenciales del ISSSTE, distintas en número y una con fotografía y otra sin ella. En las dos ocasiones y en distintos juzgados, a la defensa se le negó la posibilidad de ver las credenciales. Fernando Gutiérrez Domínguez, subdirector de Recursos Humanos del ISSSTE, certificó que una de las credenciales de Agustina —la número 6700/95— figura en el “expediente N. 116378 del C. De la Garza Benítez Alfonso”. La otra —folio 16 402— “no existe ni se cuenta con antecedentes”.

Pablo Chapa hizo de los aleccionamientos, las inducciones y el soborno un método habitual de “indagación”, a fin de obtener declaraciones a su gusto.

El Estado Mayor Presidencial bajo sospecha

Desde que consiguió encarcelar a Othón Cortés y a Raúl Salinas, Pablo Chapa Bezanilla quiso hallar un vínculo sólido entre los crímenes de Colosio y Ruiz Massieu. A falta de nuevos elementos consistentes, el tesonero subprocurador halló un punto de confluencia en el Estado Mayor Presidencial. El general Domiro García Reyes, subjefe de ese cuerpo del ejército, se había hecho cargo de la seguridad del candidato Luis Donaldo Colosio. Tenía en su curriculum haber desempeñado esa tarea durante la primera visita a México del Papa Juan Pablo II.

Nunca fue sencillo para Domiro García Reyes proteger al futuro presidente. Necesitado de apoyo popular y dado a los baños de pueblo, a veces simples remojones en mítines escuálidos, Luis Donaldo Colosio aceptaba solamente, y con fastidio, las mínimas previsiones. Chapuzón de masas fue a darse Colosio en su visita a Tijuana. en el mitin de Lomas Taurinas. En el video del crimen puede apreciarse a un Domiro angustiado por seguir de cerca los pasos de su jefe en el tropel de cabras que descendía la polvorienta explanada en que se convirtió aquel 23 de marzo una calle de pobres de un barrio tan pobre como el de Lomas Taurinas. El general comentaría casi dos años después que nunca supuso, realmente, que pudiera ocurrir un atentado. Impotente, en fracciones de segundo escuchó las detonaciones, vio a Colosio desplomado y el pasmo se apoderó de él mientras digería, al paso de los días congelados en esa tarde funesta, su propio destino trastocado para siempre. Un día después del crimen, subió al vehículo en que se trasladó al aeropuerto, para acompañar los restos de Luis Donaldo Colosio. Absorto. El Oaxaquita ignoraba la identidad del conductor, nada sabía tampoco del parentesco político que los unía por conducto de su sobrina Norma y Francisco Barajas Vázquez, el primo de Othón Cortés Vázquez. Othón Cortés desconocía igualmente el vínculo que tenía con el militar. A ninguno de los dos le importó que las cámaras de fotógrafos y camarógrafos asomaran por las ventanillas para inmortalizarlos en los diarios y noticiarios que registraron su arribo al aeropuerto.

En su declaración ministerial, el general García Reyes afirmó haber viajado en la carroza, pero estaba equivocado. Se trataba de uno más de los muchos automóviles de la comitiva que se transformó en cortejo fúnebre. Las imágenes de ese día fueron el soporte en que se apoyó Pablo Chapa para filtrar la versión de que Luis Donaldo Colosio fue víctima de un complot en el que participaron también militares de la institución más exclusiva del ejército.

¿Qué pudo ganar Domiro con la muerte de Colosio? De sí mismo llegó a decir que se sentía como muerto y casi perdió la facultad de sonreir. Pronto empezó a resentir el general García Reyes la embestida de la Subprocuraduría Especial. Casi de manera simultánea, otros oficiales y jefes del estado Mayor Presidencial de Carlos Salinas de Gortari estaban siendo acosados por agentes federales que inquirían sobre los movimientos de Raúl Salinas. A principios de 1996, un mayor retirado del Ejército, Héctor Eustolio Morán Aguilar, sufrió arresto domiciliario. Chapa Bezanilla quería implicarlo, con el general Domiro García Reyes, en el asesinato de Luis Donaldo Colosio. La liga que Chapa estiró para vincular a ambos personajes fue que Morán Aguilar había trabajado también en la logística para la seguridad del Papa. Tanto Domiro García Reyes como Héctor Eustolio, experto en explosivos, pudieron sortear los embates de Chapa. El general brigadier fue reivindicado en el ejército con su ascenso a general de brigada. Actualmente comanda la guarnición de Ojinaga.

