Acteal

Por John Womack

El 22 de diciembre de 1997, casi a las 11 AM, un grupo de hombres vestidos con uniformes oscuros y los rostros cubiertos disparó contra la población indefensa de Acteal. Asesinó a 45 personas. John Womack reconstruye los hechos en este texto que forma parte del libro Rebellion in Chiapas (The New Press, 1999) y que pertenece a la segunda parte, una serie de documentos que abarcan más de 450 años de historia en Chiapas.

El municipio tzotzil de Chamula está situado directamente al norte de San Cristóbal. Al norte de Chamula están los municipios tzotziles de Bochil, Larráinzar, Chenalhó y Mitontic. De San Cristóbal, hay una distancia de cerca de treinta kilómetros en línea recta a la cabecera municipal de Chenalhó; hay que recorrer alrededor de cuarenta largos kilómetros por la sinuosa carretera de la sierra para llegar allí, a San Pedro Chenalhó, en donde sudó la estatua de San Sebastián y en donde la estatua de San Pedro irradió luz antes de la gran rebelión india de 1712, en donde el ejército tzotzil persiguió y mató a los fugitivos tzotziles de la reconquista de Chamula llevada a cabo por los ladinos en 1869-70. Un poco más de la cuarta parte del tamaño de Chamula, Chenalhó abarca casi 230 kilómetros cuadrados. Es un lugar de cerros y laderas verdes, valles, arroyos, lluvia en el verano, neblina en el invierno, noches frías durante todo el año. En los bosques de pino y de roble, los hombres cortan leña para construir sus chozas. En los sombreados huertos, ellos y los miembros de su familia se hacen cargo de los cultivos de café; en los claros, del maíz y el frijol; en las laderas abiertas, de los borregos; en los valles, de la caña de azúcar y del ganado. En 1990, el municipio tenía alrededor de 31,000 almas en 101 localidades; San Pedro Chenalhó (1,564 habitantes) era la más grande, otros 20 pueblos (de 1,227 a 507 habitantes) y 80 poblados (de 471 a quizá 6 habitantes). De esta gente, tal vez el 99% eran nativos de Chenalhó. De aquellos mayores de cinco años, 98% hablaba una lengua india, 93% tzotzil (los demás tzeltal); más del 40% sólo hablaba tzotzil.

Desde la Revolución, hace alrededor de 60 años, “cuando dejamos de vivir aplastados”, más de 50 pueblos y poblados de Chenalhó (todos los que eran elegibles) han recibido ejidos, los cuales representan casi el 90% del territorio del municipio. Sin embargo, la abrumadora mayoría de la gente siguió siendo pobre, no tan miserable como en Las Cañadas o en Chamula, pero pobre. En 1990, de la gente que alguna vez llegó a hacer dinero a partir de su trabajo, cerca de 7,000 personas (eran tan pocas porque más del 40% de la población tenía menos de 12 años), el 90% trabajaba en el “sector primario”, en sus terrenos ejidales o como jornaleros a sueldo, y el 90% ganaba menos del salario mínimo. A nivel histórico y comparativo, Chenalhó era tan sólo otro triste municipio de los Altos de Chiapas.

No obstante, su historia postrevolucionaria sí tenía algunos rasgos distintivos. Mientras los jóvenes indígenas bilingües ganaban autoridad en otros municipios de los Altos durante la década de los cuarenta, los ancianos de Chenalhó se mantuvieron firmes. En los cincuenta, empezaron a perder personas que se convirtieron a la religión presbiteriana, pero no los rechazaron ni los excomulgaron. En los años sesenta, los maestros bilingües formados en el INI tomaron las riendas más rápido que en cualquier otra parte de los Altos y se convirtieron en poderosos caciques. En nombre del PRI, los maestros de las familias Arias y Ruiz, Cruz y Méndez, los Paciencia, los Gómez, los Pérez y los Hernández, dominaron la política de Chenalhó durante veinticinco años, unidos contra los forasteros, oponiéndose entre sí localmente. Y. desde 1965, un recio y astuto párroco les hizo frente, el padre Michel Chanteau, nacido y educado en Normandía; él tenía 34 años cuando se mudó a San Pedro, era un veterano del barrio comunista Ivry-sur-Seine, acababa de tomar un curso rápido con Iván Illich, era fiel al obispo Ruiz y al Vaticano II. En espacio de unos años, su respeto y trabajo por los pobres de la parroquia le hicieron tener una gran influencia sobre ellos. Al igual que los misioneros en Las Cañadas, aprendió la lengua de los pobres, estudió el nuevo catecismo y continuamente reclutó catequistas. Entre 1973 y 1974, el “padre Miguel” fue uno de los dos “promotores” de la zona tzotzil en el Congreso Indio, en donde (mientras sus catequistas se emocionaban) los delegados de Chenalhó hablaron de la lucha de los pueblos de Los Chorros y de Puebla por proteger sus ejidos contra un terrateniente invasor; exigieron la ampliación de Los Chorros, relataron la exitosa lucha de Puebla por liberar a uno de sus habitantes injustamente encarcelado, se quejaron de la incompetencia y la corrupción de las agencias federales, de la extorsión en el mercado de San Pedro Chenalhó, de la mano de obra forzada en las carreteras, de la explotación en las fincas, de la venta ilegal de bebidas alcohólicas, de los médicos inútiles, de las escuelas inservibles y acusaron a un maestro por su nombre, el hermano del antiguo presidente municipal, de haber abusado sexualmente de las niñas mayores en su escuela.

