A la próxima sin nueces

Cuando Robert Lalonde camina por su bosque de Quebec, se desvela todo un mundo ante sus ojos: “He visto hormiguear las truchas lentamente en tres lagos de montaña distintos. Llego de allí contento, con el cuerpo despierto como nunca, y los brazos y los muslos con agujeros, como los de un drogado, por unas chinches infernales. He visto el urogallo y el águila calva, el somorgujo curioso cuyo grito hiela el corazón, huellas frescas de pezuña de un alce que posiblemente huyó espantado de mis ruidos de salvaje sin domesticar. He aspirado el aire alpino de las alturas, la genciana sobre las rocas y la arena mojada, allí donde la lluvia todavía sabe a cielo y a rayo”. El caminante se cruza con animales que nadie más ha visto, ya sean las cabras azules del Himalaya de Peter Matthiessen, las víboras dormidas en medio del sendero de Jacques Lacarrière o los miles de ratones que se le cruzan a Werner Herzog en un momento de su periplo.

Lacarrière siente una conmoción al descubrir un cementerio de animales en la cuneta de una carretera o en el propio asfalto, recién aplastados, una sucesión de asesinatos mínimos en la completa indiferencia o ignorancia de los automovilistas que perpetúan la masacre hasta el infinito. “Centenares de erizos, sapos, pájaros, caracoles, babosas, insectos de todo tipo, hasta en las más minúsculas carreteras de montaña. Así marcado por manchas, halos, pequeños cuerpos aplastados, el asfalto parece una de esas pizarras o uno de esos esquistos en los que miles de fósiles escriben la historia de un paisaje. A veces”, sigue Lacarrière, “dejo la mochila en el suelo y me arrodillo para mirar, como con un microscopio, estos campos de batalla donde los cuerpos muertos no son ya más que líneas, círculos o rosetones amalgamados con el alquitrán”.

Además de gatos y perros, a veces el coche atropella un zorro. En el verano pueden verse varios zorros muertos así en carreteras de la Lorena. En el siglo XIX, en uno de sus viajes con un grupo de alumnos Rodolphe Töpffer se topa con una enorme criatura que camina de lado, erráticamente, hacia él. Al acercarse, descubre que es un lagarto con mucha mala suerte: en su intento de penetrar en una cáscara de nuez, su cabeza ha quedado apresada dentro y ya no puede salir. Por fortuna, Töpffer puede liberar al animal, que al instante huye despavorido para esconderse entre la vegetación, sin duda prometiéndose a sí mismo no probar de nuevo las nueces.

FUENTE: DAVID LE BRETON, ELOGIO DEL CAMINAR. TRADUCCIÓN DE HUGO CASTIGNANI. EDITORIAL SIRUELA, 9.a EDICIÓN, 2022.

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Publicado en: 2026 Marzo, Cabos sueltos

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