La venganza de las viudas de Colosio

Poco menos de dos años después de haber sido asesinado Luis Donaldo Colosio y lejos de demostrar complot alguno en este crimen, Pablo Chapa tenía en Almoloya el irritante fiasco de dos asesinos solitarios: Mario Aburto, confeso y sentenciado, y Othón Cortés, irreductible en su inocencia e inmune a los intentos de la Subprocuraduría Especial por hacerlo “segundo tirador”. Tan imposible para Chapa fue probar la conexión entre Mario Aburto y Othón Cortés, como entre éste y el Estado Mayor Presidencial. Pero la maquinación sugerida por Chapa despertó la imaginación periodística y acuñó en la prensa un par de hipótesis delirantes.

Primera: hubo un plan, desconocido hasta la fecha, para asegurar que Colosio no quedara con vida. Para tal fin, fueron puestos a trabajar dos matones, Mario Aburto y Othón Cortés, ninguno de los cuales conocía al otro. Los dos sicarios acertaron en el instante de sus respectivos disparos.

Segunda hipótesis: hubo un medio atentado. El supersecretario de Salinas de Gortari, José Córdoba Montoya, quería que la campaña de Luis Donaldo Colosio, opacada por las negociaciones de paz en la catedral de San Cristóbal de las Casas, repuntara. ¿Cómo provocar un vuelco de la atención pública y lograr la solidaridad general? Creando una víctima, contratando a un lumpen que disparara “a los pies” del candidato Colosio, lo lesionara poco y lo hiciera crecer en la atención y la comunicación pública. A la hora de la hora (Aburto ha insistido en que alguien lo empujó), el medio sicario del medio atentado disparó un tiro completo a la cabeza de Colosio y lo mató íntegramente porque la bala pasó por el cerebelo de quien Córdoba quería medio ayudar.

Pese a la fantasiosa historia del “segundo tirador”, a Chapa no todo se le volvió ridículo. Particularmene por la detención, a finales de 1995, de Paulina Castañón Ríos Zertuche, la esposa de Raúl Salinas de Gortari, en Suiza, mientras intentaba acceder a unas cajas de seguridad y a una escandalosa cuenta de 83 millones de dólares. La cuenta no chorreaba sangre sino la presunción de tener origen en el narcotráfico. Las identidades falsas del hermano del expresidente vinculadas a esa cuenta y descubiertas en sus casas hacían indiscutible una conducta criminal. No bastaban para explicar esos depósitos los rumores de entonces, confirmados luego por algunos de los implicados, de que se trataba de un “fondo de inversión” creado por los empresarios Roberto González, Carlos Hank Rohn y Carlos Peralta.

La detección y aprehensión de Paulina Castañón fueron obra del Departamento de Justicia de los Estados Unidos y la Procuraduría suiza. Pero Chapa capitalizó al máximo el descubrimiento de aquella riqueza inexplicable para amarrar sus hipótesis criminales del caso Colosio. El inspector Clouseau sembró entonces la versión de lo que habría de conocerse en el medio periodístico como la venganza de las viudas de Colosio.

Chapa recogió las semillas del resentimiento de los colosistas desdeñados por el gobierno zedillista, las regó con chismes de los cortesanos de Diana Laura Riojas viuda de Colosio y las fertilizó con un caldo de larvas. Un documento conclusivo del caso Colosio, hecho con estos ingredientes, fue sometido a la consideración del presidente de la República. Incluía la petición de una orden “superior” para hurgar en los archivos del Estado Mayor Presidencial y remataba con la reflexión de que era necesario llevar ante el Ministerio Público Federal a Manuel Camacho Solís, José Córdoba Montoya y Carlos Salinas de Gortari, los tres, eventuales responsables del “clima político” en que se produjo el asesinato.