Los maestros conservaron su franquicia del PRI y su caciquismo. Lamentaron sólo en la retórica la muerte de los últimos ancianos y la partida de los jóvenes más enojados hacia Las Cañadas. Fácilmente dividieron a los “tradicionalistas” que quedaban entre los favorecidos y borrachos y los extorsionados y borrachos. No obstante, gozaban del apoyo (por tener “educación”) de los presbiterianos del municipio, cada vez más numerosos (y abstemios). Su única gran frustración eran los nuevos católicos que rodeaban al padre Miguel.

Este régimen empezó a cuartearse en 1988. No sólo el PRI se dividió a nivel nacional, sino que los maestros de Chenalhó perdieron el control de las elecciones municipales; su candidato priista a la presidencia municipal, respaldado por los presbiterianos, perdió ante un sujeto respaldado por una nueva coalición de “tradicionalistas” y de catequistas del padre Miguel. En ese momento se abrieron más grietas. Se organizó una unión de ejidatarios y de cafetaleros. Solidaridad hizo su aparición. Cerca del límite Este del municipio, en Los Chorros (cuya población en 1990 era de 1,065 habitantes), incluso los cardenistas del lugar formaron un comité y ganaron la concesión federal de un foso local de arena y grava para su nueva cooperativa de construcción de Solidaridad. Suspicaces, otros cardenistas de la zona se unieron al PRD. Otros, molestos con Solidaridad y con la decadencia del PRD en 1991, se registraron en la nueva Alianza Nacional Campesina Independiente Emiliano Zapata, ANCIEZ. Gracias a Solidaridad y a la abstención de la ANCIEZ, el PRI de los maestros reconquistó a los “tradicionalistas” y vencieron al PRD local en las elecciones para la presidencia municipal en 1992. Separándose de los partidos y de sus facciones, los catequistas de la parroquia crearon la organización de Las Abejas, una asociación civil para llevar a cabo el tipo de reformas que promovía la ANCIEZ. Adiferencia de otros municipios del norte, en 1994 en Chenalhó no había de manera evidente combatientes o soldados del EZLN. Uno de las razones puede ser que la mayor parte de los pobres eran como los cardenistas de Los Chorros, quienes seguían llamándose cardenistas pero apoyaban al gobierno (tan sólo para conservar sus escasos bienes materiales); otra razón es que Las Abejas realmente no eran violentas. De cualquier manera, el PRI de los maestros volvió a ganar la presidencia municipal en 1995 con Jacinto Arias, un presbiteriano. De pronto, en abril de 1996 (dos meses después de los acuerdos de San Andrés, principalmente sobre la “autonomía” indígena), los maestros recibieron el agravio más insolente y peligroso de su historia colectiva: la proclamación de un “municipio autónomo” en Chenalhó. Ubicada en la zona noreste del municipio, en el poblado de Polhó (450 habitantes en 1990), una coalición local de perredistas y simpatizantes zapatistas no violentos reclamó la jurisdicción sobre 11,000 almas en 36 comunidades en el sector noreste del municipio.

El presidente municipal Arias no pudo ignorar durante mucho tiempo a los “zapatistas” de Polhó (como los llamaba). En agosto de 1996, el “municipio autónomo” se apoderó del foso de arena y grava de la cooperativa de Los Chorros o (como lo declaró el consejo “autónomo” de Polhó) “lo expropió para beneficio de las comunidades”, autorizando su uso únicamente con el permiso de Polhó; los priistas y sus nuevos aliados “cardenistas” no estaban incluidos en la jugada. Aun así, durante varios meses, mientras la guerra civil se propagaba en otras zonas de los Altos de Chiapas. los priistas / “cardenistas” y los partidarios de Polhó en los pueblos y poblados del noreste de Chenalhó intercambiaron ataques verbales, en el peor de los casos, y los “neutrales” (sin importar sus inclinaciones políticas privadas) siguieron adelante con sus actividades laborales y de culto. La unión de ejidatarios se mantuvo intacta. Las Abejas volvieron a concentrarse en sus rezos por la paz.

