Lo que sucede con Jaime Sabines es que era nuestro como el agua y los abuelos. Que como el agua, pertenece a cada de uno de nosotros con una naturalidad tan intensa que parece única, sólo nuestra de tanto ser de todos. Por eso da pudor hablar de lo que fue, de lo que sigue siendo para nuestro privadísimo corazón desalentado.

Hemos querido a Sabines de mil modos, cada quien a su modo, cada uno como nadie. A cada cual Sabines le ha dicho cosas como escritas nada más para sus ojos, para su imaginación y sus entrañas, para su exacta pena, su precisa esperanza, su inconfundible alegría. Por eso todos creemos que es más nuestro que de ningún otro.

Hemos dicho a Sabines a solas, a dos, a coro. En la media noche y de madrugada, toda una tarde y toda una semana. Agua de nuestros días y nuestro desvelo, Sabines como nadie nos acompaña la pena de perderlo. Porque antes, mucho antes de que nosotros soñáramos siquiera con su muerte, él la había ya temido, exorcizado, maldecido, esperado.

Guardo el recuerdo de la primera vez que lo vi. Guardo sus ojos claros, su sonrisa serena. Era una comida con mucha gente, en un jardín grande. El estaba al fondo, bebiendo y conversando entre un grupo de hombres. Yo tenía treinta años y menos temor a mis emociones del que ahora tengo. Así que caminé hacia su cuerpo aún sin lastimar por las enfermedades y me incliné ante él hasta quedar a sus pies. Avergonzado y tímido, Sabines me dijo cinco palabras que no olvido. Después le pedí que me las regalara para ponerlas al principio de un cuento. Sonrió como si le pidiera yo un pedazo de aire y me las regaló. Creo que nos hicimos amigos. Pero no sé. Diría Julio Cortázar: “a las águilas no se les habla por teléfono”.

Volvíamos a encontrarnos cuando la generosa vida lo permitía. Y siempre, pero siempre, siempre, algo me regalaba queriendo o no. Una vez me contó la historia de su madre, recién enamorada del coronel su padre, yendo a dormir a un cuartel entre soldaderas estridentes y soldados maltrechos. Apenas hacía días, señorita de lujos y esmeros amaneció enamorada en un catre entre dos cortinas, y escuchó sobre los gallos a una mujer gritarle al hombre de su vida: óyeme, cabrón, quítame de aquí estos miados.

—¿Me la regalas? —pedí.

—Es tuya completa —me dijo—. Yo no escribo novelas.

Tiempo después le hablé para decirle que la usaría en Mal de amores.

—Si es tuya —contestó sin más.

La siguiente vez que lo vi fue en Bellas Artes, bajo los claveles.

Hicimos una fila larguísima, ordenada y silenciosa para entrar a verlo. Y luego, cuando se abrió el telón y ahí estaba él, de pie. con sus setenta años de penas y sabiduría, con su perfecta sencillez a cuestas, le aplaudimos y le aplaudimos hasta hacerlo decir lo inaudito:

—Estos son aplausos que lo lastiman a uno.

Después, sin más, frente a nuestra absoluta reverencia, se sentó a leer y nos leyó todo cuanto pudo y le pedimos. Como si él fuera un poeta ruso y como si nosotros fuéramos rusos, nos sabíamos sus versos y los íbamos diciendo con él, adelantándonos a veces, como hacen algunos cuando rezan y otros cuando cantan. Al terminar le aventamos flores y le gritamos maravillas, le aplaudimos hasta quedar en paz y dejarlo extenuado.

Creo que hacía poco había dejado un hospital. Antes había estado en otros. Un día fuimos a verlo al Centro Médico. Quiso fumar a escondidas y me pidió que abriera la ventana. Lo habían puesto en un cuarto para él solo y lo cuidaban bien, por más que de tan poco sirviera.

—No quieren que fume. ¿Para qué disgustarlos? —dijo.

Comimos otra vez en una casa con música. Ya para entonces se había hecho de unos cigarros de plástico con sabor a limón que guardaba en la bolsa de su traje y sacaba de vez en cuando para estarlos acariciando o chuparlos un rato. Me regaló uno y nos tomaron una foto fumando alegorías. La tengo en mi estudio, al lado de la cajita en que guardo el cigarro que fumamos juntos. Había ido a Coahuila unos días antes.

—Esa catedral tiene una torre tal, que dan ganas de traérsela en el bolsillo —dijo. Decía cosas así.

Hará como año y medio comimos con varios amigos célebres. Tengo ese encuentro entre los tesoros de mi vida. Sabines iluminó la tarde leyéndonos sus poemas como si estuviéramos en una cantina y él tuviera veinte años y nadie supiera de su nombre y su fama y él no supiera de la fama y el nombre de los otros.

Como a las ocho se disculpó diciendo que estaba cansado y lo dejamos ir como quien ve irse al fuego. Yo no volví a verlo. Pero dejé en el coche su voz puesta en el tocacintas todos los días, hasta que Lino, el hombre que se hace cargo del volante como de las riendas de un burro necio, me declamó de corrido ese prodigio de texto en el que Sabines lamenta la terrible indiferencia del mundo frente a la muerte.

Hace menos de un mes, una mujer inolvidable y apasionada, tomó de la mano la última noche de su vida y tras sonreír como nadie podrá volver a hacerlo, nos arrastró hasta la cubierta de un barco en el que viajábamos como por una quimera. Ahí, bajo las estrellas, escuchamos la voz inaudita de tan cálida, de tan cerca, con que Jaime Sabines habló en Bellas Artes. La media luna del oriente iluminaba el aire y al conjuro del ardor con que ella sabía desvelarse, como quien teje en la oscuridad el más claro deseo de alargar los días, nos sentamos a sentir la vigilia como una oración. A Sabines le hubiera gustado saber que ella eligió su voz para cursar por el último de los mil sueños que cruzó despierta, pero ni ella ni él tuvieron tiempo de volver a encontrarse en el mundo de augurios que tanto les gustaba.

Unos días después fui a despedirme de él a su velorio lleno de gente exhausta, tristísima. Abracé a sus hijos como si fueran mis hermanos, los quise como si fueran mis hermanos, besé la hermosa caja de caoba que guardaba sus huesos, y volví a agradecerle el privilegio de haberlo visto vivir en el mismo siglo que nosotros. Eso y tantas cosas quise agradecerle. Luego corrí a otra parte con mi duelo que no era sólo mío, ni siquiera más mío que de los otros.

El no quiso un homenaje, ni que lo llevaran a Bellas Artes, ni que nos consoláramos bendiciendo su nombre en público. Hizo bien, como siempre hacía bien cuando se trataba de ser un hombre de bien. Sabio Sabines, nos enseñó hasta el final de qué se trata el milagro de estar vivos con alegría y sencillez. De qué se trata la muerte: la suya y la nuestra. Antes, mucho antes había escrito en su largo testamento:

Si sobrevives, si persistes, canta,
sueña, emborráchate.
Es el tiempo del frío: ama,
apresúrate. El viento de las horas
barre las calles, los caminos.
Los árboles esperan: tú no esperes.
Este es el tiempo de vivir, el único.

 

Angeles Mastretta
Escritora. Su último libro es El mundo iluminado.