Sorprendido por el informe, Zedillo dispuso que fuese sometido a la consideración del abogado Fernando Gómez Mont, quien concluyó que no había fundamentos sólidos en el informe de Pablo Chapa. El informe se mantuvo secreto pero, a principios de 1996, una indiscreción del secretario particular del procurador Antonio Lozano Gracia hizo saber de su existencia. Algunos legisladores se hicieron eco del informe y lo hicieron suyo ante la prensa. En boletín oficial, la PGR desmintió que se hubiera elaborado un documento de tal naturaleza. El desmentido era una más de las mentiras generadas desde la principal institución mexicana de procuración de justicia.

El entonces coordinador nacional de la corriente priista Democracia 2000, Ramiro de la Rosa, hizo saber a la prensa que “el presidente de la República tiene desde hace cuatro meses (noviembre de 1995) un informe entregado por la PGR, con los resultados de la investigación del caso Colosio, en el cual se acusa al expresidente Carlos Salinas de Gortari y a su asesor José Córdoba Montoya como los responsables intelectuales”.

Aquel informe conclusivo hablaba de la “indisciplina” de Manuel Camacho por no haberse comportado frente al destape de Colosio como los demás priistas. Hablaba también de una “contracampaña” en los medios de información, orientada más hacia Chiapas y el nombramiento de Camacho como comisionado de la paz. Mencionaba las deficiencias del equipo de seguridad, la eventual “sustitución” de Colosio por Camacho y una serie de referencias acerca de disposiciones, imposiciones y presiones de Carlos Salinas de Gortari sobre Colosio y su viuda, Diana Laura.

En abril de 1996, en Querétaro, el procurador Lozano empezó a aceptar la existencia del informe que había negado: “Se trata de informes que se tienen y que corresponden a etapas muy anteriores, donde se hacen consideraciones sobre cómo van las líneas de investigación. Existen muchos informes que tienen que ver con una serie de consideraciones, pero es falso que haya autorizaciones o solicitudes a nadie más. Nosotros somos autónomos y así estamos actuando”.

En la misma semana, según declararon los legisladores perredistas Ramón Sosamontes y Jesús Zambrano, Chapa Bezanilla reconoció en conversaciones privadas la existencia de su informe “ante distintas personas que gozan de nuestra mayor confianza” y admitió que en diciembre se lo congelaron. El 19 de abril, en Guanajuato, Lozano volvió al tema del documento: “Hay cortes frecuentes en donde se analiza qué es lo que ha sucedido y cuáles son las diligencias oportunas o necesarias para continuar con la investigación. Este es un procedimiento normal de esta investigación y de cualquier otra”.

Pablo Chapa fue relevado del caso Colosio por el presidente de la República tan luego como fue liberado Othón Cortés Vázquez, pero la averiguación judicial siguió su curso. El 16 de octubre de 1996, José Córdoba Montoya, ex jefe de la Oficina de la Presidencia, declaró ante el ministerio público. Manuel Camacho Solís, Comisionado para la paz en Chiapas en 1994, hizo su declaración ministerial el 8 de noviembre de 1996. Carlos Salinas de Gortari declaró ante el ministerio público el 27 de noviembre de 1996. Quedó pendiente sólo la declaración de Ernesto Zedillo Ponce de León, coordinador de campaña del candidato del PRI en la hora de su muerte.

La siembra en El Encanto

Hacia finales de 1995, ocho meses antes de que El Oaxaquita fuera exonerado pero cuando ya no se tenían dudas respecto de la inocencia de Othón Cortés en el asesinato de Luis Donaldo Colosio, el presidente Zedillo solía comentar que la actuación del subprocurador Chapa era como la de “un chivo en cristalería”. En agosto de 1996, al resultar liberado el falso “segundo tirador”, Zedillo sacó a Chapa del caso Colosio. Pero lo mantuvo en la subprocuraduría a cargo de los demás casos, en particular del caso del asesinato de Ruiz Massieu. El subprocurador Lozano no pudo o no quiso captar el mensaje.