Sin embargo, en abril de 1997 el consejo de Polhó se enteró de que Arias había recibido un envío de 200 rifles de alto poder y de que la policía estatal estaba reclutando y capacitando “paramilitares” en varios lugares del “municipio autónomo”, Santa Marta. Pechiquil. Yaxgemel, Los Chorros y Puebla. Tal vez esto se había hecho como una justificación de seguridad contra un posible ataque del EZLN. Es posible también que el 23 de mayo, en el valle al sur de Polhó, en Yaxgemel, unos “zapatistas” “agredieron” a unos priistas (incluyendo “disparos”). El 24 de mayo, el primer asesinato político de la temporada ocurrió a ciencia cierta cuando los “paramilitares” rodearon Yaxgemel, mataron a tiros a un miembro del consejo de Polhó e hirieron a dos “zapatistas” locales. Otros partidarios de Polhó y algunos neutrales huyeron. Otros más intentaron hacerlo, pero sus vecinos priistas se lo impidieron. En el mes de junio. Arias envió a Tuxtla la primera de varias peticiones para que el gobernador interino Julio César Ruiz se reuniera con una delegación de Chenalhó. El quería “explicar personalmente los problemas del municipio”, con la esperanza de obtener más apoyo del estado “para resolver el problema de la seguridad”. El gobernador debía ya estar al tanto de cómo estaba la situación en Chenalhó; su secretario para Asuntos Indígenas era el tío de Arias. Evadió la reunión, tal vez con el fin de evitar el chantaje político. Dos meses después, hizo un donativo de Desarrollo Social por un valor de 500,000 dólares a un municipio famoso por sus “paramilitares” (Paz y Justicia). Tal vez Chenalhó necesitaba más “paramilitares” notorios.

La guerra empezó durante la semana del 14 de septiembre. Ese domingo, haciendo caso omiso de la unión de ejidatarios, el delegado ejidal priista de Puebla anunció una recaudación especial para “comprar cartuchos y reparar armas”. Tres días después, los funcionarios ejidales golpearon y encarcelaron a cuatro campesinos que se negaron a pagar. Ese mismo día, en una asamblea ejidal a cinco kilómetros al noreste, en Los Chorros, el delegado “cardenista” notificó rumores de que los soldados del EZLN se acercaban para matar gente de ese lugar. Su compañero “cardenista” Antonio López y 30 seguidores rápidamente lo destituyeron, exigieron la “guerra a los zapatistas”, distribuyeron rifles y salieron y mataron a tres vecinos, quemaron la capilla de las Abejas locales y saquearon y quemaron entre 15 y 20 casas “zapatistas”. Alrededor de 60 Abejas huyeron a otros pueblos y poblados, la mayor parte de ellos se dirigió a Acteal, a seis u ocho kilómetros al noroeste (cuya población en 1990 era de 471 habitantes), situado a tres kilómetros al norte de Polhó. Los “paramilitares” siguieron disparando, saqueando y quemando en Naranjitic, Yibeljoj, Pechiquil y también en La Esperanza (poblaciones ubicadas a cinco kilómetros de Polhó), tomando rehenes “zapatistas” y neutrales cuando podían. Cientos de partidarios y neutrales de Polhó huyeron a los bosques, hacia Polhó, cuando eso les era posible. Algunos refugiados empezaron a devolver los disparos.

No pasó mucho tiempo antes de que los “supuestos zapatistas” mataran a “supuestos priistas” y también quemaran sus casas. El primero de octubre en San Cristóbal, Arias le pidió permiso al presidente Zedillo para que (sus) civiles de Chenalhó portaran armas en “defensa propia”. Las Abejas protestaron. El permiso (que no fue otorgado) evidentemente no fue necesario. El 28 de octubre, en Chimix, una patrulla armada encontró una reserva secreta de 20 rifles y los devolvió a los priistas locales quienes los reclamaron. En Los Chorros, en octubre y a principios de noviembre, Antonio López recaudó por lo menos 10.000 dólares en “impuestos de guerra” para comprar armas AK/47, .22, una Uzi y municiones en San Cristóbal para una ofensiva importante. En otros pueblos y poblados, los priistas recaudaron “impuestos de guerra” a plazos y, cuando las familias terminaban de pagar (75 dólares), les otorgaban “inmunidad” y las dejaban (o las obligaban) a pintar “PRI” en sus casuchas. En otras partes, los inocentes pintaban “sociedad civil” o “zona neutral” en las suyas. Arias fue a Tuxtla y le pidió a Homero Tovilla, el teniente del gobernador, más policías estatales “para reforzar la seguridad”. Tovilla dijo que enviaría a 160 oficiales más. Algunos llegaron. Arias se quejó de que no eran suficientes. Tovilla le dijo: “Primero, ustedes los indios pónganse de acuerdo y luego vengan a verme”. Para noviembre, 14 “supuestos priistas” habían sido asesinados por “supuestos zapatistas”.

Un buen tzotzil siempre dice lo que va a hacer. El 15 de noviembre en San Pedro Chenalhó, el presidente municipal Arias detuvo al padre Chanteau en la calle y le dijo que si no “controlaba” a los “zapatistas” y a las Abejas, él (Arias) lo mataría y quemaría su iglesia con él adentro. Había llegado la temporada de cosecha del café. Tres días más tarde, los “paramilitares”, algunos con máscaras rojas, algunos con uniformes oscuros (como la policía estatal), algunos con escoltas de policía estatal, lanzaron su ataque, atacando en Nueva Aurora, Pechiquil. Bajoveltic, Canolal, Chimix, Acteal. Yaxgemel y Tzajalhucum, matando por lo menos a “zapatistas” o neutrales, llevándose en camiones el café recién cosechado, saqueando e incendiando de 40 a 50 casas, capturando rehenes y creando cientos de refugiados. El 26 de noviembre, siguiendo lo dispuesto por Arias con el coronel de la policía del estado que estaba a cargo de la zona noreste del municipio, un capitán de la policía estatal acompañó a los ejidatarios de Los Chorros en su recorrido a San Cristóbal para comprar más municiones y rifles AK-47. Al igual que el comandante del ejército del “destacamento mixto” (soldados y policía estatal) en Majomut, un kilómetro y medio al Este de Acteal, el coronel ya estaba dándoles órdenes a sus subordinados que pedían instrucciones en relación con los civiles armados: “Si son verdes (campesinos priistas), déjenlos en paz”. Incluso sin instrucciones, la policía con frecuencia no tenía muchas opciones. Como se lo dijo el nuevo delegado ejidal de Los Chorros al capitán después de haber ido a comprar municiones a San Cristóbal, las armas de los oficiales de la policía no servían de nada porque los campesinos tenían armas mejores. Los rumores de tales armas asustaron a muchas personas más que prefirieron escapar.

El primero de diciembre, la oficina de Chiapas de la Comisión Nacional de Derechos Humanos de México recibió de la diócesis de San Cristóbal un informe detallado sobre los “paramilitares” de Chenalhó. Entonces, la CONAI y la COCOPA pidieron negociaciones para evitar la violencia patrocinada por el PRI en esa zona. La unión de ejidatarios (cuyos pacíficos miembros estaban desesperados por cosechar lo que quedaba del café), las Abejas y Polhó rápidamente aceptaron. Arias se negó dos veces. El gobernador le dijo que aceptara. El 5 de diciembre, en presencia del delegado Nacional de Derechos Humanos para Los Altos, del representante de Derechos Humanos del estado, del secretario para Asuntos Indígenas, del subprocurador general para la Justicia Indígena y del delegado agrícola para Los Altos y los observadores del Centro de Derechos Humanos de la diócesis, la unión y las Abejas, el consejo de Chenalhó y el consejo “autónomo” de Polhó se reunieron en el poblado de Las Limas (a medio camino entre San Pedro Chenalhó y Polhó) en “un diálogo por la paz”. Reuniéndose bajo los mismos auspicios en Las Limas el día 11 de diciembre, acordaron un cese al fuego y crear una “Comisión de Verificación”. Se dispuso que dos representantes de parte de cada una de las oficinas de derechos humanos a nivel nacional, estatal y diocesano, del departamento estatal de Asuntos Indígenas y de las Abejas, junto con tres priistas de Chenalhó y tres partidarios de Polhó harían un recorrido de dos días por los pueblos y poblados atacados para comprobar que ambos bandos respetaran la tregua. Se dispuso que en una tercera reunión, programada para el 19 de diciembre, la comisión presentaría su informe y los dos consejos tomarían las medidas adecuadas para conservar la paz. El 11, 13 y 14 de diciembre, Polhó protestó por el nuevo rearme de los priistas. El 15 de diciembre, seguramente no de manera accidental, el nuncio apostólico del Vaticano en México inició una visita de cuatro días a las tierras altas del norte (aunque no se detuvo en Chenalhó). La Comisión de Verificación se reunió el 16 de diciembre, se dirigió al Este y, antes del cruce que llevaba a Polhó y a Yaxgemel, tuvo que detenerse frente a 100 priistas que habían bloqueado el camino.