“Te va a hundir, Toño”, le comentó el presidente al ordenarle aquel medio cese.

El vaticinio se cumplió. En diciembre de ese año vio en los televisores a Chapa Bezanilla desenterrar el cráneo de un supuesto Manuel Muñoz Rocha en El Encanto, una finca campestre propiedad de Raúl Salinas de Gortari. El hallazgo fue la ruina de Clouseau. Su desenlace significó también el despido de su jefe.

A mediados de 1996, con base en un escrito “anónimo” dirigido a una veterana invasora de terrenos en Iztapalapa, habilitada hechicera, Francisca Zetina Chávez, conocida como La Paca, la Procuraduría General de la República dio crédito a una “línea de investigación” que condujo los pasos de Pablo Chapa al descubrimiento del entierro clandestino. El subprocurador dio crédito cabal a esa señora, cuya carta de presentación era que había trabajado para Raúl Salinas de Gortari como “vidente”. Un día, La Paca se presentó en la Subprocuraduría Especial con un escrito sin firma y un croquis rudimentario. En el texto se afirmaba que su anónimo autor, junto con el exjefe de seguridad de Raúl Salinas, el teniente coronel Antonio Chávez Ramírez, presenció la forma en que Raúl Salinas, en el jardín de su casa, dio muerte a batazos a Manuel Muñoz Rocha. El cuerpo del exdiputado —decía el documento— fue descuartizado allí mismo para evitar su identificación. Después, los restos habían sido enterrados en otra de las casas de Raúl Salinas, El Encanto, en la delegación de Cuajimalpa.

El escrito decía:

Mi estimada Paca:

Consciente de lo que tú sabes, me dirijo a ti, porque cada día veo y comprendo que el país está más sumido en injusticias y como patriota que soy, te autorizo a que des mi relato a esa Procuraduría de la que sé que tu tienes buenas relaciones y personas en quienes puedes confiar.

Por gracia o desgracia mía, me vi involucrado en los acontecimientos de sangre el día 30 de septiembre de 1994, siendo testigo del asesinato del Sr. Manuel Muñoz Rocha, quiero confesar que en esos momentos yo no sabía de quién se trataba, días antes el Mayor Antonio Chávez Ramírez me había dado cita por amistad para presentarme al ingeniero Raúl Salinas de Gortari, pues yo estaba esperanzado en que me iba apoyar mi carrera política.

Me llevó a la casa del Paseo de la Reforma No. 975 en Lomas de Chapultepec, porque ahí se encontraba Raúl Salinas, llegamos como alrededor de las 5 pm. El Mayor abrió el garage con un control remoto y una vez dentro de la casa ¡cual sería mi sorpresa! al ver a dos sujetos, uno de ellos con un bat de beisbol en la mano y el otro en el suelo con la cabeza ensangrentada. El sujeto del bat se me quedó viendo estúpidamente, y miró al Mayor, el Mayor sorprendido me agarró del brazo y nerviosamente me sacó al jardín y me subió a su camioneta de color azul claro y dijo que lo esperara, minutos después salió con el sujeto del bat que ahora identifico como Raúl Salinas de Gortari, llevándolo a su domicilio y regresando con una tercera persona de acento extranjero, y éste se metió a la casa, el Mayor se regresó a la camioneta y me dijo: ¿viste al Patrón? Estaba muy mal. ya se metió en un pedo muy grande, ya le hable de ti y dice que sí te va a dar un puesto alto en política, pero tienes que demostrarle tu fidelidad y guardar silencio de lo que has visto. En esos momentos tuve que aceptar lo que me proponía, porque no era conveniente llevarles la contraria, nos interrumpió el extranjero diciendo al Mayor que lo acompañara.