Al día siguiente, cerca de Quextic, a menos de un kilómetro y medio al noreste de Acteal, un hombre murió en una emboscada. Según el informe de la policía estatal, cinco hombres armados y enmascarados les dispararon a otros cuatro o cinco hombres, matando a Agustín Vázquez, un priista, y las víctimas que sobrevivieron reconocieron a dos de los atacantes, cuyas máscaras cayeron cuando dispararon, como perredistas y prozapatistas de Acteal. Según la Comisión de Verificación, unos priistas les dispararon a otros priistas por no unirse a sus campañas “paramilitares”, matando a Vázquez e hiriendo a siete personas más. El 19 de diciembre. Polhó acusó a los priistas de expulsar a 200 personas de Quextic en las últimas 48 horas y anunció que, debido a la falta de seguridad en el camino hacia Las Limas, suspendería de manera indefinida su participación en las negociaciones. Más refugiados tomaron los caminos de brecha para huir hacia pueblos o poblados más seguros. Casi todos los perredistas y los prozapatistas permanecieron en Polhó y casi todos los neutrales en Acteal. La diócesis declaró que. por culpa de los “paramilitares”, una quinta parte de la población de Chenalhó, alrededor de 6,000 personas, se había convertido en refugiados que vivían en campamentos. Alrededor de Acteal, cuya población había aumentado para entonces a cerca de 900 personas, varios hombres, mujeres y niños tosiendo y llorando, refugiados de Los Chorros, La Esperanza, Chimix, Pechiquil, Quextic, Tzajalhucum y de otras partes, vivían bajo los árboles, en la fría neblina y en el lodo. Cuando las Abejas se enteraron de que las negociaciones estaban suspendidas, intensificaron sus rezos por la paz; muchos empezaron a ayunar.

El gobernador Ruiz anunció que los “paramilitares” no existían en Chiapas, que las “personas desplazadas” estaban regresando a casa y que su gobierno las indemnizaría por sus pérdidas. Su teniente Tovilla insistió sobre todo en que era imposible que hubiera ” ‘guardias blancas’ armadas” en Chenalhó “porque la tierra en ese municipio estaba dividida en ejidos y no existen grandes terratenientes que puedan pagar ‘paramilitares’ “. El domingo 21 de diciembre, la única representante del PRD a nivel estatal llamó al gobernador tres veces al oír rumores de que los “paramilitares” iban a atacar Acteal y, en cada ocasión, sólo consiguió que una secretaria le prometiera que el gobernador le devolvería la llamada. Desde el 17 de diciembre, los parientes y compañeros priistas y “cardenistas” de Agustín Vázquez, sobre todo Antonio Vázquez, su padre de 70 años que vivía en Los Chorros, tenían sed de venganza. Estaban seguros de que quienes habían matado a Agustín eran los “zapatistas” de Acteal. Si no fueron directamente dirigidos por el presidente municipal Arias ni por el delegado ejidal de Los Chorros, entonces fueron apoyados por ellos (materialmente, con armas, municiones y camiones) y protegidos gracias a sus tratos con el ejército local y los comandantes de la policía del estado; de cualquier modo, el viejo Antonio y su hijo Manuel planearon un ataque sobre Acteal. Desde Chimix, Yaxgemel, Canolal, Puebla, La Esperanza, Bajoveltic, Yibeljoj, Los Chorros y Acteal, los dirigentes vengadores y los reclutas tardíos se reunieron en Quextic, en donde vivía Manuel Vázquez y otro hijo del viejo Antonio. La tarde del domingo 21 de diciembre, tal vez 20 de ellos se reunieron en la casa de Manuel para hablar sobre los detalles del ataque de la mañana, para matar primero a “los zapatistas… y luego a la sociedad civil de Acteal”. Querían que se les unieran hombres sin armas; mientras los armados llevaran a cabo la matanza, los desarmados saquearían el lugar y robarían el café cosechado. Enviaron a alguien a Los Chorros para solicitar que más hombres se Ies unieran. Antonio López prometió la ayuda de sus hombres y propuso que toda la fuerza atacante se vistiera con el uniforme azul de la policía del estado y que usara máscaras rojas. Algunos miembros del grupo de Quextic pasaron la noche allí, otros en una cabaña en el bosque, para reunirse a las 5 a.m. con el contingente de Los Chorros, darles de desayunar y, juntos, atacar Acteal temprano por la mañana. Tres de los reclutas recientes salieron para buscar con qué preparar el desayuno.

En realidad, estos tres hombres eran conscriptos priistas y provenían de Acteal. Un día. cuando se dirigían a Chimix, habían tenido un problema con el funcionario municipal local quien no sólo los multó sino que les ordenó que se unieran al PRI o “los mataremos”. Se unieron al PRI de inmediato. Ahora, en la noche que rodeaba Quextic, huyeron a casa. En Acteal encontraron al catequista que dirigía a las Abejas y le contaron todo acerca del ataque inminente. El catequista les dio las gracias, pero decidió que, como “sólo Dios sabía lo que podía suceder”, las Abejas se quedarían y seguirían rezando por la paz. Uno de los tres fugitivos de Quextic se dirigió con un amigo a San Cristóbal, para dar aviso a la diócesis.

22 de diciembre, 5 a.m. en Chenalhó: en la oscuridad, en todo el municipio, 6,500 mujeres hacían tortillas para el desayuno de sus familias; dos horas más tarde, al despuntar el día, no había corrido la sangre por ninguna parte. Tal vez porque era lunes, tal vez porque los vengadores de Quextic no tuvieron el desayuno listo para los hombres de Los Chorros, tal vez porque la fuerza atacante no pudo ordenar sus uniformes, quizá porque esperaban al viejo Antonio quien más tarde se quejó de que “lo habían dejado atrás”, la fuerza no salió de Quextic (alrededor de 60 hombres en 3 camiones) sino hasta después de las 10:30 a.m. Para entonces, la mayor parte de los hombres “zapatistas” de Acteal se había ido a trabajar a los plantíos de café. Otros, cerca de la carretera, estaban construyendo un campamento para los refugiados. Arriba, en la cancha de basquetbol junto a la carretera, un pequeño destacamento de policías estatales cuidaba la entrada principal al poblado. A sesenta metros de allí, cerca de la pequeña parroquia, algunos hombres y mujeres separaban la ropa donada por el estado para los refugiados. Algunos hombres y la mayor parte de las mujeres y de los niños (ninguno de ellos armado) estaban frente a la capilla, en donde el catequista guiaba a las Abejas en sus rezos. Había un letrero que decía: “Paz, Zona Neutral”. Alrededor de las 11:00, los tres camiones de Quextic aparecieron en el camino. Los hombres vestidos con uniformes oscuros y (casi todos) con máscaras rojas bajaron, subieron por las laderas Este y sur del poblado y descendieron para matar a la gente que vieron abajo, y tiraron a matar sin recibir ningún disparo. El catequista y varias Abejas murieron en donde habían estado rezando. Los heridos y los que aún estaban ilesos, los niños gritando, huyeron hacia los plantíos de café o bajaron por el cerro al noroeste, para esconderse en la maleza y en los bancos del arroyo. Los policías estatales que estaban en la cancha de basquetbol lanzaron algunos disparos al aire y luego se cubrieron. (La policía estatal que estaba en el camino, no lejos de allí, detuvo a un empleado estatal de la defensa civil que se dirigía en su auto a Acteal, le dijeron que no podía seguir adelante a causa de un ‘tiroteo’ “). Hacia el mediodía, el padre Gonzalo Ituarte, un vicario de la diócesis, recibió informes de los disparos en Acteal. De inmediato llamó a Tovilla en Tuxtla y lo notificó. Tovilla llamó al comandante de la policía estatal en la zona, quien le dijo que allí no estaba pasando nada. Los disparos continuaron durante toda la tarde. No fue un tiroteo sostenido, como pudo escucharlo el asesor en jefe de la policía estatal (un general retirado ya del ejército), arriba en la cancha de basquetbol de la 1 p.m. a las 4:30 p.m., sino que había tiros entre cada tres y cinco minutos en ráfagas o disparos únicos hechos (como se dio cuenta el jefe) con rifles AK-47, AR-15, .22, escopetas (y también por lo menos una pistola .30-.30. una de 9 mm. y una pistola especial .38). Era un fuego de cacería, cazadores tzotziles matando a presas tzotziles abajo, junto al arroyo. El jefe no envió a investigar a ninguno de los 40 policías del estado que estaban en la carretera. Tampoco intervino el comandante del ejército en Majomut. Hacia las 2:00, el tercer fugitivo de Quextic llegó a San Cristóbal, corrió al Centro de Derechos Humanos de la diócesis, contó su historia, de allí le dijeron que fuera a la oficina de Asuntos Indígenas pero la encontró cerrada por las vacaciones de Navidad y ya no supo qué hacer entonces. Cuando la noche cayó en Acteal, los disparos cesaron. La fuerza atacante había matado a 45 personas: siete hombres, veinte mujeres (cuatro de ellas embarazadas) y 18 niños y niñas (uno de ellos un bebé). Los atacantes habían matado a 43 de ellos a tiros (a 23 por la espalda); golpearon las cabezas de las otras dos personas hasta matarlas e hirieron por lo menos a 25 personas más, incluyendo a ocho o más niños. (Ninguna de las víctimas disparó una sola arma.) En la oscuridad, la fuerza se retiró. Alrededor de las 6 p.m., llegó otra unidad de la policía del estado, bajó y encontró a algunas personas muertas y a otras heridas alrededor de la capilla, se llevó a los heridos hacia la carretera y redactó un informe. Otros heridos y muchos fugitivos, algunos de los cuales habían reconocido a sus primos entre los asesinos, se dirigieron a Polhó y a San Cristóbal. Alrededor de las 7:30, informado del ataque por medio de Polhó, el padre Ituarte volvió a llamar a Tovilla. Este le aseguró que no había sucedido nada en Acteal, que sólo hubo cuatro o cinco disparos, que tenía a 15 policías del estado en la zona “para hacer frente a la situación” y que le daría la información más reciente al día siguiente. A las 7:50, el comandante de la policía estatal de Chenalhó solicitó el uso de vehículos municipales para trasladar a los heridos desde Acteal a la cabecera municipal. Arias le proporcionó tres camiones, los cuales trasladaron a 14 familias al pueblo. Los vengadores que regresaron a Quextic le contaron a Antonio Vázquez que habían matado a mucha gente, lo cual le dio tanto gusto que les sirvió “de comer y beber”. Hacia las 10 p.m. los primeros heridos empezaron a llegar al hospital regional de San Cristóbal y el vicario escuchó su relato de ese día. Hacia las 11 p.m. la policía del estado que había entrado antes a Acteal encontró alrededor de 30 cadáveres junto al arroyo. Alrededor de la misma hora, en Tuxtla, el gobernador se reunió en privado con sus oficiales de seguridad; en Acteal, Tovilla y el jefe de la policía estatal dieron su informe…”sin novedad”.