Toño me pidió que yo estuviera con él pues ya me había comprometido con mi amigo, llegamos hasta donde estaba el cuerpo ensangrentado, cuando confirma el doctor que el cuerpo ya estaba sin vida, Toño le dijo: ¡Has tu trabajo como te dijo el jefe!, despojándolo de sus pertenencias y dejándolo desnudo empezó a mutilar los miembros, cortando carne, escalpándolo, quitando la mandíbula y le cortó los dedos, lo echó a una bolsa como si fuese un carnicero. Yo estaba paralizado de terror, ¿pensaban que era yo tan fuerte como ellos, sin pensar que lo que me mantenía en pie era mi impresión, mi miedo y mi terror de lo que estaba pasando: he visto muchas películas de terror, pero eso era superior a todo lo imaginable. El doctor lo preparó de tal forma para que el proceso de putrefacción fuera más rápido. Por lo que pude entender después de su humor negro diciendo que ni su misma madre lo reconocería, yo pregunté: ¿quién era ese hombre?, respondiéndome el Mayor que era un político traidor.

Te quiero decir que lo metieron en un costal y lo enterraron en la parte de atrás del jardín, y después recogieron todo lo que podía ser evidencia del asesinato. El Mayor estaba preocupado porque el trabajo no se había hecho como Raúl había indicado ya que sus órdenes fueron de incinerarlo. pero el doctor no quiso por lo escandaloso que era cargar el bulto y dijo el doctor asegurándose que su trabajo era perfecto de esa forma.

Después de muchos meses de tratar de olvidar esa pesadilla me encontré a mi amigo Toño, con cierto recelo acepté tomarme unas copas con él, después de esas copas me dijo que me agradecía sinceramente el silencio que había guardado hasta entonces, que tarde que temprano sería recompensado, con risa burlona me contó nuevamente el lugar exacto donde se encuentra enterrado Manuel Muñoz Rocha (Anexo Plano). Tu amigo que te estima.

Los silencios de Chávez

Con base en este documento, Chapa hizo comparecer al teniente coronel Chávez Ramírez, quien había ya declarado ante la autoridad judicial a raíz del encarcelamiento de su ex jefe Raúl Salinas. Esta vez, “de manera espontánea”, motivado por su “mala conciencia”, el coronel confesó haber escondido, por instrucciones de Raúl Salinas, el jetta en que huyó Manuel Muñoz Rocha. Para manejar el coche, se cubrió las manos con unos calcetines. Su declaración ministerial no consigna ninguna alusión al batazo ni al descuartizamiento que según el anónimo había presenciado.

El procurador Antonio Lozano Gracia se sumó al nuevo éxito del Inspector Clouseau. Omitió de nueva cuenta (como lo había hecho cuando fue aprehendido Othón Cortés) datos que pudieran comprometer su versión judicial de los hechos. Chávez Ramírez no sólo dijo que se había prestado a ocultar el automóvil. También describió una serie de extraños movimientos y traslados de Raúl Salinas y Justo Ceja, el secretario particular del expresidente Carlos Salinas. Según Chávez Ramírez. Raúl Salinas y Justo Ceja entraron y salieron de Los Pinos con un tercer sujeto dentro del vehículo, tapado con una frazada. Nunca hubo indagaciones entorno  de Justo Ceja, a propósito de las entradas y salidas subrepticias a Los Pinos. ¿Era Muñoz Rocha el sujeto bajo la frazada? ¿Mataron en la casa presidencial al desaparecido legislador y presunto asesino de José Francisco Ruiz Massieu? ¿No lo habían matado ya, a batazos, en la casa de Raúl Salinas? En una de sus cambiantes declaraciones, Fernando Rodríguez González afirmó que el padre de los Salinas, Raúl Salinas Lozano, y sus hijos, el presidente Carlos, Adriana y Raúl Salinas de Gortari planearon en Los Pinos la muerte de José Francisco Ruiz Massieu y asignaron a Justo Ceja el financiamiento del complot. No hubo investigaciones sobre esto. No hubo tampoco una reconstrucción de hechos en el lugar de los “hechos”: la casa presidencial. ¿Por qué Antonio Lozano Gracia no investigó esta parte, la más sabrosa de la declaración, que Chapa arrancó al teniente coronel Chávez Ramírez? En una segunda declaración, del 25 de octubre de 1996, esta vez en la Procuraduría de Justicia Militar, Chávez Ramírez ratificó sustancialmente lo que había declarado ante Chapa Bezanilla, y no dijo ni se le pidió una palabra sobre el contenido del anónimo. Purgó sentencia de tres meses a tres años en el Campo Militar Número Uno por el delito de encubrimiento.