Hacia las 4 a.m. del 23 de diciembre, el subprocurador general del estado para la Justicia Indígena y un funcionario de la Cruz Roja del estado llegaron a Acteal. El procurador del estado no acordonó la zona, no mandó que tomaran fotografías ni recogió pruebas. Llamó al municipio para que volvieran a enviar camiones. A las 5 a.m. un ayudante despertó al asesor de la policía del estado que todavía estaba junto a la carretera “con la noticia… de que allá abajo hay mucha gente muerta”. Durante la mañana, tres camiones de Chenalhó trasladaron los 45 cuerpos a Tuxtla para que la policía estatal llevara a cabo las autopsias. Cientos de refugiados llegaron a Polhó. La noticia se difundió con rapidez. El alto comando del CCRI-EZLN emitió un comunicado culpando de “la matanza de los indígenas en la comunidad de Acteal” a Zedillo, a su procurador, al gobernador Ruiz, a Tovilla, a su delegado y a la policía del estado. Al mediodía, la diócesis transmitió su versión por Internet. Una hora después, el obispo Ruiz envió su “comunicado… a toda la gente de Dios… y a los trabajadores pastorales de la diócesis”, tratando de dar algún sentido cristiano a la matanza, suplicando al gobierno del estado que devolviera los cuerpos para que fueran velados, suplicando a los culpables que se arrepintieran, suplicando a los agraviados que fueran fieles al Sermón de la Montaña. La vocera del gobernador Ruiz dijo que no tenía ninguna información acerca de ninguna matanza. El procurador general del estado concedió que había iniciado una investigación, pero que no podía confirmar un ataque. Entrevistado hacia las 2:30, Arias fue más elocuente. “Lo que sucedió es un acto de venganza. No es un problema político y es por eso que no pueden resolverlo”. Se rio ante la acusación de Polhó de que él había suministrado las armas para el ataque. “Que me lo comprueben. Esas sólo son habladurías. Dios es mi testigo de que eso no es cierto”. Añadió que el gobernador aún no lo había llamado en relación con lo sucedido en Acteal. A las 4 p.m., por instrucciones de Zedillo, la Procuraduría General de la República asumió la jurisdicción del caso. La policía federal custodió los cuerpos en Tuxtla y ocupó Acteal, ya vacío y saqueado. Alrededor de 500 soldados del Grupo de Fuerzas Especiales Aéreas de México, entrenados en Estados Unidos, llegaron al lugar de los hechos. El ejército rodeó Polhó para protegerlo (y evitar represalias). El 24 de diciembre, la policía federal envió allá los 45 cadáveres en ataúdes. El luto podía comenzar.