La tribu de la Paca

Chapa fue a escarbar a El Encanto en busca de la osamenta. Estuvieron presentes en las excavaciones el propio Chapa y agentes de la suprocuraduría especial, los abogados defensores de Raúl Salinas, reporteros de distintos medios y, ataviadas con uniformes de agentes federales, la ex novia de Raúl Salinas, María Bernal, y Francisca Zetina, La Paca. Encontraron efectivamente un cuerpo, la imagen de cuya calavera dio la vuelta a México y al mundo. Sin afirmarlo nunca, la Procuraduría y Chapa sugirieron siempre que los de El Encanto eran los restos del diputado prófugo Manuel Muñoz Rocha. El procurador Lozano Gracia quiso asegurarse de esa identidad enviando muestras a instituciones nacionales y extranjeras para la comparación genética, con cabellos del diputado prófugo aportados por su familia. La calavera, sin embargo, presentaba huellas de una necropsia. El hecho ameritó la intervención de los servicios forenses de la procuraduría capitalina, entonces en manos del actual presidente nacional del PRI, José Antonio González. La defensa de Raúl Salinas, por su parte, contrató para el mismo propósito los servicios de un equipo internacional de especialistas encabezado por William Maples, perito en cuyo haber está la identificación genética de la familia Romanov, en Rusia, del conquistador Pizarra en Perú y de Joseph Merck, “el hombre elefante”, en Inglaterra.

Los peritajes independientes descartaron totalmente la posibilidad de que la osamenta fuera la del diputado prófugo. La investigación volteó entonces los reflectores hacia La Paca y su tribu y se descubrió muy rápido la verdad. El novio de La Paca, Ramiro Aguilar Lucero, había escrito el anónimo. Era un activo miembro del Partido Revolucionario Institucional que inició también su carrera como invasor de predios en Iztapalapa. Por cariño a La Paca, según declaración de ésta, Ramiro escribió aquel anónimo. Por aquel acto de amor cobraron dos millones y medio de pesos que la Procuraduría había establecido para todo el que aportara información clave en el caso. El misterio de la identidad del cadáver exhumado se despejó también .Un yerno de La Paca, Joaquín Rodríguez Cortés, había desenterrado los restos de su propio padre en el panteón de Tláhuac y los había ido a enterrar en El Encanto con la anuencia del cuidador de la finca, Francisco Godínez, ex esposo de la hermana de La Paca.

La miembros de la tribu de La Paca, los “marianos trinitarios del templo de la fe”, como solían llamarse a sí mismos, fueron procesados y sentenciados. Hoy gozan de libertad.

La fuga

Elescándalo de El Encanto determinó el cese del procurador Lozano Gracia y del dinámico Inspector Clouseau, en los primeros días de enero de 1997. Antes de que terminara el mes, Chapa pasó de la condición de fiscal a la de acusado. Al revisar su actuación como subprocurador, la propia PGR lo encontró culpable de los siguientes delitos: desvío de recursos, asociación delictuosa, informes falsos aportados a una autoridad distinta a la judicial, violación a las leyes sobre inhumaciones y exhumaciones, y uso indebido de atribuciones.

Y empezó su persecución.