Al amanecer, el día de Navidad, bajo seguridad federal, los hombres de varios pueblos y poblados que se habían refugiado en Polhó fueron a Acteal para cavar las tumbas. En un claro, entre árboles de plátano, cerca de la carretera en donde iba a instalarse el campamento para los refugiados, cavaron dos zanjas, de 2 metros de ancho, 16 metros de largo, no tumbas comunes sino “comunitarias”. Cuando el sol estaba en lo alto y ya hacía calor, entre la multitud de los medios de comunicación, la policía federal y los funcionarios de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, el cortejo fúnebre del obispo Ruiz, los cargadores de los féretros, 15 ataúdes pequeños y blancos, 30 de tamaño normal de color azul y negro, sacerdotes, religiosas y cientos de personas más salieron de Polhó hacia Acteal. En el trayecto, en una curva del camino, un camión municipal y una camioneta de la policía del estado que se dirigían al sur se detuvieron para dejarlos pasar. En la parte trasera del camión iban hombres a quienes los integrantes de la comitiva fúnebre reconocieron como los asesinos del lunes. (Arias los había llamado de Quextic y de Los Chorros para que fueran a la cabecera municipal y pudieran ponerse de acuerdo sobre lo que iban a decir.) Algunas personas empezaron a gritar “asesinos” a los hombres, los sacaron del camión, los golpearon y patearon. La policía estatal, improvisando, explicó que, tan pronto como pasara la procesión, iban a arrestar a los hombres. Esto enfureció a la muchedumbre que ya rodeaba el camión. En el furor, el obispo rápidamente consultó al comandante de la policía del estado, cuyos oficiales arrestaron a todos los que iban en el camión; dio instrucciones a los ocupantes de la camioneta de la policía estatal y condujo a los hombres de regreso a San Pedro Chenalhó para llevar a cabo un interrogatorio federal. Cuando el polvo se asentó, la procesión continuó su camino. En Acteal, se topó con una unidad del ejército, armada con metralletas, que vigilaba el lugar. Ante una pequeña mesa que hacía las veces de altar, al aire libre, los cargadores colocaron los ataúdes en cuatro hileras, con los más pequeños al frente. Al pie de cada ataúd, los catequistas encendieron unas largas velas blancas. El obispo Ruiz ofició una Misa de Navidad con rezos especiales para los muertos cuyos nombres fueron pronunciados por los sobrevivientes. En su homilía no pudo hacer gran cosa más que repetir su “comunicado” anterior, suplicándoles nuevamente a los culpables que se arrepintieran, a los agraviados que fueran fieles a las palabras de Jesús en la montaña. Luego habló un ministro presbiteriano, pidiendo que terminara el rencor y la violencia. Acto seguido, los sobrevivientes y otros habitantes de Acteal que desde el lunes no habían podido encontrar a sus familiares abrieron los ataúdes para tratar de identificar los cuerpos. Con los féretros destapados, tuvieron que abrir las bolsas de los cadáveres, despegar las sábanas endurecidas por la sangre seca y, a través del hedor sofocante de la putrefacción y la repentina plaga de moscas, mirar los restos humanos desechos, perforados, cercenados, en busca de algún rastro de los rasgos familiares y queridos. Identificaron 29 cuerpos. Los sobrevivientes no pudieron vestirlos para el entierro, pero colocaron mantas, ropa, chales, zapatos favoritos en el interior de los ataúdes. Los catequistas cerraron todos los ataúdes. Los cargadores los llevaron a las zanjas y los bajaron a las tumbas. Los sepultureros los cubrieron de tierra. La procesión regresó a Polhó, en donde los refugiados de Acteal tratarían de mantenerse juntos.          n

John Womack Profesor de Historia en la Universidad de Harvard. Autor de Zapata y la Revolución Mexicana.