El 30 de enero de 1997, Chapa citó a su amigo y custodio Raymundo Aldana en su casa de Hidalgo 186, en Tlalpan. Tenía un desayuno a las nueve. Salió veinte minutos antes, vistiendo pants deportivos y dijo a su chofer que se había pospuesto el desayuno hasta las diez y media. Guardaron una petaca deportiva en la cajuela del vehículo. Como a las nueve y media, Chapa pidió a Raymundo se adelantara a La Casita, un departamento que rentaba en la calle de Madero número nueve, también en Tlalpan, desde hacía seis meses, época de una doble vida por los problemas conyugales y la relación que llevaba con Aurora Cervantes Martínez, su jefa de asesores, a quien visitaba en su domicilio de Reforma 2233, en Las Lomas. Chapa alcanzó a Aldana en La Casita y de ahí fue al colegio en el que pretendía inscribir a su hijo. No encontró a la persona que lo iba a atender y fueron al periódico Reforma, donde Chapa tenía un desayuno con el director Ramón Alberto Garza.

Chapa había dicho a Aldana cuando terminó sus funciones en la Procuraduría General de la República:

—Mira, Raymundo, en la caja de seguridad número 384 tengo papeles muy importantes, los cuales quiero que entregues a Ramón Alberto, si a mí me llegara a pasar algo, así me muera por un accidente de tránsito, o por una caída o una piedrita —y le dio un número teléfonico de Monterrey.

De Reforma fueron a la sucursal Banamex, donde Chapa tenía sus cuentas. Al salir de ahí volvieron al colegio y de ahí a la oficina de Chapa en la Zona Rosa, en Florencia 37. Al llegar a la oficina Chapa le pidió a Aldana que fuera al notario a recoger su testamento y el de su esposa.

Con esos documentos en la mano, Chapa fue a ver a su abogado Guillermo Handam, en Sinaloa 153, con quien estuvo dos horas. Se detuvo luego en una caseta a hablar por veinte minutos y luego en otra. Fueron después de regreso al sur. Eran ya las cinco de la tarde. Iban circulando sobre Insurgentes, a la altura de Plaza Inn, cuando Chapa se agachó entre los dos asientos delanteros, diciendo que había mucho tráfico. Pidió a Aldana que diera la vuelta a la izquierda sobre Miguel Angel de Quevedo y, al llegar a la altura de la Librería Gandhi, le ordenó meterse en una calle empedrada. En ese momento recibió una llamada por el radio transmisor, informándole que en su domicilio había varios reporteros. “Cómo chingan la madre”, dijo Chapa. Le informaron después que había dos patrullas en la esquina de su casa.

Se dirigieron al sur por Insurgentes. Eran las cinco y media. Chapa se comunicó con su esposa y le dijo que había comido con el abogado, que le había dicho “que tramitara eso”. Siguieron hacia el sur; Chapa le ordenó al chofer Eloy que se bajara y se dirigiera en taxi a su domicilio para que estuviera al pendiente. Desde ahí le transmitiría la información por el radio. Eloy se bajó en el puente peatonal ubicado sobre Insurgentes, a la altura del IMAN, y Chapa le ordenó a Aldana que tomara el Periférico.

Llamó por celular a Hamdan y le dijo: “Ya tramita eso, porque tengo gente de la del Distrito en mi casa”. Hamdam le dijo que debía salir de la ciudad. Chapa contestó preguntando: “¿Del Distrito, o de la República?”. Dijo a Aldana que fuera a La Casita, le ordenó detenerse una calle antes, ir a la casa y tocar la puerta y mantenerla abierta para que Chapa pudiera meterse. Ya en el departamento le dio a Aldana un cheque por 100,000 pesos para que se lo llevara a Hamdam. Aldana llegó a las oficinas del abogado aproximadamente a las ocho de la noche. Al despedirse para volver donde Chapa, el abogado sacó un billete de un dólar, lo partió en dos, y entregó al custodio una mitad. Si Chapa quería mandar a una persona para mantener el contacto, debía llevar el pedazo del billete, le dijo. Esa sería la contraseña para saber que era una persona enviada por él. Aldana tomó un taxi y regresó a La Casita. Antes de llegar, en una farmacia próxima llamó por teléfono a Chapa, según le había pedido el propio Chapa mediante un mensaje por skytel. Chapa le dijo que checara bien si no había nadie para poder abrirle. No había nadie, Chapa abrió, Aldana supo entonces que iban a ver a una persona en el Sanborn’s de Perisur. Chapa iría  metido en la cajuela y el custodio manejando, para lo cual removieron los asientos traseros, de modo que Chapa pudiera salir por dentro del coche. Partieron poco después de las nueve, Aldana conduciendo y Chapa “preguntándome si lo seguían”. A la altura del Bosque de Tlalpan, Chapa salió de la cajuela, pero se mantuvo agazapado en el asiento trasero, rumbo a Sanborn’s. Al llegar, le ordenó a Aldana que dejara las llaves puestas y encendido el vehículo, “y me fuera en uno de los taxis de sitio”.

Al siguiente día, 31 de enero de 1997, al recordar las órdenes de Chapa Bezanilla, de que si le sucedía algo entregara los documentos que estaban en la caja de seguridad número 384 al señor Ramón Alberto Garza del periódico Reforma, el custodio quiso comprobar la existencia de los mismos para, de ser necesario, dar cumplimiento a esa orden; pero al abrir la caja de seguridad, aproximadamente a las nueve y media de la mañana, como obra en los registros del banco, comprobó que la caja de seguridad se encontraba vacía.

Epílogo

La huida de Chapa del país y su regreso es uno más de sus misterios. En las diligencias ministeriales consta la manera como Pablo Chapa Bezanilla, disfrazado con barba, bigotes, gafas y gorra, escapó de la persecución contra sí mismo que provocaron sus fabricaciones. A la vuelta de unos meses, Clousseau fue descubierto y aprehendido en Madrid. Fue trasladado de la prisión de Carabanchel a Soto del Real el 21 de mayo y confinado en el módulo 7, como “preso de segundo grado”. Optó por eludir el juicio y en octubre de 1997 decidió acceder a retornar al país de manera voluntaria.

En la prisión, Chapa tenía derecho a una visita semanal de cuarenta minutos. El sábado 31 de mayo recibió en prisión la visita de su esposa María Elena Martínez quien, desesperada, le dio cuenta a su marido de las carencias económicas por las que ella y su familia atravesaban. Chapa la puso sobre la pista de dos llaves, los números correspondientes de dos cajas de seguridad y los datos específicos de un banco. El 3 de septiembre María Elena suscitó un movimiento inusual en la sucursal 790 de Banamex, en la avenida Miguel Angel de Quevedo de la Ciudad de México. La señora estaba ejerciendo un poder del tribunal español para acceder al depósito de maravillas. De existir la supuesta información explosiva que Chapa aseguraba tener sobre hechos y personajes de México, debía estar guardada a piedra y lodo. Qué mejor que una bóveda bancaria. A eso del mediodía, funcionarios del banco y de las procuradurías General de la República y de Justicia del Distrito, secretarias, mecanógrafas y peritos en fotografías y filmaciones, fueron videograbados en la expectante y prometedora diligencia ministerial que protagonizaban: estaban a punto de ser abiertas dos cajas de seguridad pertenecientes a Chapa Bezanilla.

Ante el azoro de la señora Martínez y el pasmo de los testigos, se constató que la primera de las cajas estaba vacía. La segunda tampoco tenía el dinero que atemperaría las ingentes necesidades familiares. Había tres alhajas de poca monta, unas grabaciones y cartas íntimas, producto del espionaje al que Pablo Chapa había hecho víctima a su propia esposa.

De la diligencia dio fe el licenciado Jesús Altamirano Quintero, notario público 66. De Pablo Chapa Bezanilla, hoy, casi nadie sabe.    n

Carlos Marín. Periodista. Director General Editorial Adjunto de la revista Milenio.